De jugar a toros a antitaurino

Es especialmente doloroso escribir en contra del gusto de familiares y amigos, de vecinos y conocidos, de la gente que en cualquier caso forma parte de mi identidad. Pero llega un momento en que algo te dice que debes y puedes hacerlo. Yo soy de un lugar que llaman orgullosamente “la capital del toro”, donde cada año se sueltan en las calles más de 100 toros en las llamadas fiestas de “bous al carrer”. En toda Valencia son más de 6.000 o 7.000 según el año, los toros, novillos, vacas, vaquillas y becerras que hacen posible seguir con esta tradición.

He de reconocer que no siempre tuve dudas respecto a las fiestas con toros. De niño recuerdo jugar a toros. También recuerdo ir al recinto (calles cerradas con barreras) en las que se soltaba un astado de diferente tamaño según horario y público. Además, para los niños siempre había becerras pequeñas, para que empezaran a perder el miedo y coger el gusto al toreo. Recuerdo también cañas acabadas en punta, bien afiladas, pinchando al toro para que no se quedara quieto y pasara por todas las calles –y es que todo vecino que había pagado por el toro quería verlo desde su balcón. Recuerdo también cómo salía la sangre de la yugular del toro y caer en la alcantarilla, mientras los niños apretábamos la tripa del toro para que no quedara una gota en el animal muerto. Esto ya no se hace, ya hay una regulación que lo impide, pero en ese momento era normal.

Recuerdo también llevar orgulloso a los primeros extranjeros que conocía a ver esta tradición de mi tierra, quizá la más característica. Y fue en este momento, cuando algunas de sus preguntas sobre las posibles lesiones que el toro pudiera tener por correr por la calle asfaltada durante más de una hora, sobre el daño que el fuego pudiera hacer a sus ojos en el caso del llamado toro embolao, de si el toro tenía estrés o se sentía mal por pasar por tal trance, me hicieron pensar. Claro, yo nunca me había hecho estas preguntas, ni nadie a mi alrededor, por lo que no tenía respuestas. Fue entonces cuando empecé a prestar atención a los discursos que cuestionaban la fiesta del toro y explicaban sus efectos sobre el animal. Parece difícil de cuestionar que hacer pasar al animal por cualquier festejo taurino es en todo caso un situación traumática para el mismo. Porque acabará con lesiones físicas, por muy reducidas que sean y porque tendrá impacto psicológico en animal en forma de estrés o algún daño similar. De lo que no hay duda es de que el animal sufre, mucho o poco, pero sufre.

Aquí radica uno de los elementos principales de los posicionamientos llamados antitaurinos, el hecho de que una fiesta, un momento de alegría colectiva, se base en el sufrimiento ajeno. Es verdad que es el sufrimiento de un animal, y este animal es un toro, que no genera gran empatía. Si atáramos bolas de fuego a un perro o a un gato o a un caballo además de difícil, nos parecería una aberración, pero hacerlo con un toro hay a quien le parece una excelente idea.

En fin, no es que la vida me haya hecho antitaurino por fastidiar a nadie, y menos a las tradiciones, la cultura y la fiesta de mi lugar de origen. Pero ha llegado un momento en que las dudas de la adolescencia y juventud se han convertido en certezas en la edad adulta. Hay cosas que forman parte de nuestra historia que no están bien y que, como sociedad que pretende hacer lo correcto, deben dejar de hacerse. La fiesta de los toros en cualquiera de sus versiones, o cualquier utilización de los animales para divertimento de los humanos es una aberración, es maltrato, es violencia, es algo que debemos dejar de hacer. Sé que es difícil imaginarse las fiestas de muchos pueblos sin toros. No me quiero ni imaginar el calibre del shock que pudiera darse en mi querida “capital del toro”. Pero no estamos hablando de dejar de hacer fiestas, de abandonar la cultura y las tradiciones. La música, el baile, el teatro, el cine, los pasacalles, las ferias, el deporte, la literatura, los juegos, las comidas populares… son muchas las opciones para pasarlo bien en comunidad sin tener que divertirse haciendo sufrir a un animal.

Es difícil posicionarse en contra de las tradiciones, porque las tradiciones tienen una enorme fuerza simbólica por el hecho mismo de ser algo que forma parte de la cultura, algo que siempre se ha hecho, que te han enseñado tus padres y tus abuelos. Afortunadamente, hemos evolucionado en algunas cosas, y en el cuidado y respeto de los animales la progresión no ha sido nada desdeñable. Hoy en día ya no es normal disfrutar viendo a un toro, a una vaquilla o a cualquier otro animal sufrir. En una sociedad sana, las fiestas basadas en la violencia contra los animales no deberían estar permitidas.