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25 de enero. ¡Hasta pronto!

27 Ene 2008
12:42 
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Hemos dedicado el día a buscar detalles para regalar a la gente que nos espera en casa y en el trabajo. Ha sido frustrante. Aquí no hay souvenirs que no tengan que ver con los pingüinos ni regalos que guarden relación con la Antártida, así que hemos hecho trampa. Le hemos pedido al responsable de un puesto ambulante que nos hiciera las cosas a medida: “unos chocolates con la palabra ‘Antártida’ grabada en ellos, unos imanes para frigorífico con un pingüino del continente…” ¡Vamos a quedar como reyes!

Mañana sale nuestro vuelo. Tardaremos 24 horas en llegar según el código horario y 20 en tiempo real. Volvemos por Santiago de Chile. Antes de terminar este relato sobre nuestro viaje y despedirme de todos vosotros quiero dedicar este capítulo a David Tejedor, el operador de cámara con el que he estado trabajando aquí. Con él y su cámara o, mejor, esa prolongación de su brazo, he trabajado en el fin del mundo e iría más lejos si se diera la ocasión. Es un compañero de trabajo excepcional, una gran persona y un profesional de los pies a la cabeza.

Ahora os emplazo a seguir la Sexta Noticias, donde podréis ver todo lo que os he contado durante este mes muy pronto y donde os anunciaremos las futuras emisiones sobre este viaje. Muchas gracias a todos por compartir conmigo esta experiencia y hasta pronto, Lucía

PS: Yo, empiezo hoy a hacer mi experimento. He conseguido abstraerme un poco y esto es lo que veo: pureza, silencio, blanco, aire, paz… Belleza.

24 de enero. Déjà Vu

25 Ene 2008
12:43 
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Punta Arenas, otra vez. Mismo hotel, idéntica habitación… Cuando he abierto los ojos esta mañana, por un momento he pensado que lo había soñado todo. Pero, bien pensado: ¿qué importa ya si lo he soñado o lo he vivido de verdad? A partir de hoy ya sólo me queda la memoria para revivir esta experiencia.

Bajo a desayunar y David me enseña el ‘Diario Austral’. La portada de este periódico recoge la muerte del cabo chileno ayer en la Isla Rey Jorge y yo ya no puedo seguir creyendo que todo fue un sueño.

Muchos de los que volaron con nosotros desde la Antártida aprovechan estos días, hasta que salga su vuelo a España, para conocer los alrededores de Punta Arenas. David y yo preferimos quedarnos a seguir visionando las imágenes y seleccionando lo mejor de las entrevistas.

José Manuel, el asesor de prensa del Año Polar Internacional que nos ha acompañado durante todo el viaje, se marcha mañana. En este tiempo, José Manuel ha pasado a ser Jose, una pieza vital en nuestra aventura antártica. Un hombre capaz de mantener cualquier conversación, en el tono más oportuno y con un sentido del humor muy inteligente. De Jose siempre se puede aprender algo y tiene muchas de las cualidades que yo admiro: es capaz de retener una enorme cantidad de conocimientos sobre cada disciplina que se cruza en su vida, aunque sea tangencialmente, está entregado a lo que hace y es un apasionado de lo que dice. Con estos ingredientes, entenderéis que, como compañero de viaje, yo lo metería en todas mis mochilas.

Intento no pensar en todo lo que hemos visto ni en todo lo que hemos hecho hasta ahora, para ponerme en el papel de un telespectador y empezar a darle forma al montaje de las imágenes, como si las viera por primera vez. Pero es imposible. Vengo del continente helado y, curiosamente, no consigo quedarme en blanco. Mi intención es vaciar mi mente por un instante y comprobar cuál es la primera imagen que me viene a la cabeza inmediatamente después. Quiero hacer ese experimento porque creo que así sabré qué es lo que más me ha impresionado de todo lo que hemos vivido. En cualquier caso, creo que no tengo el día para experimentos. Por mi forma de escribir, ya habréis deducido lo desordenadas que tengo hoy las ideas. Lo volveré a intentar mañana. Ya os contaré. Un abrazo, Lucía

23 de enero. El día más duro

24 Ene 2008
11:42 
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niebla.jpgNo estuve mucho tiempo en la fiesta. A las doce y media de la noche me fui a mi camarote, no sé si por cansancio o porque ya necesitaba un poco de tiempo para mí.

