Publicidad

A ojo

20 feb 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Huele a que van a derrocar pronto al nuevo presidente de Guatemala, el general en retiro Otto Pérez, elegido hace un mes. ¿Quién lo va a derrocar? El derrocador de costumbre: el Gobierno de Estados Unidos. ¿Por qué? Porque acaba de atreverse a anunciar que en la próxima cumbre de presidentes de América Central, a finales de junio, propondrá formalmente la despenalización de la producción y el comercio de las drogas hoy prohibidas. Hace tres años, el presidente de la vecina Honduras, Manuel Zelaya, fue derrocado, al menos en parte, por hacer la misma propuesta.

Y es que Estados Unidos es formal: despenalización, nunca. Poco importa que los países productores o de tránsito para las drogas que van a los consumidores norteamericanos estén ahogados en sangre y sumidos en la corrupción por las mafias que controlan el tráfico ilegal y el dinero que ese tráfico produce, desde México hasta Colombia y –otra vez– Perú. Ante la propuesta del guatemalteco, el Departamento de Estado del Gran Vecino hizo ya saber que la despenalización amenazaría la salud pública y no detendría ni la violencia ni la corrupción, porque, privadas del narcotráfico, las mafias se dedicarían a otra cosa. Así: “Las organizaciones criminales transnacionales y las pandillas continuarían involucrándose en actividades ilícitas, incluyendo la trata de personas y el tráfico de armas ilegales, la extorsión y el secuestro, el robo de bancos, el robo de propiedad intelectual y el lavado de dinero”.

Lo cual es una advertencia que no va dirigida solamente a Pérez –e ilustrada con el ejemplo de Zelaya–, sino a todos los gobernantes latinoamericanos que se han atrevido a poner en duda la eficacia de la “guerra frontal contra las drogas” que desde hace 40 años predican e imponen los gobiernos de Estados Unidos. Es el caso del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, quien hace un par de meses sugirió la posibilidad de la despenalización durante una visita a Londres. Su ministra de Exteriores, el martes pasado, anunció que se discutirá el tema durante la Cumbre de las Américas que debe celebrarse en Cartagena en abril. Con la participación del presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

Sería la primera vez que en una de esas cumbres se tratara un tema serio. Pero no caerá esa breva. Es más fácil que caigan presidentes locuaces.

Guerra y paz

13 feb 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Sin tener en cuenta minucias como el cambio climático o la superpoblación mundial, ni la desertificación o el agotamiento de los mares, ni las guerras locales en varios continentes, todo parece ir hacia una inmensa catástrofe. La crisis financiera del mundo rico, que ya se convirtió en depresión económica, se complicará aún más con el previsible aumento de los precios del petróleo por cuenta del embargo de Occidente a Irán. Y si, además, como parece, Israel decide en las próximas semanas atacar a Irán ¿qué? El ataque ya empezó, clandestinamente. Asesinatos de científicos nucleares iraníes por parte del Mosad israelí, sabotajes de instalaciones de energía atómica, pago de mercenarios reclutados entre los grupos armados de resistencia iraníes al Gobierno autocrático y teocrático (chiíta) de los ayatolás.

Pero eso no basta para detener a Irán, ni siquiera con el respaldo de las sanciones económicas aplicadas por Estados Unidos y la Unión Europea (y condenadas por Rusia y China, y no respaldadas –por ahora– por Japón). No basta, y los dirigentes israelíes quieren pasar a la etapa de los bombardeos: por el momento, contra las centrales nucleares en construcción. Por lo visto son demasiado numerosas y están dispersas por todo el vasto territorio de Irán, y la aviación israelí, aunque potente, no daría abasto.

