Allá por el mil seiscientos y pico, Pierre de Fermat escribió: “He encontrado una demostración absolutamente maravillosa, pero el margen de esta hoja es demasiado estrecho para incluirla…”. Se refería a la solución de una ecuación que había formulado y con la que han estado obsesionados los principales matemáticos del mundo durante siglos. Parecía lo suficientemente sencilla como para que la resolviera un niño, pero no fue hasta finales del siglo XX cuando un señor llamado Andrew Wiles, después de siete años de trabajo, utilizando aplicaciones de matemáticas modernas, resolvió el dichoso teorema en presencia de ilustres científicos llenando decenas de pizarras con extrañas ecuaciones.
Como Wiles utilizó en su demostración conocimientos de los que no disponía Fermat en el siglo XVII, se ha especulado mucho sobre cuál sería aquella sencilla solución. Muchos matemáticos son escépticos y creen que la demostración de Fermat era errónea o, simplemente, no existía.
Con el PP ocurre lo mismo. Han repetido hasta la saciedad que sabían lo que había que hacer para salir de la crisis, poseían la fórmula secreta, y ahora que toca enseñarla resulta que se ha esfumado, han estado mintiendo durante todo este tiempo. La negativa a explicar su programa en una situación tan grave como la que estamos viviendo en la que se anuncian recortes, supresión de derechos y se apela al patriotismo, denota el mayor desprecio imaginable hacia la ciudadanía, y con ese desprecio tan de su clase que en la práctica significa un cheque en blanco, llegan al poder.
A un día de las elecciones, algunas cosas se van concretando. Dolores de Cospedal, de la que Rajoy el moderado tiene la mejor de las opiniones, nos cuenta que las decisiones que tomarán si gobiernan sacarán a la gente a la calle. Ejerce de nuevo ese cinismo tan característico en ella, como cuando se llamaba lideresa del partido de los trabajadores; cuando se quejaba de lo que cobran los políticos, antes de publicarse que era la que más cobraba, más que Zapatero; o cuando acusaba al Gobierno de practicar métodos nazis por utilizar detectives privados para perseguir a sus compañeros de partido, descubriéndose, más tarde, que había sido su propio partido el que los había contratado. Los que utilizaban tal método dejaron de ser nazis, por lo visto. También quiso llevar a los tribunales europeos el tema de las escuchas telefónicas en el caso Gürtel por ilegales, sin hacer el menor comentario sobre el contenido de dichas conversaciones, encubriendo, como el resto de la cúpula de su partido, esas prácticas corruptas cuya legitimación nos pasará una factura imprevisible.
Ahora ejerce de pitonisa y vaticina que la progresía, en su afán desestabilizador, se opondrá por sistema a las medidas que adopte el nuevo Gobierno. Esas protestas, por tanto, no tendrían fundamento al estar planificadas de antemano.
Mientras, la CEOE está exigiendo compromiso para que sus afiliados puedan incrementar sus privilegios a costa de la abolición de derechos que han costado decenios de lucha. Faltan dos días para que todo vuelva a funcionar como un reloj perfecto.
Los mercados celebraron con sus habituales gestos, subida de la bolsa y bajada de la prima de riesgo, el anuncio de la marcha de Berlusconi. En este caso parece que coinciden con el sentir de una gran parte de la ciudadanía europea, pero no les vimos reaccionar cuando fue elegido por los italianos. Ya entonces se sabía que compraba voluntades políticas a golpe de talón; era un maestro de la intoxicación de la información a través de los medios de comunicación que posee y, para remate, había sido condenado por sobornar jueces. Ya en el cargo cambió leyes para que prescribieran delitos por los que iba a ser juzgado. En definitivas cuentas: un convicto con muchas causas pendientes. Este currículum, que no soportaría una entrevista de trabajo para un sueldo de ochocientos euros, no le inhabilitó para ser elegido jefe del Gobierno italiano, pasó con buena nota el filtro de “los mercados”.
En estas horas bajas en las que “il cavaliere” ha perdido encanto nadie va a llorar su despedida, pero debemos aprender la lección que nos mandan “los mercados”: Quitan y ponen gobiernos a su antojo. La clase política les ha entregado el poder y ahora somos rehenes de sus conveniencias y caprichos, nuestras vidas les pertenecen. En esto consiste lo que llaman liberalismo. La ausencia de intervención del Estado en la “economía de mercado” nos convierte en mercancía, en objeto de especulación.
Si hundir el barco es rentable, se hunde, esa es la ley. Los que van dentro son una mera anécdota que no pueden pretender frenar el curso de la Historia.
Si nunca he sabido bien quiénes somos y de dónde venimos, ahora tampoco tengo claro si sabemos en qué creemos y qué pensamos o, mejor dicho, si nuestros pensamientos nos pertenecen o somos simples transmisores de corrientes de opinión. A mí, el lapsus de Rick Perry, candidato republicano a la Casa Blanca, que se quedó en blanco, y valga la coincidencia, en pleno debate televisivo, no me parece grave, me preocupo más cuando verbaliza lo que recuerda. Esa amnesia puntual circula por la red como una bola de nieve que a estas alturas ya debe ser un alud que sepultará su carrera política. Las masas perdonan la crueldad, pero no el ridículo.
