La escapada de la banca catalana

06 Oct 2017
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CaixaBank y Banc Sabadell nacieron en Cataluña y tienen profundas raíces en ese territorio. Ahí han estado siempre sus respectivas sedes, tanto la social como la operativa. Tienen catalanes al frente: Jordi Gual en el caso de CaixaBank y Josep Oliu en el del Sabadell. Pero hace tiempo que ambas entidades dejaron de ser locales y figuran entre lo más granado del sistema financiero español.

Al cierre del último ejercicio, CaixaBank ocupaba el tercer puesto del ranking nacional por activos totales y el Sabadell, el cuarto. Se cuentan por millones los clientes y accionistas que uno y otro suman fuera de Cataluña; sobre todo, después de haberse quedado con algunos restos nada desdeñables del naufragio de las cajas. La parte del negocio que concentran en su comunidad de origen no llega ya al 30% del total. Por lo tanto, aunque sus pies estén en Cataluña, el horizonte de CaixaBank y del Sabadell va mucho más allá.

Así las cosas, en condiciones normales, tiene una importancia relativa dónde radique su sede social.  La del Banco Santander, por ejemplo, se encuentra en Cantabria; la de Bankia, en Valencia, y la del BBVA, en Bilbao. Eso no obsta para que sean grandes corporaciones, con vocación no ya nacional sino internacional; verdaderos gigantes que sólo hacen concesiones al sentimentalismo si contribuyen a su objetivo primordial: ganar la mayor cantidad posible de dinero. A CaixaBank y al Sabadell les ocurre lo mismo. Y con esa premisa hay que enjuiciar cada uno de sus pasos. Antes y también ahora.

Por pertenecer a un Estado miembro de la eurozona, ambos se benefician de la financiación barata procedente del Banco Central Europeo y, en el futuro, disfrutarán de la protección del Fondo de Garantía de Depósitos común. Lo primero es fundamental para aliviar el estrechamiento de los márgenes derivado de la caída de los tipos de interés. Y lo segundo constituye un reclamo fundamental para retener o captar ahorro. De aquí que la posibilidad de perder esas ventajas, como consecuencia de una eventual independencia de Cataluña, ponga en guardia a los accionistas y clientes de los dos bancos.

El dinero –ya se sabe– siempre ha sido, es y será temeroso. Y si a alguien le cabían dudas, el comportamiento de CaixaBank y del Sabadell en Bolsa hasta el miércoles habrá contribuido a despejarlas. La virulenta escalada de la tensión a partir de los sucesos del 1-O  tuvo un impacto notable en el mercado. Más de 3.000 millones de euros de valor perdieron CaixaBank y Sabadell en apenas unas horas, aunque ayer recuperaron terreno. Me consta también que se han producido inusuales retiradas de depósitos, instigadas en algunos casos desde la competencia y que a los empleados les ha costado Dios y ayuda amortiguar.

Para hacer frente a esa situación bastaba con poner tierra de por medio de forma preventiva. Como trasladar la sede social a Madrid podía ser demasiado oprobioso, el Sabadell ya ha decidido llevársela a Alicante. CaixaBank estudia fijar la suya en Palma de Mallorca, aprovechando el puente de plata que hoy pondrá taimadamente el Gobierno a las empresas que quieran salir por piernas de Cataluña. ¿Y si finalmente no hubiera declaración de independencia o –como sostienen sus promotores– la Unión Europea aceptase a la nueva república? Pues se desandaría el camino y santas pascuas. Al fin y al cabo, es consustancial al dinero ponerse en cada momento bajo el sol que más calienta.

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