La revista People acaba de publicar su lista de los “Hombres vivos más sexies”, semanas después de que la revista masculina Maxim lanzara su propio ranking de las mujeres menos deseables, liderada precisamente por la protagonista de Sexo en Nueva York –Sarah Jessica Parker– en lo que parece una paradoja que en realidad es una muestra perfecta de la relación antagónica de lo sexy con el sexo.
Lo sexy no es sexual. Lo sexy es aburrido, estereotipado, envasado al vacío, inodoro e insípido, aunque en cinemascope color deluxe. Elaborar nóminas de celebridades ordenadas según la lujuria proyectada es algo más que una simpleza; es un desprecio absoluto hacia lo sensorial que enciende la calentura, y una vil entrega a las apariencias más superficiales.
El sexo tiene temperatura, textura, piel, voz y fantasmas. El sexo huele, y no siempre bien.
Lo peor de estos desfiles periódicos de sexies oficiales no es ya que refuercen modelos y estereotipos, sino que conceden una entidad real a personajes de quienes no tenemos nada; solamente esa imagen bidimensional que les vamos construyendo, igual que en uno de esos dibujos de unir los puntos. Un retrato creado a partir de la mezcla de sus papeles de ficción, de sus apariciones públicas igualmente ficticias y de algunos detalles biográficos “no autorizados”, gracias a los cuales terminamos de construir la mentira con un toque de verosimilitud. Una mentira que confundimos con la fantasía. Eso es lo peor.
Las noticias de divorcios, separaciones o “ceses temporales de convivencia” de los consortes de infantas, princesas y príncipes no herederos deberían aparecer en la sección de Economía y no en Gente o Sociedad, así como sus previos matrimonios tendrían que haber constado en esas columnas asalmonadas donde se comunican los nombres propios que cambian de puestazo en vez de recordarse como fenómenos televisivos de impecable realización.
Casarse con algún miembro de una familia real, alejado de la línea sucesoria lo bastante como para que a uno no le vaya a caer un reinado, es muy parecido a ser el díscolo y tarambana benjamín de doce hermanos, heredar tu parte de la exitosa empresa familiar y conseguir cobrar un sueldazo a final de mes sin que exista peligro alguno de que en una de ésas te vaya a tocar trabajar. Lo malo del asunto es que una vez que te cesan –temporalmente o de por vida– como royal consorte, esa experiencia no te va a servir para lograr otro cargo similar; como mucho te deja un duquesado colgando del apellido y, con suerte, una buena indemnización y una jugosa pensión de por vida que, igual que al pequeño heredero del exitoso imperio familiar, acaban pagándote para que mejor te quedes calladito y quieto.
La clave, creo, está en mantenerse alejado del Rey Sol y acercarse a él sólo para calentar un poco la cera de las alas, justo para una depilación de emergencia de las ingles (brasileñas) o las nalgas.
Seguro que si los camareros del Del Diego madrileño o el propietario del Belvedere barcelonés ven hoy mi página del periódico pensarán, “¿y por qué los demás borrachos salen en grande y a éste le han puesto una foto tan pequeña?” Vamos a ver, ¡un respeto! La foto divina – que me tomó mi marido, por cierto – de la izquierda (la derecha en el caso de este blog) no forma parte de la Vitrina de Bob Pop. No, señores. Es la imagen del autor de esta columna y de los ingeniosos pies de las fotos de un grupo de cantantes a quienes lo último de lo que podemos acusarles es de vender humo; ellos se lo tragan, se lo beben todo y se tornan imposibles.
Ante lo cual yo tendría que llevarme las manos a la cabeza –tras soltar el dry-martini de Hendricks–, avergonzarme de ellos y tacharlos de nefastos ejemplos para la juventud. Algo que me resulta complicado, porque entre mis mitos anda el Elvis que farfullaba en Las Vegas, San Truman Capote chuzadísimo en una entrevista en televisión y otros muchos escritores, periodistas y amigos cuyos nombres no pienso mencionar. Claro que otro asunto muy diferente es la agresividad del mal beber combinada con los aires de grandeza que da ser una pop star. Por supuesto, pero me temo que eso no tiene tanto que ver con el abusivo disfrute del alcohol como con una mala asimilación de un éxito que si se mezcla con la euforia etílica provoca cortes de digestión, diarreas mentales y vómitos de ego que acaban manchando las páginas de los diarios o la pantalla de nuestro ordenador.
La semana pasada nos enteramos de que Calvin Klein está dispuesto a pagar un millón de dólares al jugador de fútbol norteamericano Tom Brady para que se quite el uniforme, se ponga sus calzoncillos, pose ante las cámaras, me humille íntimamente y me recuerde esa manía tan tonta que tengo de gastarme sesenta euros en unos briefs que, obviamente, nadie diseñó pensando en mí.