Dormí muy bien gracias al acune del oleaje. Serían las ocho de la mañana cuando me desperté y ya habíamos llegado a la Isla Rey Jorge, donde se encuentra el único aeródromo antártico. Hasta aquí sólo pueden llegar aviones muy específicos y dispuestos a aterrizar en una pista de tierra, sin luces, de apenas 500 metros y con el único soporte de una hostería del Ejército chileno disponible para quienes se queden ‘abandonados a la suerte del clima’. Este lugar no tiene nada que ver con un aeropuerto. Nada. De hecho, es un recurso que utilizan muy pocos. La inmensa mayoría de los que llegan a estas tierras lo hacen en barco, desde Argentina o desde Chile.

Descendimos del barco a la lancha que nos acercaría a la isla. La niebla prácticamente arropaba el mar. Era tan densa que, a medida que bajábamos, la cubierta iba formando parte de nuestra memoria. No se veía nada a diez metros de distancia y, antes de llegar a tierra, yo ya notaba húmedos hasta mis huesos. En la playa la situación no mejoró en absoluto. Apenas se veía el suelo, no era de día ni de noche, hacía mucho frío… El entorno resultaba igual de tenebroso que el que fuera cómplice de un asesino en serie en el Whitechapel londinense del siglo XIX. La lógica indicaba que el avión no vendría a por nosotros en estas condiciones y muy probablemente tendríamos que volver al barco o pasar aquí la noche.

Por primera vez en más de 20 días, sentí cierta claustrofobia. ¡No podíamos salir de la isla! A falta de otra ocupación, empezamos a caminar, no tanto por hacer tiempo como para entrar en calor.

Una tragedia en la isla
Un responsable del Ejército chileno, que tiene instalada allí una base, nos confirma que el avión no llegará, “salvo que despeje”. En ese momento parecía imposible que aquello hubiera estado nunca despejado. ¡Esa niebla debía de pesar toneladas; tardaría años en desaparecer!

El Hespérides recibió la noticia y poco tiempo después nos enviaron bocadillos a través de las Zodiac y los chilenos nos dieron un caldo caliente. Empezamos a comer y vimos un helicóptero aterrizando en una explanada a muy pocos metros de donde estábamos. Había salido del Viel, el mismo barco y el mismo helicóptero que días atrás habían dejado cuatro toneladas de material en la base Juan Carlos I. Esta vez, trasladaba a un chico herido.

A los pocos minutos, el mismo responsable del Ejército chileno nos aclaró la situación:
- “Un miembro de la tripulación del Viel, que se encontraba haciendo una descarga en esta isla, se ha caído por las escaleras de cubierta. En el barco pensaban que se había roto la cadera, pero nuestro enfermero aquí asegura que su situación es todavía más grave. Hemos pedido al avión que debía venir a recogerles a ustedes que evacue también a este hombre. Como saben, las condiciones climatológicas son adversas, pero el piloto se muestra conforme con hacer todo lo posible por acelerar su llegada. Les seguiré informando”.

Me quedé pensando en que hacía sólo unos minutos yo sólo quería salir de aquí porque tenía mucho frío y mientras, muy cerca, había otro chico para quien salir era la diferencia entre vivir o morir.

A la niebla no se le ablandó el corazón y el avión de la esperanza de este cabo peluquero de 33 años no podía llegar. Era demasiado arriesgado. Era una locura intentarlo, a pesar de que al chico se le estaba yendo la vida. Los científicos y técnicos que debían venir en ese avión esperaban en el aeropuerto de Punta Arenas dispuestos a partir en cuanto el piloto lo indicara. Ellos allí, nosotros aquí. Todos conocíamos la situación.

Pasaron muchas horas hasta que el sol ganó la batalla y nos comunicaron que el avión había despegado y que llegaría en una hora. Para el chico ya era demasiado tarde.

