La manifestación en defensa de la familia cristiana de ayer me pareció el gran fracaso de la Cope. Me decepcionó. Yo que pensaba que las hordas de Losantos, Vidal y López Schlichting habían conseguido crear un espacio de distensión para cavernarios acomplejados que durante años tuvieron que padecer el ostracismo en una sociedad que se soltaba la melena… y todo lo que vi fueron aburridísimas pancartas llenas de obviedades (“Papá/Mamá – Hombre/Mujer”). Ni una triste soflama que nos conminara a los maricones a marcharnos de España, ni un ripio ingenioso, ni siquiera las enseñanzas de esa señora experta en amígdalas, semen y caca. Nada. Un rollo. Fatal.
Menos mal que mientras las familias fundamentalistas (y algún alma cándida que cambió la misa de once por el mogollón) se manifestaban, yo pude superar mi decepción gracias a una columna en La Vanguardia de esa gran intelectual y mejor rapsoda que es Pilar Rahola –Elogio de la familia– donde la buena señora dejaba muy claro que –como ya nos enseñaron Gaby, Fofó y Miliki– “no hay nada más lindo que la familia unida”. O, como dijo Cayetana Guruchaga: “La familia unida jamás será vencida, aunque esté jodida”. Y, de paso, nos contaba que es feliz, pone velitas en el pesebre con su hija (un hábito de lo más peligroso) y que le encanta la Navidad.
Todo de lo más familiar en un día en que descubrí que la Cope ha fracasado y que la Rahola se pone el tinte por vía oral.
No sabía si escribir hoy la clásica columna del Día de los Inocentes, llena de noticias falsas e hilarantes sobre famosos; una colección de disparates sobre portadas inexistentes, reportajes de pega y declaraciones imposibles. Por ejemplo: hablar de un ¡Hola! donde compartieran portada Isabel Preysler –en un posado con sus tres hijas frente al árbol navideño de la residencia del príncipe Carlos y Camilla en Londres–, y Julio Iglesias con Miranda, todos sus hijos rubios (y maquillados, como siempre), Chábeli y Sarkozy. O sacarme de la manga un reportaje, ya en el interior de la revista, con fotos a todo color de la mansión de un millonario marroquí que afirmara: “La casa tiene cuatro piscinas, aunque algunas tan sólo para las flores de loto”. O una página supergore que mostrara a Guillermo de Windsor y a su novia cargando con animales muertos a dos manos y titulara: “Romántico día de caza”. Aunque también habría sido divertido inventarme una foto de Terelu Campos en una fiesta, vestida exactamente igual que Audrey Hepburn en el cartel de Desayuno con diamantes. O un reportaje de tres páginas con Flashito, el perro faldero de la Duquesa de Alba, vestido de Papá Noel y posando en solitario en los jardines del Palacio de Liria.
Al final, decidí no hacerlo, no escribir esa columna repleta de dislates inverosímiles. Total, para qué. Si el ¡Hola! del 2 de enero –ya a la venta en los quioscos– los contiene ya todos. Y completamente en serio. Júrolo.
