Cuando el PSOE llama a Felipe González y Alfonso Guerra para que den juntos un mitin es que la cosa está ‘mu’ mala. Ambos participarán el sábado que viene en el supermitin que el partido ha organizado en el velódromo de Dos Hermanas, donde espera reunir a 25.000 fieles para participar en esa especie de misa por lo civil que son los grandes actos electorales. Pero la verdadera novedad no es tanto que el partido los llame como que ambos acepten. Su distanciamiento a principios de los noventa que acabaría en ruptura a mediados de la década dejó dolorosas heridas políticas y personales cuyas cicatrices son aún visibles.
Muchos dirigentes y militantes de entonces vivieron aquellos sucesos con amargura y desconcierto: Felipe y Alfonso habían roto pero pocos acababan de entender exactamente por qué. En eso la militancia no tenía sentimientos muy distintos a los de cualquier prole cuyos papás deciden separarse civilizadamente. Lo único que saben los niños es que no quieren que mamá y papá se separen: lo demás no les importa demasiado. Y si finalmente se divorcian, lo que quieren es que vuelvan.
Pues bien: de eso se trata el sábado, de que ambos vuelvan e inyecten un poco de ánimo al decaído familión socialista rememorando los viejos tiempos en que todos formaban una familia próspera y unida. Es seguro que aquello se va a poner a ‘reventá’. La Andalucía socialista sigue siendo ciegamente felipista y conmovedoramente guerrista pase lo que pase y hagan lo que hagan.
Cuentan las crónicas que ha sido el presidente Griñán quien ha urdido el bello encuentro, él es quien ha ejercido de Celestina buena para lograr el milagro de que ambos dirigentes compartan escenario por unas horas junto al propio Griñán y el candidato Rubalcaba. ¿Y ZP? El nombre de Zapatero no aparece por ninguna parte. Zapatero será el sábado en Dos Hermanas como ese cabeza de familia al que nadie nombra en las celebraciones porque ha cometido algún error imperdonable que, injustamente, ha acabado enterrando la memoria de los buenos tiempos compartidos. Puede que los estrategas socialistas se estén precipitando al excluir al presidente del Gobierno de una misa mayor como la del sábado. Si no está, como parece, su partido habrá cometido con él el feo pecado de la ingratitud. Tal vez no sea conveniente en términos electorales que Zapatero esté allí, pero sí lo es en todos los demás términos, que son los que de verdad cuentan. Incluso en campaña electoral. Puede que en campaña electoral más que nunca.
Malos tiempos para el subsidio agrario. Y para el de paro. Y para el de dependencia. Y para la sanidad universal y gratuita. Y para la educación universal y gratuita. Es decir, malos tiempos para los pobres. Hay gente a la que le repugna la utilización de la terminología ricos/pobres porque le parece que tal oposición falsea y simplifica la realidad, de la que se suele decir que está llena de matices, de grises, de innumerables gradaciones morales, sociológicas… Y es verdad, pero esa constatación desautorizaría la terminología ricos/pobres no menos que muchas otras que adolecen de igual falta de precisión, pero que comparten con aquella la virtud de servir para entendernos. También traicionan los matices parejas como bueno/malo, justo/injusto, culpable/responsable o naturaleza/cultura.
Todas ellas son simplificaciones, traducciones traidoras de la realidad, pero son al mismo tiempo las linternas de mano con las cuales nos orientamos en las tinieblas de lo real. Si prescindimos de ellas estaremos más perdidos. Y más solos. Y más desvalidos. Y será más fácil engañarnos. No es que quienes rechazan hablar de ricos y pobres pretendan engañarnos. El engaño es un mero efecto colateral de sus verdaderas intenciones, que son justificarse, blanquear su conciencia, borrar cualquier mancha moral a su prosperidad.
