Assange, un secuestro anunciado

07 nov 2012
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Las noticias conocidas en los últimos días sobre problemas de salud del fundador de Wikileaks, Julian Assange, asilado en un reducido espacio de la pequeña embajada de Ecuador en Londres, ponen de actualidad un asunto injustamente olvidado por los disconformes e indignados del mundo, en el que, sin embargo, están en juego problemas tan importantes como el derecho a la información, la impunidad de la superpotencia estadounidense en graves delitos de lesa humanidad y el respeto a los derechos humanos –el de asilo entre ellos– y al derecho internacional.

Una atonía inducida por Estados Unidos, que abordó el problema Wikileaks con una estrategia de libro: 1. desactivar el interés de los grandes medios que habían pactado con Assange; 2. perseguir a las fuentes; 3. ahogar la financiación de la red, impidiendo las aportaciones voluntarias vía tarjetas de crédito; 4. montar una disidencia interna con elementos celosos de la celebridad de Assange; 5. buscar un presunto punto débil a este último, hurgando en su vida personal, y 6. poner su diplomacia secreta en marcha para obtener la complicidad de Suecia y de Gran Bretaña y llevarse cuanto antes al personaje para juzgarlo como enemigo y cómplice del terrorismo internacional.

Cuando Assange sintió la proximidad de su inmediato traslado a Guantánamo, con escala en Estocolmo o desde Londres directamente, se fue para la embajada de Ecuador y pidió asilo. Ahí es importante destacar que antes de tomar una decisión positiva la cancillería ecuatoriana estudió largamente el problema, realizando dos consultas diplomáticas fundamentales ante Estados Unidos y Gran Bretaña: ¿podrían asegurar por escrito que si entregaban a Assange éste sería juzgado por los presuntos delitos sexuales cometidos en Suecia y que nunca Estados Unidos lo pediría en extradición por su actividad periodística, ni los suecos la concederían, llegado el caso?

Sin respuesta clara, Ecuador pasó a aplicar pulcramente el derecho internacional, concediendo asilo en su legación diplomática al creador de Wikileaks. Este derecho cuenta con dos instrumentos fundamentales: uno, el Estado que da asilo es el que califica la naturaleza de los motivos de persecución al asilado; y dos, el Estado territorial tiene la obligación de extender un salvoconducto para permitir que éste salga del país en el plazo más breve posible.

Los portavoces del decrépito Imperio Británico, reaccionaron con amenazas y falsa dignidad ofendida. Una dignidad de la que carecieron, por cierto, a la hora de conceder la extradición del asesino múltiple Augusto Pinochet, permitiendo su vuelta a Chile a sabiendas de que allí no sería juzgado y de que la enfermedad que le afectaba era una cobarde falsedad. En el caso Assange, los ingleses han llegado incluso a declarar que el derecho de asilo es una cosa de latinoamericanos que no rige en Europa, cuando lo cierto es que se trata de una de las instituciones más antiguas de Occidente y de las democracias.

El “Asylos” griego era un lugar de donde nadie podía ser sacado, localizado en templos, tumbas de héroes, bosques sagrados o determinadas ciudades. En Roma se construyeron lugares dedicados al asilo alrededor de lugares sagrados… la Edad Mediacontinuó con la tradición, incorporada a leyes que fueron desarrolladas con la aparición de los estados modernos y del concepto de soberanía, hasta las declaraciones y normas más importantes del actual derecho internacional.

Con las amenazas de Gran Bretaña de violar el espacio diplomático de la pequeña y nada imperial nación ecuatoriana, la vieja dama indigna trata de ignorar la Declaración Universal de Derechos Humanos (art.14) y hasta la propia Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea(art.18), que consagran el derecho de asilo. Ante la pasividad del resto de naciones, cuyas vergüenzas e hipocresías quedaron al descubierto desde los primeros cables de Wikileaks, en cualquier momento podría producirse un asalto y secuestro de Assange, legalizado mediante una previa y fugaz ruptura de relaciones diplomáticas emprendida unilateralmente por los ingleses.

En los últimos días ha cambiado el cerco masivo de la Embajadade Ecuador en Londres, con la instalación de un camión blanco cerrado y erizado de antenas con las que sin duda se está violando el secreto de las comunicaciones. De ahí a una “acción relámpago” va un paso.

El juez Baltasar Garzón, incorporado a la defensa de Assange, ha alertado sobre la intención de desgastarle anímica y físicamente. También ha puesto al descubierto la hipocresía del montaje, pidiendo que se active el proceso instado por la fiscalía sueca, a la que ha invitado a enviar una comisión rogatoria a Londres para que interrogue al creador de Wikileaks sobre las oscuras acusaciones de episodios privados delictivos en torno a los que Garzón dice tener pruebas concluyentes que probarían su inocencia: “Si nos dan la garantía de que Suecia no extraditará a Assange a Estados Unidos, mañana se acaba todo”, ha declarado el juez, sin ningún eco en los medios internacionales.

De nuevo urge la movilización para impedir el crimen contra la libertad de información, y los derechos humanos en general, que significaría ver a Assange en Guantánamo con mono naranja y grilletes en los pies.


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