Scalextric

01 Jul 2016
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Juanma del Olmo

Estos últimos días hemos visto multiplicarse sin pausa y con una rapidez sorprendente los análisis post-electorales. Al margen de los ejercicios de estilo, de los juegos del lenguaje y los posicionamientos ideológicos, explícitos o implícitos, en cada lectura de los resultados hay una clara línea divisoria en dos grandes interpretaciones: la caprichosa y la orgullosa. Voy a intentar explicar esta división con un recuerdo personal que creo pueden compartir muchos de los votantes de Unidos Podemos.

En nuestro país las estrecheces y las dificultades siempre han sido un carrusel para las clases populares. Muchas familias vivimos de crisis en crisis, entre crisis, desde siempre, con momentos en los que esas dificultades se agudizan. Hay fechas socialmente marcadas en las que los problemas de la economía doméstica pueden convertirse en problemas de convivencia, un claro ejemplo es el día de Reyes. Cada cual tiene su propia memoria de algún “regalo fallido”, de aquella camiseta del equipo que nunca llegó, de las zapatillas de baloncesto que se convirtieron en un pijama o del libro transformado en calcetines. En mi caso fue un Scalextric que se convirtió en un estuche de dos pisos color morado. Por lo que sé, aquellas navidades, debía de haber miles de estuches como ese por todos los colegios de nuestro país. Mi primera reacción fue, digámoslo con diplomacia, de sorpresa e incredulidad. No acababa de entender qué podía haber fallado. Yo había especificado muy claramente en mi carta a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente mis deseos: “Queridos Reyes Magos, éste año he sido un niño muy bueno…. Quiero un Scalextric Exin GT21”. No creo que pudieran quedar dudas, no dejé ningún espacio para la confusión. Quería ese Scalextric. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi Scalextric? Lo que significaba para mí aquel Scalextric es tan difícil de concretar como lo es para la mayoría explicar sus preferencias por un equipo de fútbol u otro. Era algo que estaba seguro de merecer, había trabajado muy duro, había conseguido unas notas más que notables en la primera evaluación, había bajado la basura todos los días, había hecho la cama todos los días… No entendía nada. La mañana de aquel seis de enero la pasé mirando al estuche morado de dos pisos con verdadero rencor. Pero algo me decía que ese estuche era la expresión de un problema mayor de lo que yo creía, algo se me estaba escapando en mi análisis de la situación: el estuche era un regalo y no había motivo para pensar que fuera un insulto. Observé que mis padres se esforzaban en justificar por qué no había recibido el Scalextric con excusas muy imaginativas pero poco creíbles. Después de todo un día de reflexión, con las limitaciones que impone el enfado y la infancia, creí dar con la respuesta: mis padres no habían podido permitirse pagar el Scalextric.

Al día siguiente tocaba enfrentarse al primer día de colegio tras las vacaciones y comprobar cómo había quedado repartido el poder delegado por los Reyes Magos el día anterior. Se exhibían zapatillas a estrenar por pisotones envidiosos, carteras que olían a nuevo y demás dones mágicos pagados por las nóminas de nuestros familiares. En el ágora pública que es todo patio de colegio, en la asamblea general que es el recreo, el debate sobre la generosidad de los regalos recibidos era el tema dominante. Había ya un sólido núcleo de compañeros que se quejaban abiertamente por no haber recibido un Scalextric (no era el único que lo deseaba, ni tampoco el único que no lo había tenido), culpaban a sus Majestades de Oriente y renegaban de ellos como quien tiene todo el derecho a recibir, por el simple hecho de pedirla, cualquier cosa que anhele. Era una actitud caprichosa a la que se sumaban cada vez más compañeros. Se quejaban de sus estuches de dos pisos (parece que fue una alternativa para muchas familias del barrio) y de los jerseys de lana que les habían cosido sus abuelas. Cuando el debate se agotaba porque la campana estaba comenzando a sonar, decidí entrar en escena y poner en práctica la decisión que tomé la noche anterior. Recuerdo que dije, con menos ímpetu seguramente, que yo estaba muy orgulloso de mi estuche morado de dos pisos, que con ese estuche pensaba sacar todo con sobresalientes para conseguir que mi padre, contento con el resultado, me comprara un Scalextric. Se disolvió el círculo escolar improvisado y formamos la fila. Algunos me miraban de reojo con manifiesto rencor. Al entrar en el aula, una amiga y compañera de clase me dijo: “a mí también me han regalado un estuche como el tuyo”. La sensación de orgullo que me invadió no la hubiera compensado ningún Scalextric: había hecho algo valiente, algo que no entendía aquella panda de niños pijos llorones y caprichosos. Estaba orgulloso de mí mismo.

Creo sinceramente que hoy nos enfrentamos a un escenario parecido al de aquella mañana de hace muchos años. Podemos quedarnos lamentándonos de lo que pudo haber sido pero no fue o podemos intentar aprender una importante lección de madurez política.

Dice la canción que “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Sin que sirva de precedente, creo que Sabina tiene razón. Algo de esa nostalgia irracional parece extenderse entre ciertos sectores que, como los niños caprichosos, anteponen sus deseos personales a los problemas colectivos.
Debemos estar orgullosos de nuestro estuche de dos pisos. Nuestros más de cinco millones de votos son el reconocimiento de un país que atraviesa un momento muy difícil.

 

Juanma del Olmo es diputado en el Congreso por Unidos Podemos

En Twitter: @juanmalpr


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