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El dedo

28 feb 2010
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En junio de 1998 el periodista gallego Carlos Casares entrevistó, con grabadora delante, a Camilo José Cela. Se desarrollaban entonces los actos del centenario del nacimiento de Federico García Lorca, y el Nobel no pudo resistir un comentario sarcástico al respecto. “Ojalá dentro de cien años los homenajes a Lorca sean más sólidos, menos anecdóticos y sin el apoyo de los colectivos gays –declaró–. No estoy ni a favor ni en contra de los homosexuales, simplemente me limito a no tomar por el culo”. El silencio del Partido Popular ante el lamentable exabrupto del autor de La colmena fue casi absoluto… con la única excepción de la portavoz de Cultura en el Congreso, Beatriz Rodríguez-Salmones. Cela, manifestó, “tiene una manera de hablar que todos conocemos. Son sus opiniones y no tengo nada que decir”.
Y es que, cuando uno de ellos comete una indelicadeza en público, el apiñamiento de los peperos no falla jamás. Nunca hay “nada que decir”. El obsceno gesto digital realizado por Aznar el otro día en la Universidad de Oviedo, acompañado de la sonrisa de autocomplacencia tan característica del personaje, es el último de una cadena de insultos y gestos soeces proferidos con impunidad por adalides del partido a lo largo de lustros. Con todo, uno se pregunta cómo es posible que un ex presidente de Gobierno, por muy de derechas que sea, se permita tales licencias, faltando a las más elementales reglas del saber estar, del respeto y de la dignidad. Ha dicho recientemente que va notando que hay en el país un deseo de que vuelva. Que de tal contingencia nos libre Dios.

¿Ah, es envidia, pues?

21 feb 2010
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De los siete pecados capitales el que menos se confiesa es la envidia, ya que –por razones que nunca he entendido– la mentira no figura entre ellos. Reconocer que uno ha cometido soberbia, codicia, pereza, lujuria, ira o gula –sobre todo si es en pequeñas dosis– no creo que le cueste mucho trabajo a nadie. Pero la envidia es otra cosa. La envidia tiene vergüenza de sí misma y casi nunca se autodenomina como tal –es más fácil disfrazarla como odio y desdén–, y mata por la espalda, jamás cara a cara. Según Unamuno, y creo que también Salvador de Madariaga, se trata del vicio nacional de España. Si es así, y no seré yo quien lo mantenga (¡ya me han dado razones suficientes para irme!), mal asunto. Mal asunto para todos, en primer lugar para quien la padece.
Otro Salvador, Dalí, ha dejado constancia de la intensa envidia que le producía Lorca cuando convivían en la Residencia de Estudiantes. Tal admisión constituye una honrada excepción a la regla. Dalí era entonces un joven morbosamente tímido, apenas capaz de juntar dos palabras en público, mientras el granadino ya brillaba “como un loco y fogoso diamante” en las noches de la Villa y Corte. La única solución para el pintor: huir cuanto antes. Presenciar aquellos deslumbrantes triunfos sociales y comprobar la propia inferioridad era la muerte.
Varios columnistas acaban de sugerir que hay que buscar la verdadera raíz de la persecución de Garzón en la envidia. Quisiera no creer que pecado tan feo y dañino pudiera anidar en el seno del Tribunal Supremo. Esperemos que prevalezca la justicia.

Garzón-Sartzetakis

14 feb 2010
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No me sorprendería que Jorge Semprún estuviera rememorando estos días sus desvelos como guionista de Z, la muy premiada cinta de Costa-Gavras. Porque el tema de la misma, e incluso el magistrado Christos Sartzetakis (interpretado por Jean-Louis Trintignant), tienen no poco en común con el thriller político y judicial que ahora se está proyectando en España y cuyo clímax, al parecer, está a la vuelta de la esquina. Hay una gran diferencia, con todo. Z, estrenada en 1969, es una amarga sátira dirigida contra una dictadura militar todavía vigente, mientras Garzón está siendo hostigado por querer investigar indescriptibles crímenes de lesa humanidad cometidos por un régimen fenecido hace más de treinta años. Y ello con la excusa de que una preconstitucional Ley de Amnistía significa, en realidad, una norma de punto final.
Detrás de la determinación de acabar con el juez está la negación tajante, no sólo por la ultraderecha sino por una parte considerable de la derecha en general, de afrontar cabalmente y sin tapujos la realidad objetiva del genocidio franquista, sobre todo su brutal y terca prolongación después de terminada la guerra.
Es difícil entender cómo puede avanzar el país así, cuando todavía yacen en cunetas y fosas comunes decenas de miles de víctimas de la vesania de aquel régimen. Veremos qué pasa a lo largo de los próximos días. Y si, gracias a Luciano Varela y sus colegas, el denodado Garzón-Sartzetakis logra ahora llamar la atención del mundo civilizado no ya sobre lo ocurrido en Chile o Argentina, sino en la tan católica España.

Cinta blanca, rubor mortal

07 feb 2010
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Los insultos verbales más terribles que he oído dirigidos a una mujer, ¡por un médico que además abusa de su hija!; el sometimiento de un niño, acusado de masturbarse por su padre, pastor protestante, que le somete en consecuencia a castigos abyectos (cinta blanca en el pelo, manos atadas en la cama, azotes en el culo delante del resto de la familia); una pareja de chicos que tiran a uno más pequeño a un río porque maneja mejor que ellos su flauta rústica; un ambiente tétrico por el que corren fatales presentimientos, con el odio y el rencor dispuestos a hacer estragos en cualquier momento…: Michael Haneke ha creado en La cinta blanca una terrorífica evocación de la Alemania previa a la Gran Guerra, aun más terrorífica, si cabe, por estar rodada en intransigente blanco y negro. No es sorprendente que la película esté triunfando: demuestra magistralmente que los seres humanos humillados buscarán siempre y como sea la venganza.
Salimos del cine, es verdad, sin saber quién o quiénes son los directamente responsables de tanto desmán o atropello como acabamos de presenciar, porque casi todos ellos –el joven maestro es una excepción– son víctimas del sistema y brutales en potencia. Lo que sí sabemos, porque Haneke lo subraya al final, es que la conflagración que se aproxima tiene mucho que ver con el resentimiento de un pueblo síquicamente esclavo, como estos personajes, de los sentimientos de miedo, vergüenza y culpabilidad inculcados en la infancia. No podré olvidar al pastor (Burghart Klaussner). Me ha helado el alma. Por favor, no se pierdan esta película.