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14 de enero. Un día en la base

17 Ene 2008
11:47 
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comedor.JPGHoy hace un día de perros y no podemos salir de la base. El cielo está a punto de romperse en pequeñas bolas blancas y aprovechamos para grabar la forma de vida de los españoles en la Antártida. No es un mal plan. Gracias a esta decisión podemos conocer un poco mejor a todo el mundo. Empezamos por Miguel, el cocinero. Mientras amasa el pan, nos explica que aquí nadie pasa hambre. De hecho, durante estos cuatro meses de verano austral, los miembros de la base engordan entre tres y cinco kilos. Dice con cierta sorna que se han vuelto “un poco señoritas”, porque se cuidan mucho. – “Últimamente todos quieren comida light”, dice. Miguel aclara que es gallego, aunque esta información la habíamos deducido desde su primera frase. Es del Real Madrid y el único en la base que sigue, como puede, los partidos de la Liga.
 
He de decir que, según mi paladar, es un cocinero excepcional que quizá se exceda con las raciones. Pero no hay problema. Lo que no se come, se guarda, porque los domingos por la tarde descansa y nos cenamos su trabajo de toda la semana.
 
Mientras estamos charlando con él empiezan a llegar a la cocina otros miembros de la base a hacerse el bocata de media mañana. El primero que llega es Fede, un experto buceador y patrón de embarcaciones. Un fantástico tertuliano y un perfecto rival para el debate que respira idealismo y que cree tanto en los grandes valores que hace que parezca fácil cambiar el mundo. A Fede le interesa todo. Quizá eso explique por qué ha estudiado Derecho cuando lo que le gusta es el mar. 
 
Al bocata se apuntan unos cuantos más, pero Jordi sólo se acerca a la cocina para coger el zumo de naranja. No me sorprende, se cuida mucho. Jordi es un tipo peculiar. Un hombre de edad indeterminada con el pelo a rastas y padre de familia. Un alpinista de elite que escribe libros y conoce medio mundo como se debe conocer el mundo: con los ojos muy abiertos. Un tío culto de aspecto hippie que tan pronto hace jogging, escalada, sky o lo que se tercie, como se echa un cigarrillo mientras habla de política con buenos argumentos.
La mañana termina con Chris. Un alemán al que no le hace falta abrir la boca para desvelar su origen. Un guiri en todos los sentidos que no sólo habla español sino que además entiende el catalán. Es el número dos de la base. Un ingeniero electrónico de alma libre y, tengo la impresión, un objetivo claro para más de una adolescente. Un profesional resolutivo que no conoce la pereza y que lo mismo monta un panel de energía solar o un aerogenerador como conduce una grúa para levantar contenedores o limpia la fosa séptica. Para él todo es igual de importante.
 
Los días aquí son largos y la convivencia es intensa. Por eso es fácil hacerse pronto una idea de cómo son muchos de los miembros de esta base. Porque aquí, unos más, otros menos, todos son extrovertidos, todos participan en la sobremesa.
 
Por la tarde nos reunimos con los científicos para buscar entre todos un enfoque divulgativo sobre sus investigaciones en el lugar más remoto del mundo. Yo necesito dos horas de entrevista para entender esta parte de la Ciencia que muchos de nosotros apenas sabíamos que existía. David Badía y Juan José Curto investigan la posibilidad de enviar datos sobre el magnetismo de la tierra desde la Antártida a través de la Ionosfera. ¡Casi nada! Una labor minuciosa que exige mucho análisis, mucha interpretación y grandes conocimientos. En definitiva, toda una carrera que no termina nunca y para la que muy pocos están preparados.
 
Mientras cenamos, de lujo, como siempre, la cristalera del comedor nos revela que el paisaje ya es completamente blanco. Salir del comedor se convierte en un desafío que acepto, a cambio de ser parte de esta obra de arte dibujada por el clima. 

