Publicidad

Detrás de la función

Porque los ciudadanos nos merecemos algo más de los medios de comunicación

Ahora les toca a los árabes

29 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

¿Por qué estos días y no hace dos… o diez años? Una revuelta popular expulsa, casi de la noche a la mañana, al dictador oficial de Túnez y comienza a extenderse peligrosamente por países como Egipto o Yemen, entre otros. Sin que tengamos tiempo para darnos cuenta, estos regímenes tiemblan electrocutados por cables virtuales que los unen, como si los efectos de la revolución tecnológica hubieran sido asumidos por las naciones árabes en una sola semana.

De modo diferente, el final de la década de los años ochenta presenció un derrumbe político en principio inesperado. En 1989, después de diez años de intensa lucha por parte del sindicato polaco Solidaridad y tras el agotamiento militar de la URSS, una manifestación ecologista contra la contaminación del Danubio desembocó en protestas generalizadas que acabaron finalmente con los comunistas húngaros; Polonia, Checoslovaquia, Alemania del Este, Bulgaria y, finalmente, Rumanía, estallaron en cadena. Estaban mal desde hacía tiempo; lo sabían, solo les faltaba superar el fatalismo inmovilizador y para ello necesitaban imágenes: una historia de ficción que fuese al mismo tiempo cierta. Que el resultado no haya sido el idóneo no invalida el análisis sobre el cambio político: no era posible hasta que fue real.

De la revolución de terciopelo a la del jazmín. Del “socialismo real” a la trastienda del capitalismo, con otra ideología que ya nadie se cree y un joven desesperado (Mohamed Bouazizi) que prende la mecha del fin de su vida y del comienzo de una aventura apasionante. La estructura del régimen tunecino se rompe como si fuera de vidrio y el sueño roza la vigilia. La expulsión de Ben Alí hace temblar al todopoderoso Hosni Mubarak. La era de la información, del capitalismo huidizo, difuso, quizá exige de otros regímenes, de la democracia, ¿o de dictadores más competentes? El control del tiempo y del espacio es mucho más difícil porque la frontera de estos se ha roto hace mucho.

Europa, cuna de la Modernidad, sigue con una postura hipócrita este avance de los derechos humanos, que a todos debiera enorgullecernos. Por ahora, nuestro papel es el de disfrutar vicariamente de una especie de cinta de ficción, la de unos ciudadanos empobrecidos que, sin Libro Rojo y casi sin Corán, han decidido expulsar a patadas a los sátrapas que se bebían su sangre. Nos equivocamos si creemos que reflejan nuestro pasado: estos pueblos se juegan su soberanía mientras en Europa muchos los superamos en paro juvenil. ¿Quién tiene que aprender de quién? Los seres humanos, por nosotros mismos, seguimos encerrando muchas esperanzas.

¿Y si compráramos nuestra deuda pública?

26 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Con la decisión del Congreso, queda ya más que oficializado el “efecto llamada” a los fondos de pensiones privados. Unos productos que no pasan precisamente por su mejor momento. Los informes sobre la supuesta insostenibilidad del sistema público caminan paralelos a las peticiones y sugerencias de la patronal de los fondos de inversión, que achaca sus mediocres resultados al hecho de que el sistema español no promueve suficientemente la provisión privada. Todo parece indicar que comienza un nuevo rescate: otra transferencia de fondos desde el factor trabajo al capital.

Tiene sentido, pues las cajas y los bancos están rozando el abismo: si un ladrón atracara hoy uno de estos, quedaría decepcionado al abrir la caja fuerte, pues la encontraría repleta de llaves de estupendas promociones inmobiliarias que se están depreciando. Las pesadillas de los banqueros son ahora mismo esas delicadas formas metálicas.

