Las elecciones generales han teñido aún más de azul el Parlamento, pero no han clausurado las principales plazas de las ciudades y de los pueblos. Estos son
precisamente los lugares en los que se han producido las transformaciones culturales más interesantes de los últimos meses en nuestro país. Allí se encuentran algunas de las mayores herramientas de cambio que muchos de los ciudadanos disconformes
tienen en su mano: la posibilidad de modificar sustancialmente las formas de comunicación, de acción colectiva y, en general, de convivencia en un mundo en el que el fetichismo tecnológico amenazaba con mantener alienadas y atomizadas muchas de nuestras capacidades sociales.
No es ocioso recordar que estas energías creativas, que comenzaron fluyendo a través de las autopistas construidas por la revolución tecnológica, desembocaron en las plazas urbanas, estableciéndose una retroalimentación entre dos ámbitos diferentes: las manifestaciones multitudinarias eran recordadas, analizadas y reorientadas en las infraestructuras de las que provee Internet; a su vez, estos soportes han facilitado un intercambio de noticias y documentos que alimentaron nuevas acciones a pie de calle.
Pero la misma permanencia en estos lugares de encuentro en la ciudad ha representado ya una acción suficientemente relevante. Los grupos de trabajo que se reunían en un corrillo en cualquier esquina de estas zonas públicas representaban un cruce entre lo mejor de lo viejo y de lo nuevo: las tecnologías de la comunicación y la información que estas ofrecen se han combinado con un ambiente en el que casi cada aspecto de la realidad se ha negociado en vivo y en directo: el asistente se veía desafiado a realizar un esfuerzo intelectual constante, en el que podía resolver sus dudas y sentirse útil solucionando las de los demás.
Otro factor inesperado hace unos meses jugaba y seguirá estando a favor de estas reuniones. Donde, por ejemplo, en el botellón la amistad, la cercanía en el vecindario o la similitud de gustos eran los principales nexos de los grupos de iguales, en las plazas han sido las inquietudes políticas y sociales las que han llevado a una dinámica colectiva bien distinta. Estas nuevas redes sociales en las que se comparten valores y normas propician con cierta facilitad relaciones estables entre sus miembros –en las que los compañeros de viaje se hacen también amigos, estableciendo lo que se denomina como “redes múltiples”-. Son núcleos generadores de lo que se ha llamado
“capital social” y que se puede traducir, para este caso, en flujos de información y conocimiento imprescindibles para continuar con las movilizaciones y conseguir resultados.
Pero no todo se podrá resolver a través de las plazas a partir de ahora. Si bien estos puntos son los escenarios ideales para la puesta en marcha de lo que el filósofo
alemán Jürgen Habermas denominó la acción comunicativa, es decir, el comportamiento que busca principalmente el entendimiento con los demás, es preciso plantearse también la posibilidad de llevar a cabo, sin rémora alguna dadas las circunstancias, lo que podríamos denominar acciones informadas: iniciativas colectivas que partan de un conocimiento compartido sobre lo que está pasando, pero también de un esfuerzo personal por adquirir las destrezas intelectuales necesarias para una adecuada interpretación de la realidad. Se trata de un comportamiento que requiere un asumible proceso de cualificación y que hará evolucionar mentalmente a los ciudadanos y participantes, que con sus acciones posteriores contribuirán también a la modificación de la realidad social.
Tomarse en serio el movimiento supone, por tanto, aceptar la obligación moral del estudio y el trabajo de los asuntos sobre los que se debata en las asambleas y grupos. No obstante, todo tiene sus límites: un movimiento meramente formativo, sin acciones concretas, está condenado a generar grupos eruditos en cierto modo marginales. Pero las cosas pueden salir aún peor: un colectivo que actúe de manera demasiado cortoplacista o sin la suficiente reflexión puede entrar en dinámicas de
estímulo-respuesta en las que las nuevas autoridades públicas se pueden mover a placer. En este sentido, los medios de comunicación han mostrado durante el pasado verano una sucesión de concentraciones, enfrentamientos con la Policía, protestas por las cargas del día anterior, nuevas cargas… Un círculo del que resulta difícil que se salga con el apoyo social mayoritario que este movimiento requiere para su avance.
