Lo dijo insuperablemente Voltaire: Chassez le natural, cela revient au galop. Luego lo confirmó Freud al formular su teoría del inevitable retorno de lo reprimido. El instinto sexual, por mucho que quisieran algunos, se opone con vehemencia a que lo excluyan, entierren, pisoteen, desprecien. Pese a las tentativas represoras, y aunque sea disfrazado, siempre vuelve a sus andadas, galopando
–Voltaire, con acierto, lo metaforiza como caballo– con fuerza
recrecida.
¿Sublimarlo, intentar encauzar tan tremenda energía hacia otras tareas, sobre todo religiosas? Difícil empresa. Y peligrosísima cuando a quienes se niegan voluntariamente a dar expresión natural a su sexualidad se les permite cuidar de niños y jóvenes. Lo cual a lo largo de los siglos, ha sido el caso de la Iglesia Católica.
Vengo de un país donde los curas han ejercido sobre las almas y los cuerpos de los demás un poder casi omnímodo. El Dublín de los años cincuenta y sesenta tenía un arzobispo talibán, un tal McQuaid, comparados con el cual parecen pedazos de pan Cañizares y Rouco. Hacía irrespirable la ciudad con sus prohibiciones y sus proclamaciones. Bajo su mandato los católicos no podían acudir a mi alma máter, el famoso Trinity College, por temor a ser contagiados de veneno librepensador, y Ulises sólo se podía conseguir bajo cuerda. Ahora sabemos que durante aquellas décadas se cometían en instituciones católicas de la isla, con impunidad, viles crímenes sexuales contra los niños. Honor al Gobierno actual de Irlanda que lo ha desvelado. Y cuidado redoblado, aquí y fuera, con la grey de los druidas célibes.
El presidente del département de Pirineos Orientales, Christian Bourquin, lo ha declarado hace poco al corresponsal de Público en París: cuando asumió el cargo encontró en su despacho una directiva autorizando la demolición de lo que quedaba del antiguo campo de internamiento de Rivesaltes, cerca de Perpiñán. Paró, consternado, tan mezquino propósito. Porque se trataba nada menos que de intentar borrar el hecho de que por aquel lugar pasaron no sólo miles de republicanos españoles en 1939 –muchos de ellos asesinados poco después en Auschwitz–, sino un gran número de judíos franceses que tuvieron el mismo terrible destino.
Bourquin ha propuesto la creación, en lo que queda del siniestro paradero, del Museo Memorial del Campo de Rivesaltes. Hasta hace poco, Nicolas Sarkozy no mostraba interés alguno por el proyecto, pero parece ser que ha cambiado de opinión. Según palabras del secretario de Estado de Defensa del país vecino, recogidas asimismo por este diario, la Francia actual no olvida los sufrimientos de aquellos desventurados, ni la contribución a la lucha contra los nazis de los guerrilleros republicanos, ni la participación de luchadores españoles en la liberación de París por Leclerc. El Gobierno, ha dicho, está decidido a apoyar la iniciativa. A partir de 2012, pues, si todo va bien, los grupos escolares que visiten la tumba de Machado y su madre en Collioure podrán subir un poco más hasta Rivesaltes, donde se les explicará, sobre el terreno, la triste suerte corrida por tantos y tantos compatriotas suyos. Es una magnífica noticia.
No soy británico ni lo he sido nunca. Con desinterés, pues, me incumbe aseverar, como cosa cierta y manifiesta, que la BBC, desde su fundación, ha ofrecido, primero en radio y luego en televisión, el mejor servicio público del globo terráqueo, con el propósito declarado de proporcionar a la vez, sabiamente combinados, entretenimiento digno e información objetiva. Y ello sin publicidad comercial. Desde hace décadas, los británicos llevan aceptando que, para poder gozar de un servicio de calidad así, hay que pagar cada año, por el solo hecho de poseer un televisor, un canon estatal. Lo han hecho sin rechistar. A cambio han podido disfrutar, entre otras infinitas ventajas, todas las grandes películas del mundo sin un solo corte. Lo cual significa cultura, respeto y hondura. Es una magnífica noticia, por ende, que el Gobierno vaya a seguir el modelo de la corporación británica en su reforma de TVE –aunque recurriendo a otro sistema de financiación–, con la supresión de los malditos anuncios (más de 400.000 anuales entre ambos canales), que convierten en esperpento cualquier pretensión cultural por parte del ente. En medio de las tinieblas que nos envuelven, la decisión es poco menos que revolucionaria.
