¡Váyase!

29 Nov 2009
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Si no le gusta España, ¿por qué no vuelve a su lugar de origen? Me lo han sugerido no pocas veces y sin duda lo seguirán haciendo. Pero nunca he afirmado que no me gusta. Muy masoquista tendría que ser uno para elegir vivir en un país no de su agrado, y, encima, conseguir su nacionalidad. Lo que sí suelo manifestar es que hay algunos aspectos de España que no me gustan especialmente. Su excesivo ruido, por ejemplo, o su frecuente falta de civismo, o su, en estos momentos, oposición política. Suelo añadir que siento por España, como muchos nacidos aquí, una mezcla de amor apasionado y de desesperación. Algo así como la que me producía la Irlanda de mi adolescencia.

Aquella Irlanda era para mí fuente de angustia, producto en parte de pertenecer a una exigua minoría protestante en una sociedad abrumadoramente católica. Cuando estudiaba en el Trinity College, el tétrico arzobispo de Dublín tenía prohibido que sus diocesanos pusiesen los pies en tan protervo nido de librepensadores. Había censura de libros y era imposible conseguir el Ulises de Joyce. No existía ni el divorcio ni el control de la natalidad. He padecido la losa de los talibanes en su versión celta. He conocido el terror religioso. Por ello me escapé en cuanto pude.

Se acaba de demostrar que todo aquel tiempo, y después, hubo santos varones irlandeses abusando de los niños que tenían la obligación de proteger, mientras la Policía y la jerarquía católica miraban ruin y cobardemente para otro lado. Hoy Irlanda ha cambiado mucho, de acuerdo. Pero yo, gracias, prefiero seguir aquí. Críticamente, por supuesto.

Corazón helado

22 Nov 2009
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Han leído Rajoy, Cospedal, Camps, Soraya y sus correligionarios alguna vez a Antonio Machado? Es una pregunta que uno se plantea al observar día tras día los comportamientos de los gerifaltes peperos, dignos herederos de la mentalidad hosca y cerril de la derecha española tan lamentada por el poeta de Campos de Castilla.

Les vendría muy bien tal consulta, desde luego. Allá por 1913, exiliado en Baeza tras perder a Leonor, el gran sevillano madrileño reflexionó hondo sobre la situación de su país tres lustros después del Desastre de 1898. Es de entonces su sobradamente conocida copla sobre la mala suerte del “españolito” que viene al mundo con ganas de vivir, pero a quien le helará el corazón, si no la España que muere, la que bosteza.

También es de entonces el poema El mañana efímero, a la vez terrible diatriba –ribeteada de humor feroz contra quienes impiden el progreso del país con la Iglesia a la cabeza– y urgente llamada a la revolución necesaria. Machado conocía de sobra a “esa España inferior que ora y embiste, / cuando se digna usar de la cabeza”, y a la cual aún le quedaba “luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones”. Pero quería creer que un día no demasiado lejano nacería la otra España, la anhelada, la joven, la ilusionada, la activa. Alboreó en 1931 sin sangre derramada (menos la de Galán y Hernández) y con el enemigo de siempre en contra desde el primer momento y ya conspirando.

De allí vienen los cainitas de hogaño, con sus insultos y calumnias. Miserables incluso cuando se ha evitado un baño de sangre en alta mar.

Taxi

15 Nov 2009
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Nunca sabes lo que puede ocurrir cuando penetras en el territorio privado de un taxi, territorio, en potencia, de alto riesgo. Desde el punto de vista de las ideas o de los prejuicios, hay taxistas para todos los gustos. Y por lo que respecta a la conducción, también. Por ello es siempre un alivio constatar que a uno le ha caído en suerte –en general es el caso– un profesional tranquilo.

