Si antiguamente se decía que “la letra con sangre entra”, ahora parece que son los números los que entran con sangre. En el sistema sanitario, el cero, el número del déficit, debe conseguirse como sea, reduciendo el número de pacientes, de camas o incluso de enfermedades. En educación las cifras para la enseñanza pública menguan paulatinamente. Con la reforma laboral todo son cálculos a favor del beneficio del “mercado”, sin otra consideración. Esta obsesión por medir, por tasar, deja al margen el factor humano, reduciendo la sociedad a una cantidad medible, a un cúmulo de cifras. Bienestar, seguridad, educación, solidaridad parecen ya lejanos conceptos abstractos de otra época.
Los actos del pasado domingo se valoraron por el número de manifestantes más que por la diversidad de personas que coincidieron en la reivindicación: las que tienen trabajo y temen perderlo, las que se dedican a una actividad precaria, las que están en paro. Se vieron cifras, no seres humanos. Un tuit que circuló después de la marcha decía: “Público: “Más de 500.000″, El País: “Cientos de miles”, El Mundo: “Decenas de miles”, ABC: “Miles”, La Gaceta: “181.000 euros.”
Con esa mirada se ha convertido la democracia en una versión bursátil de la voluntad soberana y a los ciudadanos en meros consumidores. Cuando Guindos no contesta al diputado de IU en el Congreso, lo hace como si el número de escaños que lo avala justificara su actuación, en un gesto sangrante de desprecio democrático. Es su medida de las cosas.
Cortázar escribió un cuento, “La autopista del sur”, en el cual un descomunal atasco obliga a los ocupantes de los vehículos a gestionar el parón, físico y existencial. Nuestra vida se parece cada vez más a esa autopista; estamos atrapados en algo que desquicia los nervios y parece a priori imposible de resolver. Hace unos días un periódico nacional, sobre la foto de tres grandes banqueros, anunciaba: “solo sobrevivirán los más fuertes”. En otra sección informaba que a los españoles que han emigrado a Noruega para evitar la indigencia se les llama “los refugiados del euro”.
La verdad es que ante esta perspectiva dan ganas de meterse en un búnker bajo tierra. Y de alguna manera esto es lo que ocurre, me parece, en el mejor sentido posible. Cuando las cosas se ponen tan feas ahí arriba, en el discurso oficial, en el establishment, algo empieza a moverse con más fuerza en el subsuelo. Últimamente los lazos se van haciendo más fuertes ahí abajo y la red más tupida: centros autogestionados, proyectos de cooperación, publicaciones alternativas, movilizaciones, organizaciones y colectivos que suman, y que quizás acaben construyendo algo sólido que terminará emergiendo.
Cortázar escribió otro cuento menos conocido: “Texto en una libreta”. En él, una sociedad secreta se mueve en la red de metro de manera paralela a la calle. Las dos narraciones, la de la autopista y la del metro, parecen el relato de nuestros días: contra el parón de ideas que asola la superficie, ahí están las sacudidas del underground.
Hace unos días apareció en el New York Times una crónica sobre la vida de los trabajadores en una fábrica china de Apple. Los esclavos, perdón, los empleados estaban disponibles las 24 horas del día ya que sus dormitorios habían sido construidos dentro de las mismas instalaciones de la fábrica. Ante una urgencia, eran levantados a medianoche, se les daba una taza de té y comenzaban un turno imprevisto de 12 horas. Esto funciona aquí, en Europa, la del estado de bienestar, como amenaza. La disyuntiva que se plantea es: o aceptas perder derechos o te quedas en la calle.
Frente a esta situación uno se pregunta qué es el trabajo hoy en día o qué esperamos que sea. Las dudas son muchas: qué pasa con las actividades –que son trabajo- no remuneradas, ¿qué ocurriría si lo fueran? ¿Es posible, dentro de este sistema, el pleno empleo? Porque de darse, los trabajadores decidirían salario y condiciones. Por otro lado, la economía productiva es 16 veces menor que la financiera, ¿ya no pinta nada entonces? Todas las cuestiones son pertinentes porque no se trata de hacer funcionar a toda costa este modelo económico, sino de pensar qué modelo de sociedad queremos.
La semana pasada, el primer ministro italiano Mario Monti animaba a la movilidad, al té inesperado a medianoche, afirmando que tener un puesto fijo era algo monótono. Quizás al señor Monti le resulte excitante el riesgo de quedarse en la calle, o considere desagradable una vida en la que se tenga asegurado un mínimo confort. Pero me temo que el 99% preferimos buscar la emoción en otra parte.
Un amigo me cuenta que su hija practica parkour. Una vez más (rogando que no la cierren), entro en la Wikipedia. Así me entero de que el parkour puede ser considerado un deporte, un arte, una filosofía, y que consiste en hacer un recorrido, lograr un desplazamiento rápido superando los obstáculos que se crucen en tu camino (escalones, muros, desniveles), adaptándote a lo que te encuentres. Un buen traceur (aquel que hace parkour), dice también la Wiki, “nunca molesta a la gente o al entorno, nunca pone en peligro su propia vida y nunca compite con otras personas”.