13 de enero. La vida en una isla azul

17 Ene 2008
11:41 
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base-y-focabuena.jpgEl hielo es de un azul celeste tan intenso que resulta un placer para la vista aunque haga daño a los ojos. Hemos llegado a Isla Livingston. Un lugar rendido a glaciares milenarios que se deslizan lentamente hacia el mar.
 
A la playa bajan a recibirnos casi todos los integrantes de la base española. El primero al que veo es un hombre muy joven con barba de descubridor, ropa de montaña y un gorro de lana, conduciendo de pie una moto todoterreno con remolque. Se llama Dani y es el médico de la base.
 
Antes de acostarnos y porque aquí nunca es de noche, Miguel, el cocinero nos hace un recorrido por las modestas instalaciones. David y yo sólo prestamos la atención justa, porque en cuanto nos enseñaron camas, almohadas y edredones, nos resultó imposible concentrarnos en otra cosa.
 
Es aquí donde me doy cuenta de que ni siquiera a la hora de dormir las bases se cierran por dentro. Pero bien pensado, ¿quién va a entrar? A veces olvido dónde estoy.
 
El domingo, en este lugar, se descansa. Y a nosotros nos viene de perlas. Aprovechamos para instalarnos, conocer a los 13 hombres que habitan esta cabaña nevada, visionar grabaciones y planificar los nueve días que pasaremos aquí junto al jefe de la base: un marino mercante con pinta de marino mercante, carismático, decidido y promotor de la eficacia y el buen rollo que se respira aquí. Las únicas instrucciones que recibimos son los horarios de las comidas, la restricción de las duchas y el respeto absoluto por el medio ambiente, hasta el punto de que está prohibido tirar papel higiénico por el W.C. Nosotros mismos nos imponemos otra obligación como nuevos habitantes: participaremos de los turnos de limpieza como los demás. Nos toca el próximo domingo.
 
Poco después de tener todo esto claro, suena el teléfono para urgencias. Un científico búlgaro, los únicos vecinos de los españoles aquí, se ha caído por las escaleras y por lo visto tiene unos dolores de espanto. Su médico, cómo es la vida, se había marchado el día anterior y nos pedían ayuda.
 
Dani tardó aproximadamente tres minutos en estar preparado. Fede, el conductor más experto de Zodiac y el jefe de la base, prácticamente lo mismo. Salieron pitando y volvieron tres horas después con el herido para mantenerlo vigilado. Se había roto tres costillas, pero no había necesidad de activar el plan de evacuación.
 
Mientras nos configuran cuentas de correo para funcionar aquí, Jordi, el experto en Montaña pega un grito que nos saca del letargo:
 
-         “¡Una ballena!”
 
Salimos como locos y no era una, sino dos. Nadaban juntas, una al lado de la otra, enseñando su lomo, su cola y su cabeza a escasos doscientos metros de la base. Nunca, según nos dicen, habían visto una tan cerca. Para mi tranquilidad, David también ha reaccionado rápido y tenemos las imágenes.
 
A la hora de cenar, yo ya me sentía parte de todo esto. Habíamos pasado con éxito el día de reconocimiento y me acosté con la sensación de que esta convivencia no sólo iba a facilitar mucho nuestra misión en la Antártida sino que además me iba a dejar huella.

11 y 12 de enero. Isla Decepción

15 Ene 2008
12:39 
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pinguinos-2buena.jpgNi comen a base de latas, ni pasan frío por las noches, ni están completamente aislados. Para estar en el fin del mundo, las comunicaciones son fantásticas. Tanto, que una hora después de instalarnos, nos llamaban del control de la Sexta Noticias para entrar en directo, por primera vez en una televisión española desde la Antártida. Conectamos en directo y salió bien, para nuestra tranquilidad y orgullo del Ejército de Tierra.