.. ni lo fue nunca de Miguel Bosé cuando Bosé salía con chicas (en revistas). A Espartaco Santoni le pilló ya mayor. Al Barón Thyssen, ni os cuento. Y a Borjita no le dio tiempo; llegó antes la hija de los Cuesta. Nadie ha visto últimamente a Carla Bruni de cena con Jaime de Marichalar, ni en ninguno de esos catálogos burdelarios donde aparecen modelos, ni borracha a la salida de una fiesta de los jugadores del Real Madrid ni con Pipi Estrada de la mano en un plató de televisión. Carla no ha salido nunca en las fotos del blog de Rafael Reig, ni en las columnas de Umbral, ni en la lista de las más elegantes de ¡Hola!, ni en una película de Woody Allen, ni en Mantra de Rodrigo Fresán. La Bruni no es la chica a quien Jodie Foster le dedica los premios, ni la madre de otro hijo secreto de Alberto de Mónaco, Etoo o Alejandro Sanz. Carla no ha tenido ningún romance con Paco Clavel, ni con Liberace, ni con Jimmy Sommerville, ni con Jorge Javier Vázquez, ni con Rufus Wainwright, ni con Ángel Garó, ni con Ricky Martin, ni con John Travolta, ni con Álvaro Pombo ni con Tom Cruise. Que yo sepa, la Bruni jamás ha tonteado con Rodrigo Rato, ni con Rubalcaba, ni con Álvarez Cascos, ni con Alcaraz –de la a a la z–, ni con Trillo, ni con Bono (el manchego)… y ya. Porque no me quedan nombres con los que llenar estas últimas líneas; no estoy tan seguro de si Carla estuvo con todos los que faltan. Bueno, creo que tampoco ha sido novia de Ignacio Escolar, pero tendría que preguntar…
El fenómeno Spears debería hacer reflexionar seriamente a esos grupos de botarates integristas que defienden la virginidad como un valor fundamental en la vida juvenil.
El ejemplo Britney –que proclamó su virginidad casi hasta que se quedó embarazada de su segundo hijo– es un claro ejemplo de lo que pasa cuando el coito se sublima y se pospone: que un día, cuando descubres todo el tiempo que perdiste esperando a que llegara ese momento especial (que luego no fue para tanto), irremediablemente te vuelves loca; te lo metes todo, te bebes el agua de los floreros, sales a la calle sin bragas, aprietas a fondo el acelerador y que ahí te las den todas, a vivir que son dos días y qué le vamos a hacer.
El caso Britney demuestra, claramente, que hay un momento sublime en la vida en el que uno descubre sus posibilidades, a veces a lo bestia. Que, afortunadamente, es posible saltar del Club Disney a la Factory de Warhol. Que lo importante es tener claro que la mayoría de la gente es muy bruta y no va a entender nada: va a llamarla gorda, borracha, mala madre, drogadicta, fracasada y tía guarra. Porque ellos piensan que lo que ella fue antes era lo que ellos anhelan como éxito, y no que el auténtico triunfo es ese momento en el que uno deja de querer contentar a todo el mundo y decide pasárselo bien. Y, además, qué coño, tampoco es que Britney haya dejado una carrera de neurocirujana para dedicarse a vivir la vida loca. Qué coño; que ella solo hace cancioncillas pop.
El siglo XXI –que según el sociólogo Gilles Lipovetsky iba a ser el de una Hipermodernidad que reivindicara el humanismo– ha empezado como el siglo de las firmas invitadas… a diseñar. De las guest stars televisivas tan siglo XX (Ana Obregón o Boy George en El Equipo A, Rock Hudson en Dinastía), hemos pasado a las estrellas que crean prendas para tiendas en cadena: Madonna y Kylie para H&M, Eugenia Martínez de Irujo para Tous, Kate Moss para Top Shop, Milla Jovovich y las hermanas Cruz para Mango o Tamara Falcó para Barbour. Sin olvidarnos de las que aprovechan la confusión de su nombre con los atributos de sus personajes de ficción para lanzar perfumes firmados sobre el cristal o el cartón: Antonio Banderas, Sarah Jessica Parker, Paris Hilton, David Beckham, Britney Spears o Beyoncé consiguen, gracias a sus finas estampas, definir de un solo vistazo la personalidad de algo tan abstracto como una fragancia idéntica al resto.
Las celebridades diseñan prendas e inspiran perfumes de temporada que compramos como quien se instala en las manos llenas de alfileres una nueva versión del vudú 3.0. Los poseemos. Son nuestros. Más que cuando compramos sus discos, sus DVDs, entradas para sus conciertos o sus películas; más porque sentimos que en sus nuevas aventuras creativas nos necesitan como nunca, como fieles consumidores de fetiches. Y ahí vamos a estar. Y ellos con nosotros: sobre nuestra piel.