No es extraño que la salida de la crisis se esté proponiendo por la vía más obvia: la de incrementar nuestro miedo e inseguridad sobre el futuro. Con estas noticias, cualquiera que cuente con ciertos ahorros en el presente querrá inmovilizarlos en productos de inversión que no puedan quebrar. La “solvencia” de los grandes bancos españoles, gritada a los cuatro vientos por todos los medios de comunicación, pasará a ser el nuevo aval, sin haberse ganado esa reputación con hechos reales. Muchas papeletas para una burbuja futura.

¿Qué podemos hacer? Como afirma el sociólogo alemán Ulrich Beck, nuestro lugar político ha pasado de las calles a la televisión; somos consumidores y potenciales inversores que debemos “politizar” estos riesgos e “incertidumbres fabricadas”. ¿Por qué no destinar nuestro dinero excedentario, si contamos con algo de este, a unos activos más seguros y también rentables como son las letras y bonos del Estado? ¿Y si revisáramos nuestro hábito financiero, nuestras costumbres en relación con el dinero y las inversiones?

Puede ser un brindis al sol, pero son tiempos de propuestas constructivas y de superación del fatalismo. Una compra exitosa de este tipo de renta fija presionaría a la baja su tipo de interés y, con ello, el ritmo de recortes que el Gobierno implementa a nuestro sistema de protección social. Todos los ingredientes para constituir una inversión rentable y con cierta repercusión indirecta en el bienestar común. La cuestión es por qué no se habla de esto en las tribunas políticas y por qué el lenguaje de los dirigentes sigue repitiendo cansinamente el mismo mantra. ¿Tienen todos ellos ya su flamante plan de pensiones? ¿Están realmente pensando en nosotros?

¿Qué hay detrás de la “crispación”?

21 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

El filme “La última cena” (1996) narra las peripecias de un grupo de estudiantes progresistas que invitan periódicamente a cenar en su casa a un miembro de la “caverna” norteamericana; si no consiguen hacer renegar al comensal de su conservadurismo, lo envenenan con una copa de vino.

La cosa se les va de las manos y acaban convirtiendo el jardín en un rebosante cementerio. La velada final tendrá lugar con un predicador televisivo ultra que los sorprende nada más comenzar, al negarse a bendecir la mesa: “Yo lo que hago es decirle a la gente lo que quiere oír; las voces extremas contribuimos a concentrar a los votantes en el centro. En realidad no hay apenas diferencias entre un bando y el otro”. Ante tal despliegue de cinismo, los universitarios se descolocan y terminan envenenados por su propia cicuta.

Aunque nos cueste creerlo, personajes como el falso predicador de la película campan a sus anchas entre la derecha mediática española, compartiendo plaza con los reaccionarios “puros”. Y esto sucede principalmente porque los medios de comunicación no dejan de ser empresas que venden mensajes para ser consumidos por una audiencia. El que consiga tener más seguidores es el que sobrevive con más garantías.

No se puede esperar moderación, imparcialidad y análisis funcionales para la sociedad cuando los lectores conservadores tienen que elegir en el quiosco entre El Mundo, ABC, La Razón, La Gaceta (y Expansión). Paralelamente a la “guerra de depósitos” de las entidades bancarias, muchos diarios responden con una constante batalla de portadas. Para colmo, como decía el sociólogo Pierre Bordieu, emplean el modelo de la “competencia por lo bajo”. ¿Acaso podríamos haber llegado a otro punto distinto por este camino?

Algo similar sucede en la radio, la televisión y los formatos de Internet. La intensa competencia lleva a muchos a aumentar el dramatismo de sus mensajes e incluso inventar historias atractivas para maximizar beneficios: las conspiraciones y los pactos oscuros se explican perfectamente a partir de este modelo. Aunque subyacen claras motivaciones políticas en muchos casos, quedaríamos mejor armados si concediésemos cada vez mayor peso al factor económico. Buena parte de quienes configuran la “realidad” tienen poco compromiso con esta y con sus consecuencias. No son elegidos cada cuatro años pero, paradójicamente, nos permiten votarlos en cada ‘zapping’ o en cada ‘click’. Y también podemos dar ejemplo para que los conservadores comiencen a hacerlo.

