La llamada crisis del capitalismo en que estamos metidos ha sido provocada por el retorno a los métodos del capitalismo primitivo: liberalización financiera y comercial, libre circulación de los capitales y de las mercancías, aunque no de las personas, privatizaciones de todo lo público, desregulaciones para todo lo privado. Menos Estado y más sector privado. Son exactamente las exigencias dictadas hace 20 años para los países de América Latina por el llamado Consenso de Washington. Que no fue, como pudiera parecer, un consenso voluntario entre quienes iban a verse afectados por sus recetas económicas, sino un acuerdo entre quienes las imponían: las agencias financieras multinacionales con sede en Washington: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo. Su aplicación –mediante los llamados
“planes de ajuste”– sumió uno tras otro en la crisis a los países de capitalismo dependiente, y obediente, de América Latina, de década perdida en década perdida.
Las consecuencias las pueden ir a mirar allá los indignados que ocupan la Puerta del Sol en Madrid, la Plaza Syntagma en Atenas y Wall Street en Nueva York: son las mismas que los tienen indignados a ellos, que están descubriendo, asombrados, que ya no hay empleo, que tampoco hay seguro de desempleo, que se reducen las pensiones, que se recorta la seguridad social, que se acaban la educación pública gratuita y las vacaciones pagadas. En resumen: que llegó el fin del Estado del bienestar instalado en Europa (y menos, aunque también bastante, en Estados Unidos) durante los años de la posguerra mundial y del ascenso de la socialdemocracia.
Pero con el debilitamiento de los sindicatos y los partidos obreros, y con el hundimiento del socialismo real,
desapareció el principal elemento disuasorio para el capitalismo real: el miedo a la revolución social. Y con ello el capitalismo pudo retornar, ya sin frenos ni controles, a los métodos despiadados y brutales de sus inicios. Que son precisamente los impuestos por el Consenso de Washington. Y así la América Latina, que había llegado tarde al banquete del capitalismo con rostro humano de la segunda mitad del siglo XX, se convierte paradójicamente en el modelo del capitalismo globalizado del siglo XXI: el del estado del malestar.
No es una buena noticia.
La revista británica The Economist tiene una calidad fundamental: escribe de frente sobre temas que otros medios de prensa, tanto de derecha como de izquierda –y más aún si son “de centro”–, tratan con las pinzas asépticas de la corrección política. Así, lo ha hecho muchas veces sobre la legalización de las drogas: una propuesta que aún hoy muchos no se atreven ni a mencionar. Y así acaba de hacerlo la semana pasada sobre otro asunto delicado, dedicando un largo artículo a discutir los pros y los contras militares, políticos, legales y éticos del uso de nuevas armas. En este caso, de los “drones” (moscardones): esos aviones sin tripulante manejados a control remoto que sirven para matar enemigos desde la Florida en el lejano Pakistán , o desde Tel Aviv en Gaza, o desde el cuartel general de la OTAN en Libia. Sin mancharse los dedos.
El pretexto para el artículo de The Economist es el asesinato con moscardón del predicador de Al Qaeda Anwar al Aulaqi en el desierto de Yemen. Es sólo un caso entre muchas docenas. Pero es que resulta que al Aulaqi era de nacionalidad norteamericana, y por eso su asesinato en Yemen ha despertado ciertas críticas. (El de sus acompañantes yemenitas no).
Señala la revista que el problema se complica porque pronto los moscardones podrán tener inteligencia artificial que les dará autonomía para decidir matar por su propia cuenta, sin intervención humana, así sea remota. Y dice que eso sucederá “si pueden resolverse ciertas cuestiones legales y éticas”.
Añado yo por mi parte: se resolverán sin dificultad. Pues no se ha dado nunca en la historia (ni en la prehistoria) el caso de que un arma nueva y eficaz no haya sido utilizada, así en el primer momento su invención haya despertado inquietudes legales y éticas. Sucedió con la bomba atómica; con los gases venenosos de la Primera Guerra Mundial; con la ametralladora, que por lo visto le pareció inhumana a Napoleón; con la ballesta, invención diabólica en opinión de muchos prelados de la Iglesia medioeval. Tal vez sucedió también –aunque no lo sabemos– cuando en la edad de bronce la espada sustituyó al hacha de piedra del hombre neolítico. Las armas sólo han dejado de usarse cuando han sido reemplazadas por otras. ¿Más inmorales? ¿Más ilegales? No importa: mejores.
De modo que los ingeniosos y terribles moscardones tienen futuro.
