14 de enero. Un día en la base
Hoy hace un día de perros y no podemos salir de la base. El cielo está a punto de romperse en pequeñas bolas blancas y aprovechamos para grabar la forma de vida de los españoles en la Antártida. No es un mal plan. Gracias a esta decisión podemos conocer un poco mejor a todo el mundo. Empezamos por Miguel, el cocinero. Mientras amasa el pan, nos explica que aquí nadie pasa hambre. De hecho, durante estos cuatro meses de verano austral, los miembros de la base engordan entre tres y cinco kilos. Dice con cierta sorna que se han vuelto “un poco señoritas”, porque se cuidan mucho. – “Últimamente todos quieren comida light”, dice. Miguel aclara que es gallego, aunque esta información la habíamos deducido desde su primera frase. Es del Real Madrid y el único en la base que sigue, como puede, los partidos de la Liga.
He de decir que, según mi paladar, es un cocinero excepcional que quizá se exceda con las raciones. Pero no hay problema. Lo que no se come, se guarda, porque los domingos por la tarde descansa y nos cenamos su trabajo de toda la semana.
Mientras estamos charlando con él empiezan a llegar a la cocina otros miembros de la base a hacerse el bocata de media mañana. El primero que llega es Fede, un experto buceador y patrón de embarcaciones. Un fantástico tertuliano y un perfecto rival para el debate que respira idealismo y que cree tanto en los grandes valores que hace que parezca fácil cambiar el mundo. A Fede le interesa todo. Quizá eso explique por qué ha estudiado Derecho cuando lo que le gusta es el mar.
Al bocata se apuntan unos cuantos más, pero Jordi sólo se acerca a la cocina para coger el zumo de naranja. No me sorprende, se cuida mucho. Jordi es un tipo peculiar. Un hombre de edad indeterminada con el pelo a rastas y padre de familia. Un alpinista de elite que escribe libros y conoce medio mundo como se debe conocer el mundo: con los ojos muy abiertos. Un tío culto de aspecto hippie que tan pronto hace jogging, escalada, sky o lo que se tercie, como se echa un cigarrillo mientras habla de política con buenos argumentos.
La mañana termina con Chris. Un alemán al que no le hace falta abrir la boca para desvelar su origen. Un guiri en todos los sentidos que no sólo habla español sino que además entiende el catalán. Es el número dos de la base. Un ingeniero electrónico de alma libre y, tengo la impresión, un objetivo claro para más de una adolescente. Un profesional resolutivo que no conoce la pereza y que lo mismo monta un panel de energía solar o un aerogenerador como conduce una grúa para levantar contenedores o limpia la fosa séptica. Para él todo es igual de importante.
Los días aquí son largos y la convivencia es intensa. Por eso es fácil hacerse pronto una idea de cómo son muchos de los miembros de esta base. Porque aquí, unos más, otros menos, todos son extrovertidos, todos participan en la sobremesa.
Por la tarde nos reunimos con los científicos para buscar entre todos un enfoque divulgativo sobre sus investigaciones en el lugar más remoto del mundo. Yo necesito dos horas de entrevista para entender esta parte de la Ciencia que muchos de nosotros apenas sabíamos que existía. David Badía y Juan José Curto investigan la posibilidad de enviar datos sobre el magnetismo de la tierra desde la Antártida a través de la Ionosfera. ¡Casi nada! Una labor minuciosa que exige mucho análisis, mucha interpretación y grandes conocimientos. En definitiva, toda una carrera que no termina nunca y para la que muy pocos están preparados.
Mientras cenamos, de lujo, como siempre, la cristalera del comedor nos revela que el paisaje ya es completamente blanco. Salir del comedor se convierte en un desafío que acepto, a cambio de ser parte de esta obra de arte dibujada por el clima.




El hielo es de un azul celeste tan intenso que resulta un placer para la vista aunque haga daño a los ojos. Hemos llegado a Isla Livingston. Un lugar rendido a glaciares milenarios que se deslizan lentamente hacia el mar.
Ni comen a base de latas, ni pasan frío por las noches, ni están completamente aislados. Para estar en el fin del mundo, las comunicaciones son fantásticas. Tanto, que una hora después de instalarnos, nos llamaban del control de la Sexta Noticias para entrar en directo, por primera vez en una televisión española desde la Antártida. Conectamos en directo y salió bien, para nuestra tranquilidad y orgullo del Ejército de Tierra.
Tampoco pudimos salir al día siguiente. Y lo peor no era la espera, ni la incertidumbre. ¡Lo más frustrante era que no estábamos siendo testigos del temporal!
Más de 30 horas y cuatro aterrizajes después de salir de Barajas, llegamos a Punta Arenas, la ciudad desde donde partiremos, ya directamente, hacia la Antártida en unos días.