Sí provocaría represalias militares por parte de las fuerzas iraníes, que no son poca cosa, y terroristas por cuenta de sus aliados armados vecinos de Israel: el palestino Hamás y el libanés Hezbolá, y tal vez los sirios, que encontrarían en el conflicto multinacional un respiro “patriótico” para su guerra civil. Lo cual obligaría a Estados Unidos a entrar en liza en apoyo de su aliado Israel con todos los fierros: aviones, portaaviones, misiles, drones (o “moscardones” no tripulados). No faltará el general que proponga entonces (como lo hubo el que propuso en Vietnam o en Corea) soltar bombas atómicas.
Si todo eso sucede, el presidente estadounidense Barack Obama se habrá visto embarcado no sólo en las dos guerras heredadas y de las que no ha podido desenredarse de Irak y Afganistán, sino en tres más: la de Libia, por ahora dormida, la de Siria, por ahora larvada, y la de Irán.

A su ya recibido Premio Nobel de la Paz habrá que sumar los de Física, Química y Economía.

Injusticias

30 ene 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Prácticas comerciales injustas” son las que, según el presidente estadounidense, Barack Obama, osa aplicar China frente a Estados Unidos. Denuncia Obama el horror de los horrores: China subsidia sus exportaciones.

No voy a entrar en detalles. Pero ¿no es exactamente eso lo que hace Estados Unidos con sus propias exportaciones, no sólo hacia China sino hacia el mundo entero? Una subvención permitida y financiada por la existencia de un vastísimo mercado interno, y que se aplica a todos los productos, industriales, agrícolas, intelectuales: automóviles o películas de cine. Pero en el mismo discurso ante el Congreso en que Obama hacía la vibrante y patriótica denuncia que acabo de citar, y sin transición, se felicitaba por haber firmado en el último año varios tratados llamados “de libre comercio” con unos cuantos pequeños países económicamente indefensos. Decía Obama: –Con los acuerdos bilaterales que hemos firmado, millones de personas en Colombia, Panamá y Corea del Sur estarán comprando productos hechos en Estados Unidos. [Así]…vamos a lograr la meta de duplicar nuestras exportaciones en cinco años.

Eso que se llama “libre comercio” es aquel en el que la economía dominante –la de Estados Unidos, la de la Unión Europea, la de Japón– impone su proteccionismo interno a la vez que exige la eliminación del proteccionismo externo, el de las economías más débiles. Impone sus reglas: autoayuda de un lado, entrega incondicional del otro. China, por su tamaño, y por la terca voluntad autárquica que durante medio siglo de rígida dictadura de partido único le permitió protegerse del arrasamiento imperialista que había sufrido en los dos siglos anteriores, ha conseguido sobreponerse a esa imposición. Y ha hecho lo que han hecho todos los países desarrollados por el capitalismo en el mundo, desde Inglaterra y Alemania hasta Japón, pasando por Estados Unidos: protegerse. Y, en consecuencia, desarrollarse ella también. Lo mismo pudo hacer la Unión Soviética desde la revolución de los bolcheviques hasta la reconquista del capitalismo occidental bajo Boris Yeltsin y Vladimir Putin.

Parece un misterio inexplicable que los dirigentes de las economías débiles persistan en seguir las doctrinas de las fuertes, pero no sus prácticas: su prédica, y no su ejemplo. Claro está que habría que entrar a discutir si ese modelo de “desarrollo” es o no deseable. Pero esa es otra historia.

Tres viejos

23 ene 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

En una viejísima revista semanal (18 de octubre de 1963) encuentro una frase dicha por Harold Macmillan, primer ministro inglés, que por entonces discutía con el presidente francés Charles de Gaulle y el canciller alemán Konrad Adenauer el ingreso del Reino Unido a lo que en aquella época era apenas el Mercado Común Europeo, embrión de la actual (aunque no se sabe si también futura) Unión Europea. Decía Macmillan: “Nosotros, los tres viejos, tenemos que cumplir esta tarea. Porque si no lo hacemos, los políticos de la nueva generación no lo lograrán, porque no han pasado por las que nosotros hemos pasado”.

