Quince años de soledad

Quince años han transcurrido desde el asesinato de Yitzhak Rabin y desde entonces el magnicida, Yigal Amir, ha permanecido aislado, en confinamiento solitario, sin contacto alguno con otros presos, en su celda. Condenado a cadena perpetua, Amir parece estar condenado también a permanecer aislado durante todo el tiempo que dure la condena.

El Estado le hace la vida imposible en todo lo que puede. Ha dificultado al extremo sus relaciones con su esposa, Larissa Trimbobler, que para muchos israelíes es otra visionaria, y ha logrado que su aislamiento sea completo durante esos quince años. El semblante que ofrece cuando acude al juzgado rebela un sufrimiento extremo, aunque Amir no se ha arrepentido de nada. Los servicios secretos para el interior y los territorios ocupados, el Shin Bet, insisten ante los jueces que Amir todavía es peligroso y por eso recomiendan que no se introduzca a ningún otro preso en la misma celda. Argumenta el Shin Bet que Amir podría convencer a otros presos a su causa y también que alguien podría querer asesinarlo.

Pero esta semana la oficina del Fiscal del Estado, por primera vez en quince años, ha dicho que no se opone a que la dirección de prisiones meta a otro preso en su celda. Quien se opone ahora, junto con el Shin Bet, aunque por distintos motivos, es el propio magnicida. Amir no quiere compartir su celda con otro preso; exige que lo trasladen a las dependencias carcelarias generales, donde pueda hacer la vida de un preso más y mantener contacto con todos los demás reclusos.

Amir también alega que durante estos quince años no se le ha permitido rezar en grupo, como lo requiere el judaísmo, ni acudir a la sinagoga de la prisión, a pesar de que él es una persona muy religiosa y así lo reconoce el Estado.

El Tribunal Supremo está estudiando las alegaciones y pronto decidirá si debe seguir confinado en solitario.