Un Instituto de Ciencias Forenses analiza los trajes de noche, de baño y el maquillaje en polvo de la candidata de Puerto Rico a Miss Universo.
Britney Spears exige ante un juzgado que a sus dos niños les hagan un test de drogas para comprobar si sus sospechas son ciertas y su ex, Kevin Federline –el padre del año– se pone ciego a marihuana junto a las criaturas.
Tony Parker, el marido de Eva Longoria, demanda a una agencia de noticias por afirmar que el jugador de baloncesto se la había pegado a la actriz con una modelo pocos días después de su boda.
Los abogados que llevan el divorcio de Heather Mills están tan hartos de que su clienta no pague las facturas que incluso se plantean negociar con Paul McCartney un acuerdo ventajoso para él a cambio de que se comprometa a pagar las cuentas pendientes que tiene con ellos su futura ex.
Unos productores de la BBC esperan ansiosos la llamada de los abogados de Kate Moss intentando evitar el rodaje de un documental que piensan hacer con Pete Doherty sobre su difunta historia de amor, y así promocionar el programa a costa de la demanda de la modelo.
Y hace sólo unos días, volvieron a detener a Amy Winehouse, esta vez por tratar de interferir en el proceso legal que está en marcha contra su marido por un asunto de agresiones y obstrucción a la justicia.
Qué suerte tenemos, que todo lo que aprendimos con ‘La ley de los Angeles’ y ‘Ally McBeal’ lo podemos practicar con las revistas.
Cuantas más cosas descubro sobre Lynne Spears, la madre de las hermanitas Britney y Jamie Lynn, mayor esfuerzo tengo que hacer para apretar las cuencas de los ojos muy fuerte y así evitar que los globos oculares se me caigan y queden encajados en el teclado del ordenador. Mamá Spears es una tipa despreciable. Es mala, es miserable. Es una explotadora infantil y juvenil que lleva años lucrándose a costa de sus hijas; primero, con la mayor, Britney, y ahora, con la benjamina y preñada Jamie Lynn, con quien ha ido cogida de la manita a vender su embarazo a la revista norteamericana OK! por un dineral que seguro le compensará lo que ya no va a ganar ahora que no se publica Pop Culture Mom: A Real Story of Fame and Family in a Tabloid World (Mamá de cultura pop: Una historia real de fama y familia en el mundo de los tabloides). Un libro, que, por supuesto, no iba a escribir ella, sino una hacendosa redactora fantasma, y con el que la rastrera Lynne pretendía limpiar su imagen de madre explotadora y compartir con el mundo su experiencia de madre sacrificada y ama de casa modélica. Y eso, además, patrocinado por una casa editora especializada en biblias y en autoayuda de mucha fe, que tras esta última exclusiva de OK! ha decidido posponer el lanzamiento del futuro best-seller familiar.
Cuantas más cosas descubro sobre Lynne, más convencido estoy de que no es a su madre a quien Eminem insulta en sus canciones, sino a la pérfida mamá de las Spears.