Por estas razones, la variable clave aquí es la información y su calidad. Si queremos protagonizar una segunda transición, hemos de tener en cuenta que no se socializará
la riqueza si primero no se distribuye el conocimiento. Una sociedad de la información en la que la mayoría no se entera de lo que está pasando no es más que el sueño de una civilización que duerme. Hace falta, todavía, un nuevo cambio de actitudes, una revolución dentro de la protesta que convierta los lugares de encuentro en auténticas universidades populares preocupadas por los niveles de instrucción necesarios para llevar a cabo los cambios que hacen falta.
Esta nueva fase debe comenzar con las protestas que se van a generar por los nuevos recortes que lidera el nuevo Gobierno del Partido Popular y que ya llevamos un tiempo viviendo en muchas de las autonomías del Estado. Si queremos cambios cualitativamente importantes, tendremos que merecerlos más que nunca. Nos encontramos, de nuevo, ante el momento de la verdad. ¿Estaremos a la altura?
Esta semana está teniendo lugar el séptimo Foro de la Juventud de la UNESCO, dedicado al papel de los jóvenes en la promoción del cambio político y social en el mundo. Un término, el de cambio, que cae con facilidad en el eslogan si no se explica en qué consiste este, qué obstáculos tiene que salvar y con cuánto apoyo se cuenta para llevarlo a cabo.
En muchas ocasiones, este tipo de encuentros se hace previsible: el papel de la ONU a la hora de resolver conflictos mundiales se ha venido reduciendo con los años, pero algunas de sus organizaciones representan al menos un foro en el que compartir impresiones y tener una ligera percepción de qué está ocurriendo en otros muchos lugares del mundo.
En este sentido es sumamente gratificante comprobar la relevancia mundial que ha cobrado el movimiento 15M -o “M15 Movement”-, sobre todo con su extensión globalizada el pasado 15 de octubre. Ya no son solo los europeos los que se interesan por qué está pasando -mientras lamentan, hay que subrayarlo, lo sucedido en Roma-, sino que también los brasileños, chilenos, canadienses, rusos, serbios e incluso kenianos están tratando de hacer algo parecido en las principales ciudades de sus países. Se trata de sociedades profundamente diferentes en las que parece prender la llama de la crítica cada vez con más intensidad.
¿Existe la posibilidad de una protesta conjunta, de unos objetivos comunes? Si dejamos atrás las divisiones raciales, religiosas, nacionales y de otro tipo, sí hay algo que todos los manifestantes comparten: la voluntad de arremeter contra un sistema económico mundial que ya no necesita de muchas personas empleadas para que el beneficio siga maximizándose. En este sentido, parece indiscutible que la robotización y la financiarización desregulada de la economía mundial han hecho a millones de personas no necesarias, con las consecuencias humanas que esto conlleva.
De ahí que la referencia no sea ahora una determinada categoría social, como en el pasado pudiera serlo la clase obrera. “No es una lucha entre izquierdas o derechas, sino entre arriba y abajo”, ha dicho recientemente el economista de Attac Alberto Garzón, candidato por IU al Parlamento español. En efecto, parece que nos encontramos ante un enfrentamiento dialéctico entre las personas y una serie de instituciones que se limitan a invertir dinero para generar más de este, sin tener en cuenta las consecuencias reales que esto supone.
No debemos olvidar nuestra complicidad pasiva en todo este proceso, la pereza mental subvencionada por las series de televisión, las malas películas y, en general, las comodidades de la era de la información. ¿Por qué tener un coche viejo cuando podíamos pedir prestado para uno flamante? Los políticos que ahora administran los riesgos derivados de la orgía especulativa no son más que un reflejo de nuestros valores y actitudes a lo largo de los últimos años. La generación de una nueva ciudadanía informada podría dar lugar a una sociedad civil y una clase política capaces de fiscalizar y controlar los grandes abusos que estamos viviendo. Dan ganas de que llegue la próxima fecha…
* En una de las conferencias temáticas sobre África, el representante de Kenia lanza un desafío: ¿por qué tenemos que aspirar a tener un trabajo de ocho de la mañana a cinco de la tarde, acaso no podemos organizarnos o hacer algo diferente? Como afirma Ulrich Beck, en las sociedades del riesgo, lo que antes nos parecía el pasado ahora puede convertirse en nuestro futuro. ¿Podrá África por fin darnos una sorpresa?
