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Numancia

21 dic 2008
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Sitiada durante dos décadas y finalmente conquistada en 134 a. C. por un exasperado Escipión el Africano –que apenas encontró dentro a medio centenar de supervivientes–, la ciudad celtibérica de Numancia humilló a Roma y pasó a integrar el imaginario español nacional como magno símbolo de arrojo y fortaleza.
Hace años me emocioné al descubrir que, gracias al obelisco allí levantado, el histórico lugar es visible –con prismáticos– desde la cumbre de la montaña que domina Soria, Santa Ana, inmortalizada por Machado en uno de sus poemas castellanos más emblemáticos: “A orillas del Duero”. Desde dicha cumbre, hoy brutalmente ultrajada por antenas y demás parafernalia televisiva, pude apreciar que Numancia conservaba entonces intacta su prístina relación con el hermoso paisaje circundante.
Aquella relación está ahora seriamente amenazada por tres macroproyectos. En el margen izquierdo del Duero, a poca distancia del yacimiento, se planifica construir el polígono industrial Soria II. En el término municipal de Garray (donde se encuentra Numancia) se prevé la erección de 300 chalés. Y, lo más grave, en el borde mismo de las ruinas –y con la aprobación de la Junta de Castilla y León– se quiere instalar una zona de 552 hectáreas cínicamente designada Ciudad del Medio Ambiente, con 790 viviendas, 2 hoteles y un parque industrial.
Ha habido protestas, nacionales e internacionales, entre ellas la de la Real Academia de la Historia, pero por ahora sólo se ha frenado Soria II. Harán falta testarudez y arrojo auténticamente numantinos para salvaguardar el entorno del mítico enclave. Y uno se pregunta, ¿ya no queda nada sagrado?

Tacos

14 dic 2008
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Los españoles tienen fama de mal hablados. Hemingway lo reflejó en Por quién doblan las campanas, donde sus versiones inglesas de interjecciones nacionales como “me cago en la leche de tu madre” hacen que cualquier lector anglosajón se muera de risa. No se atrevió, creo, con la ubicua “me cago en Dios” (y sus variantes). Son expresiones que, en su crudeza y mezcla de lo sagrado y lo escatológico, serían impensables en cualquier otro país católico. Cada vez que las vuelva a oír recuerdo no sólo al bueno de Hem sino “El Dios ibero” de Machado, con su campesino de “corazón blasfemo” siempre oscilando entre la gratitud rastrera y el insulto soez. Y ya que van aflorando nombres de escritores, no olvidemos al otro Ernesto, Giménez Caballero, aquel teórico del fascismo patrio para quien el genio de España era sobre todo una cuestión testicular, de cojones bien puestos.
Todo ello suele ir aderezado con una notable dosis de desprecio hacia los gays. Cela se distinguió por unas observaciones repugnantes sobre Lorca. Manuel Fraga, que acaba de soltar su última barbaridad facha, no le ha andado a la zaga en homofobia.
Y no se trata únicamente de malhablados derechistas, claro. Ahí está el reciente ejemplo de Pedro Castro. José Bono ha achacado la ya famosa frase antiborbónica de Joan Tardà a su condición de hombre “algo primario”. Pero él mismo atribuyó hace poco, bromeando, la de “hijos de puta” a compañeros suyos discrepantes (por lo de la placa de la sor). Que dicha formulación sea un insulto en un país tradicionalmente tan putero llama la atención. ¡Y luego me quieren decir que España no es diferente!