El “a por ellos” del 155

El conflicto catalán ha llegado a un punto que nadie se atrevía ni a pensar. El gobierno del PP culmina su mano dura acabando con el autogobierno de Cataluña de un plumazo. Mariano Rajoy, con un 8% de los votos en Cataluña será el nuevo President.

Son muchos los análisis políticos y las cábalas hechas y por hacer sobre el devenir político de Cataluña. Ni soy capaz de decir algo diferente a lo mucho dicho ni me interesa entrar en enconados debates de legitimidades democráticas. En el punto en que estamos quienes vivimos en Cataluña siento la necesidad de reflexionar sobre algo que preocupa a toda la ciudadanía, ¿va a desembocar todo esto en más violencia?

Desde el pacifismo y el área de conocimiento de la investigación por la paz, utilizamos tres niveles de violencia para identificar cuan lejos estamos de vivir en una sociedad idealmente pacífica, considerando que lo contrario a la paz es la violencia (y no la guerra).

De este modo se distinguen tres violencias. La violencia directa, que se refiere principalmente a las agresiones físicas o de carácter similar, la violencia estructural, que es aquella relacionada con ordenamientos jurídicos injustos, marcos políticos antidemocráticos, modelos económicos que generan desigualdad o cualquier elemento de carácter permanente de una sociedad que oprime a una parte de la misma; y la violencia cultural, que no es otra que los discursos que promueven o alientan las violencias anteriores.

Por lo que respecta a la violencia directa es difícil encontrar alguna agresión por parte de los llamados independentistas o soberanistas catalanes, más allá de la lamentable noticia de los 12 policías con lesiones, que la vicepresidenta Sáenz de Santamaría cifró en un inicio en más de 400; sí que ha transcendido sin embargo cierto nivel de violencia por grupos de nacionalistas españoles. Ello contrasta con la excesiva y desproporcionada violencia de la Policía Nacional y Guardia Civil en su despliegue en toda Cataluña por evitar el referéndum, más de 1.000 personas heridas y centenares de videos incriminatorios así lo corroboran.

Sobre la violencia cultural, si bien es cierto que las declaraciones provenientes de las esferas políticas han sido mayoritariamente las propias de la confrontación política, de entre las muchas declaraciones subidas de tono de cargos políticos de segunda fila y de tertulianos de uno y otro lado, la violencia más acusada la ha dado el célebre “a por ellos”, que sin lugar a dudas envalentonó a muchos de los policías que usaron la violencia en su intento por impedir el referéndum del 1-O. Este “a por ellos”, emitido hasta la saciedad por las cadenas de televisión, no solo envalentonó a los policías sino a algunos radicales nacionalistas españoles.

Por contra, hasta ahora no he oído ningún lema que de un modo u otro anime a la violencia de los manifestantes independentistas, sino más bien al contrario, son numerosas las declaraciones de dirigentes políticos catalanes y de miembros de la sociedad civil que recuerdan sin descanso que las protestas sean pacíficas, civilizadas, en calma y sin violencia. De hecho, las movilizaciones independentistas catalanas realizadas hasta la fecha son seguidas con atención por pacifistas de todo el mundo.

Finalmente, por lo que se refiere a la violencia estructural, no me atrevería a afirmar que exista una expoliación continua de recursos catalanes por parte del Gobierno español o un maltrato presupuestario, aunque cabría aceptar que en ocasiones parece que pueda ser así. Sin embargo, en el tira y afloja por el denominado como “derecho a decidir” la inflexibilidad del Gobierno central y el papel limitador de un Tribunal Constitucional claramente politizado, tiene como elemento que también pudiera considerarse violento desde un punto de vista estructural, la creación de la conocida como ley de transitoriedad sin el necesario debate democrático que debe caracterizar a decisiones de tal calado.

La dura, firme y contundente decisión de suspender el autogobierno catalán por el Consejo de Ministros, y de colocar a Mariano Rajoy como Presidente de España y de Cataluña, puede que no le ayude a conseguir (sin coerción diplomática) apoyos internacionales, ni tampoco una buena imagen en Cataluña, ni evidentemente esté generando un clima de diálogo, pero sí que puede responder a la oportunidad política que ha identificado un partido y un gobierno con serios problemas de imagen y credibilidad por los numerosos casos de corrupción que salpican a su partido y cargos políticos, sin importarle la violencia que sus decisiones puedan generar.

El “a por ellos”, que espontáneamente se reprodujo en muchas de las capitales españolas de las que salían los policías rumbo a Cataluña y que muestra un sentir quizá mayoritario en España que tanto el PP como Ciudadanos pretenden capitalizar y respecto al cual el PSOE no quiere ser menos, ha creado por tanto una golosa oportunidad política.

De todo este entuerto, que sin los picos de violencia y autoritarismo que ha tenido, no hubiera sido más que una derivada más de un necesariamente largo proceso para acordar una nueva relación entre España y Cataluña para las próximas generaciones, puede que haya quien quiera situarse en la violencia del “a por ellos”, en la creación de bandos, de enemigos. Lo que es condiciòn necesaria para la violencia. La irresponsabilidad política puede llevar a que no solo la sociedad catalana sino también la española se embarque en retóricas belicistas que generen esa fractura social de la que todo el mundo habla pero que yo, inmigrante en Cataluña, relativamente u ocasionalmente equidistante, aun no he visto como tal.

La vida sigue y debe seguir en Cataluña, al tiempo que se dan luchas políticas, divergencias de posicionamientos y diferencias ideológicas. La convivencia pacífica en el día a día debe prevalecer, como hasta ahora, sobre los intereses de unos pocos, sobre los cálculos políticos, sobre las perspectivas electorales que han llevado al gobierno del PP a aplicar el célebre artículo 155. Antes o después el pueblo de Cataluña decidirá qué relación quiere tener con España, mal que les pese a muchos, y tendremos que aceptarlo. Más allá de las banderas, las patrias y los dioses, nos queda el día a día, que merecemos y debemos vivir en paz. Que las violencias alentadas desde arriba no rompan la convivencia. Hagamos lo posible para que el a por ellos del nacionalismo radical español con Rajoy a la cabeza no rompan una paz social que hasta hoy y pese a la diversidad y divergencias políticas, ha prevalecido en Cataluña.