** Un alto cargo diplomático español en París reflexiona sobre que la globalización está haciendo a los países ricos pobres y a los pobres, ricos, arremetiendo así contra las críticas pesimistas de la izquierda. El que firma este blog le propone revisar la estructura de clases en esas sociedades emergentes. En este tipo de momentos es mejor cambiar de tema…
Una nueva señal de que el 15M (internacional) debe aspirar a generar un nuevo perfil de políticos que construyan la Europa que nos merecemos la ha dado el siempre oportuno presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker, que ha entonado el thacheriano “There is no alternative”. Un “no existe otra opción” que pretende, aunque no lo dice, igualar las leyes del irracional y asimétrico mercado de capitales a las de la Física –para lo que también ignorará las novedades introducidas por la Teoría de la relatividad y determinados experimentos que nos llevan a dudar de muchas cosas puramente científicas… A lo mejor se les ocurriría algo si dedicaran el tiempo suficiente a las instituciones que se supone que representan a los ciudadanos, que están pudiendo comprobar cómo el precariado se instala irremisiblemente en la otrora cuna de la civilización de los derechos y el pleno empleo. Estos dirigentes podrían reflexionar, por ejemplo, sobre algo como lo que sigue:
- Lo tocable y lo intocable. Las reformas consisten, en definitiva, en hacer disminuir con facilidad tanto el gasto público como los salarios de los funcionarios y las pensiones, entre otros. Nos referimos a los soportes de la economía real, que paradójicamente está saneando los balances de la financiera. Sin embargo, existe una dimensión económica que, por ahora, no se ha querido tocar: unos mercados financieros y unas operaciones informáticas lucrativas que se repiten a velocidades desconocidas durante las 24 horas del día en todo el mundo. Se protege, indirectamente, un mecanismo que no rinde cuentas ante nadie y, peor, se lo deja aparte, como si fuera poco menos que natural e invariable. Es hora de que los ciudadanos comencemos a tener propuestas cualificadas sobre este asunto.
- Perder un miedo que no sabemos si se tiene. Los responsables de la eurozona marean la perdiz para no aceptar lo que es ahora mismo innegable: que Grecia no puede financiarse a largo plazo y que su quiebra es inminente. Las razones para prolongar el potro de tortura: no quieren enfadar a las agencias de rating –que ponen notas a los bonos públicos de los estados y son la guía perfecta para los especuladores- ni tampoco que se activen los terribles CDS –‘Credit default swaps’ o seguros contra impago, en este caso, de la deuda helena; estos vienen suscritos entre especuladores, inversores, fondos y bancos entre sí y, en caso de la quiebra, supondrían una desestabilización financiera en la medida en que muchos tendrían que pagarse a otros tantos una inflada cantidad de dinero, puesto que además constituyen un instrumento especulativo-. ¿Por qué no atamos en corto, primero, a las empresas privadas y a los instrumentos especulativos, para proceder después a una quiebra ordenada (y justa, sin vencedores ni vencidos) de los estados gangrenados por esta sangría?
- Hacer los pocos deberes suscritos. Si lo anterior no se realiza por “prudencia” o “responsabilidad” –y recordemos que un ministro, sea Acebes, sea Solbes, sea Salgado, mentirá siempre con responsabilidad -, al menos, nuestros gobernantes europeos podrían poner en marcha las reformas financieras que se anunciaron para junio de 2010 y de las que poco sabemos. Entre ellas estaba la creación de una agencia de calificación pública que hiciera frente a Standard and Poors, Moody´s y Fitch y que contrarrestara el impacto del oligopolio del rating en los mencionados mercados.