¿A quién dispara Sarah Palin?

12 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

¿Alguien no ha identificado el tiroteo a la congresista demócrata con alguna escena del cine norteamericano? Cuna de las películas producidas por cadenas de montaje -“sistema de estudios”- y del “block booking” -hacernos tragar cuatro películas malas por cada buena-, parece como si a esta lucrativa nación productora, en crisis, se le hubiera ocurrido llegar más lejos que nunca en su imitación, o proyección, de la realidad.

Hay cierta relación entre Sarah Palin, el asesino (¿borrego?) y la decadencia que Estados Unidos está viviendo en las últimas décadas y años. El fenómeno del Tea Party es una respuesta, por supuesto, a las políticas de Obama, pero más que oponerse al intervencionismo keynesiano -la ortodoxia, desde Roosevelt hasta Bush-, berrea contra la réplica infantil del Welfare State europeo que el presidente demócrata ha querido construir, sin éxito.

Pero en la respuesta de los republicanos, y de Palin en especial, hay algo más: no es solo una reacción a ciertas políticas moderadamente progresistas. Representa, más bien, un residuo social del endeudamiento crónico de un imperio que ya no llega a financiar sus guerras, lanzadas, además, como huidas hacia delante. La vuelta a la caverna de los ultraconservadores se produce ante la constatación de un futuro que se les escapa: han tenido que salvar a unos bancos que ya no sirven a su economía. Por ello, a pesar de haber apadrinado la globalización, prefieren el regreso a la tribu, con la violencia y el miedo que eso entraña.

Coinciden sospechosamente las soflamas antisemitas de la lideresa de Alaska y el hecho de que la mayoría de los banqueros estadounidenses con cierto éxito -y sustento estatal para las malas horas- sean de esa etnia, la misma que la de la congresista Giffords. ¿Es una casualidad o un aperitivo de lo que está por venir?

Al final la Historia se repite: el flamante imperio de Carlos V y Felipe II, enfangado en extenuantes guerras y batallas, tuvo que claudicar al no poder remunerar a sus acreedores. ¿Quién tiene la deuda de EEUU? ¿No es acaso el momento de comenzar a ver cine chino?

¡No quiero hablar como Rubalcaba!

09 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

“El tipo de interés que Portugal está pagando para poder financiarse en los mercados ha llegado a una cota tan alta que ha obligado a las instituciones de la Unión Europa a acudir en su rescate. Nuestra labor en estos momentos es la de permanecer junto al país vecino, al que vamos a ayudar con una inyección de liquidez; por su parte, la ciudadanía lusa ha quedado comprometida a aceptar la puesta en práctica de nuevas y profundas reformas que adecuen el potencial productivo del país al nuevo entorno y mejoren su productividad, como estamos haciendo ya nosotros. Lo que no debemos olvidar en ningún momento es que vamos a salir de esta situación con un crecimiento robustecido”.

No resultaría descabellado un discurso como este la semana que mañana comienza: las casas de apuestas financieras han bajado su pulgar ante la próxima víctima de la denominada “crisis europea de la deuda”. Pero el motivo de haber empezado el artículo con el anterior mensaje institucional -de elaboración propia- es el de mostrar que, a estas alturas, todos somos más o menos capaces de escribir una buena parrafada para la mayoría de nuestros gobernantes: el registro de palabras que vienen usando en las últimas fechas es muy limitado y ha sido repetido hasta la saciedad.

Es más: estas combinaciones de términos sobre los que no se profundiza en absoluto han pasado a tener vida propia, con un comportamiento autónomo respecto de sus emisores y receptores; son algo así como las plantas artificiales de ese paisaje gris -nuestro presente, nuestro futuro- que los incesantes flujos financieros necesitan para permanecer adecuadamente engrasados. No son como para tomárselas a broma.

Ya que este gobierno no va a rectificar en la dirección de su política económica, podríamos pedir como último deseo que alguno de sus componentes expusiera al público los otros significados y las distintas aplicaciones prácticas de estas expresiones que tanto utilizan y que, sin embargo, no se nos han explicado en todas sus consecuencias. Si tenemos democracia, demandemos que la polisemia se nos muestre detalladamente cuando esta exista.