Yo seguía teniendo mucho frío, pero el impacto de esta muerte me hizo olvidar ese detalle. Ha llegado el momento de reflejar también las terribles carencias de los que vienen a este lugar tan remoto. Aquí no se puede ayudar a los que tienen tan mala suerte; un resbalón puede ser mortal y no hay reacción lo suficientemente rápida como para evitar una tragedia. Aquí se puede estar muy solo, porque aquí siempre gana la Antártida.

El avión llegó aterrizando como sólo se puede aterrizar en este lugar: con un frenazo de vértigo. A las nueve de la noche, por fin llegamos al sur de Chile y pensé en lo paradójico que resultaba venir del único lugar del mundo que nunca ha estado en guerra y sentir que ahora estaba más segura.

22 de enero (Parte II). De vuelta en el Hespérides

23 Ene 2008
11:39 
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niebla-2.jpgA las ocho de la tarde, el buque Hespérides llevaba 16 horas esperando a que al viento se le pasara la ira para que Las Palmas pudiera acercarse y abastecerle de combustible. No fue así y había que tomar una decisión porque el avión nos recogía a la mañana siguiente -siempre con permiso de las condiciones climatológicas, una vez más- y aún quedaban diez horas de navegación hasta el aeródromo antártico. En este momento, la decisión no es fácil. O salimos con poco combustible obligando al Hespérides a deshacer el viaje al día siguiente para volver a por gasolina, o esperamos y perdemos el avión.

Mientras esperamos en la base, escuchamos una conversación entre los comandantes de los dos buques porque alguien ha dejado un walkie encendido con el volumen a tope.

Comandante de Las Palmas: – “¿Cómo lo ves?”
Comandante del Hespérides- “Lo veo mal. En estas condiciones no podemos repostar y, si tengo que estar a las nueve de la mañana en Rey Jorge, tengo que salir de aquí a las diez como muy tarde. El trasvase de combustible tarda unas cuatro horas. Ya no hay tiempo”.
CLP: -“Pero parece que el viento amaina”.
CH: – “No te puedo abarloar. Tengo un viento de más de 40 nudos y yo no me puedo acercar más a la playa”.
CLP: -“¿Y qué hacemos?”
CH: – “Yo puedo esperar; los científicos pueden esperar. Mi problema son los periodistas, que tienen que volver a España. Pero yo no puedo enviar mis Zodiac con este viento”.
CLP: -“No te preocupes. Enviamos las nuestras a recogerlos y te los dejamos allí”
CH: -“Bien. Hay que hacerlo ya, entonces. Se acaba el tiempo”.
CLP- “Entendido, nos ponemos a ello”. Es de justicia decir que el comandante de Las Palmas siempre tiene un ‘sí’, una sonrisa en la cara y una palabra amable para todo el mundo.

El Hespérides llevaba a bordo 30 investigadores que debían coger el mismo avión que nosotros. Avión que, por cierto, también traía al personal de relevo que debía ser trasladado a las bases en este buque. No entendimos por tanto, por qué su problema éramos nosotros. Finalmente, y al límite del tiempo, el comandante del barco decide partir hacia el aeropuerto con el combustible justo para volver al día siguiente.

Cuando subimos al Hespérides -un barco imponente, orgullo de la Armada y toda una leyenda al servicio de la Ciencia-, nos recibe el número dos con un “bienvenidos a bordo” muy de agradecer, y pocos minutos después comienzan a levar anclas.

Prácticamente acabábamos de instalarnos en nuestros camarotes, cuando un científico nos sugiere entre dientes que vayamos a ver al comandante.
Subimos y, tras el saludo de cortesía, el comandante nos pregunta a bocajarro:
- “¿Vosotros, con qué intención venís?”
- “Nos gustaría hablar con los científicos sobre esta campaña”, le digo.
- “Tenéis que pedirme permiso. Hay dos personas que yo no quiero que hablen y otros siete que no quieren ver una cámara delante”
- “No venimos a molestar a nadie. Ya hemos hablado con el Investigador Principal y vamos a hacerle una entrevista”.
- “Ya, pero podéis hablar conmigo. Nosotros también tenemos nuestro protagonismo”.

