“Los gays ya no son guays”
Libérrima traducción de algunas pancartas que han salido a las calles de California estos días, después de que el martes ganara el voto a favor de la Proposición 8 que ilegaliza el matrimonio homosexual: “No more Mr. Nice Gay”.
Se acabó lo que se daba; las manifestaciones festivas, los coloristas días del orgullo, la mierda esa de la sensibilidad especial, la ternura y el ansia por agradar. Las maricas y lesbianas californianas están que trinan después de que sus paisanos hayan ido a las urnas para negarles un derecho civil: el matrimonio.
Lo mismo que intentaron aquí hace unos años los sectores más reaccionarios con marchas a favor de su familia –que es la que importa, exporta y a veces hasta trafica– en olor de santidades, laca a granel y naftalina. Lo mismo que a la reina Sofía y a Pilar Urbano, mano a mano, cardado a cardado, les gustaría que dictaminase el Tribunal Constitucional.
Los gays californianos están cabreados, y con razón; por eso han dejado de ser tan majos y se lanzan a las calles a pegar gritos, a pedir explicaciones sobre el concepto de igualdad de sus vecinos y su idea exacta del Yes, we can.
Welcome to the Hotel California. Mientras nosotros, en nuestra pensión, agachamos las orejas porque la reina dijo que lo suyo fue un error de interpretación y volvemos a integrarnos, normalizarnos y hasta neoliberalizarnos (algunos) para no molestar, que es lo que tendríamos que hacer.





El año pasado, Christian Lacroix se encargó del diseño de unas ediciones limitadas de agua embotellada Evian en versión alta costura y prêt-à-porter.
Para esta navidad, el encargado de vestir la liquidez inodora, incolora e insípida de la marca francesa será Jean Paul Gaultier.
Los modistos Viktor & Rolf acaban de llevarse un premio al mejor embalaje por su diseño para el champán Rosé Sauvage, y el diseñador británico Alexander McQueen ha sido el último en hacer lo propio con una lujosa edición para coleccionistas de un Chivas de 18 años a 450 euros la botella.
Los diseñadores de moda no parecen ser conscientes de cómo esta nueva tendencia les desnuda y deja al aire su valor, les condena a dejar de ser inalcanzables para la mayoría y se arriesgan a abandonar el estrato de lo imposible para pasar a ser no deseables. Simplemente.

Creo que me he pasado toda la vida admirando a Richard Blackwell, por diferentes motivos. En primer lugar, por haber sido el modisto de Jane Mansfield y Jane Russell en sus respectivas épocas de esplendor estelar y carnal, por haber contribuido con sus trajes imposibles a construir la personalidad de dos ejemplos del Hollywood dorado menos mojigato y más transgresor. Aunque de esa faceta de Mr. Blackwell me enteré cuando ya llevaba algunos años fascinado por sus listas anuales de las estrellas internacionales peor vestidas. Unas osadas nóminas que, año tras año, arremetían contra las mismas mamarrachas que las revistas de moda habían convertido en iconos de portada, en musas de ETT impuestas por sus anunciantes.