De acceder a este brindis al sol, quizá el primer término a examinar sería el de “libertad”, casi siempre proyectada al ámbito económico. El hecho de que determinados “inversores” estén apostando por la caída de los precios de nuestros pasivos sin ni siquiera haberlos adquirido previamente -ganando enormes plusvalías por segundo- revela una peculiar forma de entender este concepto. Más bien, responde a una configuración profundamente asimétrica del poder: deprimida la demanda de bienes y productos “reales” por el endeudamiento y la especulación, al dinero se le abren todas las puertas existentes para que circule con brío por donde más le convenga. La cuestión, en este caso, no es que haya más o menos libertad, o que esta suponga la ruina de terceros: lo importante es que el capital continúe, como sea, maximizándose. Estas libertades permitieron al banco Goldman Sachs asesorar a sus clientes para que contrataran hipotecas basura al filo del estallido de la crisis, mientras sus directivos se adiestraban en las técnicas (CDO) destinadas a apostar contra el hundimiento de esos mismos valores en los mercados financieros…

Del mismo modo, la mayoría de los vocablos que aparecen con mayor frecuencia en cualquier medio o comparecencia política tienen una suerte de reverso semántico que no se nos revela de manera sincera. La “reforma laboral”, aquella máquina de generar “empleo fijo”, encaja más como palanca para disminuir el “coste del trabajo” -esto es, la cantidad de dinero que nos pagan cada mes-, aumentando, como consecuencia, nuestra “competitividad”. Lo que nos hace en realidad más “competitivos” es el hecho de vender más barato, ingresar menos (nosotros) y ser un poco más pobres, sin que se nos haya preguntado por ello previamente.

Por su parte, el “incremento” de nuestra “productividad” nos remite al humor negro si advertimos que esta variable resulta de dividir la producción entre la cantidad de trabajadores empleados, un denominador que no para de disminuir y de engordar al cociente. A su vez, el ligero descenso del paro en diciembre puede resultar de un aumento en el número de ocupados, pero también de la renuncia a buscar trabajo por parte de un buen número de personas deprimidas, desencantadas o, por qué no, encarceladas. Los suicidios, que no salen en los medios, también computan para mejorar o redondear este tipo de “buenas noticias”.

Afrontamos un difícil reto cultural: traducir a otro lenguaje la catarata de palabras, datos y frases con las que nos van a bombardear durante este nuevo año; hemos de estar atentos y activos al conversar en el trabajo, en el taxi, en los bares y con nuestros seres queridos. Nuestro futuro sigue en juego, pero deberíamos cuidarnos de no terminar hablando (pensando, siendo) como ellos.

¡Gana la banca! (por ahora)

03 ene 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

La mayoría de los ciudadanos españoles eligió la primera cadena de TVE para comerse las uvas; “es tradición”, dicen algunos en ese breve lapso de tiempo entre un año y otro, en el que la irracionalidad de los deseos y la superstición se cuelan entre los recovecos de nuestra conciencia.

Con el objeto de preparar a los espectadores antes del momento cumbre, desde el mismo canal, el humorista José Mota protagonizó un aburrido desfile de chistes que pretendían resumir lo acontecido en 2010. Pero lo sorprendente sucedió al final del programa: unos caracterizados José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy se preguntaban quién vencería en las elecciones de 2012; este interrogante se cerraba con la sentencia de unos señores en un casino: “Gane quien gane, ganaremos nosotros. ¡Gana la banca!”

Lejos de olvidarlo, el ex Cruz y Raya insistió en el comportamiento de nuestros ‘líderes financieros’ segundos antes de las doce uvas, ante el frío y la incomodidad de la presentadora vitalicia Anne Igartiburu, una señal de que no se trataba precisamente de una escena ensayada. Muchas empresas y marcas famosas matarían literalmente por poder enviar sus mensajes comerciales en el mismo momento en el que José Mota prometía meter en cintura a nuestros banqueros. No pudo pasar desapercibido.

