Este diario, que me permite amablemente estampar aquí un modesto apunte semanal, está haciendo una contribución decisiva a la lucha por la recuperación de la memoria histórica. Lo acaba de demostrar una vez más con el reportaje “Las fosas del franquismo llegan a Estrasburgo”, firmado por Ángel Munárriz (19 de junio). Es tremenda la noticia, desde luego, de que los familiares de Luis Dorado Luque, diputado del PSOE por Málaga asesinado por los sublevados en Córdoba al principio de la guerra, y al parecer enterrado en una enorme fosa común de esta ciudad, no hayan tenido más remedio que llevar su caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y es tremenda porque la iniciativa expresa, de manera pública y contundente, la desesperación de otros miles de españoles que se encuentran en análoga situación de desamparo.
Los familiares del diputado asesinado, tan empeñados en la localización de sus restos, insisten en que han apurado sin éxito todas las posibilidades judiciales ofrecidas por España, circunstancia imprescindible para poder demandar al Estado en Estrasburgo. Aseguran que en su país no han encontrado más que pegas, entorpecimientos y “burlas y dejadez” de la llamada Justicia. Reparación económica y moral, ninguna. Y, choca leerlo, ni siquiera una partida de defunción de la víctima. La viuda, que murió en 1995 con 97 años, pidió encarecidamente a su nieto que siguiera buscando al abuelo. Lo ha hecho tenaz y fielmente. ¿Admitirá a trámite la demanda el Tribunal Europeo? Espero con fervor que sí. Para que, por fin, algunos sientan vergüenza.
Aunque me cuesta creer que pueda haber gente así, me rindo ante la evidencia. Pero, ¿qué entendemos exactamente por el término? El DRAE más a mano (edición de 1984) me asegura que es conservador quien “profesa las doctrinas políticas que toman en gran consideración la continuidad del espíritu nacional”. ¡Del espíritu nacional! ¡Con Franco nueve años enterrado! Consulto en mi pantalla la definición actual propuesta por la Docta Casa: “Dicho de una persona, de un partido, de un gobierno, etc., especialmente favorables a la continuidad en las formas de vida colectiva y adversas a los cambios bruscos o radicales”. El “espíritu nacional” ha desaparecido, algo es algo, pero la definición deja todavía mucho que desear. No dice nada, por ejemplo, acerca de la tendencia de los conservadores a querer conservar, sobre todo, su poder y sus dineritos. Porque, al fin y al cabo, si temen a la oposición, roja o rosa, es porque les puede quitar o mermar sus privilegios. Y eso no.
En su variedad subpirenaica, la especie es particularmente hosca y dura y se caracteriza por estar en contra de todo lo que hagan o propongan los demás –aunque en algunos casos puedan estar secretamente de acuerdo–, y por no admitir nunca los errores propios y, mucho menos, disculparse por ellos. Lo vamos a ver mucho más en los próximos tres años, que se prometen extraordinariamente virulentos, sobre todo, ¡perdón!, si mejora la situación económica, como es probable. El PSOE, pese a la crisis causada por los neocons, ha salido bastante airoso de las elecciones europeas. Si yo fuera Rajoy, estaría
temblando.
En Vitoria, mientras debatíamos el otro día sobre la Ley de la Memoria Histórica y sus aledaños, llegó para nuestro asombro la noticia de la admisión a trámite, por el Tribunal Supremo, de la querella del seudosindicato facha Manos Limpias
–¡vaya manos limpias!– contra Garzón, el Supuesto Prevaricador. Luego se supo que el ponente, Adolfo Prego, es presidente de honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, próxima a dicha organización. Con la admisión, ahora recurrida por el juez, queda obvio que ya desde las más altas instancias de la justicia existe un intento de hundir al hombre que tuvo la valentía y el atrevimiento de iniciar un proceso penal contra el franquismo. Grotesco, ¿no?
Después ha sido la intervención de rigor de Cañizares, empeñado en quitarle hierro a la barbarie irlandesa –una nadería comparada con el magnicidio del aborto, claro– y secundado, a las pocas horas, por el ínclito político del PP que vivió tan a gusto bajo la dictadura.
Luego, más desconcierto con la noticia de que la encargada del Juzgado número 3 de Granada ha resuelto desentenderse del asunto de la fosa de Lorca y se lo ha devuelto a la Audiencia Nacional, de donde salió hacia el Sur unos meses atrás. Será el Supremo quien dictamine ahora sobre la competencia: el Supremo que acaba de admitir a trámite la querella contra Garzón.
La otra España está volcada en impedir que se conozca la verdadera dimensión de la represión franquista, cuyo máximo símbolo es el poeta granadino. Le importa un bledo el sufrimiento de tantas familias. Qué porfía.