Después nos incorporamos a los planes de los habitantes de la base que, como decía, no pasan tantas penurias como yo pensaba, aunque es verdad que no pueden ducharse todos los días, ni descansar en toda la semana, ni, por ejemplo, pueden permitirse el lujo de pisar por donde quieran o sustituir el catre por una cama.

Conocimos al personal y comimos como reyes. Guiso de costillas y lenguado. Así, recuperamos algo de energía para seguir trabajando. A estas alturas yo empecé a sufrir lo que ellos llaman ‘Mal de Tierra’. Tenía la sensación de que la tierra se movía. No tenía estabilidad ni podía centrar la vista. Una sensación de descontrol total que, según me explicaron, se debe a cierta intolerancia al barco. A pesar de todo, este síntoma no era nada comparado con la necesidad que tenía de descansar bien, por fin. Pero aún eran las cuatro de la tarde y sólo íbamos a pasar aquí dos días, así que no había tiempo que perder.

Traje de supervivencia, pasamontañas, gorro, guantes, anorak y de un salto a la Zodiac. De la mano de un vulcanólogo y del jefe de la base, David y yo recorrimos la isla. Lo primero: Fumarolas. Una zona donde el magma del volcán está cerca de la superficie y la ceniza aún humea. A tan sólo dos centímetros de profundidad, la tierra está a más de cien grados y el agua más cercana hierve. Al otro lado del cráter, una pequeña bahía que aún conserva la huella de los balleneros. Hasta aquella ‘piscina’ llegaban 30.000 cadáveres de ballena al año hace no más de 70 años. Allí cazaban y allí vivían estos pescadores que hoy serían denostados.

Agotados, de verdad, agotados, después de casi dos días sin dormir lo suficiente ni en condiciones, moviéndonos a un ritmo frenético y con una sensación térmica de quince grados bajo cero, nos fuimos a dormir. A mí me costó mucho adaptar mi cuerpo a un catre sin colchón y descansar sin almohada. A David, más, y eso que tenía la espalda rota de seis horas de cámara al hombro. Cuando amanecimos, seguíamos con una tremenda sensación de cansancio.

¿Qué era en esta ocasión lo que nos iba a tirar del cuerpo para arriba? La pingüinera.
Dos horas de caminata por la montaña y de repente -insisto- de repente, tras la última cumbre, 30.000 parejas de pingüinos nos saludaron a gritos desde el valle. ¡Qué espectáculo! ¡Qué poco me acordaba yo de lo cansada que estaba!

Y con los pingüinos, las pingüinólogas. Tres jovencísimas investigadoras a las que merece la pena observar en su trabajo de campo. La delicadeza con la que tratan a los animales, el cariño con el que devuelven las crías a sus madres y la naturalidad con la que hablan de su extraordinario trabajo hacen que resulte incomprensible que otros nos podamos dedicar a otra cosa.

A la hora de comer, arroz con bogavante, nada menos. Y a la hora de brindar por nuestra despedida, David y yo recibimos un señor diploma de la base por “nuestro esfuerzo para divulgar la actividad antártica”. Yo, lo digo en serio, debí de engordar entonces los cinco kilos extra que he registrado hasta ahora. Ya por la tarde recorrimos la base, entrevistamos a más protagonistas y nos preparamos para volver al buque Las Palmas. Sólo un día y medio después de llegar, estaba completamente integrada en el entorno. Los escenarios antárticos me seguían fascinando, aunque hubieran abusado de mi capacidad de sorpresa.

Por suerte, esta vez, el buque nos iba a dejar en la próxima estación a una hora idónea para ir directamente a la cama. Justo antes de llegar, caigo en la cuenta de que llevo días sin comunicarme con los míos. Por un momento me siento culpable. Dura poco. Lo cierto es que no he tenido tiempo ni para respirar. Mañana les llamaré. Ahora tengo que instalarme en la base antártica española Juan Carlos I que, por lo que deja ver el barco, no tiene nada que envidiar a su compañera.