Ayer leí en el Women’s Wear Daily que Giorgio Armani ha decidido contraatacar y lanzar el próximo año su línea de ropa interior masculina en Estados Unidos con una campaña publicitaria protagonizada por otro futbolista (y de otro fútbol), David Beckham, que aparecerá en todas las revistas norteamericanas a partir del próximo enero.
Creo que la elección del galaxy-boy como modelo combina con muy buen criterio ese aseadito código sport de paquetes informes que manejan las campañas de lencería masculina dirigidas al público heterosexual con el toque europeo aunque nada elitista que transmite el jugador inglés. Alguien a cuyos pechos criamos durante algunos años a esa criatura del mal que bautizamos como “metrosexualidad”, y que ahora se lanza a otra aventura promocional que quedará inaugurada con esta bajada de pantalones ante Armani, y a la que seguirán nuevas cesiones de esa imagen eurochic nada intimidatoria que David Beckham se ha trabajado tan bien y que puede ayudar a cumplir el dolce sueño americano de otros emporios.
España es un sitio muy raro, un lugar donde el fervor monárquico se desata en los momentos más inesperados: cuando el rey se viste de soldadito español y pone firme al resto de la tropa (aquella rentabilísima noche del 23 de febrero de 1981), o cuando su majestad se salta el protocolo con garrocha para soltarle un berrido a un presidente venezolano.
Ahora va a resultar que después de tantos años presumiendo de borbones sangriazulados, de estirpe gobernante con pedigrí, de toisones de oro y de embajadores de lujo, lo que de verdad nos pone atómicos es que a Don Juan Carlos le salga el pelo de la dehesa y se comporte como el típico amigote bienintencionado que nos avergüenza. Tremendo.
España, insisto, es un país extrañísimo, parte de cuya historia alguien explicará en el futuro a partir de un cuatrienio que fue desde un 6 de noviembre de 2003 al día 10 del mismo mes cuatro años más tarde. Del “¡Déjame terminar!” de Letizia al “¿Por qué no te callas?” de su real suegro; del escándalo de la gente de bien ante el descaro de una locutora frente a un príncipe heredero con quien acababa de prometerse, hasta el regocijo de esa misma gente tras ver a su rey haciendo gala de modos tabernarios frente a Hugo Chávez, cuyo banquero de cabecera, por cierto, es suegro de otro Borbón: Víctor Vargas Irausquin, el padre de Margarita Vargas, señora de Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú Dampierre de Franco. Que no se nos olvide.
Me encanta leer revistas de moda. Me entusiasma su universo mensual de emergencias, sus grandes revoluciones tono arriba tono abajo, y esas constantes consignas de lo ipso-facto. Disfruto tanto con sus códigos para iniciados; llenos de eufemismos, de giros tramposos y de adjetivos minados. Aunque me asusta que cualquier incauto llegue al kiosko, se haga con un Vogue o con un Elle, y al enfrentarse a él por vez primera lo haga sin conocer el significado preciso de cada expresión, de sus pespuntes semióticos. A saber:
PIERDE EL MIEDO A /ATRÉVETE CON:”¿Recuerdas lo que el año pasado incluimos en la lista de lo OUT? Pues ya no”.
APUESTA /DISFRUTA: “Cómpratelo, hazlo tuyo, consume”.
MUJERES REALES: Sesión con modelos más económicas y sin desarreglos alimenticios.
INSPIRACIÓN: Copia. Plagio.
DIVERTIDO: “Sí, ya sabemos que es horroroso, pero uno de nuestros anunciantes insiste en que lo destaquemos como un complemento im-pres-cindi-ble para esta temporada.”
LOW-COST: Una versión a menor precio (que no barata) y de bastante peor calidad que el original (que es carísimo).
RETOQUE: Cirugía radical.
CREMAS PRO-EDAD: Afeites anti-arrugas ultra-grasos.
KISSING ROOM: El típico espacio habilitado en las pasarelas para que las celebridades se saluden con besos al aire mientras los periodistas tecleamos como posesos en la sala de prensa anexa.
VINTAGE: “Lo que llevábamos cuando éramos jóvenes y delgadas, ¿te acuerdas?”
Rudolph Giuliani era alcalde de Nueva York cuando se produjeron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.
Antes de aquello, Giuliani era el alcalde que había limpiado las calles de Manhattan de mendigos y homeless con métodos poco ortodoxos de una moralidad más que dudosa.
Actualmente, Rudolph es uno de los precandidatos republicanos para las próximas elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, una candidatura que superó algunos obstáculos –una vida personal poco conservadora y el diagnóstico de una grave enfermedad– gracias a la fama de héroe popular que el político logró tras los atentados contra las Torres Gemelas y que ha pesado más para su imagen pública que su anterior gestión política o sus posteriores enredos de familia.
Sin embargo, y tras la publicación ayer en el Wall Street Journal de un artículo sobre las conexiones empresariales de Giuliani con el Gobierno de Qatar antes, durante y después de la histeria terrorista de Bush Jr., el pedestal del heroico candidato se tambalea.