Macmillan era un conservador, como lo eran Adenauer y De Gaulle. Pero “las que habían pasado” esos tres viejos (la preguerra del capitalismo sin frenos que generó la Gran Depresión y los fascismos, y llevó a la guerra; la guerra misma y la posguerra del intervencionismo de Estado en la economía, que, paradójicamente, salvó el sistema capitalista), los habían llevado a los tres más allá de sus convicciones ideológicas y de sus intereses nacionales a lo que el historiador Tony Judt llama “debates políticos de tinte moral”. El de la construcción de Europa sobre las ruinas, no sólo las de esa guerra, sino sobre la historia de miles de años de guerras sucesivas, era el más crucial de esos debates. “Casi todo el mundo –escribe Judt– temía las implicaciones de una vuelta al terror del pasado reciente y estaba dispuesto a limitar la libertad del mercado en nombre del interés público”. Pero esos tres viejos no pudieron concluirlo. Y las nuevas generaciones de políticos –ya van dos o tres– terminaron por abandonarlo en aras del interés privado.

Ahora, cuando el capitalismo ha vuelto a perder el control bajo el modelo neoliberal anglosajón y está provocando la consiguiente nueva crisis mundial, la construcción de Europa debería ser de nuevo el más importante de los debates políticos que puedan darse. No se está dando. Por el contrario, a lo que estamos asistiendo es a la desconstrucción de Europa: a su desmantelamiento por consenso. ¿De los pueblos, como prometía la izquierda socialdemócrata? ¿De las patrias, como quería la derecha conservadora? No: por consenso de los bancos, que hoy mandan sobre los gobiernos.

Por muy poco “de los pueblos” que fuera la Europa a medio construir, su destrucción es un paso atrás.

Como una guerra

16 ene 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Un político francés acaba de hacer una advertencia apocalíptica: las consecuencias económicas y sociales del triunfo del candidato de la izquierda en las elecciones presidenciales de abril en Francia serían “comparables a una guerra”. Se trata de Bernard Accoyer, presidente de la Asamblea Nacional e importante miembro de la UMP (Unión por un Movimiento Popular), el partido del presidente Nicolas Sarkozy, que antes se llamaba, con mayor franqueza, Unión para la Mayoría Presidencial. Las iniciales han cambiado. El fondo no.

¿Una guerra por cuenta de la victoria del manso y gris François Hollande? No suena verosímil. Pero esa ha sido siempre la amenaza de la derecha (y no sólo de la francesa) desde que las elecciones existen para el caso de que la izquierda tenga el atrevimiento irrespetuoso de ganarlas. Y, en efecto, ha sido frecuente que, ante una victoria de la izquierda local, la derecha correspondiente desencadene una guerra civil, y a veces consiga hacer intervenir en ella a su favor a derechas imperiales más amplias. La historia de la propia Francia muestra varios ejemplos.

Pero no la historia reciente. Al revés. Las peculiaridades del sistema presidencial de la V República francesa han permitido incluso la llamada “cohabitación”, la antinatural pero apacible vida marital de izquierda y derecha dentro de un mismo gobierno: el presidente socialista Mitterrand cohabitó con el primer ministro de derecha Chirac, y luego el presidente Chirac con el primer ministro de izquierda Jospin. Y no pasó nada.

Más bien sería de temer lo contrario: una nueva victoria de la derecha en Francia, pues son las derechas del mundo
–cuya encarnación francesa es la UMP de Accoyer y su jefe Sarkozy–, en cohabitación con las derechizadas izquierdas, las que han llevado al mundo a la crisis actual. Crisis que, esta sí, está teniendo consecuencias económicas y sociales comparables a las de una guerra (y sumadas a ellas la consecuencia política de descabezar a los gobiernos en ejercicio, sean de izquierda o de derecha). Con el corolario nefasto de que, como se ha visto ya en Grecia e Italia, quien acaba gobernando directamente y sin incómodos políticos intermediarios es un funcionario de la burocracia financiera internacional.

Ni a san Juan, autor del original Apocalipsis, se le hubiera ocurrido una cosa semejante.

