Comencemos este último artículo robando, que es lo que mejor sabe hacer todo articulista que se precie: “Si muero, dejad el balcón abierto”. El verso es de Lorca, pero seguramente no le habría disgustado que su talento hubiera sido saqueado con ocasión de la muerte de un periódico como este, que con tanto brío juvenil aplaudió la noble tarea de hallar de sus huesos.
Es verdad que no encontramos a Lorca, pero el hecho mismo de haberlo buscado en las desoladas cunetas de la vega de Granada nos ayudó a encontrarnos un poco más a nosotros mismos. Y no solo a nosotros mismos, por cierto: también nos sirvió para encontrar y conocer un poco mejor a los otros, a los herederos genéricos e involuntarios de quienes lo asesinaron. Los herederos son inocentes del crimen, pero no inocentes de no querer encontrarlo, no inocentes de querer olvidar lo que hicieron sus mayores. Buscarlo nos ayudó a reconocer con estupor las viejas heridas y a certificar con melancolía que medio país sigue firmemente decidido a creer que tales heridas no existen, y que si existen es porque quienes las sufrieron bien que se las merecían.
Como del destino final de los huesos de Lorca, de la muerte de Público, que se hace efectiva hoy 24 de febrero del año de desgracia de 2012, apenas sabemos nada. Por no saber, ni siquiera sabemos si se ha muerto o lo han matado. Seguramente ambas cosas: primero enfermó de sí mismo ofreciendo gratuitamente en la web el trabajo por el que pretendía cobrar un euro al día siguiente en los kioscos; luego su mal se agravó con ese otro mal que es la falta de publicidad, que más que una enfermedad es una epidemia de la prensa en estos malos tiempos; la falta de publicidad ocasionó un tumor maligno que nadie pudo, supo o quiso extirpar a tiempo; el tumor desencadenó una metástasis; se practicó alguna que otra amputación, pero no ello no bastó; y finalmente llevaron al enfermo a ese extraño quirófano llamado Concurso de Acreedores del cual pocos pacientes suelen salir vivos.
No se sabe muy bien qué pasó allí dentro ni quiénes eran los especialistas llamados a salvar a Público, pero sí sabemos que fracasaron, aunque no por qué se produjo ese fracaso: si por falta de fe, por falta de pericia o, simplemente, porque no hubo forma humana de acopiar esas pocas pero cruciales bolsas de sangre que había que transfundir con urgencia al enfermo, aunque también es verdad que la sangre que gastaba el puñetero es de un tipo muy poco usual y muy difícil de encontrar en los bancos (de plasma sanguíneo).
¿Nos morimos solos o nos matan? De algún modo, todos los que mueren antes de tiempo mueren porque los matan. Público se ha muerto antes de tiempo. Y si es así, ¿quién lo ha matado? Es cierto que también se puede morir de muerte natural antes de tiempo, pero cuando se producen tales muertes todos tenemos la impresión de que no han sido muertes naturales en sentido estricto. Con Público nos pasa algo de eso: muere tan joven que nos cruza velozmente por la cabeza el mismo pensamiento que cuando muere una muchacha en el esplendor de su juventud: por qué diablos vivirán tantos años algunos que no lo merecen y tan pocos años estos otros que nos hacían la vida tan interesante.
Bob Dylan se preguntaba melancólicamente quién mató a Norma Jean y se contestaba esto: “Yo, respondió la ciudad”. En cierta medida, a Público también lo ha matado la ciudad. A un joven periódico le da la vida la ciudad y lo mata inevitablemente la ciudad. De algún modo, la ciudad está en su derecho de hacerlo. Y, después de todo, tampoco estaría tan mal haber muerto a manos del mismo anónimo criminal que acabó con la joven y bella y desventurada Marylin. También a ella le hubiera gustado tal vez dejar una nota junto a su cama funeral en la que se leyera: “Si muero, dejad el balcón abierto”.