Ésa fue la única vez que hablamos con él.

El viaje fue fantástico. Hicimos nuestra entrevista y tomamos algunas imágenes del barco, que a mí me pareció un hotel de cinco estrellas. Los investigadores más jóvenes organizaron una fiesta de despedida de campaña en la sala de mapas y nos invitaron. Hablamos con biólogos, geólogos y meteorólogos entre otros especialistas. La mayoría eran doctorandos de veintitantos años, apasionados con sus investigaciones sobre corrientes marinas, zonas costeras, Cambio Climático, movimientos terrestres… Terminaba para ellos la travesía, a bordo de tan magnífica nave, que había comenzado hacía un mes con un discurso del comandante: -“Esto es un buque de guerra, no un picadero”, dijo el primer día. A algunos les había hecho cierta gracia. A la mayoría, ninguna.

Así, con una celebración de despedida y cierta pena, comenzamos nuestro rumbo hacia el Norte, en dirección a casa.

21 y 22 de enero. Empieza el regreso

22 Ene 2008
21:29 
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las-palmas.jpgLos planes han cambiado -algo más habitual que excepcional en la Antártida, donde uno nunca sabe lo que pasará en las próximas horas, si depende del tiempo-. Se prevén fuertes vientos y el buque Las Palmas no se arriesga. Embarcamos a las ocho de la mañana para que las Zodiac, que tienen que trasladarnos de la playa al barco, puedan navegar. Lo hacemos muy despacio, porque el mar está cubierto de brass (trozos de hielo desprendidos de un glaciar).

Todo se adelanta varias horas y no podemos despedirnos como habíamos previsto: con una paella, una entrega de diplomas y, quizá, algunas palabras. Así que nos hacemos unas fotos y salimos pitando a ponernos los trajes de supervivencia para embarcar. Atrás dejamos la base Juan Carlos I tal y como la encontramos: impecable por dentro e imperturbada por fuera; sin un papel o una colilla en el suelo; sin rastro de una sola actitud que este entorno pueda reprochar al hombre.
Hacia Gabriel de Castilla

Una vez con el personal dentro, el buque comienza a descargar cientos de kilos de mercancías en las lanchas y, a las cuatro de la tarde, por fin zarpamos. El viaje, esta vez, se ha hecho pesadísimo; demasiadas horas sin poder hacer nada y en un espacio muy reducido. Vuelvo a sentir una profunda admiración por los 36 tripulantes que viven así más de la mitad del año. En el Las Palmas empieza nuestro regreso. A partir de ahora, nos esperan varios días de viaje, en varios medios de transporte y largas esperas. Si todo sale bien, llegaremos a casa en una semana.

Nuestra primera parada es la base Gabriel de Castilla, donde el barco no sólo tiene que dejar a los últimos científicos que recogió en Ushuaia, Argentina, sino además petrolear (proveer de combustible) al buque Hespérides.

El Hespérides llegó a la bahía mientras dormíamos en la base pero el trasvase de combustible, finalmente, no se pudo realizar. El viento no dio tregua y los dos barcos no podían abarloarse (sujetarse uno a otro) para poder hacer la maniobra. Empezamos a tener nuestras dudas de llegar a tiempo a coger el avión que nos llevará a Punta Arenas en la mañana del 23, siempre que el tiempo lo permita. De esta base al aeropuerto hay diez horas de navegación y a las ocho de la tarde aún no hemos salido. Ahora tengo que dejaros. Internet aquí es un lujo del que sólo puedo disfrutar un ratito al día. Mañana os contaré si finalmente partimos.

20 de enero. Nos toca ser ‘chinitas’

20 Ene 2008
18:52 
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viento.JPGPor primera vez en el tiempo que llevo aquí me he puesto el despertador. Es domingo y hoy no hay que madrugar, pero, tal y como prometimos, hoy somos nosotros los responsables de la limpieza. Limpiamos el baño, barreos el módulo de habitabilidad y llenamos el lavavajillas con los desayunos. Terminamos en un plis plas.