Saltar y superar obstáculos es hoy un deporte que ya nos valdría empezar a practicar a todos, porque obstáculos no faltan, y además son de los que pueden poner en riesgo la vida. Por ejemplo, el dinero que recauden con los impuestos en Grecia ya no irá a la gente (sanidad, educación, etc.) sino que se usará para pagar la deuda. La obsesión con el déficit cero es un muro difícil de saltar. Aquí en nuestro país, la muralla de los más de cinco millones de parados no podrá saltarla, a este paso, una generación.
Christine Lagarde, directora gerente del FMI, dijo el otro día que “reducir deudas es un maratón, no un sprint”. Quizás Lagarde intenta actuar como los más veteranos del parkour, que se ofrecen como voluntarios para iniciar a los más nuevos. En mi entorno madrileño, el término “voluntario” apareció en boca de Ana Botella como uno más de sus despropósitos. En lugar de saltar el muro que nos ponen delante, se nos pide que le demos una mano de pintura. Y encima gratis.
La semana pasada, viendo en la Fundación Juan March la exposición “Una vanguardia para el proletariado”, me llamó la atención el cuadro de Deineka “Las desempleadas de Berlín”. En él aparecen tres mujeres, cada una absorta en sus preocupaciones, sentadas en un banco, detenidas. Parte de sus cuerpos se confunde con el color ocre del fondo del lienzo, como si estuvieran en proceso de desaparecer, de deshacerse en girones.
Dio la casualidad que ese mismo día me encontré en el buzón de casa una tarjeta publicitaria de una firma de joyas exclusiva: Allí también aparecían tres mujeres, cada una feliz en su despreocupación, caminando con paso firme por una avenida. Iban cubiertas de joyas, lo que les daba una consistencia rotunda, una presencia metálica que se imponía al fondo, borroso. La relación entre ambas imágenes no fue solo fácil, fue irritante.
El innegable aumento de las desigualdades sociales es un problema no solo económico sino ético. Lo que se nos pone delante de los ojos no son esos millones de parados, que parecen ir diluyéndose en su no-ser-vistos. Al contrario, el foco de atención es el mundo inalcanzable del súper lujo. Cada vez más lejos unos de otros.
El nombre de la firma de joyas aludía al término “aristocracia”. En su publicidad incluso se refería a las “aristogirls” y a su “aristoworld”. Me dio la risa acordándome de la película animada Los Aristogatos, en ella los dos mundos extremos, el de los gatos callejeros y el de los nobles, se acercaban –jazz y amor de por medio-. Hasta Disney parece ya de izquierdas.
(Los Aristogatos, “Todos quieren ser un gato jazz”)
Ante la visión en el Hola (sí, era uno de esos domingos raros) del propietario del imperio Virgin, Richard Branson, un amigo comentó: “éste iba para hippy y se quedó en millonario”. Después de reírnos un buen rato, me animé a leer el periódico, y al echar un vistazo al estado de la crisis, apliqué ese mismo diagnóstico a la situación política: “el Estado del bienestar iba para logro social y se quedó en negocio”, me dije. Ya no resultaba tan gracioso.
El sistema capitalista es así, engulle, asimila todo lo que pueda exprimir para sacar un dinero que se concentra, lógicamente, cada vez en menos manos. Quien más dinero posee en el Monopoly más posibilidad tiene de amasar más, es la propia ley del juego. Esperar otra cosa del capitalismo sería como esperar que los peones en el tablero de ajedrez formen alianzas para no ser sacrificados o intercambiados en el avance. O se cambian las reglas o su destino natural en la apertura es ese.
De las pocas propuestas que se han contemplado para modificar mínimamente nuestro sistema, la más recurrente es la tasa Tobin. Pero esta tasa a las transacciones financieras ha terminado resultando ya algo fantasmagórico –todo el mundo parece de acuerdo en verla pero no se materializa nunca-.
El magnate que iba para hippy ahora es pionero en el negocio de los viajes espaciales para multimillonarios. Hace unos días el científico Stephen Hawking predecía que en poco más de 100 años más nos valdría empezar a salir pitando del planeta tierra. Quizás la tasa Tobin al fin se haga presente en las transacciones interplanetarias.
Hace un par de meses la marca de ropa Abercrombie & Fitch abrió tienda en un espléndido palacete de Madrid. Dirigida al público adolescente con cierto poder adquisitivo, la firma pone en marcha toda una parafernalia para captar compradores: los dependientes son jóvenes y guapísimos; la atmósfera interior se crea a partir de luces indirectas y música a todo volumen; en la fachada no hay nada que identifique el establecimiento como tienda más allá de una discreta placa. Una fila de gente haciendo cola para entrar es el único reclamo externo del negocio. La idea que transmite todo ello es la de la exclusividad de un club clandestino.
Resulta paradójico que se busque la exclusividad en un acto, realmente, tan pasivo como masificado: la compra de la marca de moda. A estas alturas, lo realmente “exclusivo” sería llevar un fanzine bajo el brazo, el libro de algún clásico, o gastarse poco más de un euro en un periódico alternativo (#porquePúblicohacefalta). Los gustos condicionados responden a una actitud zombi y acrítica.