- Otros globos sonda son posibles. Si las alarmas de Juncker, de Merkel, Schauble, del diario Bild, Financial Times Deutschland, etc. desatan las bajas pasiones en los mercados, también se podría adjudicar a estos altavoces la tarea de abrir algún debate constructivo de vez en cuando, que contribuiría a estabilizar un poco la situación: por ejemplo pronunciarse hipotéticamente a favor de la emisión de eurobonos –que se canjearían con los bonos de los países periféricos y gracias a los cuales estas naciones (PIGS) no tendrían que pedir dinero a los especuladores-; por otro lado, se podría anunciar la posibilidad de creación de un Fondo Monetario Europeo, un nuevo objetivo inflación (por ejemplo, del 4% frente al 2% actual) o, por qué no, un verdadero Tesoro continental que sirviera para evitar los disfuncionales desequilibrios entre naciones.
- Devolver las ayudas. Si tan responsables nos hemos vuelto todos, podríamos tener la sensatez y el sentido común de canjear deudas por deudas: al haber ayudado a la banca con avales, aumentando el fondo de garantía de depósitos, creando el FROB en España, etc., también podríamos exigir a estas instituciones privadas que compraran nuestra propia deuda pública a bajos tipos de interés (por debajo del 2,5%, por ejemplo), o bien, que estas empresas nos descontaran la deuda pública que tienen en sus activos por la inyección de liquidez que se les está prestando. Parece complicado pero, en realidad, como todo, es bastante sencillo: que se devuelva lo prestado.
- Si no sirven para otra cosa, eliminémoslos. Se podría llevar a cabo un estudio profundo sobre las funciones que cumplen los instrumentos más especulativos en los mercados financieros. La argumentación liberal hace referencia a que herramientas –CDS, Hedge Funds, etc.- contribuyen a inyectar liquidez en un sistema que de otro modo entraría en una grave crisis. ¿En una situación peor que aquella hacia la que nos acercamos nosotros? Un comité de expertos (plural, por primera vez) debería valorar los pros y los contras: si los costes son mayores que los beneficios, estos vehículos financieros deberían ser eliminados y prohibidos.
- Una reforma e investigación verdadera de los paraísos fiscales. Nada más ser elegido, el presidente Obama dijo lo siguiente: “En las Islas Caimán hay un edificio que tiene 300.000 empresas alojadas: o es el más grande del mundo, o es la mayor estafa que nos han colado nunca”. Lo siguiente que hizo fue tragar con unas exigencias pactadas con un tal Colin Powell (no es el mismo de Bush), precisamente ¡el representante del lobby de los paraísos fiscales! Resultado: doble blanqueo y unas migajas de euros y dólares de vuelta a nuestros esquilmados Estados. ¿No es hora de que situemos culturalmente a los grandes defraudadores a la altura de los traficantes de armas? ¿No hay medios para que nos devuelvan un dinero que es nuestro?
Cuando el tiempo se dedica a pensar en algo más que unos pocos intereses y unas políticas completamente ideologizadas, surgen ideas mucho mejores que las que salen de una reflexión amateur como esta. En este blog, si los lectores así lo quieren, podríamos entablar un debate entre distintas sensibilidades y puntos de vista sobre estos problemas. Nosotros también tenemos la tarea de exigir un nuevo proyecto coherente y consistente. Manos a la obra.
El conocido como “Pacto del euro” está a punto de ser suscrito. Este acuerdo tendrá lugar, en definitiva, con el siguiente mensaje de fondo: la única salida a la crisis de la deuda europea reside en el incremento de nuestra competitividad exterior. Si reflexionamos sobre el régimen de desigualdades o falta de libertades, según se trate, existente en países como China, India, Brasil o Marruecos, podemos imaginarnos a qué tipo de modelo quieren que nos aproximemos para estar en la palestra. Para vender, tendremos que sudar sangre, o trabajar más y cobrar menos. Esta es la idea de competitividad entendida solo desde un punto de vista y con una mirada a corto plazo. El Pacto del Euro es el consenso de la resignación: sin tener en cuenta a los que salen ganando, asumiremos que nuestro camino consiste en regresar, paso a paso, al siglo XIX.