Ayer el Parlamento andaluz reprobó a Duran i Lleida por denigrar a quienes cobran el mal llamado PER. Duran matizó después que sus reproches no eran contra la gente que lo cobra, sino contra los políticos que no han sabido hallar alternativas a ese sistema de subsidios que bloquea la voluntad de prosperar de sus beneficiarios. Pero esa fue, en efecto, una matización posterior. Lo que quiso decir inicialmente se entendió muy bien, aunque fuera una simplificación. Es más, se entendió tan bien por eso: porque era una simplificación, como la de rico/pobre y otras así. Duran estaba, tal vez sin saberlo, hablando desde el lado de los ricos, lo cual no significa que no le asista una parte de razón. Tiene esa parte. Como la tienen quienes dicen que la sanidad y la educación públicas son caras. En efecto, si son buenas, son caras. Pero si se recortan, se devalúan, se desacreditan o se malvenden los perjudicados serán los pobres, no lo ricos. O dicho matizadamente: no perjudicará igual a los ricos que a los pobres. De ninguna de las maneras tendrá el mismo efecto en un líder representativo de la Catalunya acomodada que en un jornalero representativo de la Andalucía desamparada. Esa que los ricos llaman subsidiada.
El comienzo de todo fue una mala educación. Miguel Carcaño mató a Marta del Castillo por mala educación, del mismo modo que Samuel Benítez y ‘el Cuco’, y quizá también los otros dos inculpados, están mintiendo en el juicio oral por mala educación. Todos ellos son unos maleducados, y lo son en todos los sentidos de la palabra, que son varios. Su educación familiar es mala y su educación escolar también. Nadie les enseñó a ser considerados con los demás. Ni a compadecerse de quienes sufren. Ni a mostrar respeto. Ni a decir la verdad ni siquiera cuando decirla ya no puede perjudicarles. Se expresan con torpeza, sin propiedad, con desidia y desgana, construyendo mal las frases, con un vocabulario tan escaso que roza los mínimos para hacerse comprender, y cuando dicen alguna expresión más o menos redonda resulta evidente que han sido sus abogados quienes les han hecho aprendérsela de memoria para impresionar al tribunal.
Si a Carcaño, Benítez y ‘el Cuco’ les hubieran enseñado otras cosas en su casa tal vez el primero no habría matado a Marta y tal vez los otros dos no habrían encubierto su crimen y ayudado a ocultar ese cadáver que seguramente ya nunca aparecerá. Ahora que los partidos políticos discuten sobre educación, no está demás recordar hasta qué punto, hasta qué trágico punto el ‘caso Marta del Castillo’ tiene que ver de una manera sobrecogedoramente radical con la falta de educación, aunque esta vez más vinculada a la familia que a la escuela. Miguel, Samuel y ‘el Cuco’ son ante todo malos ciudadanos. Seguramente nadie les ha enseñado a ser buenos y probablemente ya nadie lo hará.
Cuando alguna gente trivializa o se burla de que en la escuela se imparta la asignatura Educación para la Ciudadanía les vendría bien recordar que en ella se enseñan cosas encaminadas a combatir la mala educación en su sentido más grave y ominoso, que es precisamente el sentido en el que son víctimas de ella Miguel, Samuel, ‘el Cuco’ y, sobre todo, Marta, pero justamente por razones opuestas. Claro que no es una asignatura milagrosa; es más, puede que ni siquiera sirva de mucho si lo que los escolares aprenden en ella durante un par de horas a la semana lo
desaprenden todos los días en sus casas. Pero si existe una posibilidad de favorecer en la escuela ese difícil aprendizaje de la igualdad, de la tolerancia, del respeto, de la pluralidad, de la empatía o de la solidaridad, si existe alguna posibilidad deberíamos aprovecharla. Y si finalmente no sirve de nada, tampoco será mucho lo que habremos perdido intentándolo.
El mismo día que el Gobierno andaluz aprobaba los presupuestos de 2012 que incluyen un incremento del gasto educativo del 2,5%, la vicesecretaria de Organización del PP, Ana Mato, mostraba de nuevo su querencia por los problemas educativos de los escolares andaluces y desvelaba al mundo que en Andalucía hay “niños que están en el suelo en los colegios públicos porque ni siquiera tienen mesas para sentarse”. No es la primera vez que Mato exhibe su conocimiento de la Andalucía trágica. En la campaña de 2008 ya explicó que “los niños andaluces son prácticamente analfabetos”, lo cual no tiene nada de raro considerando que los pobres tienen que aprender sus lecciones tirados en el suelo como colillas.