Pero a ver, ¿a quién felicitan las Navidades los Reyes, las Infantas y los Príncipes? ¿Por qué llevamos dos años burlándonos de los fotomontajes zarzueleros navideños en lugar de lamentar que ninguno de ellos haya llegado al buzón de nuestra casa? ¿Por qué si Isidoro Álvarez de El Corte Inglés se acuerda siempre de mi cumpleaños y me felicita las Pascuas, la Familia Real no hace lo propio y tiene el mismo detalle? ¿No es de un mal gusto execrable que nos enteremos por otros (Internet, periódicos, revistas y televisiones) de que los Borbones se hacen fotos en comandita o cada uno por su lado y las retocan para enviarlas como tarjetas navideñas a gente que no somos nosotros? ¿O que las infantas de España envían tarjetones trilingües manuscritos con todo su afecto y su corazón? Si Hacienda somos todos, ¿por qué la Casa Real no nos felicita a todos? ¿Qué les cuesta? Hablo completamente en serio. Es más, estoy totalmente convencido de que si el año que viene los reyes, sus hijos y sus nietos se hicieran una foto –o la montaran, lo mismo daría– los íbamos a criticar muchísimo menos. Porque en tal caso ya no estaríamos hablando de esa felicitación elitista que envían a no sabemos muy bien quién y nos enseñan los medios; estaríamos hablando de nuestra propia tarjeta de Navidad, la que tendríamos encima de la chimenea, en el taquillón de entrada o al lado del árbol. Y podrá ser un poco cutre, sí, pero lo importante es el detalle. ¿O no?
No sé si es culpa de mi hábito fumador, pero me reconozco cierta obsesión por ver en todas partes cortinas de humo (lo que no deja de ser bastante mejor que ver cortinas a juego con el edredón del dormitorio o con los cojines del salón comedor). Por eso, cuando me he enterado del supuesto affaire Sarkozy/Bruni y he visto sus fotos en Eurodisney - ese sitio tan discreto donde nadie lleva cámara fotográfica-, lo primero que he pensado ha sido en lo bien que le iba a venir a Sarko el bombazo de esas fotos románticas para hacernos olvidar a todos las estampas de su último flirt de hace solo una semana con Gadafi en París.
O en lo práctico que resulta tener un presidente divorciado para poder organizar golpes de efecto de ese tipo de vez en cuando.
Y en lo complicado que lo vamos a tener aquí para poder montar una love story similar que nos borre de la memoria las instantáneas de estos días en Sevilla y Madrid: las alfombras rojas para el dictador libio, las recepciones oficiales, las cenas privadas y las cacerías.
Porque no tenemos presidentes, reyes ni príncipes en edad de merecer y en disposición para hacerlo y porque, aunque los tuviésemos, nos faltan ex modelos cantantes con un turbio pasado y un toque intelectual que luzcan tan bien en las fotos como la Bruni. ¿Bárbara Rey, Paloma San Basilio, Antonia Dell’Atte, Anne Igartiburu? No. Me temo que en España nunca podremos tener un romance tan sonado, tan bueno y tan útil como este último de Sarkozy.
Van tres meses del juicio montado por Al Fayed para demostrar que a Lady Di y a su hijo se los cargaron los servicios secretos británicos, y apenas tenemos claro que aquella noche estrellada Diana se había pasado con la laca y su chófer con los carajillos. O que el Duque de Edimburgo no es el protagonista de una trama de Le Carré sino un flojo secundario digno de las novelas de Barbara Cartland, abuelastra de Diana.
“Si se me pide, haré todo lo posible para ayudaros a ti y a Carlos”, escribió Felipe de Edimburgo en una de sus cartas a una princesa que respondió a su suegro con una misiva manuscrita donde le llamaba Papito –Pa–, y en la que repetía el mismo adverbio tres veces (en cuatro frases) y sustituía conjunciones copulativas por signos matemáticos, cual precursora del lenguaje SMS. ¡Tan del pueblo esta Princesa!
Por suerte, no todas han sido decepcionantes revelaciones epistolares; también hemos conocido el contenido de cartas de Diana a Dodi, como la que ella escribió tras haber pasado unos días en su yate: “Un millón de gracias por haber traído tanta alegría a la vida de esta chica”. Que es, palabra por palabra, lo que habría dicho la caza-millonarios Lorelei Lee, mítica protagonista de esa biblia de Anita Loos, Los caballeros las prefieren rubias. Una coincidencia que demuestra dos cosas: UNA, que Diana prometía; y DOS, que, por desgracia, Loos tenía razón cuando escribió que “una chica no puede pasarse la vida riendo”.