Sin entrar en muchos detalles –las medidas son parecidas a los planes austeros impuestos por el gobierno español desde el año pasado-, una traducción de estas reformas a un lenguaje que nos permita enterarnos de qué está pasando podría ser la siguiente: se trata de un avance en el proceso de empobrecimiento ciudadano que llevamos experimentando durante varios años y en el que la burbuja inmobiliaria (1998-2007) juega un papel necesario, como período durante el que vivimos “por encima de nuestras posibilidades” y por el que tenemos que pagar acomodando nuestros recursos sociales al verdadero nivel de riqueza de nuestras naciones. De este modo, la cristiana Europa nos saca del Jardín del Paraíso para que purguemos en la Tierra los pecados originales cometidos.
Afortunadamente, la población española y europea ya no está dormida y el próximo 19 de junio representa una excelente oportunidad para demostrarlo. De esta manifestación de descontento e indignación ciudadana deben surgir muchos gritos y una descomunal cifra de participantes que refleje la fuerza de una ciudadanía que quiere jugar un papel importante en la configuración de su futuro. Pero los organizadores e impulsores de estos movimientos han de tener en cuenta un objetivo clave: la gente necesita identificarse con un proyecto, unas metas y unos medios que sean comprensibles, alcanzables y, al mismo tiempo, ambiciosos. Si hasta ahora la protesta unía a distintas cohortes de edad, diferentes ideologías, estilos de vida, etc. en torno a un rechazo a lo antiguo –el bipartidismo, la corrupción institucionalizada, la pasividad ciudadana o la sumisión al capital financiero, entre otros-, ha llegado el momento de crear esas “identidades de resistencia” o caminos alternativos que sugiere el sociólogo Manuel Castells para la actual era de la información.
No es una tarea fácil, pero van surgiendo ciertos proyectos y propuestas que unificarían a una muchedumbre diversa para la consecución de los objetivos fijados: en definitiva, el impulso a una regeneración democrática que ponga a la sociedad y a sus ciudadanos como la prioridad de las políticas públicas y no como un medio para la maximización del beneficio empresarial. Aunque son ya fines en sí mismos, se trata de escalones o pasos necesarios para que el movimiento se refuerce progresivamente:
1. Sin un filtro, es imposible informarse. Si tomamos las plazas, tomemos ahora Internet. La mayoría de las personas que se congregan en estas manifestaciones y asambleas están sumidas en una sociedad de la información en la que, paradójicamente, nadie sabe lo que sucede de verdad. A pesar de contar con muchas herramientas tecnológicas, se hace necesaria la creación de una suerte de filtro colectivo para pasar de la cortina de humo a los hechos en sí. Este régimen de ocio forzoso ha liberado a mucho personal enormemente cualificado que puede dedicarse con intensidad a la promoción de plataformas en Internet que permitan esta nueva socialización de informaciones, noticias y datos relevantes para el contraste y la reflexión. Se trata de crear un periódico colectivo que tenga el mismo horario que los mercados financieros mundiales.
2. Democratización del conocimiento y responsabilidad ciudadana. Si se está pidiendo una redistribución de la riqueza, otra de las metas tiene que consistir en repartir el conocimiento, de tal modo que todo el mundo cuente con herramientas para interpretar la realidad y proponer alternativas. De esta manera, materias como la Economía deben ser traducidas a un lenguaje inteligible de modo que su aprendizaje se convierta en obligatorio para obtener el carné de ciudadano activo. El nuevo sistema requiere del acceso masivo a los conocimientos básicos: los que sepan más, tendrán que esforzarse en enseñar a los que tienen menos competencia en ciertos ámbitos.
3. Un macro y un microcosmos en interacción. La revolución de la ética. Además de criticar a la Banca y a los políticos de los partidos tradicionales, hemos de asumir una cierta responsabilidad en la enorme crisis generada y examinar nuestros valores, conductas, creencias y actitudes. ¿Podemos vivir con un nivel de consumo menor? ¿Es necesario pedir un préstamo para irse de vacaciones? ¿Necesitamos realmente tener dos coches? Los movimientos sociales terminan por modificar muchos aspectos de la realidad, pero, al mismo tiempo, ha de producirse un cambio sustancial en las personas que integran estos colectivos. Hablamos de dos movimientos que se producen a la vez, similares a los de los planetas del sistema solar: uno de rotación (el cambio personal y cultural que experimenta el componente del grupo) y otro de traslación (las modificaciones que los colectivos integrados por estos individuos imprimen en la sociedad sobre la que trabajan).