En aquella ocasión, Mato explicó las causas de ese analfabetismo congénito que con tanta valentía acababa de denunciar: “Es que Chaves no ha hecho nada por la educación de los niños. Parece que le gusta y quiere que estén así”. Cuando Chaves se fue a Madrid muchos pensaron que el problema podría solucionarse, pero qué va, todo lo contrario, se ve que Griñán sigue sus mismos pasos, si bien aplicando técnicas antipedagógicas de su propia cosecha, como esta de no dotar de mesas ni pupitres las escuelas para sembrar así el desaliento entre los niños y seguir manteniendo las elevadas tasas de analfabetismo escolar que con tantos desvelos había logrado implantar su antecesor.
No es difícil imaginar al malvado consejero de Educación, Francisco Álvarez de la Chica, junto a todo su equipo de colaboradores programando el curso escolar: “A ver qué se os ocurre este año, que últimamente os veo un poco dormidos y como nos sigamos descuidando los ‘joíos’ niños estos acabarán aprendiendo a leer”. Debió hacerse un espeso silencio en la planta noble de la Consejería. Ni una palabra. Ni una propuesta. Seguro que fue el propio Álvarez de la Chica en persona quien dio la idea: “Tal vez sea un poco atrevido, pero qué os parecería abrir los colegios en septiembre con sus profesores, sus conserjes, sus pizarras, sus ordenadores… ¡pero sin pupitres!”. Es fácil imaginar las tétricas carcajadas de júbilo de su equipo: “¡Qué grande eres, jefe, qué visión, qué lucidez!”. Aunque para lucidez la de Mato descubriendo el pastel. Y no sólo la de Mato. Javier Arenas y los suyos repiten cada día que Griñán no cesa de hacer recortes sociales. Hasta ahora no sabíamos qué partidas recortaba. Lo teníamos delante y no lo veíamos. Por fin se ha desvelado el misterio: ¡el recorte era en pupitres!
Todo el mundo está pensando en el día después, pero nadie habla de ello. El día después es el 21 de noviembre y todo el mundo son los socialistas españoles en general, los socialistas andaluces en particular y José Antonio Griñán particularmente en particular. Si, como es previsible, los resultados de las generales no son buenos para el PSOE, la dirección del partido tendrá que decidir si es mejor convocar el congreso federal cuanto antes o hacerlo tras las andaluzas.
Naturalmente, los socialistas no quieren hablar de todo esto. Y no lo quieren por las mismas razones por las que la gente de mediana edad se resiste a formalizar el papeleo relativo a su propia muerte: por si acaso, porque mejor no tentar la suerte, porque tal vez coquetear con esas cosas tenga secretas y terribles consecuencias que nadie conoce pero todos temen. Para los socialistas, hablar antes del 20-N de un congreso se parece demasiado a hacer el papeleo de su propio entierro.
Lo que pocos ponen en duda es que, dicho un poco brutalmente, los socialistas tendrán que hacer lo que diga Griñán. Lo harán si están de acuerdo, pero también aunque no lo estén. En un escenario con Zapatero desaparecido y Rubalcaba en trance de desaparecer, la prioridad sería conservar Andalucía, y para ello deberían blindar al candidato y hacer todo lo posible para que se sintiera cómodo y con la fe intacta en la victoria. Griñán preferiría que el congreso se celebrara cuanto antes y que Andalucía hiciera valer su peso político en él: ahora bien, lo que no podría tutelar Griñán es la elección del nuevo secretario general. Una renovación profunda y visible del partido sería un activo electoral para Griñán, pero el camino hacia ella estaría plagado de riesgos porque muchos congresos provinciales de elección de delegados serían a cara de perro ya que, desde el 22-M,
todos guardan numerosas facturas orgánicas pendientes de cobro. Hacer un congreso y elegir nuevo líder será estupendo para Griñán si todo sale bien, pero letal si todo se tuerce y aflora la división interna.
Pero suponiendo que todo saliera bien, quedaría otro asunto por resolver: ¿forzaría Griñán, antes de las autonómicas, la celebración de un congreso regional tras el congreso federal? Si lo hace, sin duda saldrá elegido, como ya ocurrió en el de 2010, ¿pero y si resulta que unas semanas después pierde el poder en las urnas? El PSOE andaluz tendría un flamante líder… recién derrotado: un líder cuya ventanilla de reclamaciones no daría abasto para atender las colas de gente con sus taquitos de facturas pendientes de cobro.
