Publicidad

Vende lo que más duele

14 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Lo más curioso en el asunto de divorcios, rupturas y separaciones hoy en día es que la parte más jugosa del proceso, la que más polvareda levanta– sobre espejos de mano en los platós y en las aceras de los quioscos– está en los previos. Lo que más vende es lo que más duele. Ese periodo que termina con el anuncio del final y comienza cuando uno descubre que ya no quiere al otro, o ya no es como antes, o lo que quiere no es lo que quería, o lo que quería estaba bien entonces. Y el otro no se entera, prefiere no enterarse o entiende que lo que les sucede es algo normal, algo por lo que pasan todas las parejas, y que vendrán tiempos mejores, o al menos otros tiempos, más tarde, cuando esos silencios y esas respuestas bruscas y sin cariño ya no importen. Esa parte es la mejor. Porque es entonces cuando nosotros lanzamos los rumores que anuncian separación inminente, y los que nos televén, nos escuchan y nos leen quieren saber más, y nos buscan, asisten atentos al goteo de vacío que tenemos para dar y abren la boca para tragar. Mientras tanto, uno de los dos se pregunta cómo decírselo, si mejor ser despiadado y tajante, o no olvidarse de lo bueno que hubo y tratar de seguir siendo amigos, aunque no, qué desastre, eso nunca sale bien. Y el otro tampoco sabe qué prefiere; si el portazo o las caricias que empujan. Y ya da igual. Porque se acabó. Dejaron de sufrir tanto. Ellos. Pero, y nosotros, ¿qué? Porque entonces, cuando todos lo saben, dejamos de vender.

Danzad, malditos

13 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Algo está pasando con el baile en los últimos años, algo muy raro que ha hecho que se convierta en gran espectáculo televisivo y en fotonoticia. Que lleva a los famosos en declive a las televisiones y los pone a bailar por dinero, que se ganan con el sudor de sus maillots en los ensayos. Que hace que los poderosos, en sus viajes exóticos, parezcan sucumbir a los ritmos locales que les ponen a menearse con más bochorno que gracia, mientras los guardaespaldas aguardan y observan sin un mínimo rictus. No sé lo que es. Pero es extraño. Dancing with the stars, Mira quién bailaSo you think you can dance obtienen audiencias millonarias en todo el mundo.  Los periódicos llevan en sus páginas imágenes de políticos, príncipes, ministras y otras celebridades practicando la danza.
Los estamos viendo bailar. Y ellos lo saben. Aunque quizás no sea tan raro. Tal vez no sea más que lo de siempre, pero en público, transmitido, impreso, televisado. Es posible que en realidad me esté preocupando por nada, como siempre, y el baile continúe siendo ese ritual apareatorio que los animales y los seres humanos llevamos practicando toda la vida. Que sigamos bailando para llamar la atención, seducir y mostrarnos. Que estén bailando para nosotros. Y que estemos disfrutando tanto con su talento (o con su falta de sentido del ridículo) que, sin darnos cuenta, vayamos a estar dispuestos a seguir pagando lo que sea para que sigan haciéndolo. Puede ser.

Las rubias y el estereotipo

12 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Hace unas semanas leí las conclusiones de uno de esos estudios delirantes que se publican de vez en cuando, y en el cual se afirmaba que la capacidad intelectual de los hombres disminuye tras observar fotografías de rubias. El autor de dicha memez científica se llama Thierry Meyer, trabaja en la Universidad París Nanterre y, según su investigación, el efecto se debe a la influencia que tienen los estereotipos en nuestro comportamiento: asumimos que las rubias son tontas, por eso en su presencia rebajamos nuestro nivel de alerta intelectual para, inconscientemente, tratarlas como creemos que son. En serio. O al menos así se lo toma el señor Meyer, que tiene el valor de sostener sus argumentos con otras pruebas tan irrefutables como que esos mismos estereotipos que manejamos son los que nos fuerzan a hablar más despacio frente a los ancianos.

Claro que sí.