4. Solidaridad y redes de apoyo. El fin del individualismo de mercado. El anterior punto nos conduce a un modelo distinto de integración ciudadana, con un enriquecimiento de las redes sociales en comunidades de vecinos, distritos, barrios, poblaciones e incluso provincias. Es más que probable que las próximas explosiones especulativas globales –con la posible quiebra Griega- redunden en duras condiciones locales: los ayuntamientos más endeudados van a poner en marcha también sus planes de austeridad. ¿Llegaríamos a algún lado con el que cada palo aguante su vela? Quizá aquí recale uno de los puntos de más difícil aplicación pero que más éxito puede suponer para el movimiento.
5. Recuperación del ágora. La conquista del espacio público como lugar de intercambio, comunicación o diálogo sobre problemas que son de todos. Una adecuada articulación de los lugares urbanos al aire libre, como las plazas, debe conducir a un enriquecedor diálogo y a una convivencia que se podría mantener durante un tiempo ilimitado. Si se consiguiera que estos sitios se constituyeran como puntos de reunión frecuentes y permanentes en los que los ciudadanos compartieran cara a cara sus inquietudes, ya se habría impulsado un cambio profundo. La re-conquista de las plazas puede suponer una importante vacuna contra la alienación inherente a las sociedades tecnológicas avanzadas.
Es importante que este tipo de hojas de ruta se refuercen con el conocimiento de las propuestas explícitas para un posible nuevo sistema económico y social. Las manifestaciones y acampadas no pueden quedar como un fin en sí mismas. El movimiento 15M debe conducir a un proceso intensivo y permanente de formación continua y recíproca para una población que se considera merecedora de un mejor modo de vida. Depende de cada persona y del trabajo de las distintas organizaciones implicadas. La calidad de la democracia viene favorecida por el esfuerzo dedicado para hacerla real. Ganas no faltan.
Hemos sido los últimos, pero por fin estamos en la calle –a pesar de una lluvia que debe de estar patrocinando el Deutsche Bank, como mínimo- y, por lo que parece, podríamos llegar algo más lejos que nuestros compañeros griegos, portugueses, franceses, irlandeses… Desde el domingo pasado, multitud de ciudadanos estamos hablando, cara a cara, de lo que “realmente nos importa a los españoles”: la extorsión financiera, pensiones, un futuro gris por llegar, el quebrado estado del bienestar familiar, la manipulación mediática, etc.
Una vez iniciada una dinámica social de este tipo, su desarrollo y desenlace se tornan impredecibles, pero cabría plantearse una serie de cuestiones sobre lo que se puede hacer para que los objetivos fijados sean más alcanzables:
- Es bueno que no exista un partido que lidere este tipo de movilizaciones, lo que contribuye a que sus componentes sean más representativos de la sociedad. Pero tenemos que distinguir entre las redes sociales (en sentido amplio) previas a estos acontecimientos y las resultantes de las concentraciones: la lucha y la protesta de estos días tiene que dar lugar a una suerte de “capital social”, de organizaciones, de foros, de lugares de encuentro formal y regular e incluso, por qué no, de formaciones políticas que trabajen como intermediarias entre los ciudadanos y los actuales poderes públicos. Lo que nos jugamos es el agotamiento de las masas o la salida de las protestas con unas herramientas potentes para influir.
- Las manifestaciones y la participación en estas de cada vez más público provocarán a buen seguro un aumento de la abstención en las municipales de este domingo. Esto producirá a corto plazo un descomunal triunfo del Partido Popular en sitios donde antes no hubiera podido soñarlo. La victoria de la derecha no debe quitar la razón a quien no ha querido aguantar más para soltarlo. El 15-M es el día en el que murieron la “política del miedo” y la del “que viene, que viene”.