Dylan también se preguntaba, con sincero patetismo, otras cosas sobre ella: quién la había visto morir, quién tejería su mortaja, quién cavaría su tumba, quién sería el primero en olvidarla. Las mismas preguntas habrían servido en 1936 como responso fúnebre para Federico García Lorca. Las mismas preguntas sirven en 2012 para Público. Las mismas sirven para todos los muertos que mueren demasiado jóvenes, para todos aquellos a quienes la muerte les enseña que, una vez muerto, no es muy importante saber si te has muerto tú solo o te han matado. Sí importa, en cambio, que no te olviden demasiado pronto. Sí importa, en fin, haber vivido sin demasiado miedo la vida siempre breve y haber compartido sin demasiado miramiento el esplendor inmarcesible de la frágil juventud.
Quienes están en estas cosas aseguran que la encuesta que la rama andaluza de la Confederación de Entidades para la Economía Social (CEPES) viene publicando anualmente en vísperas del 28-F rebaja a poco más de siete puntos la ventaja del PP sobre el PSOE. Eso sería dos menos que la ventaja obtenida en las elecciones generales de diciembre, y ello a pesar de que las entrevistas se han llevado a cabo antes de la aprobación de la reforma laboral y de las protestas que ha empezado a desencadenar. Lo decisivo, en cualquier caso, es que la encuesta auguraría que el PP no va a obtener la mayoría absoluta el 25 de marzo. Y si no obtiene la mayoría absoluta, no gobierna. O en eso al menos confía mucha gente.
Si los datos de CEPES son como se dice y si la brecha del PP se va acortando, la coalición que dirige Diego Valderas será decisiva para la formación del nuevo Gobierno que tendrá que salir del Parlamento andaluz tras las autonómicas de marzo. ¿Qué hará IU-CA en ese caso? Valderas ha vuelto a decirlo esta semana: “Serán las bases las que se pronuncien en un referéndum”. Parece la fórmula extremeña, pero no lo es. Valderas suele decirlo en voz bastante clara, si bien no demasiado alta: el modo en que IU de Extremadura planteó la pregunta a sus bases fue un error que colocó a la dirección federal de la coalición en una posición como mínimo embarazosa.
Valderas prevé plantear una consulta popular a las bases formulada de forma que estas no puedan decir que no. Como diría Marlon Brando en El padrino, Valderas quiere hacerles una oferta que no puedan rechazar. No se trataría de preguntarles si quieren pactar con el PSOE, porque en ese caso dirían abiertamente que no: tras la efímera luna de miel entre socialistas y comunistas en el primer mandato de los ayuntamientos democráticos y también, pero menos, en el segundo, las relaciones entre el PSOE e Izquierda Unida han sido, por decirlo suavemente, de desconfianza mutua. Sería más bien una consulta con propuestas programáticas concretas que el PSOE tendría que aceptar si quiere seguir en el poder. En todo caso, si el 25-M le da a la coalición las llaves del Palacio de San Telmo para que las entreguen al PP o al PSOE, ni siquiera el maximalismo revolucionario de Juan Manuel Sánchez Gordillo y su tesis de que pactar con el PSOE es pactar con el diablo tendría razones suficientes para permitir en Andalucía el gobierno de una derecha que controla casi todo el país y que ya está haciendo de las suyas. Y las que le queda por hacer.
Si no supiéramos que los jueces son, por definición, gente que no hace política cuando ejercen de jueces, sospecharíamos que suelen más bien favorecer a la derecha. Tal vez ocurra, simplemente, que cuando los partidos se disputan en el terreno de juego de la Justicia la derecha siempre juega en casa porque los jueces españoles son más bien de derechas. Es cierto que ellos proclaman airados una y otra vez que son independientes y que sus decisiones son estrictamente técnicas. Puede ser, pero nos quedan dudas.