El Guadalquivir se queda donde solía, en manos del Estado, que a su vez lo había perdido a manos del Estatuto, que a su vez lo había perdido a manos del Constitucional. La Junta devuelve al Gobierno las competencias sobre el río después de seis meses de un apaño jurídico que no ha sido posible prolongar por más tiempo sin que pareciera lo que de verdad era: que entre los dos gobiernos estaban toreando a los magistrados del Constitucional que dictaminaron en la primavera pasada que el río grande andaluz seguía siendo igual de río, igual de grande e igual de andaluz, pero que las competencias sobre su cuenca eran de Madrid y no de Sevilla, y no hay más que hablar.
O sí. La única manera de que la gestión del río regrese a la jurisdicción política andaluza es aplicando el artículo 150.2 de la Constitución, que viene a ser, para entendernos, el artículo a través del cual se hacen traspasos que no pueden hacerse y se ceden competencias que en teoría no pueden cederse.
La del Guadalquivir ha sido una batalla singular porque se ha librado ante la mirada indiferente y opaca de las masas andaluzas en nombre de las cuales se estaba librando tal combate. En realidad, siempre se trató de una batalla de mentira dirigida por un cuartel general desganado al que las circunstancias obligaron a simular que estaba librando una batalla de verdad y que de verdad le importaba el desenlace de la misma.
Los padres del nuevo Estatuto de 2007 simularon ante
el pueblo, pero sobre todo ante sí mismos, que el Guadalquivir era el símbolo, la justificación, la clave de arco del nuevo edificio estatutario; que tener las competencias sobre el río era determinante en términos jurídicos, políticos, históricos, simbólicos y demás esdrújulas al uso. Pero en realidad el Guadalquivir siempre fue un adorno, la pluma de ave del paraíso con que una dama culmina su tocado para que el traje nuevo resulte más seductor: hasta que ella misma observa con decepción que sus
admiradores no le dicen ni una palabra cuando luce la pluma ni tampoco, y eso es lo peor, cuando no la luce.
A San Telmo, por otra parte, no le viene mal haber tenido que devolver a un Gobierno central de
izquierdas unas competencias que ahora podrá reclamarle airadamente al nuevo Gobierno central de derechas. La guerra, pues, no ha terminado. En el futuro nos esperan nuevas batallas igualmente de mentira dirigidas por un cuartel general igualmente desganado al que las circunstancias obligarán igualmente a simular que tales batallas son de verdad y que su desenlace le importa de verdad a alguien.
El juez Serrano tiene mal perder judicial. El Tribunal Superior de Andalucía lo ha condenado por prevaricación a dos años de inhabilitación y el juez ha decidido recurrir la sentencia. Por supuesto, su mal perder no tiene nada que ver con haber recurrido un fallo que considera injusto. El mal perder es porque el juez ha culpado al “feminismo radical” de su procesamiento y ha utilizado palabras tan gruesas y poco ponderadas como atribuir a quienes lo denunciaron sentimientos de “odio y venganza” contra un magistrado como él que lo único que ha hecho siempre es “defender su independencia y no casarse ni con hombres ni con mujeres”. Al contraponer implícitamente feminismo a secas y feminismo radical, el juez recuerda sin pretenderlo a quienes solían en el pasado contraponer libertad y libertinaje o en el presente laicidad y laicismo. Lo que tienen en común todos ellos es que no suelen creer demasiado ni en la libertad ni en el laicismo ni, claro está, en el feminismo.
Y así remataba el juez su faena: “Siempre defenderé a hombres y mujeres desde la equidad, sin tener ningún tipo de privilegio ni prejuicio hacia ningún sexo”. No advierte Serrano que los prejuicios de quienes dicen no tenerlos suelen ser los peores. Y lo son porque se trata de los prejuicios más ocultos, de los mejor camuflados en el alma, con cuyos buenos sentimientos logran confundirse como se confunden ciertas alimañas con el paisaje en el cual se agazapan furtivamente. Como las creencias de Ortega, los prejuicios no suelen ser algo que se tiene, sino más bien algo que nos tiene a nosotros.