- Hay una estructura mediática que no informa lo suficiente de lo que está sucediendo y que da la impresión de una cierta verticalidad; por fin nos damos cuenta de que los cortes de la radio comienzan y terminan donde el editor considera oportuno: por el contrario, los emisores de información a través de Twitter y Facebook permiten elegir entre un montón de testimonios verídicos o exagerados. Escogemos nosotros. De repente no sabemos por dónde informarnos para saber realmente lo que pasa. Estamos participando en el producto de ficción de los medios y en la realidad al mismo tiempo, y por ello sabemos que además de actores somos personas: lo que sucede es más real que lo que había pasado nunca. Se ha caído el telón.
- ¿Qué imagen está obteniendo el espectador-consumidor de los manifestantes? ¿Somos unos “indignados” que esperan que el Gobierno cambie de políticas o bien ciudadanos-activistas que quieren cambiar las cosas desde abajo? Es preciso hacer lo más populares y coherentes posibles los objetivos y los medios para conseguirlos: ¿cómo se puede construir un mecanismo de banca pública en un sistema financiero privado? ¿con qué organizaciones homólogas se va a reivindicar la Tasa Tobin en Europa? ¿cuál es la estructura impositiva que puede reactivar la demanda y la economía? ¿Con qué palabras podemos explicarlo para que lo entienda hasta el que no mira la tele? La asociación de joven indignado-sin propuestas va a ser una de las herramientas más hirientes entre esos tertulianos que van a llenar radios y televisiones de tópicos y mantras, mucho más peligrosos que las porras de la Policía.
- Estamos ante un momento crucial: es el ascenso de nuestra autoestima social. nuestros padres corrieron delante de los grises y escondieron panfletos rojos. Gracias a ellos no tenemos a Don Manuel Fraga de Primer Ministro del Movimiento. Pero la creación de la Unión Europea viene, en el fondo, de una serie de ideas económicas que no se han cuestionado. Esa es nuestra tarea y nuestra justificación como sujeto social: el nivel político en España está por los suelos, pero nuestros dirigentes son también los mercenarios ideales para gestionar los flujos financieros y la vida pública en un mundo en el que se está produciendo una redistribución hacia arriba de la riqueza. Necesitamos otros líderes, pero no debemos apartar la mirada de la Comisión Europea y su Parlamento afín.
- Es el momento de que comencemos a transmitir a los demás lo que llevamos leyendo, desde que comenzó la crisis, en PÚBLICO, en REBELIÓN, en KAOSENLARED, en SISTEMA DIGITAL, SIN PERMISO… Ahora tenemos que comunicarnos con la gente normal, la que ha salido con sus niños a las calles, la que no tiene tiempo de estar todo el día poniendo “me gusta” a un artículo de Vicenç Navarro en Facebook… lo que contienen, en suma, los trabajos de divulgación de los que tanto hemos aprendido. Tenemos que compartir una idea común de qué es la financiarización de la economía, de las transacciones financieras, del neoliberalismo, de la reforma laboral, de la crisis de las pensiones privadas, etc. No se trata de demostrar quién se dio cuenta primero de que todo era un engaño, sino de que el mayor número de gente sepa el por qué y el para qué de ello. En esta protesta, al menos de momento, no debe haber sitio para las élites.
- Tenemos que votar y que se note. Nos quedan UPyD e Izquierda Unida. Los primeros no tienen programa y a los segundos les hace falta un lifting en las formas y en buena parte del contenido. La mayoría de los que no quieren votar a IU ven a la organización como a un partido antiguo y sin soluciones ni propuestas creíbles. ¿Dónde están las caras jóvenes que representen la indignación callejera? No obstante, hay algo que no se les puede reprochar: son los únicos que se han opuesto a las políticas públicas de los últimos treinta años. No olvidemos que muchas de las cosas que en el pasado parecías razonables –Maastricht, por ejemplo hace casi veinte años-, ahora nos caen encima como losas. Igual nos hubieran venido bien unos cuantos escaños rojos más estos últimos diez o quince años…
Lo que queda claro es que ya no somos los mismos de antes. Ya no queremos las mismas caras, ni parecidas, en los carteles electorales. Lo sabíamos, pero no sabíamos que lo sabíamos. A partir de ahora, el cambio se ha puesto en marcha. A ver quién puede detenerlo y de qué forma.