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Blues de noviembre

20 nov 2011
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Lo ha dicho Rubalcaba en este diario: los derechos civiles conquistados a lo largo de los últimos treinta años no son irreversibles. “Podemos ir hacia atrás”, advierte. Claro que podemos. Si el PP consigue en estos comicios la mayoría absoluta, se verá pronto hasta qué punto. ¿No lo ha dado a entender así su comportamiento parlamentario a lo largo de la legislatura? Con tal de llegar al poder todo le ha valido: insultos, insidias, calumnias e incluso que un expresidente del Gobierno –para más inri asalariado de Rupert Murdoch– haya puesto reiteradamente en tela de juicio, desde el extranjero, la credibilidad de las instituciones de su propio país. Este es el partido insolidario que, si las encuestas no están fallando, los españoles se aprestan a apoyar de manera mayoritaria en las urnas, cuando hasta The Wall Street Journal y The Economist –vademécums del neoliberalismo internacional– acaban de criticar las “imprecisiones” del programa de Rajoy.
Don Mariano ha declarado en la Cadena Ser que “estar ubicado en los grises es estar situado en la sensatez”. Debe saber lo que dice, puesto que es uno de los líderes conservadores españoles más grises de todos los tiempos. De lo que no puede presumir, desde luego, es de ser magnánimo, cuando magnanimidad es justo lo que le hace falta a una derecha nunca dispuesta a admitir pasadas injusticias.
Este 20 de noviembre habrá una celebración especialmente ofensiva en el Valle de los Caídos, donde por lo visto Franco y José Primo de Rivera van a descansar juntos in secula seculorum. No me entusiasma el panorama y, con la venia de ustedes, me tomo un descanso.

El hombre providencial

13 nov 2011
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En tiempos de crisis hace falta un líder experimentado y carismático (Churchill sería el paradigma). Y, por lo que le toca al discurrir reciente de España, pocas veces tanto como ahora. Zapatero ha sido un adalid de talante tranquilo que consiguió, entre otros aciertos, una notable ampliación de derechos civiles (y una televisión pública admirable, sin anuncios comerciales). Jamás perdió las formas –ni los estribos– ante los insultos personales dirigidos hacia su persona, una y otra vez, en el hemiciclo. Tampoco se amilanó. Pero no poseía el don de Felipe González para la respuesta verbal rápida e ingeniosa. Pérez Rubalcaba sí, como se pudo constatar más claramente en la entrevista de Antena 3 del jueves pasado que en el debate con el jefe de la oposición. En ella estuvo brillante, incisivo, coherente, solidario, capaz de admitir errores (la maldita burbuja), sensible en temas medioambientales, compasivo, convincente y, además… ocurrente. Al líder carismático le beneficia el sentido del humor (si me apuran, recordaré que Jesucristo, aquel elocuente mitinero, no andaba desprovisto del mismo). Y Rubalcaba también lo tiene, se nota en sus ojos cuando ironiza, es consustancial con su manera de ser.
Su epifanía como candidato es providencial porque, si en esta coyuntura el PSOE no tuviera uno capaz de enardecer a los militantes y de ir convenciendo a afines e indecisos, la perspectiva electoral del partido sería aún más terrible de lo que han venido sugiriendo las encuestas. Confío en que su sprint final haga más difícil que Rajoy y los suyos tengan una nefasta mayoría absoluta en el nuevo Congreso.

Un fantasma recorre España

06 nov 2011
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El desdén que le merecían las izquierdas era implacable, su proclividad corporativista explícita. “ESTOS SON MIS PODERES” proclamaba su efigie, displicente, desde el inmenso cartel que cubría toda la fachada occidental de la Puerta del Sol, entre las calles Mayor y Arenal. Una flecha señalaba a los tales poderes: una vasta muchedumbre flanqueada, en primer plano, por militantes de la JAP (Juventudes de Acción Popular) con banderas de la combativa organización católica. Rezaba el lema superpuesto: “DADME LA MAYORÍA ABSOLUTA Y OS DARÉ UNA ESPAÑA GRANDE”.
Gil Robles, y la coalición que lideraba, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), habían arrollado en las elecciones de 1933 ante la desunión de sus adversarios. Y no tardó en ponerse en marcha la tarea de desmantelar la legislación social del primer bienio de la República. Pero en febrero de 1936 los otros –reconociendo errores pasados– rectificaron. Hubo Frente Popular. Y la CEDA perdió.
Han pasado 75 años. Y he aquí que se presenta a los comicios, de nuevo, un partido que aglutina como una piña a toda la derecha, incluida su facción más fascistoide, y con la Iglesia al lado pidiendo el voto.
¿Será posible que los millones de progresistas “indecisos” de este país le vayan a facilitar ahora el triunfo a Mariano Rajoy y los suyos? ¿A negar su apoyo para que, como mínimo, no tengan en el nuevo Congreso la mayoría absoluta que buscaba tan afanosamente Gil Robles? ¿Tan ciegos resultarán, en fin, tan masoquistas, tan irresponsables, tan… autodestructivos? Me atrevo a creer que no.