¿Otra oportunidad perdida?

Las leyes electorales fuerzan las estrategias políticas. El límite para tener representación, la ley d’Hondt, las demarcaciones provinciales, traen de cabeza a unos y otros partidos que huyen del extraparlamentarismo. Es bien sabido que con la normativa electoral, el grande consigue más que el pequeño, más de lo que le correspondería proporcionalmente. Las diferentes normas de la ley electoral actual hacen que con una mayoría relativa de votos te lleves el gato al agua. Hay tantos votos perdidos que si los sumáramos podría haber influyentes representaciones parlamentarias. Qué decir de los votos nulos y blancos, o de la abstención, que suman más del 30% del electorado. La verdadera alternativa la conforma el partido que no existe, el que nadie vota, el de no me importa, el de todos son iguales, el de paso de todo, el de total para lo que van a hacer, el de la política no sirve para nada… esa es la gran victoria de la derecha, conseguir que no nos interesemos por la política ni siquiera para votar. Merece ser nombrada en este sentido la excepción de colectivos de influencia anarquista que rechazan participar en las elecciones pero que hacen política, y mucha, en su día a día. Pero más allá de meritorias minorías críticas, la mayoría que se abstiene y que además pasa absolutamente de la política, está haciendo un voto liberal, el de haced lo que queráis, el de que cada palo aguante su vela. Ideología encarnada hasta ahora por el PP, que le ha disputado sin éxito UPyD y que recoge con fuerza Ciudadanos. Liberalismo del mercado a la política, en el que se beneficia quien cada día hace política desde los despachos de los bancos, de las grandes empresas, reduciendo las normas laborales, de consumo o de inversiones y aumentando las de control social. Estos liberales, sin embargo, sí que van a votar.

En este escenario quienes gestionan el porcentaje de participación que finalmente acaba contando necesitan juntarse para que el rendimiento en escaños sea mayor. El PP cuando lo ha tenido que hacer más que confluir ha absorbido a sus semejantes (como el caso de Unión Valenciana que le llevó a presidir -y saquear- la Generalitat Valenciana) y me temo que espera hacerlo con ex UpYD y Ciudadanos. La derecha se pone de acuerdo con facilidad, las discusiones no van de ideales, motivaciones o utopías, sino de cuestiones más terrenales. No, no pensemos que Ciudadanos es la alternativa al PP, es lo mismo, pero con caras nuevas. Los votantes de derechas también quieren sentir que votan renovación y el mercado, como no podía ser de otra manera, se lo ofrece. Ciudadanos es la fórmula ideal. La derecha mediática y económica lo sabe y por eso apoya a unos y otros. Es lógico, son lo mismo.

La izquierda, sin embargo, tiene más dificultades en confluir. Las razones son muchas y variadas. Si preguntas a quienes fracasan en las negociaciones, las diferencias son estrictamente ideológicas. No se puede confluir por cuestiones políticas básicas que impiden juntar fuerzas. Pero si se va más allá en el análisis puede que te digan que las razones son más prosaicas. Quizá digan que los otros son los que no quieren pactar, que solo quieren poder, que es imposible hablar con tal o cual, que se creen que saben más que nadie o, en un momento de sinceridad, aceptarán que el problema es que tal y cual no se soportan. En fin, se trata de las lógicas dificultades en la gestión de las emociones en un colectivo cuya contraprestación al sacrificio realizado en tantas reuniones y asambleas no es económica sino de reconocimiento social y político. La lástima radica en que en casos en que la afinidad ideológica es del 99%, no sea posible unir fuerzas en una candidatura conjunta, dejando atrás rémoras que impidan hacerlo, como la cuestión de mi nombre debe ser el primero, mi líder debe aparecer antes que el tuyo y demás detalles que, sin ser importantes, al final lo son todo. Y a río revuelto, ganancia de pescadores, y quien aquí está ocupando este rol es el PSOE gracias a una potente maquinaria electoral apoyada por sus medios de comunicación afines, siempre expectante de llevarse los votos de la mayoría social que probablemente sea hoy día la más de izquierdas de los últimos años. Y el PSOE, no lo olvidemos, solo es de izquierdas cuando está en la oposición.

Si la izquierda no deja de pelearse, ni Podemos podrá, ni IU será la unión de ninguna izquierda. No confluir en una candidatura que sume a todas las fuerzas de la izquierda en las elecciones generales será un nuevo fracaso. Da más rabia si cabe que esto ocurra en un momento histórico único, fruto de la movilización social que empezó el 15 de mayo de 2011 y que podría culminar con un partido en creación, resultado de la suma de muchas izquierdas, parlamentarias y extraparlamentarias, pero con opciones de gobernar. Sí, es verdad que esto es lo contrario a lo que se debe hacer. Las confluencias de las próximas elecciones deberían empezar ahora y en cuatro años poder superar las diferencias, políticas y personales, entre unos y otros. Pero otra vez, vuelve a no haber tiempo. Y las disputas personales, la falta de generosidad y demás minucias que deberían pasar a un segundo plano, pueden hacer que otra vez la mayoría de izquierdas no consiga la mayoría parlamentaria suficiente para ser una verdadera opción de gobierno. Es verdad que en política gobernar no lo es todo, pero si no se hace de vez en cuando, el día que toque gobernar no quedará nada sobre lo que tomar decisiones.