Tres pintores palestinos de Gaza que fueron invitados por las autoridades francesas para participar en una exposición de sus pinturas en el Ayuntamiento de París, no podrán ir a la ciudad de las luces. El ejército israelí ha optado por no facilitarles el permiso que precisan para salir de Gaza sin darles ninguna explicación, es decir aplicando la misma norma que los militares israelíes aplican a casi la totalidad de palestinos que les solicitan permiso para salir de Gaza. Los tres artistas -Raed Aisa, Abdel Rauf Ayuri y Muhammad al-Hawayari- soñaban con viajar a París y establecer contacto con colegas franceses. El Consulado de Francia en Jerusalén ha confirmado la negativa de las autoridades israelíes, pero tampoco ha podido añadir ninguna explicación.
La noticia ha llegado paralela al intento de una flotilla de activistas internacionales de llegar a Gaza con un cargamento de ayuda humanitaria. El bloqueo de la franja de Gaza, endurecido en 2007, sigue adelante. Burócratas militares deciden en Tel Aviv qué es lo que puede entrar o salir de Gaza, e impiden la entrada de alimentos que consideran de lujo, como puede ser el café instantáneo, o la salida de personas, como pueden ser los tres pintores o numerosos estudiantes.
La comunidad internacional no se siente aludida por estas prohibiciones y por el castigo colectivo que sufren el millón y medio de personas que residen en Gaza, de los que sólo apenas unos pocos privilegiados, muy pocos, pueden salir. Esta actitud pasiva y negativa de la comunidad internacional, y especialmente de Occidente, otorga más mérito el comportamiento de los activistas de la flota que, a título particular, con independencia de la pasividad de sus gobiernos, deciden luchar contra la injusticia.
Israel and the Clash of Civilizations (Pluto Press, Londres 2008) es un libro inquietante. Su autor, el periodista británico Jonathan Cook, reside desde hace algunos años en Nazaret, una ciudad de mayoría árabe-palestina pero que está dentro de Israel, y está muy familiarizado con la política de la región. Perteneció a las plantillas del Guardian y el Observer y ahora colabora con algunos periódicos como el International Herald Tribune y Le Monde diplomatique.
El libro describe las maquinaciones de Israel y los necons de Estados Unidos, aliados de Israel, para desestabilizar Oriente Próximo. Cook prácticamente no utiliza fuentes propias, limitándose a recoger lo ya se ha publicado en libros y artículos, y lo que han dicho públicamente los artífices de la política en Estados Unidos e Israel. El texto tiene 150 páginas, es decir se trata de un libro corto, aunque es bastante denso.
El paisaje que relata no puede ser más descorazonador. Israel, dice Cook, ha llegado a la conclusión de que le interesa un Oriente Próximo inestable y en conflicto permanente, donde las disputas étnicas sean constantes, y para ello no duda en alimentar el odio y las disensiones entre los distintos grupos étnicos, como hace regularmente en Líbano o en el Kurdistán iraquí. Y además ha logrado que los Estados Unidos impulsen esta política de desestabilización.
Cook resalta que la Administración del último presidente Bush, dominada por los neocons, ha actuado en colaboración completa con Israel. Washington ya no tiene una política propia en la región sino que se deja guiar por las directrices que le marca Israel. La narración de Cook termina poco antes de la entrada de Obama en la Casa Blanca. Es evidente que Obama ha tratado de distanciarse un poco de Israel, pero las poderosas organizaciones judías de Estados Unidos ejercen una fuerte presión. En la actualidad asistimos a una lucha entre dos sectores de la Administración.
En las últimas semanas la presión del lobby judío ha sido mucho mayor. Ayer mismo los periódicos Yediot Ahronot y Maariv se congratulaban al destacar que las señales procedentes de Washington indican que el combate lo está ganando el lobby judío. El titular de portada de Maariv era una foto de Netanyahu sonriente con la palabra “He ganado (a Obama)”. De hecho, Obama ha invitado a Netanyahu a una reunión el próximo martes. La prensa hebrea dice que en el encuentro se le comunicará a Netanyahu un cambio significativo en la dirección de la política de Estados Unidos, así como una política todavía más amistosa para con el Estado judío.