Ruleta rusa

09 ene 2012
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Las campañas electorales para la presidencia de los Estados Unidos suelen ser como la lotería. Esta vez, por ejemplo, las preferencias entre los precandidatos del partido Republicano han ido saltando de la cazadora de osos Sarah Palin al vendedora de hamburguesas Herman Cain, del mormón Mitt Romney al fundamentalista cristiano Rick Santorum. Y a otro Rick, de apellido Perry, y a otra cazadora, Michele Backmann, y a un Newt de apellido Gingrich que es tal vez, con Romney, el único conocido. Pues esta última cochada de Republicanos recuerda el asombrado “Jimmy who?” (¿Jimmy quién?) que saludó hace tres decadas la aparición del Demócrata Carter en el paísaje político norteamericano. Antes solía saberse quién era quién, como en casi todas partes del mundo. Ahora todos los nombres parecen sacados al azar de un sombrero.
Lo cual, en teoría,  favorece la reelección del actual presiente, el demócrata Barack Obama, quien también fue en su origen, hace tres años, un nombre exótico sacado de un cubilete: un mulato de padre keniano y madre irlandesa de Kansas nacido en Honolulu y criado en Indonesia.

Aunque tal vez fue precisamente por inesperado, y por desconocido, que Obama despertó entonces tantas esperanzas. Iba a sacar a su ejército de las guerras heredadas, iba a restaurar el honor de ls justicia norteamericana mediante el cierre (simbólico) de la infame prisión de Guantánamo, iba a favorecer una posible solución negociada al conflicto entre Israel y los palestinos. Iba a ser, en suma, un nuevo Jimmy Carter. Y salió con lo contrario: más guerras (la de Libia y la que se cierne sobre Irán), la cárcel de Guantánamo funcionando como nueva. En lo interno, la incapacidad de sacar a su país -y de paso al mundo – de la crisis financiera y la depresión económica por inclinarse ante los banqueros en vez de ponerles coto; y la aplicación de la política social impuesta por sus adversarios ideológicos los republicanos, en vez de su reforma radical. Todo eso, sin convencer a nadie. En suma: tal como en fin de cuentas había sido Jimmy Carter (que no fué reelegido presidente).

(Ambos, Carter y Obama,  recibieron el Premio Nobel de la Paz).

Ahora se agita de nuevo el cubilete ciego de los dados. Y otra vez el resultado previsible es el de la ruleta rusa: decepcionante tanto cuando sale el tiro como cuando se traba la pistola.

Mercenarios

12 dic 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

La Mara Salvatrucha, que es una sola de las muchas “maras” o pandillas criminales nacidas de las muchas guerras civiles de América Central y criadas en las grandes ciudades de los Estados Unidos al amparo del pequeño tráfico de drogas al detal, tiene, desde Los Ángeles hasta Ciudad de Panamá, entre 75.000 y 100.000 hombres armados.
Además de las maras, hay en el mundo entero infinidad de empresas de delincuencia organizada: las grandes mafias tradicionales del narcotráfico en gran escala o de la prostitución y la trata de esclavos. La mafia siciliana o Cosa Nostra y sus ramificaciones en Nueva York y en Chicago, en Marsella y en Marbella. También nacidas en la fértil Italia, la N’dragheta calabresa y la Camorra napolitana. La mafia corsa, la rusa, la israelí, la gallega, la colombiana dividida en carteles –de Cali, de Medellín, del Valle, del Norte del Valle…–, la mexicana del cartel del Golfo o del de Sinaloa, la de Río de Janeiro, la de São Paulo. Los ejércitos paramilitares privados de los terratenientes del Brasil y de Colombia. Los grupos guerrilleros de las más variadas inspiraciones ideológicas, religiosas o nacionalistas: chechenos, kurdos, talibanes, vascos, irlandeses, tamiles, birmanos, polisarios, kosovares, palestinos, papúes, islamistas, marxistas, neonazis de Noruega o de Alemania, paleocristianos de Alabama, un “ejército de Dios” de no sé cuál república africana, y uno “de la Virtud” que comandaban en Laos dos hermanitos huérfanos y drogadictos de nueve años, que hoy deben de tener quince o estar muertos.
Y a todos esos hay que sumar los mercenarios, belgas o salvadoreños, norteamericanos, españoles o rusos, combatientes a sueldo de ejércitos particulares al servicio de grandes compañías privadas petroleras o mineras, o incluso de gobiernos de potencias que disponen de sus propias fuerzas armadas regulares: tropas de empresas como la Blackwater a la que el entonces vicepresidente de los Estados Unidos Dick Cheney le dio el contrato de la pacificación de Irak tras la invasión, o el Rendon Group al que el entonces vicepresidente de los Estados Unidos George Bush (padre) confió el manejo de la seguridad de Panamá después del bombardeo.
Es mucha gente armada por su propia cuenta. Pero ¿qué salida queda, cuando las demás oportunidades de empleo han sido destruidas por los bancos?

