Rancio Rajoy

14 Jun 2017
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*Francis Gil*

Quienes pronosticábamos que Rajoy no podía permitirse no comparecer en la moción de censura, que no podía hacerse un Cifuentes, por el alto coste político que conllevaría para su imagen como presidente y como líder del PP, nos equivocamos. Más le hubiera valido a Rajoy, en vista del resultado del debate, haberse quedado mudito en su escaño y esconderse tras la vicepresidenta.

Alguien perdió el martes su trabajo. Quien sea el responsable del diseño de la estrategia del PP en la moción de censura debe de estar preocupado o preocupada por su futuro profesional. No solo es responsable de un ridículo parlamentario sin paliativos, sino que además ha conseguido algo aún más difícil; hacer parecer a Rajoy completamente imbécil.

Porque Rajoy tiene muchos flancos débiles pero, hasta este debate, se le presuponía un parlamentario eficaz, solvente y con gran capacidad para la improvisación argumental. Eso ha cambiado radicalmente al fin de esta larga sesión parlamentaria: en sólo 48 horas Rajoy ha dilapidado todo el prestigio acumulado durante décadas. El vapuleo dialéctico al que fue sometido el presidente Rajoy por Irene Montero pasará, como repetía entre jocoso e impresionado el propio presidente, a los anales de la historia parlamentaria. Nunca antes habíamos contemplado a un Rajoy tan chusco y casposo, sin más argumentos que el refranero español, un Rajoy a la defensiva y completamente desorientado que iba menguando minuto a minuto en la tribuna del Congreso. Frente a un discurso destituyente sólido y vibrante, que golpeaba como un martillo ético sobre la conciencia del país. Un discurso que funciono como un bisturí de la trama que saquea nuestro país y que realizó la vivisección del cadáver político de Rajoy como autopsia de una época. Frente a un discurso analítico con capacidad de desplegar imágenes potentísimas de la humillación que está sufriendo España a manos del PP, que realizaba la radiografía de una enfermedad que nos está matando como sociedad, Rajoy solo supo apelar a las grises y falsas estadísticas confeccionadas a la medida de su mediocre gestión del desastre.

Ni los hooligans del PP, que reían y aplaudían sin criterio alguno las gracietas y chascarrillos del todavía presidente, eran capaces de disimular la impostura entre sus filas. Como en uno de esos momentos de incomodidad manifiesta que se producen, en cualquier acto social, cuando el abuelo se ha pasado con las copas y propone un brindis: las sonrisas se torcían y el lenguaje corporal de la bancada del PP demostraba una mezcla de decepción y angustia. Rajoy salió con el pie cambiado y el machismo congénito del PP, que Rajoy exuda en su versión paternalista, le hizo subestimar a su adversaria. Tiro del guion que traía preparado pero se equivocó de personaje y termino interpretando un papelón parlamentario que por momentos sonrojaba y por momentos avergonzaba.

Al rancio Rajoy la portavoz de Unidos Podemos puso fecha de caducidad: 13/06/2017.

 

Francis Gil es analista político.


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