La mañana ha sido muy tranquila. Nos vamos mañana y hemos aprovechado para inventar un relato divertido que incluya a todos los miembros de la base como agradecimiento al tiempo que nos han dedicado. Es nuestro pequeño homenaje a los 13 hombres de la Juan Carlos I.

Vientos de 80 km/hora
El tiempo hoy no ha dado tregua y, a pesar de que hace un frío de mil demonios, Miguel se ha animado a encender la parrilla y hacer chuletones al aire libre para comer. Mientras, los que estamos dentro, sentimos los golpes del viento en las paredes como si hubiera un centenar de grúas dejando caer maderos al suelo. También el mar, hoy, parece muy enfadado y nos trae enormes bloques de hielo hasta la playa envueltos en su espuma.

Después de comer, David se ha quedado grabando algún cabo suelto que nos faltaba y yo me he llevado la otra cámara a otra excursión por la montaña, dirección a la pingüinera. El viento en la cumbre casi me ha dado alas. Nacho y yo, que estaríamos separados por dos metros, teníamos que hablarnos a gritos para entendernos porque, a 80 kilómetros por hora, el viento es el que más grita.

Al regresar, me he puesto a escribiros, y cuando termine, empezaré a recoger mis cosas. Mañana, después de comer, nos recogerá el buque Hespérides rumbo al norte y en él pasaremos en primer tramo de vuelta a casa.

19 de enero. Sigo aprendiendo

19 Ene 2008
18:50 
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campamento-byers.JPGHoy he aprendido algo nuevo de este lugar. Varios de los inquilinos de la base tiran de pañuelo a todas horas y se me ocurre comentar que una gripe aquí debe ser devastadora. Pero resulta que esa posibilidad no existe. En la Antártida no hay virus. El aire es de tal pureza que esos bichitos que nos vamos pasando de unos a otros en invierno en el mundo civilizado nunca llegan hasta aquí. Los visitantes del fin del mundo pueden tener, como máximo, un catarro que por cierto duran menos de ocho días.

Hoy hace mucho frío. Los técnicos se dedican a hacer inventarios y preparar el material con el que los científicos sobrevivirán en el campamento Byers durante tres semanas. Nosotros, muy a nuestro pesar, no lo veremos. Nos explican que este lugar está especialmente protegido. Allí hay muchas especies de animales en un entorno que posiblemente no hayan pisado ni mil personas en la historia de la Humanidad. Un hombre pisa esta tierra y su huella puede tardar años en desaparecer. Dicen quienes lo han visto, que cuando caminas por allí tienes la sensación de que eres el primero en hacerlo. Así de exclusivo es. Para tener acceso a este lugar hay que tener una muy buena razón que siempre tiene que ver con la Ciencia. Los permisos han de ser consensuados internacionalmente y tardan mucho tiempo en concederse. Tres científicos españoles y uno de nuestros chicos, David el montañero, tienen este año ese privilegio.

Por amor a la Ciencia, dormirán en tienda de campaña, comerán lo que puedan y renunciarán a la ducha y a la lavadora entre otras muchas cosas. Es un lugar ‘contaminación cero’, de manera que quienes lo habiten temporalmente deberán eliminar el resultado de sus digestiones en un cubo o en una botella.

Mientras en la base se prueba el sistema de comunicaciones que se llevarán, nosotros entrevistamos a Enrique. Además de ser uno de esos jefes que no necesita aclarar que lo es para que se le respete como tal, tiene una gran facilidad de palabra. Dice que le impone la cámara, pero lo cierto es que es elocuente y un entrevistado muy fácil para un periodista. De sus respuestas y de los ocho días de convivencia que llevamos, deduzco que es un hombre honesto, con una formación integral y una personalidad arrolladora. Dice las cosas una vez y todo el mundo escucha, porque sabe lo que hace y, sobre todo, porque toma nota de otras sugerencias. Recibe, por tanto, el mismo respeto que da. La eficacia del equipo, como equipo, y la alegría de vivir que se respira en esta base son, en buena parte, mérito suyo. A él le importan las personas y su misión aquí pasa por crear un buen ambiente.