La madre de todas las dudas sigue siendo, cómo no, la condena por prevaricación al juez Garzón, a propósito de la cual se ha puesto poco énfasis en el hecho crucial de que fuera dictada por unanimidad. En verdad, el más sólido e inexpugnable argumento en defensa de fallo ha sido esa unanimidad. Mucho más incluso que el fallo mismo. Lo llamativo, por excepcional, es que la Sala de lo Penal del Supremo ha sido el único espacio de reflexión judicial en que no ha habido dudas ni discrepancias sobre la actuación de Garzón, y ello cuando las páginas de los periódicos de medio mundo están llenas de artículos de fondo en los que, independientemente incluso de su color político, los distintos autores discrepan y mucho sobre si Garzón cometió o no prevaricación, si bien se inclinan más bien a que pudo equivocarse pero no prevaricar. En el Supremo, en cambio, no se dieron esas discrepancias. Los siete jueces pensaban igual. En un caso tan controvertido esa unanimidad es jurídicamente llamativa, y ello la hace políticamente sospechosa.
El otro caso bajo sospecha es la actuación de la jueza Mercedes Alaya, que instruye el caso de los ERE fraudulentos en la Junta de Andalucía. Los motivos de la jueza para llamar o no llamar a declarar a unos imputados u otros son imposibles de entender en estricta clave jurídica. Su última decisión ha sido llamar a declarar al principal imputado, el exdirector general Javier Guerrero, y a su chófer, sólo unos días antes de las
elecciones del 25-M. El tema estrella de esas declaraciones será cuánto dinero público de los andaluces se gastaron ambos en cocaína. La jueza bien puede argumentar que ella no tiene por qué tener en cuenta la campaña electoral, pero comportarse como si esta no existiera es llamativo. A la juez no parece preocuparle que la Justicia, además de ser justa, deba parecerlo. Está en su derecho de no preocuparle, pero entonces los demás también estamos en nuestro derecho de alimentar las sospechas de que su comportamiento y sus calendarios no son ajenos a la política.
Si, emulando a Jorge Luis Borges, Javier Arenas se propusiera escribir un Libro de las Pesadillas Imaginarias, que a su vez sería la fiel transcripción de los peores sueños, la relación y síntesis de algunos de sus capítulos sería la siguiente:
Pesadilla 1. La jueza de los ERE Mercedes Alaya cae enferma y se ve obligada a guardar cama durante varias semanas sin posibilidad de redactar algún nuevo auto judicial solicitándole a la Junta de Andalucía que le entregue copia compulsada de todas las decisiones adoptadas por todos y cada uno de los delegados de las ocho provincias a lo largo los últimos 30 años, al objeto de comprobar si en alguno de esos actos administrativos hubiera o hubiese habido alguna irregularidad vinculada con los ERE fraudulentos, con la violación del Tratado de Maastricht o, en su defecto, con la conculcación de la Carta de Naciones Unidas .
Pesadilla 2. Los socialistas andaluces hacen sus listas electorales en paz y armonía y sin matarse unos a otros (al menos en público).
Pesadilla 3. Bruselas y Berlín se ponen bordes con Rajoy y lo obligan a presentar los Presupuestos del Estado a dos semanas de las autonómicas del 25 de marzo. Incluyen recortes bestiales, despidos de empleados públicos, subida del IVA. Rajoy envía a los periódicos un artículo exculpatorio titulado Todo lo que prometí que nunca haría y me he visto obligado a hacer por culpa de Zapatero.
Pesadilla 4. El electorado de izquierdas que abandonó al PSOE consigue de forma milagrosa cabrearse con la contrarreforma laboral de Rajoy tanto como se cabreó con la contrarreforma económica de Zapatero y se echa rabioso a las calles, sediento de sangre gubernamental.
Pesadilla 5. Un topo de la sede central de Génova filtra a la prensa papeles que demuestran inequívocamente que Arenas no dijo la verdad cuando declaró que los 95.674 euros que cobró del PP en 2010 o los 55.490 que cobró en 2011 eran para pagarse sus gastos de representación, sino que estos las abonaba el partido, como por otra parte sospecha todo el mundo (salvó quizás el PSOE).
