El pasado viernes, lo leído en Público y en El País me quitó las ganas de probar el habitual bocado matutino, empezando con la noticia de que el Supremo permite que una denuncia de Falange siente en el banquillo a Garzón y siguiendo con la información no sólo acerca del acoso al juez sino en torno a Jaume Matas, las declaraciones de Mayor Oreja, los clérigos pederastas y sus miserables encubridores.
Materia de sobra para no tener hambre alguna y para evocar, ya más allá de la Guerra Civil de 1936-1939 y la brutal represión posterior, las barbaridades de un siglo XIX en el que cualquier tentativa de progreso era rigurosamente contestada, como hoy, por los reaccionarios de turno y con la Iglesia, siempre la Iglesia, a la cabeza.
El recuerdo de Valle-Inclán se impone y acuden en tropel, una vez más, los terribles exabruptos de Max Estrella en Luces de bohemia: “España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de África”,
“España es una deformación grotesca de la civilización europea”…
¿Es realmente posible que en este país, reincorporado precisamente a Europa, una agrupación de la ultraderecha pueda conseguir sentar en el banquillo a un juez admirado por todo el mundo por su lucha a favor de los derechos humanos? Pues sí lo es, y no puedo impedir que en estos momentos se me vuelva a presentar la imagen del monumento al fundador de la Falange, situado en plena Granada, que se niega a quitar, tercamente, el Ayuntamiento del PP.
Y lo peor es que el esperpento sólo ha empezado.
The Guardian Weekly acaba de informar de que, de los 4.000 futbolistas profesionales de Inglaterra y Gales, ni uno solo está dispuesto a admitir en público ser gay. Según el reportaje, la homofobia es endémica en el soccer por aquellos andurriales isleños: en los estadios (donde no son infrecuentes los eslóganes antigays), en las altas instancias de la Asociación de Fútbol (FA) y entre los jugadores mismos. El articulista nos recuerda que el único futbolista británico profesional que salió resueltamente del armario, Justin Fashanu, lo pasó tan mal que se quitó la vida (en 1998). Y recalca que los derechos humanos han avanzado mucho más en el Ejército británico, tradicionalmente muy conservador, que en el fútbol. “Mandamos a gente abiertamente gay o lesbiana a luchar en Afganistán–se le ha quejado un activista–, pero no vamos a poder mandar este verano a gente abiertamente gay a luchar por la Copa Mundial”.
No se trata sólo de los británicos, claro, sino de los deportes en general alrededor del globo. En un país tan dado al machismo como España sería interesante saber cuántos futbolistas profesionales y cuántos toreros llevan agenda secreta. Sobre todo estos, cifra y resumen, para algunos patriotas, de la virilidad de la raza pero que, hay que suponerlo, también tienen a veces sus debilidades. Pepe Amorós, que sustituyó a Sánchez Mejías como espada predilecto de los poetas de la Generación del 27, me aseguró que a Ignacio también le gustaban los chicos. Inasumible para los guardianes de mitos pero, qué le vamos a hacer, debajo del sayal hay al.
Así, según un reportaje de la BBC World News, la llaman en la nueva Rusia, recurriendo a un sarcasmo digno del Orwell de 1984, con su siniestro Ministerio de la Verdad encargado de la propagación metódica de la Mentira. Se trata de ocultarles a los niños rusos la cara oscura del estalinismo –aquella friolera de los millones de compatriotas exterminados por el sistema– y de hablarles sólo de los aspectos “positivos” del mismo, en primer lugar del milagro industrial soviético conseguido gracias a los desvelos de líder tan amante de su pueblo. Ello me ha hecho recordar momentos muy tensos vividos con un Rafael Alberti incapaz de tolerar que alguien arremetiera en su presencia contra el estalinismo y en cuya obra, si no me equivoco, no existe una sola crítica al respecto. Con los dogmáticos es casi imposible dialogar (y aún menos con los fanáticos). “Para dialogar, /primero preguntar; / después, escuchar”: Machado lo tenía claro.
En España la derecha está empeñada en la tarea de minimizar los horrores del franquismo. Los síntomas se aprecian por doquier. El último es el intento de blanquear la imagen del militar faccioso responsable de la terrible matanza de Badajoz en agosto de 1936, llevada a cabo con estricto arreglo a lo previamente acordado (véase el auto correspondiente del juez Garzón). No sé si los lectores lo saben, pero la sede en Oviedo del Premio Príncipe de Asturias se encuentra en la calle que se sigue llamando… General Yagüe. Es otra muestra de la lamentable insensibilidad de quienes nos gobiernan más de 30 años después de la muerte del dictador.
El jardín de las delicias, en su momento propiedad de Felipe II, es una de las más geniales creaciones artísticas de todos los tiempos. Creo que nadie lo pondrá en tela de juicio. Dichosos, pues, quienes podemos acudir con cierta frecuencia al Museo del Prado y extasiarnos una vez más ante el milagro. Milagro hasta en sus más mínimos detalles, como esta brillante serie de pájaros captados, entre tanto animal de fábula, con una exactitud asombrosa, o la piscina de en medio, ocupada por el grupo de rubias (con alguna negra) más hermosas de la pintura universal, desnudas como todas las figuras de la obra menos la de Cristo.
Entre tanta pequeña escena hay una que llama la atención por su singularidad, al menos a quien esto escribe: la de la pareja de amantes que El Bosco ha colocado dentro de una burbuja cristalina en el lado izquierdo inferior del panel central del tríptico. En este no escasean las parejas enamoradas, pero ninguna tan ensimismada como la que nos ocupa aquí. Nada de lo circundante les importa a estas dos criaturas que, desde luego, tienen olvidada la amenaza del atroz Infierno bíblico que se representa en el ala derecha de la obra, con su horripilante panoplia de monstruos sádicos, instrumentos cortantes, cuerpos martirizados y edificios en conflagración.
Los amantes encapsulados del Prado, entregados a su excluyente carpe diem y ajenos a todo lo demás, quizás sirvan para recordarnos, en estos tiempos de crisis, que el mundo exterior existe y a menudo sufre. Y que sin solidaridad con el prójimo no vamos a llegar a ninguna parte.