10 de enero. Por fin, desde la Antártida

15 Ene 2008
12:36 
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capitulo-5-foto-5buena.jpgTampoco pudimos salir al día siguiente. Y lo peor no era la espera, ni la incertidumbre. ¡Lo más frustrante era que no estábamos siendo testigos del temporal!

Después de perder todo el día en el aeropuerto esperando que el piloto nos diera una buena noticia, cogimos nuestros bártulos y regresamos al hotel con expresión de derrota. Amainó por fin el día 10. A las 4:30 de la mañana salimos, de nuevo, rumbo al aeropuerto y esta vez sabía que no era una falsa alarma. Me levanté, no sé porqué, con la seguridad de que ese día estaría por fin en la Antártida.

El vuelo en Hércules hasta lo que los chilenos consideran ‘Territorio antártico chileno’ -a pesar de que el Sexto Continente no tiene propietarios internacionalmente reconocidos- duró dos horas y media. Era un avión uruguayo y el comandante no tardó ni un instante en comprender que, como periodistas, teníamos mucho interés en volar en la cabina del piloto. Allí pasamos casi todo el tiempo, despegue y aterrizaje incluidos. La mayor parte del tiempo volamos sobre nubes, pero la tripulación consiguió atenuar el disgusto a base de chistes y de convidarnos a mate. Aterrizamos sobre una pista de tierra, la más corta, la más estrecha y la más insuficiente en todos los sentidos que he visto nunca. Apareció de repente, de entre las nubes y todavía desde el aire se podía ver el final. No lo niego. Tuve miedo.

Lo primero que hicimos fue ver, después mirar y por último observar. A unos 500 metros de la pista, sobre el mar, el buque español Las Palmas nos esperaba desde hacía tres días. Nos acercamos a la playa, vimos los primeros pingüinos y sólo en ese momento me lo creí: estaba pisando el lugar más remoto de la Tierra.

El viaje en barco resultó agotador. Primero porque después de tanto tiempo esperando, veía reportajes por todas partes. David y yo nos pasamos prácticamente ocho horas recorriendo el buque, hablando con militares y marineros, grabando vistas, buscando enfoques… No tuve ninguna duda de que lo más importante de aquella travesía era la tripulación. 36 hombres y mujeres conviviendo durante ¡seis meses! en un barco que sólo cubre las necesidades mínimas de espacio para el personal. Seis meses fuera de casa y prácticamente sin tocar tierra firme. A las doce de la noche, 20 horas después de habernos levantado, caímos a plomo en nuestros camarotes, sabiendo que en dos horas debíamos levantarnos.

A las 2:30 de la mañana, el altavoz del buque nos avisó de que estábamos a punto de atravesar los Fuelles de Neptuno, como se llama a la entrada a Isla Decepción, donde se encuentra una de las bases de trabajo españolas. Un escenario espectacular que pudimos ver sin problema gracias a que en esta época del año, aquí no es nunca completamente de noche.

Nada más pasar los fuelles, un volcán con el cráter completamente sumergido al que se puede entrar en barco. El comandante nos explicó que la maniobra es arriesgada. Exige de una gran precisión porque el buque sólo tiene un camino, estrecho, entre dos inmensas rocas para acceder a la bahía. Lo hace, muy despacito y a los pocos minutos estamos ya en la bahía.

Son las cuatro de la mañana. Pero no podemos desembarcar en la base antártica española Gabriel de Castilla hasta las siete y media por respeto a sus habitantes, y de nuevo hacemos tiempo. Estamos tan emocionados como cansados. Pero no podemos parar. Sólo vamos a pasar dos días en esta base y tenemos que sacarles el máximo partido. Así que nos sentamos a ver lo que hemos grabado hasta ese momento para que no se nos acumule el trabajo.