18 de enero. Montaña Charrúa

18 Ene 2008
18:49 
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18-de-enero.JPGPor la tarde, el gris iba a empezar a descargar sobre nosotros, así que aprovechamos la mañana. Fuimos a la Montaña Charrúa, cuya cumbre supera con mucho el techo de los glaciares. Un nuevo esfuerzo físico y otra prueba superada gracias a la paciencia de los montañeros y a las cuerdas de seguridad con las que nos sujetaban para no caer. Dani, Curto y Chris se apuntaron a la caminata voluntariamente.

En lo alto, David el científico debía coger los datos de emisión de una antena instalada allí por los técnicos españoles para su investigación. La información que envían desde la base pasa por esta otra en dirección a España y así, David puede comprobar si la señal se empieza a alterar desde aquí o no. Me lo explicó en la cumbre, durante la entrevista a mayor altitud que he hecho nunca.

Nos tomamos fotos como locos. No tanto por las vistas, que eran impresionantes, como por dejar constancia de nuestra hazaña. A la hora de bajar entre aquellas enormes piedras, tan cuesta abajo y tan encordados, por un instante pensé que yo no podía hacer aquello. Pero me equivoqué.

Fede y Manu vinieron a recogernos a la base de la montaña en Zodiac para devolvernos a la base, y Joan y Nacho les acompañaron. Entre responsables y voluntarios, aquí todo el mundo participa en la mayoría de las actividades. No pudieron comer con nosotros. De allí, se fueron a recoger a los científicos búlgaros a una caleta donde habían estado investigando y ellos mismos les contaron que el investigador de Mongolia que está estos días con ellos había caído al agua sin traje de supervivencia. En este agua y sin este traje, una persona tarda menos de tres minutos en morir. Se lo habían llevado rápidamente a su base y entró en calor. Eso sí, lo pasará un poco mal los próximos días. Ya os contaré.

16 de enero. Nos vamos a ‘Bulgaria’

18 Ene 2008
10:56 
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con-elefantes-marinos.JPGHe dormido como una reina y estoy lista para hacer un montón de cosas. El jefe de la base nos propone una visita a Bulgaria, como se refieren aquí a la base vecina, a un cuarto de hora de navegación y cuyos científicos dependen de la logística española.

Los búlgaros son gente encantadora. Nos enseñan su nueva base, a medio construir por ellos mismos, y nos invitan a raquia, un licor fortísimo que también hacen ellos. En esta parte del mundo, los seres humanos son polivalentes por norma.

A una hora más de zodiac, llegamos a Sally Rocks, un rinconcito de la isla lleno de elefantes marinos, pingüinos y focas en perfecta convivencia. El lugar es fantástico, pero no podemos quedarnos mucho tiempo, así que ni siquiera nos quitamos los trajes de supervivencia. Estos trajes protegen a quien los viste de morir helado en caso de caer al agua. Son imprescindibles, pero tan enormes que cuando caminamos unos cuantos juntos, parece que no existiera gravedad, tal y como tenemos que movernos.

A mediodía, Enrique, el jefe, nos comunica los planes para esta noche y decidimos descansar un poco para estar preparados, porque el tema tenía mucha enjundia. Un helicóptero iba a dejar cuatro toneladas de material para nuestros científicos en la cumbre de una montaña de 300 metros. El aparato llegaba en un buque chileno que esperaría en la bahía. Lógicamente, tan magna descarga requería de un operativo arriba, que formaron los técnicos chilenos, Jordi, Iñaki y David, los tres montañeros, y de otro abajo, para el que se quedaron Enrique y Fede. La operación estaba planteada para las dos de la mañana, no sabemos por qué.

