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Detrás de la función

Porque los ciudadanos nos merecemos algo más de los medios de comunicación

¿Creemos o no creemos a Assange?

12 dic 2010
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En tiempos de relativa oscuridad como los que estamos viviendo, somos muchos los que deseamos encontrar algo en lo que creer ‘definitivamente’. No es menos cierto que, después de tantas decepciones y engaños, escrutamos con una enorme desconfianza cualquier alternativa que prometa un nuevo modo de hacer las cosas: detrás de estas podemos llegar a intuir una nueva vuelta de tuerca o una mayor caída en las sombras.

Algo así sucede con la organización Wikileaks y con su líder, Julian Assange, encarcelado desde hace unos días por un dudoso delito aún pendiente de juzgar. Las distintas manifestaciones y concentraciones a su favor están enfrentando diversos modos de entrar en contacto con el nuevo fenómeno mediático. Es relativamente normal y frecuente que estas posturas devengan en antagónicas y simplificadas. Es un problema bastante frecuente, pero que hay que detectar si queremos extraer una buena lección de lo que está sucediendo y de lo que podría ocurrir en el futuro.

Lo sucedido con Wikileaks podría contemplarse como una trama de ficción, propia de una novela de Stieg Larsson: una organización independiente comienza a publicar incómodos secretos de Estado que dejan al desnudo el modo de hacer del último imperio que conocemos; acto seguido, el máximo responsable de estas informaciones es encarcelado por dos supuestos delitos sexuales. La violencia difusa, latente, se materializa y encarcela, como en las peores dictaduras, al mensajero de las malas noticias. Los ciudadanos salimos a manifestarnos por la libertad de información. El sospechoso ocupa la portada de la revista TIME.

Las teorías de la conspiración son inevitablemente atractivas: ¿y si Assange no fuera más que un señuelo, un tonto útil, dormido y controlado por las élites económicas, militares y políticas, con el objeto de restringir aún más las libertades? Todo habría sido una descarada pantomima que ocultaría cosas peores. Investigar sobre ello acabaría por producir una especie de derrumbe de fichas de dominó que nos llevaría, de paso, a conocer las verdaderas motivaciones detrás de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Lo único que tenemos seguro en la vida, además de nuestra futura muerte, es la permanente incertidumbre que nos rodea. Poner esta en marcha y explotarla está al alcance de mucha gente gracias a las nuevas tecnologías.

No hace falta rechazar a Wikileaks como si de una encarnación del demonio se tratara para mantener una postura crítica. Es posible que, con una información tan valiosa y relevante, determinados dirigentes de esta organización hayan tratado de llegar a interesantes tratos con los diferentes poderes implicados. ¿Cuándo termina la explosiva libertad de contarlo todo y comienza la lucrativa tendencia extorsionadora que caracteriza muchas de las actividades de los medios de comunicación?¿Acaso no merecería la pena que se supiera el veinte por ciento de lo que está sucediendo, de verdad, en el mundo, a cambio de conservar oculto el otro ochenta?

Algo más que el crédito de Assange, y el de Wikileaks, se deciden por estas fechas. Lo más importante es el mecanismo que estas publicaciones han desencadenado en la sociedad: hay una influyente masa crítica esperando una nueva chispa para comenzar a consumir productos diferentes, la única vía hoy existente para cambiar el estado de las cosas. Ernesto ‘Che’ Guevara quería “cien Vietnams” en la Tierra para acabar con el capitalismo; la Web perseguida ya ha sido clonada más de mil veces. Merece la pena seguir atentos.

Wikileaks, un peligro para la democracia

05 dic 2010
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En 1922, el periodista y sociólogo norteamericano Walter Lippmann proponía en su libro “Opinión pública” cuáles tendrían que ser las funciones de los medios de comunicación para garantizar la estabilidad y la buena marcha de la democracia. Para Lippmann, el “rebaño” debía seguir una dirección firme marcada por una élite, por lo que los medios se dedicarían a “fabricar el consenso” entre el grueso de la población y sus líderes. Para este autor, cierto periodismo podía confundir a las masas, lo que les restaría capacidad para tomar adecuadamente decisiones. La producción de propaganda pasaba, por tanto, a cumplir una función necesaria, casi imprescindible.

Huelga decir que los propósitos de Lippmann se cumplieron ampliamente, incluso sin la necesidad de exhibir una gran energía represora por parte de los poderes públicos. Los Profesores Noam Chomsky y Edward S. Herman cuentan en “Los guardianes de la libertad (Manufacturing consent)” cómo fue el propio “libre mercado” el que terminó con el subversivo periodismo radical británico iniciado en el siglo XIX, incapaz de cargar con los costes de una producción periodística que se había vuelto cada vez más compleja, así como de competir con otros diarios que sí contaban con anunciantes y financiadores, pero que no tenían precisamente el propósito de reforzar la conciencia de clase de los obreros ingleses.

De la sociedad industrial pasamos a una serie de revoluciones tecnológicas y financieras que se retroalimentaron para crear auténticas “autopistas de la información”, como pronunciara victorioso el ex presidente estadounidense Bill Clinton. En definitiva, la innovación tecnológica hacía posible la globalización financiera, decisiva, a su vez, para financiar los grandes avances aplicados a la comunicación. La “era de la información” no nacía de manera neutra, sino ideológicamente marcada por los capitales que la habían hecho posible: esas carreteras virtuales tenían dueño antes de ponerse en marcha.