El presidente Mahmud Abás ha comentado un canal de la televisión egipcia que la segunda intifada, que comenzó en otoño de 2000, ha sido “uno de los peores errores” que han cometido los palestinos, y añadió que Yaser Arafat no quería una segunda intifada pero “no pudo pararla”. Sin embargo, hasta donde sabemos existen numerosos indicios y declaraciones de Arafat que indican que aprobaba la segunda intifada. A diferencia de Arafat, Abás sí que no la quería. Precisamente por eso las relaciones entre los dos eran en aquella época muy frías y distantes.
También a diferencia de Arafat, Abás cree que los palestinos pueden conseguir sus objetivos por medios pacíficos exclusivamente. Sin necesidad de remontarse a la historia más lejana, y acudiendo a la reciente, los hechos muestran que las dos “intifadas” han jugado un papel importante en el logro de algunos objetivos palestinos, o eso al menos sostienen muchos palestinos. La primera intifada de 1987 condujo a la Conferencia de Madrid de 1991 y a las negociaciones subsiguientes, pero cuando terminó la primera intifada los israelíes se sintieron fuertes para imponer unos acuerdos de Oslo draconianos a los palestinos. La segunda intifada hizo la vida insoportable para el ejército y los colonos judíos en la franja de Gaza, y condujo a la retirada israelí. Otro ejemplo, sostienen muchos palestinos, es el de la retirada israelí del sur de Líbano en 2000, que se llevó a cabo bajo la fuerte presión de las milicias de Hizbola y un goteo constante de soldados israelíes muertos.
La teoría de Abás de que la segunda intifada fue un error tendrá ocasión de verificarse en el futuro próximo: si Israel se retira de los territorios ocupados pronto significará que Abás tiene razón, pero si no lo hace significará que está equivocado. El presidente palestino ha dicho también a la televisión egipcia que si Israel quiere, es posible lograr un acuerdo de paz en una semana. Esto parece muy razonable, aunque por lo que vemos a diario se puede deducir que Israel prefiere mantener la ocupación a retirarse.
En relación con esto último, leo en Al-Sharq al-Awsat que el senador George Mitchell considera que es vital marcar un plazo a las negociaciones, es decir imponer una fecha límite a las partes, de cara al logro de un acuerdo. Eso está muy bien, pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Además, no sería ni la primera ni la segunda vez que los Estados Unidos ponen una fecha límite que luego no sirve para nada.
Tal vez no haya en todo el mundo, y seguro que no en Oriente Próximo, un político tan sagaz y astuto como Shimon Peres, que, por cierto, es primo de Lauren Bacall. A sus 86 años, el actual presidente de Israel sigue siendo una pieza clave en la política de la región. En materia de astucia, y con los ojos cerrados, le da veinte vueltas al Ulises de Homero. Con sus dulces palabras es capaz de engatusar a un ejército, y mucho más a los políticos occidentales que ven en él a un progresista sin par. Y es que sus declaraciones siempre son excelentes, de antología. Es virtualmente imposible estar en desacuerdo con algo que él diga. Y sin embargo, no puede decirse lo mismo de lo que hace. A pesar de ello, el premio Nobel de la Paz es el político más prestigioso de Israel.
Peres vuelve a estar en el candelero, y no por lo que ha dicho, como suele ser habitual, sino por lo que ha hecho. Un profesor estadounidense, Sasha Polakow-Suransky, publica esta semana un libro sobre las relaciones entre Israel y la Sudáfrica del apartheid, The Unspoken Alliance: Israel’s Secret Relationship with Apartheid South Africa. Documentos oficiales de Sudáfrica que se acaban de desclasificar revelan que Peres ofreció ojivas nucleares a Pretoria a mediados de los setenta, cuando era ministro de Defensa.
El diario Haaretz recuerda que es el mismo Peres que no hace mucho dijo que el juez sudafricano Richard Goldstone, que confeccionó un informe sobre la invasión israelí de Gaza del año pasado, es “un hombre pequeño y sin ningún sentido de la justicia”. El mismo Peres que en 1974, tras una visita oficial a Sudáfrica, escribió al gobierno sudafricano que la colaboración entre los dos países “no se basa sólo en los intereses comunes y en la determinación a resistir igualmente a nuestros enemigos, sino también en los firmes cimientos de nuestro odio común hacia la injusticia y el rechazo a someternos a ella”.