Una operación de película

Sobre la una empezamos a subir. Unos para trabajar, David y yo para vivirlo y para cubrirlo y otros por inquietud, solidaridad o para ayudarnos, sobre todo a nosotros, a cargar con la cámara y el trípode. Nacho, Dani y Joan se vinieron por esta razón. Joan es el informático. Un genio al que no se le resiste nada que tenga cables, programas o sistemas operativos. Un sabio de las computadoras que, sin embargo, sería más feliz si pudiera instalar sus aparatos al aire libre. También es un enamorado de la escalada de Montaña. De él depende que las comunicaciones con el exterior funcionen, y tiene la deferencia de enviarnos la página de actualidad que encuentra en el ciberespacio a nuestros correos electrónicos. El acceso a Internet está restringido y Joan se encarga de que sus compañeros puedan enviar y recibir mensajes todos los días. Va siempre con la sonrisa por delante y sugiere lo mejor que puede inspirar alguien: que es una buena persona.

Iñaki no sólo iba abriendo huellas para que nos cansáramos menos sino que impuso un ritmo perfecto para mí, la menos preparada físicamente, que consiguió que no me ahogara en el intento.

Una vez en la cumbre, Jordi lo tenía todo preparado. Había medido la velocidad del viento, limpiado de piedras la superficie donde aterrizaría el aparato y marcado una zona de seguridad para nosotros.

David empieza a grabar el despegue del helicóptero, que se veía a duras penas desde tan lejos, y yo trato de soportar el intenso frío como puedo. Lo llevo todo puesto y más. Pasamontañas, gorro, capucha y gafas anti ventisca, y aún así estoy helada. Pero la escena vale la pena. Hay muy poca luz y el helicóptero lleva el foco encendido. Entre el ruido de las hélices, las luces y las descargas, la operación parece sacada de una película bélica.

A pesar del frío, todo el mundo lo disfruta. Pero viendo a Dani, el médico, tengo la sensación de que está hecho de otra madera. Lleva la cabeza sin cubrir, me ha prestado su chaleco plumífero y aún así parece que la temperatura no va con él. Es un tipo muy simpático y con mucha iniciativa. Por suerte, no tiene mucho trabajo. Su última intervención ha sido vendar la mano de David, el científico, porque se cortó con el cuchillo jamonero. Dani representa el espíritu de esta base. Trata a todo el mundo igual, se apunta a un bombardeo y siempre encuentra algo que hacer. Tan pronto se pone a hacer inventario de las medicinas, como conduce el quad o decide esquiar a las cuatro de la mañana y a quince grados bajo cero. No me encajaría que se llevara mal con nadie.

Cuando el helicóptero había hecho la mitad de los viajes, bajamos a toda pastilla hasta la playa para grabar alguno de sus portes desde el barco. Parecía una carrera entre aquel pájaro a motor y nosotros. Bajábamos obsesionados con la idea de que el helicóptero terminara su trabajo antes de que nosotros llegáramos abajo para grabarlo. El helicóptero mantuvo su ritmo y nosotros aceleramos el nuestro. Al final, ganamos nosotros y a las cinco de la mañana nos tomamos un chocolate caliente.

15 de enero. Sobre un glaciar nevado

17 Ene 2008
22:39 
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glaciar-distancias.JPGImposible deducir por el paisaje que ayer nevó con tanta furia. Hace un día precioso y a las ocho de la mañana la nieve ya se ha derretido. Hace un sol de ésos difíciles de ver en la Antártida. Es el día perfecto para subir a un glaciar. La cámara agradece, por fin, que el cielo le deje ver panorámicas sin grises y el final de los relieves.

Lo normal aquí es que en el mismo día el tiempo cambie varias veces, así que decidimos no perder más tiempo y salir, por si acaso. Tras cuarenta minutos de caminata hacia arriba y otros cuarenta sobre una moto de nieve sorteando las grietas que los expertos tienen localizadas, llegamos a la cabeza del glaciar. Uno de tantos en esta isla. Uno que, como los demás, avanza discretamente hacia el mar. Mientras el planeta se calienta poco a poco, ellos luchan por sobrevivir. Este año han ganado la batalla. El Polo Sur ha registrado récords de temperatura y hielo mientras en el Norte se abrían auténticos pasadizos en el mar, allí donde muchos de nuestros antepasados perdieron la vida intentando abrirse paso.