Y a mirar a ambos lados antes de cruzar la calle porque asumimos que los conductores son todos unos asesinos, como en los anuncios de la DGT. Y a taparnos los genitales con un cojín cuando estamos viendo el televisor en el sofá porque hemos interiorizado ese estereotipo de la televisión como feroz violadora de la intimidad. Y a sospechar del único vecino de nuestro bloque que siempre nos da los buenos días cuando se cruza con nosotros porque las crónicas de sucesos nos han enseñado que el asesino en serie es siempre, siempre, el miembro más amable de nuestra comunidad.

El regreso de los vivos

11 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Vuelven a los periódicos, a las televisiones y a las revistas. A la vida. Cantantes, actrices, actores, deportistas, sagas cinematográficas, modas o escritores de bestsellers lo llenan todo de cartones troquelados y a todo color. Los que fueron y se fueron. El retorno de quien sea, de lo que sea, da lo mismo.

Vuelve Alonso a Renault. Terminator. Star Trek. Los botines. Led Zeppelin. Lassie, con Peter O’Toole (y con otra perra, supongo). Robbie Williams, a Take That. Cher. El cine en 3-D (que es más de lo que podemos decir de Cher). Las Spice Girls. La muñeca Nancy (tras una lipoescultura, como Cher). Héroes del silencio. El maquillaje ‘vamp’. Whitney Houston. Vuelve a privatizarse Rodrigo Rato. Vuelve Monica Seles. Los Backstreet Boys. María Teresa Campos, a Telecinco con escasa fortuna. Los guantes hasta los codos. Batman. Peter Berling, al tostón de las Cruzadas. Maradona, a Boca en un puesto honorario. Indiana Jones. Telepasión y el especial navideño de Raphael. Miguel Ángel Rodríguez y Urdaci (M.A.R.U.) Kylie Minogue. La familia Telerín. Carla Duval. The Police. Y hasta un señor inglés de apellido Darwin que hace seis años simuló su muerte para zafarse de algunos problemillas económicos. Llevaba cuatro conviviendo en casa con su señora a escondidas y hace un par de días, harto de estar muerto, se fue hasta una comisaría a decir “Aquí estoy yo, aunque no me reconozco”. Que es, más o menos, lo que va a decir Cher.

La clave está en Gadafi

10 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Ni Evo Morales y sus jerseys, ni Castro y su traje de comandante o su chándal, ni Chávez y su camisa roja. Ningún líder político actual hace tanta política al primer vistazo como Gadafi y su interpretación del atuendo tradicional africano remezclado con el guardarropa de  la primera esposa de su archienemigo Ronald Reagan, Jane Wyman, vestida como Angela Channing en Falcon Crest.

Creo que desde que Gadafi decidió abrazar la causa del bien, tal y como la entendemos en occidente (volviéndonos a abrir el grifo del petróleo, por ejemplo), supo que iba a tener que posar en decenas de fotos con todos los que hace años le consideraron la encarnación excéntrica del mal. Y Gadafi, que no es ni tonto ni bueno, entendió que la mejor venganza sería ese armario de destrucción masiva, esa colección de conjuntos de cóctel oficial ideales para conseguir que todas esas instantáneas, dispuestas en los salones de las residencias de los mandatarios mundiales, parezcan lo que son: escenas de una opereta. Para que los sarkozys, los aznares, los blairs, las rices y los chiracs luzcan terriblemente ridículos con sus idénticos trajes en sobrio azul marino, mientras Gadafi aporta ese necesario toque de color (morado, mostaza o blanco), sus chales cruzados y sus sombreros. Para que a todos nos quede claro que esto no es más que un teatrito ridículo. Y Gadafi una vieja gloria de la escena que aún puede permitirse modista propia, aunque a veces le toque repetir modelazo.