Haaretz recuerda que en 1986, cuando era primer ministro, Peres visitó otro país africano bien distinto, Camerún, y dijo “Un judío que acepta el racismo deja de ser judío”. Por esas mismas fechas, recuerda el diario de Tel Aviv, Israel firmó varios acuerdos de defensa muy lucrativos con el gobierno de Pretoria. Y es que con Shimon Peres se ha de diferenciar con gran claridad entre lo que dice y lo que hace, una distinción que ha caracterizado su prolongada carrera política.
Yaakov Litzman es un político ultraortodo israelí que actualmente es viceministro de Sanidad. En el diario Maariv viene un roportaje acerca de él. Litzman dice cosas como las siguientes: “Me parece que estoy viviendo en la Diáspora y no en Israel”. “(A los ultraortodoxos) No nos quieren aquí”. “En Israel se publican datos con la única intención de que aumente el odio contra nosotros”. “Nos persiguen (los israelíes) como los gentiles persiguieron a los judíos”.
Litzman es bastante conocido en Israel y en los últimos días ha estado en primera página de los periódicos a causa de la crisis que se ha desatado en un hospital de la ciudad de Ashkelón porque las autoridades han retirado decenas de esqueletos de un antiguo cementerio muy cercano al hospital. Según la ley judía no se pueden desplazar los cadáveres ya enterrados. El gobierno israelí, sin embargo, sostenía que se trataba de un cementerio bizantino, es decir que los muertos eran probablemente paganos o cristianos. Al final, y a pesar de las protestas, los esqueletos se han retirado para construir sobre el lugar una unidad de emergencias y quirófanos. Los ultraortodoxos han denunciado los planes diciendo que la unidad de emergencias se podría construir en otro lugar, aunque estuviera un poquito más lejos, pero el gobierno no ha cedido.
Estas son las comparaciones que Litzman hace con respecto a otros grandes hospitales israelíes: “En el hospital de Tel ha-Shomer hay una gran distancia entre la sala de emergencias y el departamento de pediatría. En el hospital Beilinson la distancia entre la sala de emergencias y los quirófanos es de 300 metros de pasillos, por lo menos. Sin embargo, ahora resulta que en el hospital de Ashkelón la misma distancia es muy peligrosa y no se puede hacer lo mismo”.
Los ultraortodoxos judíos dicen con frecuencia que se sienten perseguidos por los judíos seculares, aunque a menudo éstos consideran que aquéllos se aprovechan del Estado y son unos parásitos. Al fin y al cabo los ultraortodoxos pagan menos impuestos y reciben los mismos servicios, si no más, que los seculares. Un veinte por ciento de la población de Israel es ultraortodoxa. Muchos de ellos ni siquiera trabajan ya que dedican todo el tiempo al estudio de los libros sagrados. Las vidas de los ultraortodoxos y los seculares apenas se cruzan, y cuando lo hacen entran en conflicto.
El ‘espía atómico’ Mordejai Vanunu, de 56 años, ingresó el domingo en prisión israelí para cumplir una condena de tres meses. Nacido en Marruecos, Vanunu trabajó durante varios años en el reactor nuclear de Dimona, al sur de Israel. Tras abandonar la fe mosaica y convertirse al cristianismo, reveló a un diario británico algunos secretos de la central de Dimona. En un proceso que se prolongó durante algún tiempo, el ‘espía atómico’ se convirtió en un pacifista convencido y dispuesto a denunciar las armas atómicas que Israel había fabricado y almacenado en Dimona, y que la comunidad internacional autorizó tácitamente. Poco después, el Mosad lo capturó en Italia, lo envió de vuelta a Israel en un contenedor de un barco carguero y fue condenado a 18 años de prisión. Cumplió la pena, la mayor parte de ella confinado en solitario, y en 2004 se le puso en libertad.