Propone el gobernador de Texas, Rick Perry, precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, invadir a México para combatir el narcotráfico. Cito sus declaraciones, publicadas por este periódico:
–Puede que sea necesaria la presencia de nuestros soldados en México para, trabajando en coordinación con ellos, matar a esos cárteles de la droga y mantenerlos alejados de nuestras fronteras.
De Rick Perry se sabía (dentro de lo poco que de él se sabía) que no sólo era un ignorante, sino un negacionista de la historia. Lo que en su país se llama un “creacionista”. Es decir, alguien que cree, a partir del libro bíblico del Génesis, que el universo fue terminado de crear por Dios a las nueve de la mañana del domingo 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, o sea hará apenas 6.015 años dentro de quince días. Todos los millones o trillones de años que las ciencias astronómicas consideran transcurridos antes de esa hora y fecha fueron creados retrospectivamente al tiempo con ella en un parpadeo de la divinidad, con sus constelaciones apagadas y sus dinosaurios extintos y sus cuevas de Altamira cerradas al público. Pero no sabíamos de Rick Perry que fuera también tan ignorante de la historia reciente.
Ignora este señor, que puede ser el próximo presidente de los Estados Unidos, ignora o niega que la causa principal y originaria de la expansión universal del tráfico de drogas –al margen, claro está, de su prohibición impuesta al mundo por los gobiernos de los Estados Unidos– ha sido la presencia de soldados norteamericanos en los países productores de drogas hoy prohibidas: el opio para Afganistán o Laos, la marihuana para México y Colombia, la cocaína para Colombia y el Perú. Incluso la presencia de soldados norteamericanos en los propios Estados Unidos: la adicción masiva a la morfina, recién inventada entonces, es consecuencia de la guerra civil norteamericana, y por eso empezó llamándose “soldier’s disease”, enfermedad del soldado (o, según otra versión, “soldier’s joy”, alegría del soldado). Lo cual significa que si de verdad se pretende mantener el tráfico de drogas “alejado de las fronteras” de los Estados Unidos, lo que habría que hacer sería desmovilizar al ejército de ese país, en vez de enviarlo a seguir invadiendo otros.
Pero, claro, no es eso lo que de verdad se pretende.
Al cabo de 26 años de demoras burocráticas, y tras una última postergación de un mes provocada por el paso del huracán Irene, va a ser por fin inaugurado en Washington el monumento a la memoria de Martin Luther King, el asesinado luchador por los derechos de los negros en Estados Unidos. Se alza en el National Mall, con los de Thomas
Jefferson, Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt: no está en mala compañía. Pero en efigie sigue levantando tantas polémicas como cuando estaba vivo. Y entre ellas, aunque por razones curiosamente indirectas, la de la raza.
Pues las otras son obvias. Que haya disputas burocráticas en torno a una obra confiada a tres agencias federales distintas es inevitable. Que las haya económicas sobre un monumento erigido por suscripción popular que cuesta 125 millones de dólares, también. Que se discuta sobre si están bien o mal escogidas –y bien o mal transcritas– las frases del mártir grabadas en la piedra, es normal. Pero la polémica racial es inesperada, porque no viene de que el Martin Luther King de la estatua sea negro, como lo era en vida, sino de que no lo es. Y no lo es por lo que llaman un curioso concurso de circunstancias.
Resulta, en efecto, que la suscripción popular para costear el proyecto no dio abasto, pese a reunir contribuciones importantes de empresas o de fundaciónes como la de Bill Gates o la de las industrias Walt Disney. Y entonces, inesperada y generosamente, el Gobierno de la República Popular China puso los 25 millones de dólares que quedaban faltando. Con lo cual puso además al escultor autor del monumento, el maestro Lei Yixin. El cual esculpió la estatua en mármol blanco chino, excavado en su país por obreros chinos que viajaron con las piezas desde la China para ensamblarlas en Washington y a quienes, en razón de las leyes sobre inmigración ilegal, no se les pagó su trabajo sino cuando volvieron a su país de origen.
Y eso no es todo: el maestro Lei, formado en la escuela del arte de propaganda política realista-socialista chino, retrató a un Luther King idéntico a los muchos Mao Zedongs que había esculpido en sus años de aprendizaje: majestuoso y heroico, con los brazos cruzados sobre el pecho y perdida en el futuro radiante la mirada de sus ojos…
Ah, sí, los ojos: en su estatua de Washington, Martin Luther King tiene los ojos rasgados. Como los de un chino.