A las ocho en punto de la mañana, con puntualidad militar, desembarcamos en la base: un pequeño complejo de módulos instalados sobre ceniza volcánica en el que conviven 30 personas durante casi cinco meses. Me quedo impresionada de lo pequeño que es y del sacrificio que hacen estos científicos y militares al pasar tanto tiempo aislados, a veinte grados bajo cero y sin intimidad, entre otras muchas carencias. Tras mi primera impresión, creo entender por qué esta isla se llama Decepción. Tras la segunda, interpreto con más justicia la traducción que se hizo al español del nombre original. ‘Deception’ en inglés significa ‘desengaño’. Y ése fue exactamente mi error: creer que eso era todo. En ese instante aún no sabía que me encontraba en un entorno maravilloso y entre una gente tan apasionada por su trabajo que en una conversación habían conseguido implicarme por completo en sus proyectos. Sin haber anochecido y sin haber apenas dormido, habíamos cambiado de día. En este momento, empecé a perder la noción del tiempo.

8 de enero. No podemos salir hoy

09 Ene 2008
10:58 
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Estaba previsto que hoy cogiéramos un vuelo a la Isla Livingston y de ahí un barco al continente antártico, pero no ha podido ser. Vientos de 150 kilómetros por hora y en general horribles condiciones climáticas hacen imposible que podamos salir hoy. Sabíamos que podía pasar, pero apenas habíamos hablado de esta posibilidad. Este viaje es tan complicado de organizar, que los márgenes de espera son de tres días, por norma. Me siento un poco frustrada. Estoy deseando llegar, verlo, vivirlo y contároslo.

Jorge Santamaría, el jefe de la Base española Gabriel de Castilla, nos ha contado que científicos y militares están encerrados allí. Con este temporal, ha prohibido salir a todo el mundo. Aún no puedo contaros cómo lo están viviendo allí, a 1.345 kilómetros. Pero os puedo decir que me he estado imaginando con envidia a esos hombres y mujeres apasionados por la Ciencia observando la ventisca a través de las ventanas, calentándose las manos en una estufa y aprovechando las inclemencias del tiempo para hablar un poco más y trabajar un poco menos.

El problema de que no hayamos salido hoy, y si el tiempo lo impide, quizá tampoco mañana, es que se reduce nuestra estancia allí. Y queremos verlo todo: pingüineras, elefanteras, glaciares, volcanes… Nuestras posibilidades de poder estar en todas partes se reducen a medida que aumenta la ira meteorológica. ¡Pido al cielo que podamos salir mañana!

6 de enero. Puerto Natales

09 Ene 2008
10:57 
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El espectáculo al que acabo de asistir me ha sumido en tal estado de abstracción que quiero aprovechar para desahogarme. Lo que he visto es tan absoluto, que ahora todo me parece más relativo que antes. Cuando se lo propone, la Naturaleza es muy cruel. Puede ser bella hasta la insolencia e intimidar por su arrogancia, pero lo que ha conseguido hoy es someterme por completo. A este escenario lo llaman “Torres del Paine”. Así es como yo lo he visto.

“La luz, el agua, las montañas, el cielo y otros muchos elementos que ya conocía juegan a mezclarse de una manera que no había visto nunca antes. Las montañas son tan imposibles que parecen una idea. Son soberbias, orgullosas, magníficas. Pero también lloran. Las lágrimas verdes se acumulan a sus pies en fuente de vida para los guanacos. Otras, se congelan para no hundirse y las menos lo hacen para dulcificar sus caras de piedra. Y entre la cumbre y el llanto, las nubes. Una bufanda traslúcida, un pompón, una condensación confusa, el color gris. Así es la fortaleza que protege a sus eminencias de mi curiosidad, pero que no me impide intuir la parte que ocultan. La exhibición es ya, todavía más grandiosa”.

He vuelto. He recuperado mis sentidos y ya he dejado de mirar a un punto igual a todos los puntos. Si quiero dejar de sentirme tan pequeña y de plantearme la existencia, debo volver a Punta Arenas, cenar y acostarme porque mañana tengo que prepararme para la verdadera travesía. Y aún quedan seis horas de coche.