Con estas reglas del juego aún vigentes, cabe preguntarse si el fenómeno Wikileaks representa un mero bache o, por el contrario, es el inicio de una nueva serie de tendencias en el universo comunicativo. El clima de confusión y de desconfianza hacia el personaje de Julian Assange está en parte justificado, pero, por otro lado, refleja el conformismo y el interés del ‘establisment’ en que persista un sistema de comunicación que, en suma, se dirige a reforzar la fe del ‘ciudadano sonámbulo’ en una determinada realidad que encaja perfectamente con la conformación y relaciones entre los poderes existentes. Por ello, la irrupción de este peculiar personaje, al despertar a quien dormía, deviene necesariamente en atentado terrorista, y su fulminante detención –o su asesinato- se dan por descontados.

Sería bueno que Assange fuera más allá de lo militar y lo diplomático: hay muchos lazos entre el poder económico y el político que no se nos explican diariamente en nuestros medios tradicionales. ¿Habrá quien recoja el testigo de esta organización, todavía tan personalista? Wikileaks debería dar paso a un nuevo modo de concebir la información, desligada del producto comercial y liberada, por tanto, de los constreñimientos a los que este queda automáticamente sometido. La democracia, la que ellos quieren que mantengamos, está en peligro. Esperemos que el riesgo siga creciendo.

De las primarias y otras burbujas informativas

06 oct 2010
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Convendría que dedicáramos al menos un momento a reflexionar sobre cuánta atención hemos prestado al proceso de primarias en el Partido Socialista de Madrid, para después comparar esta cantidad de tiempo con las consecuencias que el desenlace de las elecciones autonómicas madrileñas tendrá sobre nuestras vidas. Si seguimos estas instrucciones, la mayoría probablemente concluirá que ha sobrevalorado la importancia de estos comicios internos.

¿Por qué entonces tantas portadas de periódico, todas esas tertulias y titulares sobre el “órdago” lanzado por Tomás Gómez al presidente Zapatero? ¿Acaso alguien preveía el desencadenamiento de una crisis gubernamental a raíz de la probable victoria del ex alcalde de Parla?

La explicación más plausible reside en que, dadas las características del período de tiempo en el que la “polémica”, la campaña y las elecciones han tenido lugar -final del verano, principio del curso político-, el acontecimiento podía ser presentado a través de los medios como un hecho de máxima relevancia y explotado lucrativamente a través de diversos canales, conformando un relato ficticio consumible por los espectadores. En definitiva, y como se dice en muchas redacciones, “el tema funcionaba”.

De esta forma tan sencilla y “natural”, y sin la necesidad de ninguna conspiración por parte del “poder” para atontar a los ciudadanos, determinados temas nos son servidos en bandeja cada semana como los únicos que podemos considerar “importantes”. Sociólogos y teóricos de la comunicación estudian este fenómeno desde lo que se denomina la ‘Agenda setting’ o fijación de la agenda de temas. Uno de los promotores de esta escuela, Bernard Cohen, lo explicaba así en 1963: “Quizá los medios no consigan decirle a la gente lo que pensar, pero tienen un éxito asombroso al decir a los lectores sobre qué pensar”.

Cabe añadir que la fijación de esta agenda se produce de arriba abajo, sin contar, por tanto, con la opinión de los ciudadanos sobre sus necesidades e inquietudes. En todo caso, estas acaban por ser mediáticamente reorientadas a lo que se ofrece. De ahí que los resultados de estas estrategias comunicativas no suelan estar precisamente al servicio del bienestar de todos. ¿Por qué tendrían que estarlo?

Un buen ejemplo podemos encontrarlo en el período de ‘pre-crisis’ económica. Durante el curso político 2006-2007, cuando muchos expertos, por entonces “marginales”, vaticinaban que la burbuja inmobiliaria podía explotar, los problemas  “candentes” en España eran principalmente los siguientes: la investigación sobre una posible connivencia entre ETA, elementos cercanos al Partido Socialista y los promotores del atentado del 11-M; el proceso de reforma de los Estatutos de Autonomía y sus posibles consecuencias sobre “la unidad de España”; finalmente, las “cesiones políticas” que el Gobierno socialista tendría pensado realizar a la banda terrorista ETA.

Estos tres “temas” demostraron ser tres ‘burbujas informativas’ que terminaron por explotar, dejando la realidad económica y todo el tiempo que habíamos perdido al descubierto: con la crisis hecha “realidad”, el aumento dramático del paro, los déficits públicos y los ataques a la deuda española, la ruptura nacional y “la verdad” de lo sucedido el 11 de marzo pasaron a importarnos bastante menos, aunque, de vez en cuando, asomen la cabeza en algunos rotativos. Las conversaciones entre el Partido Popular y CiU para un posible pacto en la Generalitat confirman la existencia de estos fenómenos de usar y tirar: ¿dónde quedan aquellos millones de firmas contra la “disolución” de España?

La conclusión que se desprende de los ejemplos es que la actual regulación de las empresas informativas, al igual que la de las entidades financieras, degenera en distintos tipos de burbujas que eclipsan el panorama de los problemas a los que nos enfrentamos en el presente y con los que nos encontraremos en el futuro. El supuesto libre juego de la competencia ha traído consigo una especie de escaparate en el que “los problemas que importan a los españoles” se suceden y se sustituyen a un ritmo marcado por las leyes de la oferta y la demanda. Que recuperemos nuestra realidad, o al menos, aquella en la que queremos estar viviendo, exige de cambios en estas fábricas de sueños y, por supuesto, en el modo que tenemos de prestarles atención. Da miedo pensar qué nos estaremos perdiendo ahora mismo por culpa de estos fenómenos. En unos meses, o años, lo sabremos.