En realidad Vanunu nunca ha sido libre. Israel no le permite salir del país ni entrar en contacto con extranjeros. Precisamente por no haber respetado estas órdenes de los tribunales israelíes, el domingo volvió a prisión. Pero él insiste que lo que Israel no consiguió cuando lo confinó en solitario en prisión tampoco lo conseguirá ahora. Vanunu se ha convertido en la voz de la conciencia de muchos pacifistas de todo el mundo.
Me crucé con Vanunu por última vez hace algunos meses en la calle Saladino de Jerusalén oriental. Nos saludamos y le pregunté si quería reunirse conmigo para hablar de sus condiciones de vida. Me contestó que sólo se reuniría si le pagaba 1.000 dólares, pues necesitaba el dinero para vivir. A pesar de todo lo que ha sufrido, tenía un buen aspecto y su charla era lúcida, pero a menudo traslucía su resentimiento contra Israel y el judaísmo. Según Vanunu, Israel no lo está castigando por los secretos que reveló en los ochenta, o los que pueda revelar en el futuro (él dice que ya ha dicho todo lo que sabe), sino que no se le perdona que se haya dejado el judaísmo y se haya convertido al cristianismo. Hasta su familia ha dejado de hablarle por este motivo.
La historia de los manuscritos de Kafka surge y resurge continuamente, y huele bastante mal. Sabemos que sus escritos originales se los legó a su amigo Max Broder justo antes de su muerte con instrucciones precisas para que los quemara. Brod no le hizo caso y cuando emigró a Palestina en 1939 se los llevó consigo. Ahora están en poder de dos hermanas ancianas, hijas de la difunta secretaria y amante de Brod, a la espera de ver qué deciden los tribunales de Tel Aviv.
La Biblioteca Nacional de Israel quiere quedarse con ellos. Las ancianas hermanas Hoffe también, más que nada porque pueden sacar beneficios millonarios con su venta en el extranjero. Ahora se sabe que Eva Hoffe ha denunciado que recientemente han entrado los ladrones en su casa tres veces y se han llevado una parte de los manuscritos que ella guardaba. La Biblioteca Nacional está que se sube por las paredes y ha pedido una intervención rápida de la policía y de los jueces para salvar lo que queda del legado.
La familia Hoffe ya ha vendido en el pasado algunos de los manuscritos más famosos, como el de El Proceso, que vendió en su momento por un millón de dólares. Hay instituciones en Estados Unidos y Alemania que están muy interesadas en los originales. Las hermanas quieren que los millones se queden en la familia y argumentan que los manuscritos les pertenecen porque Max Brod se los legó a su madre. La Biblioteca Nacional, sin embargo, no arroja la toalla. Asegura que como Kafka era judío, sus textos deben quedarse en los anaqueles de la institución, y que Brod expresó en vida, antes de morir en 1968, su intención de donárselos a la Biblioteca Nacional.
Afortunadamente, la voluntad de Kafka, quemarlos, no se considera como una opción.
Informan las agencias de noticias que casi cuarenta congresistas judíos se reunieron en la noche del martes, durante una hora, con el presidente Barack Obama en Washington y le pidieron que trate con más cariño a Israel. Desde que Obama se convirtió en un candidato con posibilidades, durante la última campaña electoral norteamericana, la presión de los grupos judíos no ha cesado. Con una razón u otra, de esta o de aquella manera, el lobby ha tratado sin descanso de influir en la voluntad del presidente. “Es algo normal en los Estados Unidos”, dicen quienes están conformes con esta manera de actuar. Y probablemente tienen razón. Sin embargo, también es cierto que durante las últimas décadas los grupos de presión judíos en Washington han hecho lo que han querido y el conflicto israelo palestino no se ha resuelto. Tal vez ha llegado la hora de prescindir de esa presión para que haya más posibilidades de resolverlo.
Este tipo de reuniones suelen ser muy discretas y a menudo ni tan siquiera se informa de ellas. En esta ocasión, un congresista judío que participó en el encuentro con Obama, dijo a su término que el presidente tiene que “vocalizar su apoyo a Israel mucho más de lo que ha hecho hasta ahora”. “Sencillamente tiene que hacerlo”, insistió el congresista.
