Publicidad

Detrás de la función

Porque los ciudadanos nos merecemos algo más de los medios de comunicación

Un lugar más para vigilarnos

14 feb 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

El sociólogo alemán Ulrich Beck considera que vivimos en “la sociedad del riesgo”, donde constantemente hacemos frente a peligros e incertidumbres que se derivan precisamente de nuestros éxitos en el pasado. Por ejemplo, el preocupante problema del envejecimiento se debe en buena parte al aumento de la calidad de vida experimentado en Occidente en décadas anteriores; la ya casi presente escasez de petróleo y su altísimo precio provienen del aprovechamiento intensivo que permitió el desarrollo de la “Edad Dorada” del capitalismo. Tenemos que asumir que, en definitiva, nos hemos modernizado, y que eso supone inconvenientes que pueden llegar a quitarnos el sueño.

Algo así está sucediendo con el avance en las tecnologías de la comunicación. Hoy día, resulta difícil encontrar un análisis sobre cambios en un país o una sociedad sin que se destaque el papel que estas han tenido a la hora de poner en marcha procesos reformistas o incluso revolucionarios.

Las innovaciones comunicativas también entrañan riesgos que tenemos que conocer. Han multiplicado la posibilidad de interacción con el prójimo o de difusión de mensajes, pero también amenazan con restringir, paradójicamente, nuestra libertad de expresión. Si determinadas bromas de la calle trasladadas a Twitter nos suponen una sanción social, probablemente nos pensemos dos veces lo que vamos a decir en una próxima ocasión. Esto no nos hará mejores: simplemente, nos volveremos menos bromistas.

Podemos llegar a extremos, como los caricaturizados por Berlanga en su película “Plácido”, en la que los mendigos invitados a la cena de Nochebuena no hablaban ni se movían por miedo a que los echaran. Hay muchas cuentas de Facebook que se han cerrado sin una causa clara. La consigna es “tener más cuidado”.

En 1965, Milan Kundera publicó “La broma”. El protagonista de esta novela vive en una Checoslovaquia gris que ha perdido el sentido del humor, aplastado por la escolástica comunista. Un simple chiste al final de una misiva (“¡Viva Trotsky!”) lo aparta de su empleo y de su porvenir. ¿Hemos entrado, también nosotros, en una sociedad de vigilancia y delatores? Con estas nuevas actitudes, casi nadie puede sentirse hoy seguro.

¿Conformismo 2.0?

08 feb 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

El papel que supuestamente han jugado las denominadas “redes sociales” en las revueltas árabes ha servido para que realcemos una vez más su potencial a la hora de influir en acontecimientos que, como en Túnez o en Egipto, pueden ser decisivos para la vida de la gente.

No obstante, conviene no llegar al fetichismo tecnológico. Facebook y Twitter son solo herramientas. Además, no son precisamente neutras: resultan de un esfuerzo técnico condicionado por los valores, actitudes e ideas de sus inventores y financiadores. No olvidemos que el espectacular avance de las “autopistas de la información” ha ido de la mano con la globalización de esos capitales financieros que tanto nos preocupan en la actualidad, y que han terminado por recortar drásticamente nuestras futuras pensiones, entre otras cosas.

Por todo esto, los “revolucionarios de pijama” estamos de alguna manera obligados a reflexionar sobre si el hecho de suscribirnos a quinientas “causas” en Facebook y “compartir” todas las primicias de Wikileaks no nos quita el suficiente tiempo para leer los mejores reportajes, análisis y libros, pudiendo recordar su contenido varios días después. De no ser así, si nuestra aportación a la transformación social consiste únicamente en hacer el mismo “click” con el que podemos comprar cualquier producto de la red, corremos el riesgo de que nuestra creatividad y buenas intenciones queden absorbidas por una infraestructura digital que, en el fondo, solo persigue el beneficio propio. Una especie de enajenación o “alienación 2.0”, por seguir con los mismos términos.

Como afirma el editor Amador Fernández Savater, que no haya costes de entrada para determinados servicios no significa que estos sean totalmente gratuitos. Junto con las cien mil firmas que conseguimos en apoyo al juez Garzón, absorbemos cientos de mensajes comerciales y proporcionamos una información impagable a los decisivos departamentos de marketing que estiran nuestra demanda para que el mundo siga girando. ¿Perseguimos de verdad cambiar las cosas, o más bien presentamos nuestros gustos e inclinaciones a ese mercado en el que lo que no se compra se está vendiendo? ¿Son las redes sociales un lugar político, o una pasarela más de la posmodernidad más narcisista?

No podemos negar el avance que supone el uso de estas redes. Pero solo representan una variable más, inserta en un entorno en el que la distribución de recursos y poder es, como sabemos, fuertemente asimétrica. Una, o mil conexiones ADSL no van a solucionar este problema. Lo que hace que, por ahora, una revolución patrocinada por Facebook no pueda resultar demasiado peligrosa.