“Auto” es uno de los prefijos bisilábicos más útiles que tenemos en el idioma y, como tantas cosas más, se lo debemos a los griegos. “Propio o por uno mismo”: así lo define el diccionario de la Real Academia de la Lengua, que aduce el vocablo autosugestión para ejemplarizar su función “como elemento compositivo que entra en la formación de algunas voces españolas”. Un término más cotidiano habría sido –elijo al azar– autobombo, autonomía, autocensura o autodefensa. Quienquiera es libre de inventar las voces que se le antojen utilizando la misma fórmula. Como la que se propone en el título de este apunte, calcado del inglés self improvement y que me imagino se le ha ocurrido a alguien antes que a mí. Se trata, desde luego, de una aspiración más modesta que el autoperfeccionamiento, imposible en este valle de lágrimas donde toda perfección, menos la de la muerte, es una quimera.
Desde hace años el self improvement está muy de moda en el mundo anglosajón, dando lugar a una multitiplicidad de libros del tipo Cómo perder peso sin dejar de beber alcohol o Cómo aprender alemán en un mes. Con la crisis actual no sólo se han disparado en un 25% los nuevos títulos sino que se van reeditando algunos clásicos del género, entre ellos el más célebre de todos, Cómo ser popular e influir en la gente (1936) del norteamericano Dale Carnegie, con su programa basado en el positive thinking (el pensar positivamente). No hay mal que por bien no venga, como se sabe, y en esta España malparada también se va notando una creciente afición a tales manuales. Ojalá no todos defrauden.
El pobre Ric asegura que se ha sentido avergonzado al ver la transcripción pública de lo que dice en privado. Pero ¿por qué tanto rubor si realmente se expresa así cuando está entre los suyos? Somos como hablamos y no le demos más vueltas. Él habla así… y es así.
¿Y qué pensar de César Augusto Asencio Adsuar, que ahora le toma el relevo como secretario general del partido por aquellos pagos? Iniciativa del Poble Valencià acaba de sacar a luz un artículo antisemita publicado por este señor en 1979, cuando tenía 17 años, artículo que ha reproducido fotográficamente Público. Asencio no parece sentir vergüenza alguna por aquel escrito, y se ha disculpado diciendo que se trataba de “un error de adolescencia”, nada más, cometido cuando era “menor de edad”. ¡Vaya error de adolescencia! El judío, afirma allí, dedica toda su vida “a vivir a costa de los demás con la usura y la finanza”.
Actúa siempre de “intermediario-parásito y nunca como elemento productivo”. Mina el Estado en que vive gracias al dinero que maneja. ¿Y el Holocausto? No hubo tal. La Cruz Roja, nada menos, investigó los campos de concentración y no encontró indicio alguno de matanzas. Se trata de un mito inventado por los judíos para poder seguir quejándose de su mala suerte, atacando el nacionalsocialismo (¡!) y… cobrando indemnizaciones a los alemanes. Sobre todo lo último. Así son ellos.
En 1995 Asencio accedió a la alcaldía de Crevillent con el apoyo de la Falange. Vaya elemento democrático. Si tuviera que elegir entre Ric o él –¡Dios me libre!–, me quedaría con quien se confiesa avergonzado.
Fueron de los primeros en ingresar –el referéndum de 1972 arrojó una inmensa mayoría a favor–, y la verdad es que la apuesta les fue estupendamente. Pertenecer al club europeo suponía muchas ventajas para un pequeño y hasta entonces aislado país agrícola (mar adentro, próxima parada Nueva York). Eran extremadamente atractivas las posibilidades que ofrecía la nueva coyuntura para las inversiones extranjeras, y se explotaron a fondo. Pero había una razón de otro orden, y muy honda, para entrar en Europa: la superación de la secular dependencia económica de Gran Bretaña. Recuerdo perfectamente la euforia que se apoderó del país al despertarse plenamente europeo. Era algo así como poder llegar a París directamente, prescindiendo de la ex imperial isla vecina.
Recuerdo también cómo, en pleno boom, las conversaciones en Dublín giraban en torno a un solo tema: el astronómico incremento que registraban los precios de la vivienda. Para quienes tenían entonces en propiedad una casa, era una auténtica fiebre del oro. Y –la máxima obscenidad– se oía a la gente quejarse de tener sólo una. Porque con dos ya estaría su futuro resuelto, siempre que, como en el caso de las especulaciones bursátiles, vendiesen a tiempo. Muchos no lo hicieron, por codicia. Y vino el inevitable crash.
La codicia, dicen, es pecado mortal. Y otro tal la soberbia. El autodenominado Tigre Celta, repleto de esta, decidió un día que podía prescindir de la Europa que le había enriquecido. Ahora, en crisis y atemorizado, ha vuelto al redil. No ha sido,
digamos, un espectáculo muy edificante.
Leo que, según Eurostat –órgano europeo de estadística–, casi la mitad de los españoles no habla ningún idioma extranjero. Supongo que será así si tal ente lo dice, aunque habría que recordar que millones de ciudadanos de este país, sobre todo los catalanoparlantes, tienen la suerte de ser bilingües. Bilingües de verdad que van de un idioma patrio a otro sin pensárselo dos veces, con absoluta
naturalidad.
Quienes no vienen al mundo con tal ventaja, que facilita nuevos aprendizajes, deben hacer un gran esfuerzo si quieren
adquirir una lengua foránea. No les será nada fácil.
Según la misma fuente, el 35% de la población española asegura conocer otro idioma. Inglés, mayormente. Hay que señalar, sin embargo, que el “conocimiento” del mismo aquí deja mucho que desear. Se nota no sólo en el bajo nivel de las traducciones en buenos restaurantes, hoteles y establecimientos comerciales, sino en destacados lugares públicos.
En Barajas durante años una voz británica digitalizada advertía a los viajeros (no sé si lo hace todavía) que había llegado el momento de embarcar. “Please passengers proceed” (a tal o cual puerta) recomendaba, en vez de “passengers please proceed”. Una auténtica monstruosidad. En cuanto a “Selling Out Today”, lo proclaman siete rótulos de la oficina de billetes en Atocha. Con inusitado optimismo, porque la frase significa “Hoy vamos a venderlos todos”, no, como dice el español arriba, “Venta salida hoy”. Sin o con Juegos Olímpicos es importante ser profesionales y evitar la incredulidad –o la risa– de quienes nos visitan.