Algunos foros de opinión estadounidenses han abierto recientemente un debate acerca de los grupos de presión o lobbies. Creen que ejercen demasiada influencia sobre la administración y que sus injerencias generalmente van en contra del interés general. Se trata de un debate sano que cuestiona una costumbre muy arraigada en aquel inmenso país que además domina el escenario internacional. El lobby judío, además, está en sintonía con el sector más montaraz de la clase política israelí, es decir con las falanges del Likud. Recientemente se ha creado un nuevo lobby judío en Estados Unidos, el JStreet, que es más moderado pero no que goza de tanta influencia como el lobby tradicional, el AIPAC.
El diario Haaretz se extiende acerca de las obras que se llevan a cabo en el cementerio musulmán de Mamila, en el centro de Jerusalén occidental, a quinientos metros de la muralla. Israel ha decidido levantar sobre el cementerio un nuevo museo, el Museo de la Tolerancia, aunque precisamente Jerusalén se caracteriza por una ausencia de sensibilidad hacia la tolerancia.
El proyecto ha sido apadrinado por una organización controvertida con sede en Los Ángeles, el Simon Wiesenthal Center, pero como sea que este grupo judío tiene buena prensa en los Estados Unidos, Israel ha decidido que es el apropiado para gestionar el museo.
Los palestinos llevan años protestando contra el plan del musero pero las autoridades israelíes no se han conmovido. Quien se acerque al lugar puede ver una valla de seis metros de altura que rodea completamente el enclave y lo oculta del exterior, y que está vigilada por guardias de seguridad privados. No se puede observar nada del interior, pero el citado diario explica que durante los últimos meses el cementerio se ha estado limpiando. Se han sacado los esqueletos de un gran número de difuntos musulmanes, y se ha hecho con la mayor discreción posible para evitar protestas de los palestinos. Una discreción llevada al extremo ya que en la ciudad nadie se ha enterado de los trabajos en marcha.
Del cementerio de Mamila, que llegó a ocupar una gran superficie, sólo quedará un pequeño retazo. Según la tradición musulmana, aquí están enterrados personajes históricos muy significativos, incluidos compañeros del profeta Mahoma y soldados del ejército de Saladino. Los musulmanes han intentado frenar las obras sin éxito, pero las autoridades israelíes sostienen que la creación del Museo es imprescindible para el desarrollo urbano de Jerusalén. Con un pretexto u otro, a plena luz del día o con nocturnidad, el expolio continúa.
El jefe de personal de la Casa Blanca no sabe qué hacer. Hace algunos meses manifestó su intención de viajar a Jerusalén para celebrar el bar mitzvá de su hijo, que es una ceremonia religiosa judía más o menos equivalente a la primera comunión. Quería celebrarlo con toda la familia en el Muro de las Lamentaciones pero cuando faltan sólo unos días para el acto, nadie sabe si Emanuel y su hijo vendrán a Jerusalén y se acercarán al Muro. Elementos de la extrema derecha nacionalista y religiosa han expresado su intención de reventar la ceremonia.
No es que Emanuel sea un izquierdoso de cuidado. Al contrario, se educó en una casa de profundos valores sionistas y de la extrema derecha. Su padre militó en el Irgún, una organización que las autoridades británicas del Mandato consideraban “terrorista” y que causó muchos muertos civiles antes de la creación del Estado judío en 1948. El propio Emanuel, nacido en Chicago, se alistó en el ejército israelí como voluntario civil durante una de las guerras de la región.
Un funcionario del Rabinato en el Muro de las Lamentaciones ha dicho que Emanuel proablemente no vendrá ya que su familia ha interrumpido el contacto con el Rabinato para preparar la ceremonia. Lo más probable, por lo tanto, es que el bar mitzvá tenga lugar en otro lugar de Israel, tal vez en un lugar privado y no público como el Muro, que además se encuentra en los territorios ocupados. De todas formas, el funcionario del Rabinato no descarta que Emanuel se presente en el Muro por sorpresa, sin coordinar su decisión con el Rabinato.
Todo el lío puede estar relacionado con una carta que recientemente se recibió en el Rabinato. La firman dos conocidos extremistas de la derecha nacionalista y religiosa, Baruch Marzel e Itamar ben Guevir. La misiva revela la intención de los firmantes de “reventar la alegría” de los Emanuel y de recibirlo “no con flores y caramelos” sino con gritos de rechazo.