El detalle

28 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

No sé bien si ahora es Fitch, o Standard & Poor’s, o la otra: una de las tres autodesignadas y autodenominadas “agencias de calificación de riesgo”, que por sí y ante sí han asumido la tarea de juzgar y absolver o condenar a los bancos, a las empresas, a los estados que se llaman y se creen soberanos; la tarea divina o demoníaca de decidir si los demás deben inspirar confianza, o no. Aciertan a veces, como las quirománticas de feria: “Ven aquí, hijo, déjame verte la mano, que parese un marqué”. Y la mitad de las veces se equivocan. Fueron ellas –la caprichosa Moody’s, el Corriente y el Pobre, los nietos del señor Fitch– las que dieron altísima nota a todos los bancos multinacionales que hace tres años empezaron a caer derrumbados los unos sobre los otros como fichas de dominó, provocando la gran crisis financiera, y luego económica, y luego política, en que está hundido el mundo. Pero ahí siguen, impetérritas, leyéndoles a la fuerza y a cambio sólo de “la voluntad” las rayas de la palma de la mano a los imbéciles: “lo tuyo es AAAplus. O a lo mejor BBminus. Veo una morena en tu futuro. Ten cuidado con esa otra, que no te quiere bien”.
Hace unos meses escribí aquí sobre ellas, comparándolas con las tres brujas de Macbeth, agoreras de desgracias. Shakespeare no dio sus nombres, pero ahora los conocemos: Standard & Poor’s, Fitch, Moody’s. Raros nombres. ¿Qué significan?
Pero ante todo: ¿quiénes son esas tres guardianas mundiales de la fe financiera (si es que tal cosa existe)? ¿Quién las nombró? ¿De quién dependen? ¿Ante quién responden? ¿Quién las sanciona cuando yerran o las premia cuando dan en el clavo? Nadie. Es posible tener o no confianza en los bancos centrales de los países, o también, o tampoco, en el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Pero se entiende por qué mandan: detrás están los gobiernos de las grandes potencias económicas y militares del mundo. Pero estas tres empresitas privadas y particulares, y por añadidura generalmente equivocadas en sus pronósticos, ¿por qué diablos mandan? ¿Quién les mandó que manden? ¿El voto popular, el dogma de alguna religión, la tonta tradición, la fuerza bruta? ¿De quién cobran? ¿A quién pagan?
Ahí está el detalle, como decía el cómico Cantinflas. En una frase que es la traducción popular de otra del trágico Shakespeare: “That is the question”.