Me viene a la memoria Bill Clinton, que fue presidente de aquella nación y, en pleno ejercicio de su poderío, ordenó el bombardeo de una fábrica de medicamentos en Sudán con la excusa de que allí se producían siniestras armas químicas. A pesar del bloqueo a cualquier intento de investigación por parte de la ONU, aquella acusación se demostró absolutamente falsa y causó, aparte de los que fallecieron directamente a causa de los misiles, la muerte de decenas de miles de ciudadanos sudaneses por falta de medicinas. Me viene a la memoria este acto de terrorismo porque no restó un ápice de popularidad al entonces presidente, más tarde defenestrado cuando, víctima de un complot reconocido por la becaria protagonista, se dejó practicar una felación en el llamado desde entonces “despacho oral”.
La estupidez inofensiva se paga, la masacre y el genocidio no. Extraña escala de valores, así nos luce el pelo.
Hay muchas formas de adivinar la que se viene encima. Una de ellas es limitarse a escuchar lo que dicen los que llevan las riendas. Arturo Fernández, presidente de la patronal madrileña y mano derecha de Esperanza Aguirre, adelanta las líneas maestras de la solución que traerá “el cambio”. Ve imprescindibles los recortes sociales; el copago en sanidad y dependencia; la racionalización del gasto sanitario y el transporte público, “que es muy barato”; más presencia del sector privado en lo público, y confía en que las reformas sean contundentes y lleven cambios “brutales”, aunque no gusten a los ciudadanos.
Estas soluciones culminan con una frase que es toda una declaración de principios: “El café gratis para todos va a ser imposible mantenerlo”. Los servicios a los que se refiere de forma metafórica no se regalan, los pagamos con nuestros impuestos, es elemental pero alguien debería decírselo a este guía privilegiado y altruista de nuestro destino. También podía haber evitado el “para todos”, no había necesidad de explicitar que en su mundo ideal unos “pillan” y otros no. Existen otras intenciones que tienden a una mejor redistribución de la riqueza, pero están en las antípodas de los mal llamados liberales.
Aclaradas las “brutales” consecuencias que estas soluciones tendrían sobre los ciudadanos, ha olvidado explicarnos cuál será la cuota de sacrificio de la asociación que representa, la CEOE, porque hasta ahora todos sus esfuerzos van encaminados al abuso, a sacar tajada de esta crisis con un descaro que define al capitalismo más salvaje. Muchas gracias.
El poderío que demuestra Mariano Rajoy al anunciar que no va a conceder ruedas de prensa durante la campaña electoral no tiene precedentes. Debería ser él quien reclamara la atención de los medios para explicar la conveniencia del relevo, las ventajas del “cambio”. Como los sondeos le conceden una holgada victoria decide no explicar cómo va a administrar la finca, prefiere no delatarse.
Algunos compañeros de viaje, impacientes, nos avanzan que habrá recortes y privatizaciones. Experiencia no les falta. Durante el periodo que gobernaron se quedaron con las joyas de la corona poniendo al frente de las principales empresas públicas a amigos íntimos del entonces habitante de la Moncloa para, más tarde, privatizar esas empresas, pero dejando en la presidencia a los que ejercían cuando eran públicas en un descarado caso de incautación. Telefónica, Repsol, Argentaria… Así era José María, gran amigo de sus amigos. Me lo imagino en el patio del colegio diciendo a sus compañeros: “Si algún día llego a presidente, repartiré el tesoro con vosotros”. Hombre de palabra, regaló a sus amigos nuestro patrimonio quedándose con la parte más preciada del botín, la satisfacción de llevar la felicidad a los suyos mientras nosotros, pueblo soberano, arrobados ante tamaño altruismo, asistíamos emocionados al expolio sin dejar de chuparnos el dedo. No faltan resentidos que creen que quien parte y reparte…, fulminando el romanticismo del gesto.
Vuelven aquellos tiempos de camaradería y fraternidad, y a los demás, que nos recorten.
Debido a mi trabajo en televisión me entero de lo que publican diversos medios de comunicación. He visto muchos ejemplos de las barbaridades que se dicen a diario en televisiones y periódicos de extrema derecha que han hecho de la insidia, el rencor y la manipulación su libro de estilo. Comenzó como un rumor lejano, a raíz del atentado del 11-M. Al principio se insinuaba de manera tangencial que hubo irregularidades en la investigación del atentado, y ese embrión fue creciendo hasta eclosionar en una pirotecnia de acusación general desde muchos frentes, incluido el PP, contra las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, haciéndolas cómplices de los asesinos. Sus clientes lo dieron por bueno viendo que esas acciones desgastaban al Gobierno, legitimando así la infame basura que hoy abunda en el seno del periodismo. Los responsables de los medios, excusándose en la libertad de expresión y la pluralidad, prestan su espacio a personajes que fomentan el odio, la xenofobia, el machismo, la desinformación y la mentira ante la indiferencia de las asociaciones de prensa que, salvo honrosas excepciones, parecen comulgar con esta forma de intoxicación informativa.