Pesadilla 6. Griñán decide patearse Andalucía, recorriéndose hasta el último poblacho perdido y hasta la última agrupación local de su partido, como viene haciendo Arenas desde hace cuatro años.
Esta última fue la peor de todas. Arenas tal vez se despertó bañado en un sudor frío, corrió a consultar compulsivamente la escueta agenda del presidente para el día siguiente y comprobó con alivio que la Pesadilla número 6, ¡uf!, sólo había sido un mal sueño.
Inspiradas en reflexiones más antiguas, no pocas películas que tratan sobre el diablo han repetido que el mayor truco de este habría consistido en hacer creer al mundo que no existe. El diablo sigue siendo, incluso en una época tan descreída como esta, un asunto que suscita el interés de la inmensa mayoría de la gente, y no tanto porque toda esa gente crea que existe el diablo como porque todos saben que existen hechos diabólicos, hechos tan genuina e inequívocamente malvados que la manera menos dolorosa de explicarlos es admitir la existencia del diablo, pues de no existir este serían los hombres el mismísimo diablo.
Algo así podría decir de sí mismo el propio capitalismo, cuyo mayor truco ha sido hacer creer a la gente que siempre ha querido lo mejor para ella y no para sí mismo. O dicho de otra forma: hacer creer a la gente que la culpa de que estemos como estamos la tiene la propia gente y no el sistema mismo y los tipos que lo dirigen.
Es llamativo que nadie albergue duda alguna de que si un Estado tiene una deuda pública desproporcionada la culpa de ello es del Gobierno de turno, mientras que si un sistema financiero tiene, como tiene el nuestro, una deuda exorbitante la culpa no es del propio sistema financiero o de los bancos centrales encargados de vigilarlo por no hacer bien su trabajo ni en un caso ni en otro, sino que es de los ciudadanos que pidieron demasiados créditos. De nuevo anda el diablo por ahí confundiendo a los incautos.
Se trata de los mismos incautos que, ante la crudeza de la reforma laboral, tienen la tentación de creer que la culpa de la crisis y del paro es que los trabajadores tienen unas condiciones laborales demasiado buenas. Ese sentimiento de culpa tal vez esté más generalizado de lo que pudiera parecer. He aquí una prueba de ello: la nueva reforma laboral del Gobierno ampara el hecho de que un empresario con una caída de ingresos de tres trimestres pueda modificar a la baja las condiciones estipuladas en convenio, y sin embargo ni a los sindicatos ni a los partidos de izquierda se les ocurre proponer que la norma se aplique también a la inversa, es decir que si un empresario tiene un incremento de ingresos de tres trimestres esté obligado a dedicar un porcentaje de los mismos a crear a una caja de resistencia para proteger el empleo de sus trabajadores cuando lleguen tiempos difíciles. ¿Por qué aceptamos con naturalidad lo primero y no exigimos lo segundo? Sin duda porque el diablo del dinero nos ha convencido de que no existe.
Mariano Rajoy ha celebrado en Sevilla su congreso este fin de semana y Javier Arenas celebra el suyo en Andalucía el 25 de marzo. Dicen las crónicas que Mariano Rajoy sale beatificado del 17º Congreso Nacional del PP, María Dolores de Cospedal sale reforzada, Javier Arenas sale ensombrecido por el poder de esta y José María Aznar sale como entró, sin darse por enterado de que ETA ya no es ETA e incluso sin haber advertido que Aznar ya no es Aznar.
