Opinion · Aquí no se fía

El inquietante olor a petróleo de la recuperación

El desplome del petróleo en 2014  fue determinante para que la economía española saliera del pozo en que la habían metido la crisis financiera y las políticas de ajuste inspiradas especialmente por Alemania. Con el precio del barril por los suelos, como consecuencia del exceso de producción decidido por la OPEP para restar interés al desarrollo de las nuevas formas de extracción (fracking), sobre todo el Estados Unidos, el crecimiento cogió impulso. El empleo también empezó a recuperarse, aunque en unas condiciones deleznables, favorecidas por las catastróficas reformas laborales de 2010 y 2012, y gracias a ello Mariano Rajoy ha podido alardear desde entonces de la creación de medio millón de puestos de trabajo al año.

Por supuesto, el petróleo no fue el único estímulo exterior que recibió la economía para levantar cabeza: también contribuyeron a ello, de forma destacada, los bajos tipos de interés, que el Banco Central Europeo favoreció y que abarataron la financiación de empresas, particulares y Estados en un momento clave. Pero el comportamiento del crudo tuvo un efecto decisivo en un país tan dependiente de esta materia prima como España, cuyas importaciones de combustibles fósiles (petróleo y gas) suponen un 72,3% del consumo, casi veinte puntos más que la media de la Unión Europea (53,5%), según datos ofrecidos por el Club Español de la Energía.

El problema es que ahora se han cambiado las tornas y la escalada de los precios compromete una recuperación que cada vez más expertos consideran que siempre ha tenido los pies de barro, porque las ganancias de competitividad de las empresas se han basado casi exclusivamente en el abaratamiento de costes. Además, no hay nada en el horizonte que permita albergar la esperanza de que el barril vuelva a su senda anterior, porque las tensiones geopolíticas, llevadas al extremo por los récords de irresponsabilidad que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, bate día a día en Oriente Medio, animan más bien a temer todo lo contrario.

Su decisión de romper unilateralmente el acuerdo nuclear con Irán, pasándose por el forro los deseos del resto de los signatarios (Francia, Alemania, Rusia, China y Arabia Saudí), supondrá la retirada del mercado de un millón de barriles diarios en los próximos seis meses, que es el plazo de que disponen las empresas estadounidenses para suspender por completo sus compras de petróleo a Irán. Es verdad que otros grandes productores se han comprometido a cubrir ese volumen, pero no parece seguro que vayan a hacerlo, porque tienen también sus propios intereses. Arabia Saudí, en concreto, quiere sacar a bolsa a su petrolera estatal por la friolera de dos billones de dólares, y le convienen los precios altos que tan grave amenaza suponen para el resto del mundo. A no ser que comprenda que así puede matar la gallina de los huevos de oro.

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