Muchos me dicen que no hay que darle mayor importancia, que esos personajes son freaks sin la menor credibilidad, pero no es cierto, han ocupado y ocupan puestos de máxima responsabilidad en los medios públicos allá donde gobierna la derecha y están formando una ciudadanía a su imagen y semejanza.
Un cáncer que amenaza la convivencia y la libertad.
Soy fan de Esperanza Aguirre. Su capacidad para decir sandeces por unidad de tiempo sin manifestar el menor rubor me lleva a pensar que come setas. Hace tiempo que atravesó el espejo de la cordura y se adentró en un mundo de fantasía donde la realidad se empeña en contradecirla y la Historia es un cuento escrito por facinerosos que debe ser reescrita, a ser posible por intelectuales equilibrados al servicio de la verdad, como Pío Moa.
Atacada por el “síndrome del número uno”, común entre los artistas cuando alcanzan la cima, levita por encima de la mediocridad ambiente, lo que la lleva a cuestionar la cualificación de “la fracasada Angela Merkel” o del “progre Obama” para acometer sus respectivas responsabilidades, mientras el aval de los votos le confiere libertad para decir lo primero que se le pasa por la cabeza y así consigue que las reflexiones que nos regala a diario recuerden por su profundidad las de una miss en el momento de la coronación.
No hace bien Esperanza, cuyo modelo intelectual es Aznar, en exigir cualificación a otros líderes porque, aunque ella y su mentor son dos cerebros privilegiados, destacan más por su irresistible carisma y magnetismo personal, y ese es el don que deberían explotar porque es innato, no se adquiere. Lo otro, la inteligencia, el conocimiento y la erudición están al alcance de cualquiera y, de hecho, los muestran cada vez que abren la boca.
Ahora nos anuncia: “Mariano Rajoy tendrá la ingente tarea de acometer las reformas que los socialistas no han querido hacer”. Muchas serán irreversibles.
Corren tiempos de esperanza y alegría para algunos. Para otros no tanto, pero la probabilidad de que la lista de víctimas de la banda quede cerrada para siempre y no se vea incrementada por otra muerte tan injusta, inútil y cruel como las anteriores es una buena noticia que todos, sin excepción, deberíamos celebrar y en primer lugar aquellos que siempre han pretendido capitalizar en exclusiva el dolor de las víctimas. La fe en estos tiempos es imprescindible. Algunos la tienen en cosas que me resultan más difíciles de creer, la mía es de baja intensidad, me limita a lo prosaico, a apostar por lo posible, y ahora me empuja al optimismo.
No han faltado los que han recibido la noticia con un mal disimulado disgusto, ni los que la interpretan como consecuencia de un pacto inaceptable, pero se da la paradoja de que tendrían que ser ellos los que llevaran adelante esas supuestas concesiones de rendición del Estado de derecho que Zapatero ha firmado a la banda terrorista. En este tema no podrán hacer como con la situación económica y responsabilizar al anterior Gobierno de todas sus acciones porque, en tal caso, elevarían el maldito e ilegal documento a categoría de acta notarial y, entonces sí, se situarían en el mismo plano que los terroristas, con lo que acabarían cayendo en la zanja de inmundicia donde meten constantemente a sus rivales políticos.
Disfruten del momento y cuando lleguen a la Moncloa pásense por “el Arco del Triunfo”, que está un poquito antes de llegar, todos esos documentos que Mayor Oreja conoce tan bien.
Hace unos meses aparecieron unos papeles que destapaban los planes de Cameron acerca de recortes en asuntos sociales, congelación de salarios y despidos de funcionarios en Reino Unido. Nada de esto estaba en su programa electoral, y es probable que muchos ciudadanos se lo hubieran pensado mejor si hubieran sabido que peligraba su puesto de trabajo al elegirle. El personal transige con que los políticos oculten sus planes como si fueran materia reservada.
En Catalunya ha ocurrido algo parecido. Ha aparecido un documento en el que se revelan proyectos de privatización de la sanidad pública o, como ellos lo llaman para maquillarlo, estrategias de “alianzas” y “consorcios” con otras entidades privadas para la gestión y asistencia al enfermo. Advierte el documento de la necesidad de “planificar la comunicación, adelantarse a los acontecimientos y controlar el mensaje”, maniobras de manipulación que no serían necesarias si lo que se pretende es mejorar la situación actual; en ese caso anunciarían las medidas a bombo y platillo.
Señores de CiU: los ciudadanos no somos tan listos como ustedes, pero sabemos que el capital privado sólo entra en “alianzas y consorcios” para sacar tajada, y la rentabilidad en la sanidad pasa, necesariamente, por la ruina de las familias que tienen la desgracia de padecer en su seno enfermedades graves. Sólo la unidad de la ciudadanía puede salvarnos de este expolio. En Madrid, como ahora en Catalunya, ya han empezado a corroer los cimientos de la codiciada sanidad pública, ese inconmensurable tesoro desprotegido.