Francisco Serrano fue condenado por prevaricación por modificar arbitrariamente el turno de visitas de un niño para que pudiera salir en una procesión de Semana Santa. Serrano sostiene que actuó única y exclusivamente pensando en el beneficio del menor, y puede que fuera así, pero el TSJA ha entendido que eso es prevaricación. De nuevo lo que está en discusión es el fuero y no el huevo. El juez se agarra a que el huevo de cambiar en apenas un día y medio un régimen de visitas es una minucia, y puede que lo sea, pero su argumentación es calcada a la de quienes siempre vieron una minucia en los “cuatro trajes” que se dejó regalar el presidente valenciano Francisco Camps.
El juez actuó con ligereza y por eso ha sido castigado, porque en su oficio está terminantemente prohibido actuar con ligereza. Como ciudadano puede hacerlo, y de hecho ayer lo hizo; como juez, no. Otra cosa bien distinta es que esa ligereza merezca el pesado castigo de dos años. Lo justo sería aligerarlo.
Hay metáforas que las carga el diablo, y una metáfora cargada por el diablo puede tener efectos letales porque la metáfora es la manera favorita que tienen las ideas de buscar un acomodo estable en el corazón de la gente. El presidente Griñán se metió ayer en jardines metafóricos en apariencia inocuos pero, a la postre, arriesgados. En un coloquio en Madrid y a propósito del marronazo del 20-N que los socialistas tienen a la vuelta de la esquina, el presidente desgranó la idea de que a las elecciones hay que ir con el convencimiento de que puedes ganar, pues si “la gente empieza a pensar en la derrota, la derrota es la profecía autocumplida”.
Hasta ahí, bien. No te ahorques antes de tiempo. No tires la toalla. Desoye las encuestas, que son basiliscos que paralizan a quien las mira demasiado fijamente. Si el derrotismo envenena tus sueños estás acabado antes de haber empezado siquiera a combatir. Vale. Correcto. Hasta ahí las ideas, la claridad de las abstracciones, pero luego el presidente sucumbió a la tentación de la metáfora y decidió arriesgar: comparó la actitud que debería tener el PSOE ante el 20-N con la que tuvo el Betis ante el Real Madrid en la última jornada de Liga, cuando “estuvo ahí” y supo plantar cara al gigante blanco en su propio terreno.
El riesgo de ese símil es que, como sostiene la tesis abusivamente nominalista del libro de George Lakoff ‘No pienses en un elefante’, dibuja en la imaginación de quienes lo escuchan un escenario en el cual el PSOE hace del Betis y el PP hace del Madrid, lo cual es en términos electorales un pésimo reparto de papeles para los socialistas, sobre todo considerando que el dichoso partido acabó 4-1 a favor del Madrid. La metáfora habría valido si hubiese acabado en empate, o en 1-0 o incluso en 4-3, pues ello habría dado la idea de una batalla igualada, habría dado la certidumbre de que tal vez ganó el mejor pero en verdad hubo partido, que es lo que el PSOE necesita desesperadamente que crean sus votantes en relación al 20-N. Habiendo acabado el partido como acabó, con goleada del SuperMadrid al voluntarioso Betis, mejor haberse buscado otra comparación sin diablo de por medio.
Estando las cosas para el PSOE tan complicadas como están, alguien podría incluir la metáfora de Griñán en la categoría freudiana de actos fallidos: cosas que la gente hace o dice cuyo significado real no es el que aparentan, sino otro más problemático que pugna por salir a la superficie de la conciencia, pero esta no se lo permite. Un psicoanalista del PP se pondría las botas.
Malos tiempos para celebraciones. Malos tiempos para andar de cumpleaños cogiéndonos unos a otros del bracete, gastando dinero que no tenemos y esperando recibir regalos que nadie nos hará. Se cumplen mañana 30 años de la aprobación en referéndum del primer Estatuto andaluz y el Gobierno de José Antonio Griñán lo recordó ayer con una declaración institucional. Pero ocurre que los tiempos están tan malos que hay pocas ganas de echar la vista atrás, ni siquiera para constatar que tampoco lo hemos hecho tan mal entre todos, particularmente considerando lo mal que hasta entonces lo habían hecho otros en nuestro nombre y además sin pedirnos permiso.