Independientemente de lo que sea del humorista a partir de ahora –decir la verdad no suele salir rentable-, la anécdota refleja un probable fenómeno de descontento ciudadano en el que cada vez se habla más de los principales responsables de la situación económica. Si los creativos del programa de humor creyeron conveniente emitir esos mensajes, fue porque estimaron previamente que una gran parte de la población y de los espectadores potenciales coincide en el diagnóstico: la idea de “salir de la crisis” pierde cada día más sentido, ya que a lo que asistimos es al reforzamiento del sector bancario frente a la precarización y el camino hacia la pobreza de millones de ciudadanos que hace unos años tenían unos planes de vida totalmente diferentes.

Pero que haya descontento no implica precisamente una revuelta democrática. A pesar de todo, la ciudadanía sigue bastante dividida en relación con los causantes del problema. Si comparamos los marcos de análisis de los progresistas con los de los conservadores –por establecer una sencilla clasificación dicotómica-, nos encontramos con dos crisis diferentes y, por supuesto, con un dominio bastante amplio por parte de estos últimos en la explicación de la generación de esta y de las posibles salidas.

Los partidarios del planteamiento conservador utilizan con frecuencia un marco de diagnóstico que se ha revelado como muy efectivo: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Esta sentencia nos acerca al “por mi culpa, por mi culpa…” y convierte la crisis en un difícil período en el que, no obstante, podremos purgar nuestros excesos: una especie de dieta de adelgazamiento doloroso tras la cual seremos mejores personas, a pesar de que hayamos quedado, de nuevo, fuera del paraíso. Los más progresistas, reconociendo la existencia de la codicia pre-crisis cristalizada en el endeudamiento, optan, sin embargo, por señalar a la banca y a la arquitectura financiera construida en los últimos años y décadas, claves a la hora de generar las burbujas. El supuesto de partida aquí es distinto, pues existe una enorme diferencia de poder e información entre los consorcios financieros y las familias apalancadas en hipotecas artificialmente infladas: la crisis es, por fuerza, el resultado de un engaño, por lo que no tenemos que pasar por el gimnasio obligatorio, sino luchar por su cierre.

Otro marco muy recurrido por la derecha consiste en “apretarse el cinturón”, para lo que se compara un Estado entero con una economía doméstica. Casi hace ilusión pensar en todo aquello que se puede ‘reformar’ para ahorrar dinero: sueldos públicos, cargos de confianza, competencias autonómicas, tipos de contratos laborales… Todavía no lo sabemos, pero será bueno para nosotros. Sin cuestionar apenas los rascacielos del préstamo y la inversión no productiva, estas explicaciones nos llevan al paroxismo: parece que la economía real se tenga que ocupar de ‘financiar a la financiera’, que fue la que falló en el origen. En este campo, los progresistas responden con la propuesta de reformas en el sector bancario y en los mercados: impuestos, persecución de centros off-shore, creación de agencias de calificación públicas, política monetaria expansiva del BCE, banca pública, etc. Parece claro, desde este punto de vista, que no hay otra salida que una transformación profunda del mundo de las finanzas. Sin ella no se cura la enfermedad, solo se la maquilla hasta la próxima recaída.

Este nuevo año se parecerá en muchos aspectos al anterior; el riesgo sistémico –y su poder extorsionador- estará presente durante todo el ejercicio. Pero algo va a comenzar a moverse: las manifestaciones en Grecia, las protestas italianas, británicas, irlandesas… reflejan que la ciudadanía se está despertando a fuerza de golpes. La clave reside en que comencemos a hablar de ello con nuestras palabras, expresiones y formas de explicarnos un problema. Lo que nos llevará a preguntarnos si toda la deuda que supuestamente tenemos que pagar la hemos generado nosotros. Entonces será la banca la que tenga motivos para preocuparse.