Mariano Rajoy ha mantenido a Javier Arenas como vicesecretario y como tal continuará tras el 25 de marzo, independientemente de que consiga o no desalojar a José Antonio Griñán del Palacio de San Telmo. Pero no es lo mismo un vicesecretario que sólo es vicesecretario que un vicesecretario con mando en plaza y a quien el mando en plaza lo convierte automáticamente en un Vicesecretario con mayúsculas, en un cargo orgánico con poder propio y no con un poder meramente delegado y vicario. El pobre Esteban González Pons lo sabe bien: al no tener poder propio alguno, Mariano Rajoy ha decidido, un poco enigmáticamente, no nombrarlo nada. Eso no podría haberlo hecho jamás Rajoy con Arenas, y no sólo porque tienen una relación particularmente estrecha desde que en 2008 el andaluz salvara al gallego de quienes pretendían decapitarlo, sino porque Arenas tiene poder orgánico propio y porque tal vez tenga poder territorial tras el 25-M.
En cierto sentido, a Griñán le ocurre otro tanto con su nombramiento como presidente del PSOE en el 38º Congreso Federal: si conserva el poder tras el 25-M será un presidente con peso, poder e influencia en la cúpula del partido y si lo pierde quedará convertido en aquello que el gran Góngora, grande cuando se le entendía, se entiende, escribió a propósito de otra cosa: “En tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada”.
No será desde luego el caso de Arenas, pero no porque Rajoy sea más generoso con sus perdedores que Rubalcaba con los suyos, sino porque ha acumulado tanto poder que puede permitirse ese lujo de los dioses consistente en ser extremadamente generoso. Lo cual quiere decir a su vez que si Arenas no consigue ser presidente dentro de cinco semanas el presidente del Gobierno se apresurará a rescatarlo de la intemperie de la oposición dándole un buen destino institucional. Lo cual quiere decir a su vez que Arenas no perderá en ningún caso tras el 25-M: o gana quedándose en Sevilla o gana yéndose a Madrid. Es decir, que, al igual que la banca, Arenas siempre gana. O como diría José Mota: ganar, lo que es ganar, gana.
Entrevista en Canal Sur Televisión a Juan Ignacio Zoido,
alcalde de Sevilla y presidente del Congreso del PP que comienza hoy en la capital andaluza. Sin perder la sonrisa, la entrevistadora Mabel Mata le aprieta suavemente las tuercas, pero el alcalde se defiende como gato panza arriba. Ni siquiera en los asuntos en que resultan más escandalosamente flagrantes las contradicciones del PP entre lo que hace y lo que dice el alcalde se viene abajo. Es un profesional y, como tal, sabe bien lo que tiene y no tiene que decir. ¿Tiene usted tiempo para atender como se merece la alcaldía, el escaño de parlamentario, la presidencia de la FEMP y los muchos otros cargos que ostenta? Por supuesto que sí. “Las horas del día son muchas si se saben aprovechar”. ¿No es contradictorio que el PP aprobara una severa incompatibilidad para ser alcalde y diputado en Galicia y haga todo lo contrario en Andalucía? Por supuesto que no. “En Galicia se hace porque llegaron a un acuerdo todos los partidos, mientras que aquí ha sido una imposición”.
En esas respuestas elusivas, Zoido no se comporta de modo distinto a como lo hacen sus adversarios de otros partidos, aunque quizá en su caso llama más la atención porque es un hombre creyente y todo creyente sabe que mentir es pecado, aunque también es verdad que si nos pusiéramos muy puntillosos en esta materia, ningún creyente podría dedicarse a la política.
El alcalde, no obstante, triunfó
incluso sobre sí mismo cuando, a otra pregunta relativa a la doble vara de medir del PP exigiendo dimisiones a cualquier imputado de los otros partidos y eludiendo pedirlas a los suyos incluso cuando son condenados, respondió con desahogo: “Es que hay imputaciones que son como una condena”. Sólo le faltó añadir: del mismo modo que hay condenas que no llegan siquiera a imputaciones. Esa teoría del alcalde, que además es juez en excedencia, es lo que toda la maldita vida se ha llamado la ley del embudo. ¿De manera que los imputados de los ERE deben dimitir, pero no el alcalde Alhaurín el Grande, condenado por corrupción?