Pero después de tres décadas aún somos la única comunidad donde no ha habido alternancia. Lo que no se sabe muy bien es por qué ha sido así: si porque los socialistas lo hacían muy bien y la gente no quería echarlos; si porque los populares seguían pareciendo demasiado de derechas a demasiada gente en una tierra demasiado castigada por la derecha en la guerra y la posguerra; o si porque la masa crítica de familias que habían prosperado era todavía insuficiente para formar una mayoría electoral y contrarrestar a la masa de gente todavía demasiado humilde como para entregar su voto a la derecha.
Parecen 30 años, pero en realidad son 27+3: 27 años normales y 3 años infernales de una crisis devastadora. Es el aniversario de algo importante, pero sucede en un momento en que nada parece importante porque la ferocidad de la crisis parece empeñada en destruir todo lo que hemos construido en estos años. Sustituido por uno nuevo en 2007 no tanto por necesidad como por prevención, por cautela, por si acaso, el Estatuto de 1981 permitió el despliegue institucional de una nueva administración que no ha hecho mal su trabajo, pero que nació con los vicios de la antigua porque en España no sabemos crear una administración sin vicios. Es una costumbre muy nuestra de la que no nos sentimos orgullosos, pero que tampoco lamentamos demasiado.
Convendría no excederse en los fastos. Y no porque la fecha no lo merezca, sino porque ‘parece’ no merecerlo, porque la crisis nos está nublando el sentido para evaluar el buen trabajo colectivo que ha hecho esta tierra para equipararse a otras que siempre fueron por delante. Es verdad que siguen yéndolo, pero mucho menos que hace 27+ 3 años. Nuestra victoria es esa. No es para que nos den el Nobel, claro, pero ¡por Dios santo! tampoco para que los más tontos de entre los bárbaros del norte nos denigren cada vez que se aburren o tienen un al día.
Por sus desprecios les conoceréis. Con irritación apenas contenida replicaba el expresidente del Gobierno José María Aznar a la multiplicación de preguntas sobre el 15-M que le formulaba un periodista ecuatoriano en una entrevista: “¿Por qué le da tanta importancia a algo que no la tiene?”. Aznar también situaba el movimiento de los indignados del 15-M en “la extrema izquierda antisistema”, aunque a esa calificación no hay que darle mucha importancia, pues el conjunto de pesas y medidas de Aznar para evaluar la ideología propia y ajena necesita una actualización urgente. De hecho, él se sitúa a sí mismo en el centro derecha, o incluso en el centro reformista. Tiene derecho a creer que está ahí, pero buena parte de la gente que le votaba y casi toda que no le votaba lo colocan más bien en una derecha dura, bronca, severa, convencida de que el mundo necesita tipos como él, que se embarcan en una guerra ilegal sin que les tiemble el pulso o que mienten sin pestañear sobre la autoría del mayor atentado terrorista de la historia de Europa.
Aznar no es el mismo hombre después de aquel atentado: todo el dinero que está ganando desde entonces es su manera de ocultar y contrarrestar su áspero resentimiento por haber sido expulsado del poder de la manera en que lo fue: sin honores y tal vez sin honor. Aznar cree que mucha gente jugó sucio tras el 11-M para que él saliera derrotado. Y tiene buenas razones para creerlo: tiene que creerlo para poder eludir ante sí mismo el hecho pavoroso de haber intentado sacar ventaja política de 192 muertos. Sólo creyendo aquello puede olvidar esto.
Aznar no desprecia el 15-M por táctica, sino por convicción. Cree, en efecto, que se trata de gente que pretende destruir ese mundo donde él gana tanto dinero por decir lo que piensa. No parece capaz de percibir qué late bajo esas protestas ni hasta qué punto millones de personas en todo el mundo comparten ese latido, ese malestar, esa sospecha de que alguien los ha engañado, esa certeza de que hay que hacer algo, y hacerlo rápido, para impedir que los engañen de nuevo, para reequilibrar el actual sistema de poderes: no para impedir que gente como Aznar siga enriqueciéndose, pues no pasa nada porque lo haga, sino para que deje de darnos lecciones de decencia. Porque lo que al fin y al cabo persigue el 15-M es precisamente eso: cambiar el sistema de pesas y medidas para determinar qué es decente y qué no lo es. Y si se cambia ese sistema, Aznar desde luego saldrá perdiendo. No en dinero, pero sí en decencia.