El consumo pasivo, frente al ocio creativo, parece ser el signo de nuestro tiempo. Lo que ofrece esa tienda y las colas para entrar en ella es el reflejo de la sociedad: esperar a que nos enseñen lo que nos va a gustar las próximas semanas. No soy marciana, yo también aprovecharé para comprar algo en las rebajas. Pero una cosa es ir de compras y otra participar de ese happening ideado por otros, en nombre nada menos que de la exclusividad.
En Galicia han “disfrazado” un comedor social de restaurante para que los padres sin recursos puedan decirles a sus hijos que van a comer fuera. Los voluntarios ofrecen el menú a modo de camareros y los platos se sirven con toda la puesta en escena de un negocio de comidas. Ante esta iniciativa, hay una primera reacción, sin duda entrañable (y hoy es noche de Reyes). Sin embargo, ese engaño, más que dulcificar la tragedia, la niega de plano, y cuando uno niega la realidad pierde toda capacidad de reacción ante los hechos. Se desactiva todo el potencial crítico de esos niños.
La indignación de los adultos también se intenta desactivar al afirmar que el mercado es una democracia y al llamarles ciudadanos cuando en realidad son solo consumidores. Y así, por otra parte, puede que esta sea la razón por la que un comedor social se camufle de restaurante: para que los niños no pierdan la ilusión del consumo. Para que sus padres no pierdan la ilusión en un trabajo que quizás ya no tengan o estén a punto de perder, el ministerio del ramo ha sido modificado con el nombre de Ministerio de Empleo, cuando en realidad debería llamarse de Servidumbre, que es en lo que va camino de convertirse el trabajo.
Por último, ¿comer fuera con tanta frecuencia? Esos niños no solo creerán que sus padres no son pobres sino que son ricos. ¿Y cuando a causa de los recortes cierren los comedores sociales? Tal vez su pregunta sea: Mamá, ¿ya no pertenecemos al 1%?
Miro en youtube la grabación del tema clásico del jazz The lady is a tramp a cargo de Tony Bennett y Lady Gaga. El gran crooner neoyorquino muestra toda su elegancia riéndose en el momento justo mientras Lady Gaga juega con desparpajo moviendo el mechón de pelo teñido de azul. Son dos discursos diferentes, el de la gran figura del jazz y el de la diva pop, pero juntos producen un efecto fantástico. Eso es armonía. Cómo se entremezcla el gesto medido de él con el descaro de ella, en un equilibrio en el que ambos funcionan como un todo. Pasado y futuro.
Esto es música. El terreno de la política, obviamente, es otra cosa. Se echa de menos en el día a día social ese juego entre generaciones, y entre géneros, que ofrece a veces el arte. Ahora, realmente, vivimos una especie de presente insoportable. Sin futuro a la vista, pero también sin referencias al pasado, como si todo esto de la crisis hubiera surgido de la nada. “Estamos en recesión”, “reducir el déficit”, “necesarios los recortes” son los tres golpes de tambor que resuenan en el vacío. Se baila en una especie de limbo al son que marcan los mercados. Ni se mira hacia el origen de la crisis ni se proyecta un modelo de sociedad futura. Tampoco se mira a los lados en busca de otras ideas ni de otros enfoques. Es un baile en torno a una obsesión: austeridad, austeridad, austeridad. El único dueto sobre el escenario es el formado por Merkel y Sarkozy, reuniéndose ellos solos como si fueran la última pareja en la tierra. O llámalo Monti y de Guindos. El discurso es monocorde y antipático.
(El vídeo de Tony Bennett y Lady Gaga puede verse aquí.)
El lunes, antes de que comenzara la sesión de investidura de Rajoy, escuché a un grupo de tertulianos que volvía a quejarse del despilfarro, del desmadre, del “viva la pepa” que habíamos vivido en este país y que nos había conducido a la crisis. Me quedé con la galleta maría de marca blanca a medio camino desde el café a la boca. Realmente, yo me he debido perder algo. Hace unos años, a mi alrededor nadie encendía puros con billetes de 100. Los sueldos eran más bien bajos y los trabajos inestables, si es que tenías la suerte de tener uno. También podías darte con un canto en los dientes si encontrabas un piso más o menos decente que pudieras pagar, porque el precio de la vivienda estaba por las nubes. Querer vivir con comodidad no ha sido nunca un exceso ni un lujo. Pero en fin, era una tertulia. Sin embargo, cuando comenzó la investidura, cuando Rajoy entró por fin en escena y arrancó “el cambio”, el discurso continuaba allí: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, dijo, dándose golpes de contrición y clamando austeridad.
Por encima de sus posibilidades vivirían los que recibieron bolsos de lujo, trajes a medida, sueldos escandalosos y aeropuertos sin aviones; los que se dedicaban a la ingeniería fiscal o a negocios especulativos. El resto de los mortales vivimos como pudimos. El protagonista del año 2011 elegido por la revista Time es el indignado, la persona que miró “la fiesta” desde afuera y ahora protesta en la calle; ese ciudadano anónimo que, de alguna manera, al fin entró en el congreso cuando habló Cayo Lara.