Que no nos impongan los debates

21 Sep 2016
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En estos días asistimos a una especie de déjà vú, una vuelta a lo que a mi parecer es un absurdo debate, no tanto por superado como por improductivo y poco útil para la discusión política, un dilema que, pretende instalar una división entre radicales/moderados o duros/blandos. Digo un déjà vú no por la famosa disyuntiva que planteaba Rosa Luxemburgo entre “Reforma o revolución” sino por algo mucho más cercano en el tiempo.

Recuerdo cuando el 15M aglutinó a cientos de miles de personas en las calles y plazas de nuestro país, consiguiendo hasta un 80% de apoyo popular. En ese momento había quienes, desde posiciones políticas legítimas pero que no comparto, menospreciaban o ridiculizaban a quienes participábamos por poco radicales. Yo nunca lo sentí como un insulto, a veces como una “crítica constructiva” y otras como muestra de cierta impotencia, pues estaba fascinado por algo insólito e histórico que estábamos protagonizando en nuestro país.

Ahora, a las puertas de un nuevo ciclo político y en pleno debate interno en Podemos sobre qué tipo de organización y qué hoja de ruta diseñamos para hacer frente a la nueva fase que se abre en nuestro país, parece que volvemos a las andadas. Es comprensible que algunos medios de comunicación insistan en diferenciar, de manera simple y burda, las diferentes sensibilidades que habitan –y fortalecen- Podemos, pero ¿qué sentido tiene que compañeros y compañeras insistan en esta división artificial? ¿Realmente creen que vamos a ganar, construir un nuevo país y garantizar una vida digna a toda la gente discutiendo quién es más o menos radical/moderado? ¿Es una discusión pertinente para mejorar Podemos y el país?

Desgraciadamente creo que no. Todo sería mucho más sencillo. Sin embargo, si nos empeñamos en utilizar esta especie de división esencialista que caricaturiza al otro, he de reconocer que dada la situación nada me parece más radical que avanzar en el objetivo de conformar una nueva mayoría social. Una mayoría que no esté determinada por etiquetas del adversario político; una mayoría social que no está dada, no existe previamente y que hay que construir. Esta construcción no puede basarse en pedir carnets, pedigrí militante o exigir que se emocione por los símbolos, canciones, películas o acontecimientos históricos relevantes para la tradición política de la que viene cada uno. No hay nada menos radical y ambicioso.

Por el contrario, si hablamos de moderación tenemos otra opción, por desgracia bien conocida: intentar aglutinar a quienes se identifican ya a la izquierda del PSOE, renunciar a desplegarnos por todo el tablero político y conformarnos, y reafirmarnos, en una esquina. No se trata de modernizar lo ya conocido con redes sociales, liderazgos sexys y discursos encendidos y grandilocuentes. Para ese viaje no hacían falta estas alforjas. Sobre todo porque esa posición [y este debate] no altera las posiciones políticas del Régimen, resulta cómoda para los privilegiados de este país y limita la potencia transformadora de un proyecto como Podemos.


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