Y es que parece ser que uno de los clientes de las “asesorías de seguridad” de la empresa Giuliani Security & Safety fue el mismo Ministro de Interior del gobierno de Qatar que ayudó a escapar del país en 1996 a un terrorista de Al-Qaeda que años más tarde estaría implicado en la organización del espanto del 11-S.
Lo que pone a Rudolph a tres grados de separación de Bin-Laden. Solamente a dos más que los George Bush.
Anteayer tuve el privilegio de sentarme frente a frente –con una pasarela de por medio– de Valentino, el modisto que vistió de viuda a Jackie Keneddy y de novia a Jackie O. Un señor de 75 años que tuvo el honor de darle su nombre a un color, Rojo Valentino, casi al tiempo que se dedicaba a arrastrarlo, estampándolo sobre toda clase de baratijas aspiracionales: gafas, perfumes, cinturones, vajillas, jeans o bolsos malos. Un mito de la alta costura contemporánea que se despide definitivamente de la moda el próximo mes de enero y que ya forma parte de la historia y de nuestra cultura.
Anteayer estuve cara a cara con Valentino y tuve la oportunidad de contemplar de cerca su perfil de moneda romana y el policromado imposible de su rostro y su escultura capilar. Pude mirarle a los ojos y las manos, que mantuvo cruzadas todo el tiempo, salvo cuando aplaudió la salida de algunas de las prendas de la colección de la próxima temporada de la marca de pret-a-porter que esa noche le había entregado un premio por toda su trayectoria y había contado con él para que presidiera el jurado de su certamen de jóvenes diseñadores.
Estuve allí, muy cerca, y vi cómo Valentino observaba muy atento el trabajo de otros, e incluso celebraba algunos vestidos con lo que parecía un interés real por un desfile sin demasiada enjundia. Valentino demostró ser un señor muy bien educado, muy discreto y bien pintado. Un monstruo casi perfecto. Todo un caballero.
Tengo que confesar que lo mío con las cirugías plásticas ajenas es de una fijación casi enfermiza. Que no puedo con esta plaga de rostros tirantes, pómulos spoilers, labios reventones, párpados rasgados, barbillas recortadas, orejas a la plancha, frentes al ras y naricillas–pezón.
Me enferma esta demencial exhibición de clones faciales que supone no sólo un ataque contra cualquier sensibilidad estética mínimamente delicada, sino también un espeluznante retrato de unos tiempos de estandarización y normalización supuestamente salvadoras. Pero por si eso no bastara, por si la uniformización de los rostros y la desaparición de los gestos expresivos en las caras de las actrices que amamos en otros tiempos no fuera suficiente, hay casos que nos enfrentan a un uso de la cirugía plástica extrema aún más indignante. O más patético. Según cómo se mire. Casos de estiramientos grotescos e innecesarios, que ya no ocultan los años ni los defectos, sino que se convierten en pura ostentación, en un chabacano símbolo de estatus que, en estos tiempos de supuesta democratización del lujo, estaría al alcance de muchos menos que un bolso con monogramas falsos.
Otra cosa son las prótesis mamarias (en ellas y en ellos), las nalgas redondeadas o los miembros masculinos engrosados con silicona. Ahí no suele haber jactancia, sino pura estrategia comercial que permitirá, con suerte y tiempo, alcanzar ese ansiado estado de opulencia que paga los nuevos rostros.
Recibir premios ya no es una cuestión de méritos, sino de visibilidad. Ya no es un asunto de competencia, sino de existencia. Se publican tantas novedades editoriales cada día, se editan tantos discos y se estrenan tantas películas a la semana, que el sistema necesita el mecanismo de los premios para generar una atención extra sobre algunos de sus productos y así recuperar inversiones o ganar apuestas propias y ajenas. Pero no es esa su única finalidad.
En una sociedad saturada de informaciones (en plural y con minúscula), ansiosa por devorar noticias de actualidad con idéntica fruición con que las olvida, es imprescindible generarlas. Un premio es una noticia. Por eso ya no hay ganadores, sino protagonistas. Ya no hay perdedores, sólo finalistas. Que a uno le den un premio ya no significa que su obra haya sido considerada mejor que la del resto de participantes en el certamen que fuera, sino que el jurado promotor del galardón –consciente de lo importante que es aprovechar al máximo el diminuto espacio que obtendrá en los medios– lo ha elegido como el rostro de su nueva campaña publicitaria. Nada más. Y nada menos.
Lo divertido de todo esto es que esas campañas de publicidad gratuita funcionan del mismo modo que las de publicidad convencional, pagada: cuanto mayor sea la cuantía del premio, más espacio le dedicarán. Hay excepciones, por supuesto. El Renaudot no tiene dotación económica, y mi adorado Pennac lo acaba de ganar.