Zoido y tantos políticos como él empezarán a ser grandes el día en que a una pregunta como esa den en público una respuesta lo más parecida a la que darían en privado: “Lo cierto es que todos tendemos un poco a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Se trata, en efecto, de un pecado muy común en política que deberíamos en lo posible dejar de cometer”. No sería exactamente la verdad, pero se le parecería bastante.
Esta vez a algunos partidos les toca tomarse el programa electoral en serio. No porque en general el programa electoral sea electoralmente importante, sino porque es lo único que tienen. Le toca, naturalmente, al PSOE y en menor medida a Izquierda Unida, pero no al PP, cuya holgada ventaja le permite hacer un programa que podría ir firmado por Antoñita la Fantástica sin que ello le supusiera quebranto electoral alguno. De hecho, Javier Arenas viene prometiendo desde hace meses todo lo que se le ocurre y un poco más, porque en su caso realmente el medio es el mensaje: el verdadero programa electoral del PP es el propio PP. Sus siglas están en alza y no tiene demasiada importancia que si llega al poder, haga cosas distintas o aun contrarias a las prometidas. Rajoy lo lleva haciendo desde que llegó a la Moncloa y el país no está precisamente ardiendo por los cuatro costados por ese motivo.
Aunque por distintas razones que para el Partido Popular, para Izquierda Unida tampoco es determinante el programa, porque es una formación en alza. No demasiado, pero en alza. Muchos votantes de IU saben que hay propuestas de la federación de izquierdas, sobre todo propuestas económicas, que si esta accediera al poder, le sería imposible llevar a cabo, porque ningún país, y menos aún una autonomía, puede llevarlas a cabo en solitario. Pero entienden esos votantes que alguien tiene que hacer esas propuestas, porque al menos sirven para preguntarse si realmente son tan buenas las que formulan los partidos que están a su derecha.
El verdadero problema lo tiene el Partido Socialista. Un problema con tres caras: una, que va por muy detrás en las encuestas; dos, que no hay dinero y es por tanto más difícil ponerse estupendo; y tres, que su margen de credibilidad se ha estrechado mucho tras treinta años de gobierno, hasta el punto de que debería mirar con mucha atención lo que prometió en los programas del pasado y no pudo cumplir, no sea que lo repita en este y algún alma caritativa y amante de la verdad se lo recuerde durante la campaña. De momento, se van a reunir este fin de semana en Málaga y para ir haciendo boca han preparado un borrador electoral que tiene 133 paginitas de nada. Lo que deberían hacer a partir de mañana en Málaga es resumir ese tocho de media docena de páginas, desarrollar una docena de propuestas, escoger tres o cuatro de ellas y dedicarse a repetirlas por todas partes. Naturalmente, esto es más fácil decirlo que hacerlo, pero, en fin, esa es la ventaja de dedicarse al periodismo y no a la política.
Al igual que San Pablo se preguntaba en su Primera Carta a los Corintios “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?”, al término de la guerra de las listas electorales del PSOE andaluz, que debe concluir hoy con la celebración del Comité Director que les dará su aprobación definitiva, cabe preguntarle al secretario de los socialistas andaluces, José Antonio Griñán: ¿Dónde está, oh Pepe, tu victoria? Como se sabe, la célebre pregunta bíblica se formula en un contexto teológico relacionado con la resurrección, de cuya certidumbre quiere Pablo de Tarso convencer a sus hermanos corintios, para lo cual les insta “a permanecer firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor”.
También esta de ahora es una encrucijada de muerte y resurrección para los socialistas andaluces, que se juegan la vida el próximo 25 de marzo en las elecciones autonómicas más comprometidas que ha tenido que afrontar un partido tan acostumbrado a ganar que no acaba de hacerse una idea de lo que significa perder, del mismo modo que un moribundo que siempre gozó de buena salud no acaba de acostumbrarse a la idea de lo que significa morir.
