Vindiciae contra Iglesias: Semántica de un golpe

12 Ene 2017
Compartir: facebook twitter meneame
Comentarios

Víctor Egío*

Mucho se ha hablado del “debate” que agita a Podemos en estas últimas semanas. Entrecomillo a propósito el término “debate” porque si, en buena lógica, entendemos por debatir “el discutir un tema con opiniones diferentes”, deberíamos más bien conjugar otros verbos para entender lo que aquí está pasando. Ni están claros los temas, ni en qué divergen las opiniones de nuestrxs camaradas y sin embargo amigxs. El resultado, lógico, es una sensación de hartazgo totalmente justificada entre las propias bases de Podemos, cuyo nivel de confusión es proporcionalmente mayor cuanto más lejos se encuentran del núcleo irradiador. Por no hablar de nuestro sabio Pueblo que, directamente, se acoge al único derecho que en este país le va quedando: agarrar el mando y cambiar de canal.

Europa y el futuro del Euro. Política de alianzas. Vigencia del pacto de los botellines. Nuestro modelo territorial. La gestión de los resultados del 26J. Podemos en el Parlamento. Recuperar la movilización social. El auge del neofascismo en Europa. ¿Hay vida después de Syriza? Y los Círculos, ¿qué?… Si Podemos estuviera inmerso en un debate sobre su proyecto e identidad, estaríamos hablando de estas cosas y seguro que de otras más. Pero no. Por mucho que repaso manifiestos y entrevistas, no veo estos asuntos por ningún lado.

Los firmantes del Manifiesto “Recuperar la ilusión” exigían algo tan simple como una “organización madura, plural y descentralizada”. Errejón reivindica “un Podemos alegre, abierto y ganador”. Iglesias, Montero y Echenique juran por sus madres que a abiertos e integradores no les gana nadie y que su modelo es “el que más favorece el consenso y la síntesis”. Si el debate fuera ése realmente, el camino a Vistalegre II debería ser un camino de rosas y morreos televisados. Si no lo es, es porque toda esta querella va mucho más allá de lo que hasta ahora se ha hecho intencionadamente explícito.

Basta con colocar algunas palabras ante el espejo para entender mejor de qué va todo esto. Hay términos como “madurez”, “pluralidad” y “apertura” que, formuladas así, en positivo y haciendo el signo de la victoria, poco o nada dicen de las cualidades tangibles de un proyecto político. Buscan sin embargo arrinconar por oposición a cualquier proyecto alternativo en el terreno del amateurismo, el dogmatismo y el hermetismo, sus antónimos. De ahí a otros calificativos más gruesos (plebiscito, tiranía, purga, hueste…) hay solo un paso. Cargados semánticamente de referencias a los líderes más autoritarios de nuestra historia política (plebiscito – Napoléon; purga – Stalin…), constituyen un arsenal de guerra tremendamente destructivo. Hasta las palabras más bonitas pueden servir así a los estrategas que se empeñan en levantar muros, crear enemigos, denostar y golpear sin miramientos a lxs otrora compañerxs. No se fíen de esos simpáticos firmantes de manifiestos. Dos dedos que forman una V – un tirachinas.

En todo esto no hay nada nuevo. Podemos nació con una vocación inequívoca: ocupar la centralidad del tablero. Se trataba de moldear la agenda del debate público presentando propuestas de “sentido común”, articuladas en torno a muy pocos temas, aquellos, como decía Carolina Bescansa, que “construyen potencia política de transformación”. ¿Por qué tendríamos que pensar que los debates internos habrían de conducirse de otra manera en un partido que, ante todo, sigue siendo un fenómeno más mediático que grassroots? Pasar de puntillas por los bandazos ideológicos y programáticos que han desconcertado al electorado y son ante todo responsabilidad del Secretario Político. Situar en el centro de la agenda la pluralidad organizativa, para apuntar al Secretario General. Arrinconar a Pablo Iglesias en la esquina del autoritarismo, la intransigencia, la tiranía…y ponerlo en jaque. Vindiciae contra Iglesias. Una apertura arriesgada que busca condicionar la cita de Vistalegre en Febrero y convertir el congreso en una partida a doble o nada.

Pero aún hay más. El otro ‘top mantra’ de estos días glosa la confrontación de los supuestos modelos de Errejón e Iglesias como la enésima lucha de lo nuevo que está por nacer frente a lo viejo que debe sucumbir. Puro maniqueísmo. Solo hay algo tan antiguo como los tiranos: el discurso tiranicida empleado estos días por los alérgicos a Coleta morada. En la Antigüedad fue inspirador de grandes hazañas y salvaguarda de la libertad de los regímenes republicanos. Para cuando Europa toma el camino de la Modernidad, sin embargo, el derecho de resistir a los tiranos no era ya más que un juguete roto en manos de las sectas enfrentadas que sumieron durante más de un siglo a la Europa central y del Norte en la violencia religiosa. Los motivos que guiaron a Harmodio y Aristogitón, los asesinos del tirano Hiparco de Atenas, eran muy distintos de los que armaron el fanatismo fundamentalista de los Clément y Ravaillac. Por eso no había banquete en la Antigua Grecia en el que no se cantara la canción de los célebres amantes libertadores, mientras que la memoria de Ravaillac fue siempre sinónimo de oprobio. Y es que bajo el pretexto de combatir el despotismo se alimentaba el otro gran mal que siempre temió la república: la guerra civil. Cuando esto fue evidente a ojos de todos, la fábrica de magnicidas tuvo que echar la persiana.

La historia del tiranicidio es así una historia más de caminos que conducen al infierno, aunque se presenten empedrados de buenas intenciones. De ahí la necesidad de prevenirse frente a ciertos discursos nada ingenuos ni inocentes, que poco o nada tienen de novedoso. Vistalegre II puede y debe ser algo bien distinto: un punto de encuentro para aquellos que seguimos teniendo presente la tarea fundamental para la que nacimos y hemos llegado hasta aquí. Tomar el cielo por asalto.

* Víctor Egío es Doctor en Filosofía y concejal de Alternativa por Santomera


comments powered by Disqus