Claro que hay protestas y resistencias. Claro que las televisiones privadas, y las empresas de telecomunicaciones, no quieren tener que financiar en parte el nuevo ordenamiento. Pero debe primar el interés público. Y no sería malo si, al mismo tiempo, desapareciera de nuestras pantallas el repelente bodrio cotidiano, en hora punta, de Corazón, corazón.
En 1962 apareció en los quioscos españoles el primer número de la revista que iba a encarnar, hasta la muerte del dictador, la resistencia intelectual a aquel vergonzoso régimen y el sueño de una España en libertad reincorporada a Europa. La hazaña de Triunfo fue heroica, titánica. Su contribución a la democracia, incalculable. Como ha recordado su fundador, José Ángel Ezcurra, el acoso gubernativo fue permanente ante el éxito de la iniciativa (llevar Triunfo bajo el brazo constituía todo un acto simbólico y desafiante). El hoy mítico número extra “El matrimonio” (1971), por ejemplo, fue secuestrado, el consejo de ministros suspendió la revista durante cuatro meses y se impuso una multa de un cuarto de millón de pesetas.
Cuando murió Franco, Triunfo estaba otra vez bajo suspensión (por un artículo titulado “¿Estamos preparados para el cambio?”). Infinita fue su amargura al no poder comentar aquellos momentos de intensa emoción e incertidumbre. Es más, el primer Gobierno de la monarquía no la indultó, y no hubo más remedio que cumplir íntegramente la condena. Cuando salió otra vez a la calle, el 10 de enero de 1976, se vendieron los más de 166.000 ejemplares en unas horas. Pero el declive era ya inevitable y, en 1982, poco antes de la llegada del PSOE al poder, Triunfo tuvo que sucumbir.
Hoy todos los contenidos de la revista están en la red para gozo de nostálgicos e investigadores (www.triunfodigital.com). José Ángel Ezcurra, un joven que acaba de cumplir los 88 años, puede estar muy contento. Nuestra deuda para con él es impagable. Enhorabuena.
En medio de las Landas, el inmenso y sombrío pinar que se extiende entre Biarritz y Bordeaux, hay –por lo menos había hasta hace poco– un modesto y amable restaurante llamado Madrid-París. Cuando apareció de repente el rótulo de la casa aquel primer verano, mi frenazo fue casi mortal. Entramos, claro. Resultó que el dueño tenía un hijo trabajando en Marbella, que este había forjado vínculos afectivos con la gente de allí, que, en fin, había nacido en el seno de aquella familia una cálida relación con España que se reflejaba en el nombre puesto a su
establecimiento.
Ello me recordó que Antonio Machado y su secreto amor, Pilar de Valderrama, solían reunirse en un café de Cuatro Caminos llamado El Franco-Español. Y también, una vez más, la guerra bastante incivil que se libra en mi propio interior entre el amor a lo galo y el que me inspiran estas tierras subpirenaicas donde vivo.
Cuando llegué a Madrid en 1978, Francia suponía un hueso duro de roer para muchos españoles. Había una marcada tendencia a acusar a los vecinos de soberbios, despreciativos, chovinistas, intolerables, etc., etc., y a no recordar lo muchísimo que les debemos. Sin salir de la literatura, ¿cómo olvidar que Madame Bovary y Las flores del mal, inconcebibles en las mojigatas Inglaterra o España de entonces, se pudieron publicar abiertamente en París allá por los años cincuenta del siglo XIX? En derechos humanos, en pensamiento, en arte, en el gozo de vivir, Francia nos ha aleccionado a todos. Hoy no hay ningún problema en reconocerlo sin complejos. Lo acabamos de ver. Bienvenida la entente cordiale.