Seis meses le tomó a la OTAN, la Organización del Atlántico Norte, que es la coalición militar más poderosa que ha existido en la historia, conquistar Libia para derrocar al dictador de opereta Muamar Gadafi. Hace ochenta años, Mussolini lo hizo en un mes. Hace 2.000, lo hizo Pompeyo en ocho días. Lo de ahora necesitó más de 20.000 incursiones de bombardeo de aviones de guerra de Francia, Italia, Gran Bretaña y Estados Unidos (con ayudantes colaterales), cañoneos desde buques en el mar y lanzamientos de cohetes a un costo –dice la prensa– de un millón de euros cada uno. Fue necesario aprovisionar por paracaídas de armas ligeras a los rebeldes y cortar a la vez el rutinario suministro de armas pesadas al tirano. Y bloquearle sus fondos depositados en los bancos británicos y suizos, que ahora acaban de ser descongelados para que los rebeldes victoriosos tengan con qué pagar el armamento recibido y el costo de los bombardeos “humanitarios” destinados a proteger a la población civil. Cuando esto escribo, muchos comentaristas de prensa y no pocos jefes de Estado de Occidente aseguran satisfechos que ha triunfado la democracia y que el pueblo libio ha tomado en sus manos su destino.
Lo de la democracia está por verse. Lo del pueblo libio también.
Tal vez cuando salga publicada esta nota se hayan aclarado ya los puntos más oscuros de esta historia: el paradero de Gadafi y de sus hijos, la participación en los combates de mercenarios extranjeros y de tropas especiales francesas y británicas. Pero desde ya se nota que, así como la victoria militar sobre el terreno fue de las fuerzas de la OTAN y no de los improvisados y desorganizados grupos insurgentes, tampoco la victoria política de esta guerrita de sainete va a ser del pueblo libio. Ya rompió aguas Franco Frattini, ministro italiano de Asuntos Exteriores, anunciando que quien “tendrá un papel fundamental en el futuro del país africano” que acaba de ser liberado del tirano Gadafi, será la ENI: la petrolera estatal italiana. Y otro papel igual van a jugar Total de Francia y la British Petroleum de Reino Unido y Repsol de España y otras menores norteamericanas como Marathon y Conoco.
No parece que la OTAN tenga por el momento la intención de venir en ayuda de los rebeldes contra la dictadura de la vecina Siria. Pero es que en Siria no hay petróleo.
En Colombia, el presidente Juan Manuel Santos está haciendo milagros. No milagros físicos: caminar sobre las aguas, etc. Ni útiles: auxiliar a los millones de damnificados por el desbordamiento de las aguas por cuenta de las lluvias torrenciales. Sino milagros políticos; y, la verdad, bastante
inútiles. El más reciente ha sido, con ocasión de la fiesta patriótica del 20 de julio, el de lograr que el partido de los Verdes, cuyo candidato fue su principal rival en las elecciones presidenciales de hace un año, entre a apoyar su multipartidista coalición de Gobierno de “Unidad Nacional”. Con lo cual ya forman parte de esta el 95% de los partidos representados en el Parlamento. Sólo queda por fuera la extrema izquierda del Polo Democrático, que, por su parte, está dividida en al menos tres facciones enemigas entre sí. Y no se descarta que una o tal vez dos de ellas se acojan también al ancho paraguas del “santismo” triunfal.
Eso, en cuanto a las fuerzas políticas. Las económicas, tanto locales como multinacionales, las tiene Santos todas consigo desde el principio: es un neoliberal en toda la línea. En cuanto a las sociales reflejadas en los sondeos de opinión, registra un 76% de aprobación entre los encuestados y un asombroso 83% de “favorabilidad”. Al cabo de un año de Gobierno, casi la totalidad de la prensa lo aplaude. Jamás se había visto en Colombia una unanimidad semejante en favor de un gobernante (y ni siquiera en contra).
Y no sólo en Colombia. Santos ha hecho además el milagro de reconciliarse con sus vecinos de Venezuela y el Ecuador, Hugo Chávez y Rafael Correa, con quienes estuvo en abierta enemistad mientras fue ministro de Defensa del anterior Gobierno colombiano. Y el de volverse amigo a la vez del izquierdista peruano Ollanta Humala y del derechista panameño Ricardo Martinelli. Todo eso sin perder ni por un instante la benevolencia del presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
El único que odia a Santos es su inmediato predecesor en la presidencia de Colombia, Álvaro Uribe, que lo considera un desvergonzado traidor a sus propios ocho años de Gobierno.
Pero el verdadero milagro consiste justamente en que todo lo anterior lo ha conseguido Santos sin haber cambiado un ápice las políticas militares, sociales, económicas y diplomáticas de Uribe. Sólo ha cambiado el tono de las palabras.