4 de enero. Punta Arenas

08 Ene 2008
12:39 
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punta-arenas2.jpg

La capital de la Patagonia es una ciudad de 120.000 habitantes según las guías de turismo y de unos 120 según los testigos. A determinadas horas, si uno encuentra a alguien por la calle tiene motivos para recuperar la fe en la casualidad.

14 horas después de llegar, por fin despegamos la oreja de la almohada. Mientras desayunamos, se pone en contacto la persona del Ministerio de Educación y Ciencia que ha hecho posible nuestra aventura y que nos acompañará durante todo este viaje.

José Manuel llega hasta aquí un día después que nosotros combinando aviones y horarios de una forma más humana. No tiene ningún truco, desde luego, pero resulta inquietante que, por más que uno se aleje de su casa, y aunque se instale en el mismísimo fin del mundo, encontrarse es sólo cuestión de nueve dígitos.

Desde este momento, y de una forma más natural que intencionada, José Manuel, David y yo, somos algo más que compañeros de trabajo. Tres cómplices de la ilusión de una aventura única, unidos por un anorak naranja.

Salimos. Quizá la euforia de estar cumpliendo un sueño o la libertad de no estar siendo observados favorece que todo en esta ciudad nos haga mucha gracia: en la plaza de Magallanes, la gente puede ingresar su dinero, o lo que le quiera, en el ‘Rabobank’. Los chilenos, según grandes carteles rojos, tienen también la opción de gastárselo en lotería ‘la polla’. No me malinterpretéis, sólo soy tan ordinaria cuando no me queda otro remedio. ¡Es que el sorteo nacional aquí se llama así! Con agujetas en los abdominales, lágrimas en los ojos y deseando superar ya el ataque de risa para zanjar tanto dolor, José Manuel encuentra el eslogan que anima a participar: “Lotería la polla, ¡Juégatela! Pero aún se podía sacar más partido a aquello y David le da forma al fondo: – “¡Qué! ¿nos la jugamos?”.

Después de dar una vuelta por el puerto y recorrer decenas de ‘cuadras’ (manzanas para nosotros), quedamos a comer con el responsable de una empresa que organiza viajes turísticos a la Antártida. Sobrevolar el continente helado ¡cuesta 2.500 euros! Y pasar una noche allí, en una caseta de obra, 3.500… Por si a alguno le interesa.

Con este empresario tuvimos la oportunidad de descubrir el chupe de centolla, la cerveza austral y el jugo de frutilla. Aquí, comer, se come muy bien.

Vista esta ciudad y con dos días aún por delante antes de partir definitivamente hacia la Antártida, hemos pensado ir mañana al sur de los Andes; allí donde dicen que se erige la puerta del fin del mundo: Las Torres del Paine. Posiblemente no podré escribiros desde allí, pero os lo contaré cuando regrese. ¡Hasta pronto!

3 de enero. Punta Arenas

08 Ene 2008
09:17 
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foto1editada.jpgMás de 30 horas y cuatro aterrizajes después de salir de Barajas, llegamos a Punta Arenas, la ciudad desde donde partiremos, ya directamente, hacia la Antártida en unos días.

Salimos de Madrid muy mentalizados de que el viaje iba a ser una paliza. Incluso estábamos preparados para posibles complicaciones: el retraso de un vuelo, el extravío de alguna maleta, un bebé llorón o un experto roncador entre el pasaje… Pero en ningún caso habíamos previsto que el olor de pies de un pasajero pudiera arruinar nuestra dicha. ¡Cómo explicarlo! ¡Tre-men-do! Íbamos en primera clase por gentileza de Iberia, pero, claro, eso no garantiza la higiene personal de los viajeros, como pudimos comprobar inmediatamente después de que el piloto nos autorizara a desabrocharnos el cinturón, descalzarnos y todo lo demás.