Curioso silencio

21 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Un gobernante en ejercicio acaba de romper el tabú de la legalización de las drogas, y por lo visto nadie se ha dado cuenta. Hace una semana, en una entrevista para The Guardian de Londres, que no es precisamente una publicación clandestina, dijo el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos:
-No me voy a convertir en la vanguardia de ese movimiento [para legalizar las drogas], porque me crucificarían. [Pero] lo recibiría con satisfacción. No estoy en contra.
Parece una obviedad. Desde hace 40 años –desde que empezó– ha sido evidente que la prohibición de las drogas es una insensatez y un fracaso: no sólo no desalienta su consumo masivo, sino que multiplica sus daños. Lo han dicho mil veces economistas, filósofos, médicos, políticos en campaña o retirados. Pero nunca, hasta ahora, lo había dicho públicamente un gobernante en ejercicio. Varios expresidentes latinoamericanos sí: pero cuando ya eran ex. Un presidente estadounidense también, Barack Obama: pero antes de ser presidente.
Repito: ninguno en el ejercicio del poder. Ni siquiera los más opuestos en otros campos a la política de los Estados Unidos, que son los inventores y promotores de la insensata y fracasada prohibición universal. Ni los ayatolás de Irán, en donde la producción, el comercio y el consumo de las drogas prohibidas por los norteamericanos se castigan con la horca. Ni el coronel Hugo Chávez, que expulsó de Venezuela a la agencia antidrogas norteamericana pero se proclama el más convencido perseguidor del narcotráfico. Ni Felipe Calderón de México, heredero o competidor de Colombia como principal país víctima de la corrupción y la violencia generadas por las mafias de las drogas prohibidas. El colombiano Juan Manuel Santos es el primero que lo hace. Antes de llegar al poder lo había dicho también, como tantos: pero es el único que, hasta ahora, ha sido coherente desde el poder con sus declaraciones anteriores sobre el asunto.
Y no ha habido comentarios. Ni aplausos, ni condenas. Nada. Todos los gobernantes del mundo llevan 40 años diciendo que las drogas (prohibidas) son el más grave flagelo de la humanidad; y cuando finalmente uno de ellos se atreve a decir que “no está en contra” de que se intente reducirlo mediante la receta no ensayada de la legalización, la única respuesta es un vasto silencio.
Curioso, ¿no?

En locas manos

14 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

En términos de principio, tienen razón los iraníes: ¿por qué van a ser ellos los únicos que no tienen derecho a desarrollar armas atómicas? Los Estados Unidos pudieron, y Rusia, y la Gran Bretaña, y Francia, y la India, y Pakistán. Y (con asesoría israelí) hasta el África del Sur, que luego renunció a ellas. Y también Israel, que niega tenerlas. ¿Por qué Irán no? Porque su loco presidente Mahmud Ahmadineyad ha amenazado con bombardear con ellas Israel, es la respuesta oficial. Pero también Israel ha amenazado con bombardear Irán, si insiste en fabricarlas. No sólo lo ha hecho otro loco, el primer ministro Benjamín Netanyahu, sino también un hombre en apariencia serio: el octogenario presidente Simon Peres (que hace cuarenta años aseguraba, como hoy lo hace el iraní Ahmadineyad, que el propósito de la industria nuclear israelí era sólo “pacífico”). Y los Estados Unidos de Barack Obama respaldan a Israel y dan a entender que a Irán lo van a bombardear ellos, si Israel no puede solo.
Lo de Ahmadineyad, hasta ahora, son solamente amenazas. Lo de los israelíes y los norteamericano se ha visto respaldado por los hechos. Los primeros, también para evitar que otros enemigos se hicieran con armas atómicas, han bombardeado (preventivamente) instalaciones en Irak y en Siria. Los segundos, cuando tenían el monopolio nuclear, lo usaron contra el Japón. Y más recientemente, con armas convencionales, han machacado (también preventivamente) Irak, Afganistán y Libia. Y a la única “amenaza para su seguridad nacional” que no se han atrevido a atacar ha sido a Corea del Norte. Por la sencilla razón de que esta tiene armas atómicas. Podría tomar represalias.
Así que, en principio, la razón está del lado de Irán. Pero en términos prácticos es comprensible que Israel, tomando en serio las bravatas del loco iraní, quiera tomar la delantera destruyendo sus instalaciones nucleares antes de que maduren del todo. Sucede sin embargo que, aun en el caso de que consiguiera hacerlo (pues escaldados por las lecciones de Siria e Irak los iraníes no las tienen todas juntas: habría que bombardear más de mil sitios), de todas maneras habría represalias. Y se incendiaría –más de lo que ya lo está– no sólo el Oriente Medio, empezando por el propio Israel, sino la totalidad del inmenso mundo musulmán.
Estamos en las manos de los locos.