Todo lo que vemos hace que el esfuerzo de David, cámara al hombro, sea anecdótico. Se esfuerza por mimar el aparato y ruega, casi en voz alta, a las baterías, que no se fundan antes de tiempo –las pobres hacen lo que pueden para sobrevivir a este intenso frío-. Entre tanto, yo me deshago en agradecimientos hacia los montañeros que nos han traído hasta aquí, porque cargan con un trípode de trece kilos cuesta arriba con el mismo desgaste que yo empleo en sujetar el micrófono.

Uno de ellos es Iñaki. Cuesta imaginar a este hombre de mal humor. Siempre dispuesto a echar una mano y siempre pendiente de hacer lo posible para que otros tengan que hacer menos. Una persona con clase que se adapta a todo con tanta naturalidad que sus gestos pueden pasar a menudo inadvertidos. Un gran fotógrafo por cierto y un experto montañero que sube pendientes sin inmutarse aunque lleve treinta kilos al hombro.

Lo que vimos, y casi tocamos, fue una combinación imposible de matices en azul y blanco, una luz imponente, un silencio solemne y, de vez en cuando, algún aviso de la Naturaleza desde lejos. Cada trozo de hielo que se rompía por el calor, rugía violentamente antes de caer al agua, como si la Tierra se quejara de dolor en absoluta soledad, y sabiendo que casi nadie escucha.

Volvimos a la base por la misma ruta. En el camino, paramos ante la tímida estación meteorológica puesta allí por nuestros investigadores del clima. En estos momentos, el encargado de hacer las previsiones es Nacho. Aparentemente el más tímido. Tengo la impresión de que es una persona a la que se conoce poco a poco, con muy buen carácter y un sentido del humor muy fino. Un hombre que inspira confianza y que, posiblemente mantenga amigos de toda la vida para toda la vida. Se considera un privilegiado por estar aquí pero para mí que es de los que se ha ganado su suerte. Analiza el clima y es el responsable de interpretar los datos meteorológicos, entre otras cosas para que el jefe de la base pueda planificar el día el día. Su gran mérito es que apenas se equivoca a pesar de los pocos medios que tiene.

Pasamos la tarde con los científicos. Subimos a las colinas donde tienen instalados sus medidores, sensores, magnetos y un sinfín de aparatos de nombre impronunciable que les aportan datos sobre la evolución del cielo y la tierra. Para ser investigador aquí, además de grandes conocimientos, se requiere un buen estado físico.

Por la noche, Manu, el mecánico, sugirió una partida de póker. Es el más joven de la base. Un chico que con 28 años sigue siendo ‘el niño’ para sus compañeros. Y lo cierto es que tiene cara de niño. Es un ex militar con las cosas muy claras, vitalista, sociable y con la capacidad de convocatoria de un líder que aún no sabe que lo es. Manu tiene un comentario para todo y la forma de hablar propia de un chaval muy seguro de sí mismo.

Unos cuantos prefirieron ver un documental sobre pingüinos en el proyector del salón, pero la mayoría se apuntaron a la timba que se celebraba en el iglú número 1. Se jugaban la indecente fortuna de diez céntimos de apuesta base con fichas a las que llaman simones porque así se llamaba el que se las regaló. Ganó Fede, el patrón y David, el tercer montañero.

A David, su pasión por el alpinismo le ha llevado a ser el primero en escalar uno de los picos más altos de esta isla, al que ha bautizado como Montserrat, en honor a la Montaña que conoce como la palma de su mano. Un chico capaz de estar nueve meses viviendo en una tienda de campaña, en contacto con la Naturaleza a la que probablemente considere su casa. Se ha encargado de diseñar y señalar las rutas más seguras para acceder, por ejemplo, a un glaciar. Un ciudadano del mundo. Un nómada vocacional que comprende, pero no comparte, que el mundo esté tan burocratizado. Delega los papeles para poder estar en la arena. Es, casi, un elemento más del Medio Ambiente.

Eran las 11:30 cuando terminó la partida. En el cielo, el color rosa del ocaso nos invitaba a ver la última función antes de acostarnos.

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