Localizamos al tipo enseguida. Un hombre de unos cuarenta años. Una persona de lo más normal. Tanto, que quizá sea consciente de su problema y haya decidido no ponerle remedio para que alguien se fije en él por alguna razón.

En fin. Al cabo de una eterna media hora, o bien el olor se apoderó de todo el avión y ya no notábamos nada, o bien se repartió entre todos nosotros y tal dispersión lo hizo prácticamente inapreciable. No sé. El caso es que ya no molestaba y nos concentramos en averiguar por qué habíamos salido con una hora de retraso. Y es que, al parecer, un ciudadano peruano que iba a ser repatriado en nuestro vuelo se había puesto a llorar desesperado. Decía que no podía volver, que su mujer vivía ya en España y estaba embarazada, según el relato de un asistente de vuelo. Finalmente, los agentes que le acompañaban decidieron suspender la operación y de ahí el retraso. De estas cosas, uno no se entera si va en primera clase, salvo que pregunte.

Las doce horas que nos separan de Lima pasaron volando… Claro. Iba anocheciendo detrás de nosotros, mientras avanzábamos hacia el oeste, y el mapa de nuestras pantallas hacía que pareciera que la noche nos perseguía por medio mundo; hasta que nos alcanzó. Lo hizo a tiempo de impedir que viéramos la Amazonia desde el cielo. Una pena, aunque si no hubiera sido la luna habrían sido las nubes. Debajo de nosotros la naturaleza daba un espectáculo único y no lo podíamos ver. No importa. Yo me lo estaba imaginando.

Del aeropuerto de Lima, donde cogimos otro avión a Santiago de Chile, me llamó la atención el lenguaje. La indicación en una puerta: “para escapar, empuje”; el letrero de un bar: “si vas a beber, no manejes”; o las “tranquilizadoras” –sí, entre comillas- palabras que tenía sobreimpresas una columna: “zona segura en caso de sismo”.

Dos horas después, partimos hacia Santiago, esta vez, en clase turista. Dio igual. A estas alturas ya estábamos lo suficientemente cansados como para no notar la diferencia.

En Santiago, David hizo un comentario con una intuición casi femenina: “me da a mí que nuestras maletas no van a llegar sin más a Punta Arenas”. Ni siquiera él sabe por qué dedujo tal cosa; en Madrid nos aseguraron que iban facturadas hasta destino y, de hecho, así constaba en los resguardos. Pero el caso es que fuimos hasta las cintas y allí estaban, dando vueltas y vueltas, yo diría que hasta con expresión de desamparo. Las recuperamos, salimos de la zona apátrida y volvimos a facturar. Otras cuatro horas de espera.

Cuando ya pensábamos que sólo quedaba un vuelo, y a punto de entrar por la puerta de embarque leemos: “Punta Arenas vía Puerto Montt”.

- “David, creo que no es un vuelo directo”.
- “Venga, hombre, qué dices”.

Cuando llevas 25 horas de viaje, estas sorpresas, aparentemente inofensivas, rozan la tragedia.

Este vuelo también salió con retraso, aunque la explicación es casi cómica. Varios pasajeros tenían un asiento que no existía. Para ser más exacta: ocupaban la fila 28 de un avión de 27. No sé cómo, al final los reubicaron. Pero cuando llegamos a Puerto Montt para dejar a algunos y recoger a otros, volvió a ocurrir lo mismo. A estas alturas, a David y a mí cualquier cosa nos producía ya una risa desproporcionada.

Curiosamente, cuando pasas tanto tiempo sin dormir en condiciones y superadas un par de crisis de sueño, uno está tan despejado como si llevara toda la vida de vacaciones. Y así llegamos a Punta Arenas. Aquí eran las 10:30 de la mañana y después de casi dos días esperando casi con obsesión tirarnos en una cama, decidimos hacer tiempo para ajustar el ritmo biológico al día y la noche. Una ducha, un almuerzo, un paseo por la ciudad, un café… “Ya no puedo más, David. Hasta mañana”.

