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El gran éxito de Britney

26 dic 2007
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El fenómeno Spears debería hacer reflexionar seriamente a esos grupos de botarates integristas que defienden la virginidad como un valor fundamental en la vida juvenil.

El ejemplo Britney –que proclamó su virginidad casi hasta que se quedó embarazada de su segundo hijo– es un claro ejemplo de lo que pasa cuando el coito se sublima y se pospone: que un día, cuando descubres todo el tiempo que perdiste esperando a que llegara ese momento especial (que luego no fue para tanto), irremediablemente te vuelves loca; te lo metes todo, te bebes el agua de los floreros, sales a la calle sin bragas, aprietas a fondo el acelerador y que ahí te las den todas, a vivir que son dos días y qué le vamos a hacer.

El caso Britney demuestra, claramente, que hay un momento sublime en la vida en el que uno descubre sus posibilidades, a veces a lo bestia. Que, afortunadamente, es posible saltar del Club Disney a la Factory de Warhol. Que lo importante es tener claro que la mayoría de la gente es muy bruta y no va a entender nada: va a llamarla gorda, borracha, mala madre, drogadicta, fracasada y tía guarra. Porque ellos piensan que lo que ella fue antes era lo que ellos anhelan como éxito, y no que el auténtico triunfo es ese momento en el que uno deja de querer contentar a todo el mundo y decide pasárselo bien. Y, además, qué coño, tampoco es que Britney haya dejado una carrera de neurocirujana para dedicarse a vivir la vida loca. Qué coño; que ella solo hace cancioncillas pop.