Cuando hay sintonía, el efímero encuentro puede ser enriquecedor para el cliente. El taxista escucha cada día a gente diversa. Suele tener las opiniones claras, como el que me llevó el otro día en Alicante. Nunca quedó tan malparada España. Aquí la corrupción es endémica, los políticos no piensan sino en medrar. Aquí solo cuenta el pelotazo, el dinero fácil, el vivir de las apariencias. ¡Y mira el resultado! Da igual el partido: Matas, Camps, el alcalde tal, de acuerdo, pero también Roldán y demás ralea del último Felipe. Todos forrándose a costo nuestro, todos chorizos que nos han dejado el litoral patrio destrozado, por ejemplo, sin apenas una playa virgen. Y luego, los niños incapaces de leer un libro, que no saben nada de nada y que piensan que todo en la vida se puede conseguir sin esfuerzo…

Le trato de calmar. Le digo que tres décadas son poco tiempo, que la cosa no va tan mal, que el potencial del país es enorme, que vendrán tiempos mejores. Nada, me contesta, aquí nadie quiere asumir la responsabilidad de nada. ¡Somos un desastre!
Sólo han sido veinte minutos. Subo al tren alicaído tras tanta jeremiada. Y con infinitas ganas de ver el lado bueno de algo.

Attenborough

08 Nov 2009
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David Attenborough se merece con creces el Premio Príncipe de Asturias que le han dado aquí… y muchos más. Si alguien lo duda, le recomiendo encarecidamente que vea la serie Planeta Tierra, de la BBC, que está ofreciendo Público cada domingo con el diario. Ya van cinco entregas –De polo a polo, Agua dulce, Desiertos, Montañas y Cuevas– y puedo decir que, en toda mi larga experiencia de disfrutar programas de naturaleza en la televisión, tanto aquí como fuera, no he visto nada tan extraordinario, tan absolutamente cautivador.

Admirábamos al gran comunicador que es Attenborough por numerosos trabajos anteriores, pero en Planeta Tierra se supera, apoyado por un equipo de fotógrafos geniales que nos deslumbran con escenas, pormenores y atisbos, a menudo casi inimaginables, de pájaros, animales, peces e insectos, además de introducirnos en los lugares agrestes más insólitos del mundo.
¿Cómo olvidar, por ejemplo, después de esta serie, los inmensos cocodrilos semihundidos que se van aproximando poco a poco a los incautos impalas que beben en la orilla? ¿Los lagartos saltarines multicoloreados que bajan dando brincos al río? ¿Las pequeñas criaturas ciegas que habitan las profundidades del océano? ¿Los murciélagos atacados por rapaces? Y hay un valor añadido porque, si el comentario de Attenborough –fruto de décadas de experiencia– resulta incomparable por su información, también, como sabrán apreciar sin duda los estudiosos del inglés, es muy hermosa y matizada su voz. He aquí, en fin, una maravilla que por nada del mundo hay que perderse, y que reconcilia con la televisión.

Basura

01 Nov 2009
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El otro día una indignada lectora de Público se quejaba de la falta de limpieza que se observa en el barrio madrileño de Lavapiés, donde nunca hacen acto de presencia los ingeniosos aparatos municipales que con tanta eficacia se encargan de engullir los desperdicios dejados por quienes viven en, o transitan por, las zonas de la ciudad más ideológicamente cercanas a nuestro alcalde. Y es verdad que dicho barrio, sobre todo los días en que, por la razón que sea, tampoco lo atienden sus sufridos barrenderos tradicionales, es capaz de ofrecer un aspecto digno del Londres del siglo XVII, cuando el llamado Gran Incendio, provocado por las tan largamente amontonadas inmundicias de los habitantes, casi acabó con la ciudad.

Pero no se trata sólo de Lavapiés. Ningún foráneo puede visitar la capital española sin darse cuenta de la tendencia de los madrileños a tirarlo todo al suelo, en bares y fuera. Se trata de un hábito secular, atribuible, según mantiene un arquitecto amigo mío, a la herencia oriental evidente en tantas peculiaridades de la vida nacional. En este caso en mantener impecable la vivienda particular mientras se demuestra una notable falta de responsabilidad cívica en relación con el estado de la vía pública, la vía de todos. En mi propia casa –casa sin portero– a ningún propietario, y por supuesto a ningún inquilino, se le ha ocurrido nunca limpiar, ni cuando su condición es atroz, la acera delante de la puerta de la calle. Y uno se pregunta, ¿cómo podían imaginar personas tan poco respetuosas con su propia ciudad que les iban a dar los Juegos Olímpicos?