1 de enero de 2008. Madrid

08 Ene 2008
09:03 
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Hoy es un día tradicionalmente ocioso para la mayoría pero, esta vez, no para mí.
Lo he dedicado a empaquetar y repasar mentalmente todo lo que necesitaré para el largo viaje que emprendo mañana hacia el sexto continente. Además de la ropa adecuada y todo lo que no debe olvidar una mujer en el neceser –cada día más repleto de ‘por-si-acasos-’, el parte médico que demuestra mi aptitud para tan excepcional travesía, la cámara de fotos, el cargador del móvil, el libro que, espero, amenice las más de 40 horas de viaje entre pitos y flautas, aspirinas y el pasaporte…
Lo obvio, sí, pero lo más fácil de olvidar teniendo en cuenta que cada vez es menos útil en los viajes de ‘máximo a cuatro horas de distancia’; los más habituales.

En fin, he llegado a pensar que padezco lo que yo llamo el síndrome de Diógenes del viajero inseguro, a juzgar por la cantidad de aditamentos que llevo para tanta posible contingencia.
Creo que llevo todo lo que necesito, pero no consigo evitar la sensación de que me falta algo -nada que no haya sentido siempre que dedico tanto tiempo a planificar algo, en honor a la verdad-.
Aunque lo cierto es que, en este caso, no se puede tener todo controlado, puesto que no sé exactamente lo que voy a encontrarme. Hielo, sí; frío, también. ¿Y qué más sé de la Antártida? Allí voy para encontrar la respuesta.
Antes, me esperan doce horas de vuelo a la capital quechua, dos de trasbordo, cuatro más a Santiago de Chile, otras cuatro de espera y otras casi cinco a Punta Arenas, en la Patagonia: el fin del mundo habitable.
Entre este periplo y la diferencia horaria, para ir hasta allí habré destinado casi dos días de mi vida. ¡Para que luego digan que en el mundo ya no hay distancias! Estoy emocionada, nerviosa, expectante.
No sentía algo así desde que, hace quince días, recibí la llamada del Ministerio de Educación y Ciencia para decir que habían seleccionado nuestro proyecto, que nos llevaban a la Antártida a ver lo que se cuece allí… ¡Vaya! No es ésta la expresión más adecuada para la tierra que nunca registra temperaturas en positivo.
El frío me tiene un poco preocupada. Mi ignorancia sobre este terreno evita que pueda preocuparme sobre algo más. ¿Llevaremos el equipaje adecuado? Porque ya no se trata de mí, de lo friolera que soy o de lo mal que duermo fuera de casa.

Se trata de un equipo de grabación y montaje que, además de pesar cerca de treinta kilos y costar algo parecido en euros, me han contado que podría no sobrevivir a una helada. Dicen que allí las baterías se funden, que la sensación térmica es tan cortante que uno llega a no sentir la diferencia entre cinco y cincuenta grados bajo cero. Pero no es el peso ni el dinero lo que me tiene algo agitada. Es el miedo a que algo falle y no podamos volver con las imágenes de la belleza que espero encontrarme, grabada en algún otro soporte que no sean nuestras retinas. ¡Y menos mal que allí no llueve! Parece una perogrullada pero, ¿a qué nunca lo habíais pensado? ¡Y por fortuna allí es verano! Una ironía que se traduce en 20 horas de luz al día; circunstancia que, sin duda, facilitará nuestro ‘photodependiente’ trabajo.

Bueno, voy terminando porque seguro que tendréis cosas que hacer. Yo no. Ya lo he hecho todo por hoy. Mañana veré el mundo desde arriba durante todo el día y pasado os seguiré informando. Hasta pronto,

Lucía

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