Al cabo de un mes de ausencia y de dos operaciones quirúrgicas realizadas en secreto en Cuba, el presidente venezolano Hugo Chávez reapareció en Caracas y anunció que tiene cáncer. No se sabe de qué: de “la pelvis”, en donde caben la mitad de las vísceras de la caja del cuerpo. Contó luego que le van a hacer tratamientos de quimioterapia, o de radioterapia, o de las dos cosas. Y en la televisión pública, demacrado, con la mirada opaca y quebrada la voz, confió que le encomendaba la “batalla por su vida” no sólo a la ciencia médica, sino también a potencias espirituales tan variadas como el comandante de la revolución cubana Fidel Castro, a quien llamó su “médico en jefe”, el manto de la Virgen de los católicos, los espíritus de la sabana de los vaqueros venezolanos, el amor de su pueblo, el amor de su Ejército, y el amor de sí mismo (que en fin de cuentas es el nervio que sostiene a los hombres del poder, a veces más allá de la muerte clínica).
Dicho todo lo anterior, declaró que seguirá al frente del Gobierno y de la campaña presidencial que ya empieza; aunque tal vez, por la fatiga de las terapias, delegará algunas de sus funciones presidenciales en cabeza del gobernador del Estado Barinas, Adán Chávez, cuya principal distinción es la de ser hermano del comandante presidente, aunque él mismo no sea ni subcomandante ni vicepresidente. Pero, por lo visto, es de confianza.
(Aunque nunca se sabe. Hace un siglo, el dictador venezolano Cipriano Castro se fue a operar a Alemania dejando la presidencia en manos de su compadre Juan Vicente Gómez, para que se la cuidara. Y cuando quiso volver su compadre le había dado un golpe de Estado que lo mantuvo en el poder durante casi 40 años).
La cosa puede durar. Hoy en día casi nadie se muere de cáncer, si el diagnóstico es pronto y el tratamiento rápido. Y a la curación ayudan, qué duda cabe, el sacramento de la extremaunción para los moribundos que se hizo administrar Chávez por el arzobispo de Caracas ante las cámaras de la televisión y los mensajes de pronto restablecimiento que recibió de una multitud de jefes de Estado de la más variada índole: el de Irán, el de Colombia, el de Rusia (y no sé si también el de los Estados Unidos). Y el canciller venezolano ha dicho, de manera solemne, que la recuperación del presidente Chávez es “milagrosa”.
A ver si sí.
Los políticos son necesarios, o por lo menos inevitables. Tal vez estén de sobra los filósofos o los poetas, los ingenieros o los militares, y, claro está, los curas. Pero sin los políticos las sociedades humanas no podrían funcionar. Suelen ser dañinos, de acuerdo. De ahí los ingenuos pero reiterativos movimientos antipolíticos, y hasta el viejo sueño imposible de la anarquía: ni dios ni rey. Sueño imposible, porque prescindir de dios es fácil: basta con declararlo muerto. Pero es imposible prescindir del rey, o del príncipe, para llamarlo como Maquiavelo: aunque lo maten, siempre está ahí.
Una de las pocas ocasiones en la historia en que no han sido dañinos los políticos ha sido la empresa de creación de la Unión Europea, que fue diseñada para que no hubiera más guerras. Antes, en la vieja Europa, los políticos no habían hecho otra cosa que llevar a los pueblos a todas las guerras imaginables, desde las del Peloponeso hasta las Mundiales. Y los tratados, los pactos, las alianzas, las asociaciones como la Liga de las Naciones o su sucesora la Organización de las Naciones Unidas que pretendían por consenso erradicar la guerra no pasaban de ser tertulias para sentarse a discutir sin compromiso. La novedad radical de la Unión Europea estriba justamente en la palabra “unión”. No es un mero acuerdo de colaboración, sino una comunidad de intereses. Está bastante mal hecha, sin duda: llena de huecos y de trampas. Pero es, en sí, buena. Porque el que no haya guerras puede ser una mala cosa para la gloria y el poder de los príncipes, como explicó Maquiavelo. Pero es sin duda una cosa buena para la tranquilidad de los pueblos. Que son los que en las guerras ponen la sangre.
Pero los príncipes, por cuenta de las otras dos palabras del engendro de la Unión (“económica” y “monetaria”), no han sabido explicarles a los pueblos que su objetivo es político: la supresión de la guerra, dentro de Europa al menos, y no económico: la prosperidad generalizada. Por eso los ciudadanos se rebelan al ver que , como siempre, los que pagan son ellos: desde la débil Finlandia hasta la poderosa Alemania la gente protesta: ¿y por qué vamos a tener que pagar nosotros las deudas de los manirrotos griegos? Y también, por su parte, se sublevan los griegos: ¿y por qué nos quieren quitar lo bailao?
