La gran tarea de volver a creer en el Congreso de los Diputados

Arturo González

Hoy se constituye un nuevo Congreso de los Diputados que integra opciones políticas distintas de las habituales.

Por encima de toda otra consideración, es ineludible destacar la buenísima noticia o constancia de que no existirá un partido político que disponga de mayoría absoluta, con la posibilidad de repetir lo ocurrido en la última legislatura que condujo a la perniciosa política del Partido Popular.

La gran incógnita sobre este nuevo Parlamento reside en si será capaz de hacer una política distinta a la de las últimas legislaturas, en las que, con mayoría absoluta o no, los ciudadanos no confiaban ni se veían realmente representados. Una de las taras de la democracia española es que el Congreso de los Diputados no ha contado con tal confianza y ha sido objeto de burla y crítica durísima. El Parlamento es el soporte de la convivencia. Sin un Congreso que funcione libre y sensatamente, la vida nacional se resiente. Posiblemente los ciudadanos le han inferido cuestiones banales o ridículas, como las ausencias o las acusaciones de salarios desorbitados o privilegios inadecuados. Pero con seguridad, el Congreso no ha cumplido con lo esperable y deseable: insultos, aplausos miméticos, graves descalificaciones, incapacidad para reformar un reglamento inadecuado, licencias para actividades extrañas, y, sobre todo, plenamente sometido a la disciplina de partido. Esto lo ha convertido en una farsa en el sentimiento popular. ¿Será capaz el nuevo Congreso de ganarse el respeto de los ciudadanos? ¿Será capaz de eliminar los viejos clichés de la disputa política? Los nuevos diputados, aun con sus rastas y mochilas, tienen la obligación de intentarlo y conseguirlo.

El Congreso de los Diputados es el corazón (y cerebro) de España. Fuente de legitimidad, lejos de un circo, escuchador de las preocupaciones de los ciudadanos, árbitro de tensiones, moderador de pretensiones, enlace solucionador de todo conflicto territorial, individual o social, máximo órgano de la democracia, defensor a ultranza de la separación de poderes, en tantas ocasiones quebrantada.

Si este Congreso falla, España se hundirá, se emponzoñará, se empantanará, será, una vez más, repudiado por los españoles. Estos diputados serán los responsables de la indiferencia y el desprecio o de que, efectivamente, la política sea lo que les y nos dignifica como nación, los responsables de convencernos de que la política es un producto de primera necesidad. Yo confío en ellos. No son mis jefes, no son mis siervos, son mis representantes. Solo les pido que sean decentes y se ocupen de los necesitados. Y si no, los echo.

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Gota de las COSAS QUE NO CONSIGO IMAGINAR:
1. La independencia de Catalunya.
2. La Infanta entrando en la cárcel. Condenada, pero sin entrar en prisión.
3. Que Urdangarin no entre en la cárcel.
4. El consenso necesario para reformar la Constitución. Condenados, pues, a esta Constitución.
5. Que transcurra un año sin ningún caso de corrupción.
6. La desaparición de las tradiciones más brutales.
7. Una España realmente laica.
8. Una nueva guerra civil en España.

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