Mujeres trabajadoras: discriminadas hasta la muerte

10 Feb 2017
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Que las mujeres hoy día, en España, cobren de media 400 euros menos al mes de pensión que los hombres no es, obviamente, una casualidad. Se trata, por el contrario, de la consecuencia lógica de dos circunstancias de sobra conocidas: su tardía incorporación al mercado laboral y la desigualdad salarial que llevan toda la vida padeciendo.

Durante demasiados años, se ha considerado que el medio ambiente propio de la mujer era el hogar. Y que el mundo del trabajo –y no digamos ya en algunas profesiones– estaba reservado casi en exclusiva a los hombres. Como en tantas otras cosas, las cuatro décadas de dictadura tuvieron a este respecto efectos devastadores.

Por fortuna para el conjunto de la sociedad –y desde luego, para ellas–, en los últimos tiempos la incorporación de la mujer al mercado laboral ha sido masiva. Cada vez en puestos de mayor cualificación, además; gracias a su presencia de igual a igual con los hombres en todos los niveles educativos, incluido el universitario.

Pero lo que no se ha conseguido todavía es acabar con la desigualdad salarial, que no es un infundio feminista, sino algo que reconocen incluso las estadísticas oficiales. La más reciente del INE, referida a 2014, señala  una diferencia retributiva media entre ambos sexos de nada menos que el 30%.

Sobre esa brecha podría decirse que obedece a las dificultades de las mujeres para ascender en la escala laboral. Sin embargo, más que un consuelo, eso constituye en todo caso un agravante. No existe razón alguna –ni física, ni mental, ni formativa– que impida a las mujeres desarrollar las mismas competencias que los hombres.

Entenderlo así es absolutamente fundamental para acabar con una penalización  injustificada e injustificable, que sólo se explica por la pervivencia de cierta mentalidad machista en las relaciones laborales. Y que no sólo sigue teniendo arraigo en las empresas, sino también entre muchos trabajadores varones.

Aunque cada vez menos, hay quienes todavía ven a las mujeres como usurpadoras en ocupaciones que –no se sabe bien por qué– deberían ser privativas de los hombres. O como seres biológicamente incapacitados para prestar al trabajo la dedicación que ellos les prestan, lo cual resulta aún más inaceptable.

Por culpa de todo eso y de la ausencia cómplice de una acción más urgente y decidida de los poderes públicos, las mujeres no sólo están peor pagadas cuando trabajan, sino también cuando se jubilan, porque durante su vida activa cotizan menos. Con lo que esta discriminación las persigue hasta la muerte.

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