No es fácil ser príncipe. Nadie queda contento.
El novelista profesional y economista aficionado Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura (mas no de Economía), apoyó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de su país al hoy vencedor Ollanta Humala, populista de izquierda, pese a que era el candidato más contrario a su propio pensamiento económico neoliberal. Y ahora quiere cobrar su apoyo exigiéndole que adopte en su Gobierno una política económica de libre juego de las fuerzas del mercado. La mano invisible, etc.
Es decir, la política que ha hecho posible el “milagro económico” peruano de la última década, crecido al amparo de la inversión extranjera en minería de oro, plata y cobre (como en los tiempos de la conquista de Francisco Pizarro), y de los tratados de “libre comercio” negociados y firmados por los últimos gobiernos: el del economista formado en Estados Unidos Alejandro Toledo y el del exrevolucionario aprista Alan García, que en su segunda encarnación presidencial se convirtió en pupilo obediente del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Un “milagro” que, a la vez que hacía crecer considerablemente los resultados macroeconómicos del Perú, ha hecho que crezca más todavía el peligroso abismo de la desigualdad entre los ricos y los pobres.
El candidato Humala prometía en su campaña revertir esa tendencia socialmente perversa mediante un vigoroso intervencionismo de Estado. Para él, el libre mercado no era la solución, sino la raíz del problema. Había que subir los impuestos y el cobro de regalías a las multinacionales mineras, y renegociar –o anular incluso– los tratados de “libre comercio”, o –como los llamaba él– de “comercio condicionado”, que al igualar al Perú con las industrias y agroindustrias desarrolladas e hipersubvencionadas de Estados Unidos y de la Unión Europea lo convierten en importador de todo y exportador solamente de materias primas (y, curiosamente, de espárragos). Y en consecuencia arruinan –aún más, si cabe– a los campesinos peruanos de la sierra y la selva, y a los habitantes de las barriadas de Lima que viven de la economía informal: a los votantes de Humala.
Con la visión de Humala coinciden los más recientes Premios Nobel de Economía: el neokeynesiano Paul Krugman, el globalista arrepentido Joseph Stiglitz. Y es curioso: los dos escriben mejor que Mario Vargas Llosa.
Tras el asesinato de Osama bin Laden –la “misión cumplida”, como dijo prematuramente el presidente George W. Bush cuando invadió Irak– a su sucesor Barack Obama le están dando muchas ganas de salirse del berenjenal de la guerra en Afganistán, que a su país le cuesta mucho en sangre y no poco en dinero: nada menos que 2.000 millones de dólares por semana. Por eso acaba de decir lo siguiente:
–Al matar a Bin Laden y quebrar el ímpetu de los talibán hemos logrado mucho de lo que nos propusimos lograr hace diez años.
Pero está pensando con el deseo, como lo hacía Bush cuando anunciaba lo de la “misión cumplida”. Porque los 100.000 soldados norteamericanos que hay en Afganistán (más los británicos y otros cuantos) no se pueden retirar dejando a sus espaldas la derrota: el Gobierno débil, corrupto y cada vez menos leal a sus aliados de Hamid Karzai, sin policía ni ejército que sirvan, rodeado por los talibán de nuevo en auge (y no quebrados, como quisiera Obama). Así lo ha advertido el general David Petraeus, comandante de la última etapa de la guerra afgana y ya nombrado, para septiembre, director de la CIA: si los aliados se retiran, todo se derrumba.
En cuanto a Irak, en donde también Petraeus fue comandante en jefe y también, en teoría, ganó la guerra, lo mismo. Si como está previsto sale a fines de este año el grueso de las fuerzas norteamericanas de ocupación (50.000 hombres), todo se derrumba. Pues el Gobierno de Nuri al-Maliki será incapaz de mantener el orden ante la violencia armada de los chiítas respaldados por Irán (el ejército clandestino de Muqtada al-Sadr) y las protestas masivas del brote de la “primavera árabe” que también a él se le viene pierna arriba. Se habrá perdido allí también la guerra. Y, como consecuencia, Barack Obama no ganará la reelección. Tal y como en su momento le pasó a Jimmy Carter.
Porque la lógica propia del pesado aparato del Imperio se impone siempre sobre los deseos del emperador reinante, por sinceros que estos sean. El candidato del “sí podemos” que prometió tantas cosas no ha podido cumplir ninguna, y el que despertó tantas esperanzas todas las ha hecho trizas. De modo que los soldados norteamericanos no se van a ir a su casa. Ni de Afganistán, ni de Irak. Ni de Libia tampoco. Así que si Obama heredó dos guerras su sucesor tendrá que heredar tres.