A los políticos les cuesta admitir sus errores. Y más cuando los pillan con las manos en la masa o mintiendo. La tendencia a la huida hacia delante es en ellos, se diría, casi innata. ¿Quiénes se meten en tal profesión? Me parece que sólo (con alguna mínima excepción) gentes muy ambiciosas, peleonas y confiadas en sí mismas, capaces de dar, impertérritas, la cara en público. Lo cual, ya de por sí, las diferencia del resto de los mortales.
Ningún político ambiciona pasar su vida en la oposición. Lo que se busca es el poder. Y cuando se obtiene, la determinación de aferrarse a él debe ser prácticamente insuperable. Alguien, no recuerdo si Churchill, dijo que el poder corrompe y el poder absoluto, absolutamente. Por ello la democracia es el sistema menos malo que se ha inventado, con su sistema de pesos y contrapesos que hace posible la alternancia en el mando, y cierto control sobre las actuaciones de los gobernantes de turno.
¿Cuántas veces hemos oído por estos aledaños posfranquistas una palinodia contundente –que motivos ha habido– en labios de un político? Muy pocas. ¿Pidió disculpas a los españoles Felipe González por haber puesto a la cabeza de la Guardia Civil, nada menos, al ciudadano Roldán, sin comprobar sus pretendidas credenciales universitarias ni tener en cuenta actuaciones previas dudosas? Creo que no (aunque podría ser que me equivoque). En cuanto a Aznar, me imagino que nunca asumirá que fuera un imperdonable error meternos, sin permiso, en el debacle de Irak. Por todo ello el reconocimiento por Bermejo de inoportunidad me parece digna, aunque, si no sabía que iba a participar Garzón, ésta resulta, de verdad, muy relativa.
Me llama la atención la indiferencia mostrada por los españoles hacia Portugal. En la prensa no suele haber apenas comentarios sobre el país colindante, sus escritores actuales, sus políticos, su gastronomía, sus teólogos, sus escuelas, sus… lo que usted quiera. El trato que recibe –mejor, el no trato– del Hombre (o Mujer) del Tiempo es sintomático. El homólogo de éste/ésta en la BBC no atiende sólo a los irlandeses del Norte (por formar parte del Reino Unido), borrando de sus mapas –y previsiones– a la República. Al contrario, señala en términos generales –nubes aquí, sol allá– lo que se prevé al otro lado de la raya. Aquí no hay tal cortesía. Portugal figura en TVE1 como una mancha marrón sin indicación alguna. En Cuatro, a guisa de papel de plata arrugado, aunque atravesado, eso sí, por dos hilillos innominados que resultan ser el Duero y el Tajo. Se ve que ni existe ni tiene clima. Ni, al parecer, turistas españoles deseosos de saber qué tiempo les pueda tocar allí el fin de semana.
Reflexiono sobre todo ello a raíz de la presentación, en la Filmoteca, del libro José Francisco Aranda. La fabulación de la pantalla, que recoge los escritos cinematográficos del autor. Se trata de una recuperación de gran calado. Aranda, fallecido en 1989, autor de un estupendo libro pionero sobre Luis Buñuel, nunca quiso vivir en la España de Franco, que fusiló a su padre, y pasó su vida mayormente en Portugal. Llegaron desde Lisboa, para asistir al acto, sus hijos y otros familiares. Una emoción, una alegría. Estoy deseando que venga de una vez el AVE y nos facilite el contacto con nuestros vecinos. Que nos tienen mucho que enseñar y contar.
Después del de veras miserable neocon, ignorante exbebedor y exjuerguista, recuperado por el cristianismo en una de sus vertientes más chabacanas, ¡qué alivio produce este joven Obama que nos habla del medio ambiente y de la innovación energética (¡viva el coche eléctrico!), que alude con respeto a los homosexuales, que arremete contra los sinvergüenzas de Wall Street, que aboga por la igualdad salarial de la mujer, que tiende la mano al mundo musulmán, que habla un inglés enjundioso que llega al corazón del oyente, que despliega una sonrisa capaz de derretir un iceberg de los que aún quedan…! ¡Y que no tarda en cumplir, poniendo inmediatamente en marcha políticas correctoras y sensatas, con la supresión de Guantánamo a la cabeza de la lista!
Hay quienes –los cínicos de siempre– nos aseguran, sin embargo, que el flamante presidente no va a poder cambiar nada, que todo es palabrería, buenas intenciones, que la banca y la bolsa no se dejarán convencer, que los grandes empresarios le volverán la espalda, que las iglesias… Y que, claro, puesto que el poder corrompe, terminará como un corrompido más.
Me niego a estar de acuerdo. Necesito creer en algo y, ya que, como proclaman los famosos autobuses ateos –y me confirma mi amigo Leo Bassi– Dios probablemente no existe, este algo tiene que ser humano. “Hombre soy y nada humano me es ajeno”, dijo el comediógrafo romano y ratificó Unamuno. Siendo así, puede considerarse providencial la llegada en estos momentos de un adalid norteamericano culto, con ideas claras sobre cómo tratar al prójimo. Obama ha hecho más en unos pocos días que otros… nunca. Y nos ha devuelto de golpe la esperanza. Albricias y adelante.
Día 25 de febrero de 2009. El AVE Huesca-Madrid 03272 sale de la estación a las 08.10 en punto, según lo previsto. Voy en preferente (amable detalle de quienes me han organizado la visita). ¡Esto no es ningún machadiano vagón de tercera (con bancos de madera)! Me sumerjo gozoso en las páginas del Diario del Alto Aragón. Luego observo el paisaje.
En Zaragoza sube una grey de hombres de negocios. Son ya las nueve, las oficinas van abriendo y sé lo que me espera. Hoy la encarnación de la plaga es un ciudadano de unos 30 años que se acomoda en el asiento individual que se encuentra justo delante del mío. Empieza a llamar en seguida. No le veo, pero es imposible no oír absolutamente todo lo que dice. Tiene, además, una voz carrasposa, de esas que incluso hablando más o menos bajo irritan. “El mes que viene igual metemos 20 días… haré la trasferencia… vale, vale, Suso… ¡Coño, me va a querer decir ese señor que…! Mira, si te comportas bien, no te cobro hasta marzo, ¿entiendes? Vale, vale, venga, vale, venga…”. Y así.
Mientras vamos alcanzando los 300 kilómetros por hora, las llamadas se multiplican. ¿Dos cada minuto? ¿Tres? Pierdo la cuenta. Todo un acoso. He olvidado mis tapones de cera, no tengo walkman, en absoluto me apetece escuchar la película. Lo único que deseo es que se calle de una vez este sujeto tan insensible a lo que le rodea.
En Holanda ya han introducido coches silenciosos para quienes, como uno, aman los trenes y gustan de leer y reflexionar en ellos. RENFE, nada. Pronto, además, se permitirán teléfonos móviles en los aviones, y la contaminación y la inanidad acústicas serán totales. ¡Qué horror y qué desesperación!