Pero quizá por ello mismo y para ir familiarizándose con lo que tal vez les espera el día 25, los socialistas han estado matándose estos días a cuenta de las listas electorales. Dijeron que no lo harían, pero no han podido evitarlo. Después del gigantesco destrozo llevado a cabo por el secretario provincial de Sevilla, José Antonio Viera, él solito con estas manitas, al dimitir inesperadamente el domingo, los ajustes hechos ayer en las candidaturas para dar cabida a consejeros del Gobierno andaluz muy vinculados al presidente y que se quedaban fuera, como Carmen Martínez Aguayo o Francisco Menacho, son en alguna medida irrelevantes. No irrelevantes para los consejeros personalmente, pero sí irrelevantes para el curso de la guerra, que se torció tal vez decisivamente para Griñán y los suyos cuando su hombre en Sevilla dio un portazo cuyos ecos todavía resuenan en el desvencijado caserón socialista.
Por ello, esa victoria última de Griñán al situar a los suyos en puestos electorales de salida y ese tardío consenso alcanzado ayer en torno a las candidaturas son un consuelo inútil, una victoria que empieza y acaba en sí misma, una liviana gasa que difícilmente podrá taponar la sangría ocasionada por la fractura de Sevilla. Por lo que sabemos, los corintios creyeron a Pablo y confiaron en su resurrección. ¿Creerán los socialistas a Griñán y confiarán en la suya?
Al igual que sucediera hace como un año con la dimisión del consejero de Gobernación de la Junta, Luis Pizarro, en que tanto el dimisionario como el propio presidente se equivocaron simultáneamente y en ambos casos tenían buenas razones para equivocarse, con la dimisión del secretario provincial del PSOE de Sevilla, José Antonio Viera, ha ocurrido algo bastante parecido. De nuevo se han equivocado todos los participantes en la crisis: se han equivocado los que han perdido, pero se han equivocado también los que han ganado. Aunque no todos los que han ganado se han equivocado, por supuesto: Javier Arenas ha sido el gran vencedor de esta crisis del PSOE andaluz y no puede decirse de él que se haya equivocado. Lo que sí puede decirse, en cambio, es que ha disfrutado. Como los toreros de antaño, el PSOE andaluz viene dando últimamente bastantes tardes de gloria ante la parroquia conservadora.
Se equivocó sin duda José Antonio Viera al dimitir, puesto que ha hecho un daño irreparable a su partido. Lo que no sabemos es si se equivocó deliberadamente, si se equivocó porque quería equivocarse o si, por el contrario, creyó sinceramente que no tenía otra salida digna que dar ese portazo ante las desconcertadas narices de su desconcertado partido. La decisión de Viera es quizá la más imperdonable de todas, pues su experiencia política y su responsabilidad orgánica lo obligaban a demorar su dimisión y no hacer aquello que el cuerpo le pedía que hiciera.
Y se equivocó también su adversaria Susana Díaz, que tampoco es inocente en esta crisis, pues con toda probabilidad no midió bien la resistencia de la cuerda que ella decidió tensar a su manera y que finalmente se rompió del lado de Viera.
Y se equivocó, cómo no, el secretario general y presidente de la Junta, José Antonio Griñán. Su primera equivocación radicó en no haber evitado una crisis en la cual él es el principal damnificado. Da igual que Susana tenga toda la razón y que Viera no tenga ninguna. Da igual que Viera se haya enterrado políticamente con ese paso. Griñán debería haber tenido sobre su mesa un informe detallado de control de daños. Debería haberse reunido con Viera para convencerlo de que no dimitiera. Y si la única manera de convencerlo era darle lo que pedía en relación a la lista electoral, Griñán debería habérselo dado. Y si quería tomarse el desquite, ya se lo tomaría en su momento, si es que el resultado del 25 de marzo se lo permite. En esta crisis Viera ha sido temerario, Susana ha sido imprudente y Griñán… Griñán no ha sido.