Opinion · Aquí no se fía

Negocios a la sombra del Edificio España

Trinitario Casanova (Trino para los amigos) ha batido su propia marca personal al comprar y vender en un solo día el Edificio España, uno de los más emblemáticos de Madrid, que preside la conocida plaza del mismo nombre. Ha pagado por el inmueble 272 millones de euros al grupo chino Wanda y ha recibido del nuevo propietario, la cadena hotelera Riu, exactamente la misma cantidad. Pero no se equivoquen: Casanova va a sacarle partido a esta intermediación, porque se queda con la gestión de las tres plantas inferiores, destinadas a uso comercial y en las que probablemente se instalen unos grandes almacenes. Las otras veinticuatro plantas, una vez acondicionadas, albergarán un hotel de 650 habitaciones, con bar y piscina en la azotea y amplios espacios para la celebración de eventos.

Con el Edificio España, Casanova ha hecho un negocio redondo exponiendo muy poco: los veinte millones que dio en su momento a Wanda como señal y que habría perdido si llega a echarse atrás por alguna razón no prevista. Pero es su manera de actuar, la que tanto dinero ha proporcionado a este murciano que hace tiempo dejó la empresa hortofrutícola forjada por su padre para dedicarse prácticamente en exclusiva a la especulación inmobiliaria. Unos dicen que se ha hecho multimillonario gracias a un olfato prodigioso y a un atrevimiento sin límites; otros, en cambio, recuerdan que no siempre se ha valido de buenas artes, como cuando logró la controvertida recalificación de unos terrenos protegidos en la finca de La Zerrichera, que adquirió por diez millones y al poco vendió por 128.

En cualquier caso, Casanova es el único que ha sido capaz de ganarle dinero de momento al Edificio España, que ha pasado por varias manos desde que el Banco Santander se lo compró a Metrovacesa en 2005 y que lleva cinco años como un trasatlántico deshabitado y a la deriva en pleno corazón de Madrid. Emilio Botín pagó 389 millones de euros y acometió obras de rehabilitación, pero se le echó la crisis encima y sus proyectos para el edificio naufragaron. En 2014, la aparición en escena de Wanda permitió que el Santander se deshiciera de ese activo, pero dejándose muchos pelos en la gatera, pues perdió un tercio de la inversión.

La aparición del grupo chino, liderado por Wang Jianli, uno de los hombres más ricos de su país, situó al edificio en el centro de la polémica, porque Wanda pretendía literalmente echarlo abajo, con la promesa de devolver luego la fachada a su estado original. Ana Botella, siendo alcaldesa, coqueteó con la posibilidad de bendecir ese despropósito, deslumbrada por el poderío de su promotor y por la promesa de crear no sé cuántos miles de puestos de trabajo. Tras las elecciones de mayo del 2015, con buen criterio, el equipo de Manuela Carmena se negó en redondo y pidió alternativas que Jianli, ofuscado, nunca llegó a concretar.

Antes bien, sin demasiadas contemplaciones, Wanda puso en venta el edificio y no le resultó fácil encontrar comprador, hasta que llegó el Grupo Baraka, de Trinitario Casanova, dispuesto a aprovechar la situación. Para entonces, Jianli no había perdido su interés por España (a finales de 2016 se convirtió en el principal accionista del Atlético de Madrid) y el especulador murciano estaba decidido a seguir ganando dinero a cualquier precio. Una determinación, por cierto, que le costó un disgusto cuando los tribunales le condenaron por manipular el valor las acciones del Banco Popular, de las que poseía un importante paquete.

Precisamente porque se trata de dos hombres que pueden aportarse mucho mutuamente, es difícil creer que el acuerdo en torno al Edificio España vaya a poner fin a sus relaciones. Más bien da la impresión de que se trata de un primer punto de encuentro y que Jianli y Casanovas están llamados a hacer otros negocios juntos, ya sean en China, en España o en cualquier parte del mundo. Al Grupo Wang le sobran recursos (factura del orden de 300.000 millones de euros anuales) y nadie pone en duda la inconmensurable ambición del murciano, que no suele pararse en escrúpulos. Trinitario Casanovas (Trino para los amigos) es un fanático del Real Madrid, así que sólo puede separarles el fútbol.

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