Quiero ser como Vicky

07 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

revistasblog.jpg

La primera vez que vi a Keira Knightley fue en la película Quiero ser como Beckham. Toda una premonición cumplida. Porque Keira ya es como Beckham; pero no como David sino como Victoria, aunque sin esa seguridad que da un par de airbags fuera de serie. La actriz, que confiesa sólo una enfermedad con equis en su historial médico (dislexia), ha conseguido en apenas cinco años pasar de ser una bellísima joven promesa con un excelente criterio para combinar en su carrera bombazos de taquilla (Piratas del Caribe o Love Actually) con películas de cierto prestigio (Orgullo y prejuicio, Atonement), a convertirse en una versión liofilizada de lo que fue y en una de esas actrices con merecida fama de conflictivas, de las que se pelean constantemente con los directores y hacen la vida imposible a los equipos de rodaje con exigencias absurdas (llegó a parar una producción hasta que le pusieran en el plató “una silla especial para delgadas”), desplantes, malos modos y divismos. Como Beckham, Vicky Beckham. Y hete aquí que, por esas misteriosas conjunciones de los astros del estilismo, el próximo mes de enero ambas coincidirán en los quioscos con sendas portadas en revistas: Keira para Interview, y Victoria para Elle. Las dos con unos pantalones blancos y unos tirantes negros. Aunque, una vez comparadas ambas, me temo que Keira volverá a aquello de “Quiero ser como Beckham”. O, al menos, compartir con ella maquilladores y peluqueros.

Ser infiel se paga caro

06 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Una empresa de cosméticos acaba de demandar a la actriz de Mujeres Desperadas Teri Hatcher por violar el contrato que habían firmado con ella para la promoción de sus productos y por el que habían pagado casi dos millones y medio de dólares. La denuncia llega después de que la compañía descubriera que la actriz se había rellenado los labios con un producto de la competencia, algo que estaba expresamente prohibido en una de las cláusulas del contrato.

Un caso como éste puede sentar un peligroso precedente en el mundo de la publicidad protagonizada por famosos.

Imagino a actrices y modelos obligadas a teñirse el pelo en el lavabo de su casa con ese tinte de bote que anuncian tan sonrientes, “porque ellas lo valen” y que no se aplicarían en sus melenas ni muertas. O a esas señoras de amplias fincas y escuetas caderas forzadas a ingerir los bombones rellenos de frutos secos con los que se supone que agasajan a sus invitados, quienes las condenarían al ostracismo social de encontrarse alguna de esas bolitas doradas dispuesta en una bombonera de cristal de bohemia en el salón. O a Igartiburu en un pisito de Marina d’Or.

Incluso me da por pensar que RIS, esa serie infame, ese CSI de garrafón que protagoniza José Coronado, no es más que una treta de la empresa de yogures para incluir una escena de análisis de heces en un laboratorio, en plan ultrarrealista, gracias a la cual podrán averiguar si el actor les es fiel o les engaña con laxantes de farmacia.

Retablo de espejismos

05 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Podría elaborar una biografía múltiple de cualquier celebridad internacional a partir de las imágenes que se hayan publicado sobre ella en el último año. Un tríptico biográfico de algún famoso muy famoso, con una primera tabla donde ir proyectando todas sus fotografías publicadas en sitios de internet dedicados al chismorreo implacable a propósito de poco favorecedoras instantáneas de mala calidad, tomadas por amateurs con sus teléfonos móviles o sus cámaras digitales, e incluso sacadas de fichas policiales.

A continuación, una segunda tabla central que mostrara el desfile de imágenes del mismo personaje aparecidas en revistas de haute couché, de esas que contratan maquilladores y estilismos, decoran dormitorios a juego con los estampados de las blusas, y redactan pies de foto repletos de epítetos amables.

Y, finalmente, una tercera tabla con fotos de agencias de noticias: estampas de photocalls, con poses de nuestra estrella en solitario, en pareja o en grupo frente a paneles repletos de logotipos patrocinadores del evento que hubiera puesto la alfombra roja raída bajo sus pies; una tercera tabla sin más información que una sonrisa a cámara, el motivo del evento y una lista de nombres propios.

Una triple biografía, casi un tríptico de Bacon. Tres vidas diferentes.  Que, unidas, no darían el resultado real de la suma: una vida de verdad. No. Al cerrar las tablas me encontraría con un espejo que me reflejaría a mí. Mirando lo que vi. Y nada más.

La soledad de Frankenstein

04 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Hace unos días estuve en la inauguración del ático de un amigo donde coincidí con un par de famosos patrios: un actor en buena racha y el ex marido de una celebridad nacional. Llevo desde el sábado por la noche pensando en si puedo dar aquí los detalles escabrosos del evento –y cómo–, si sería traicionar la confianza contar algunos chismes jugosos y procaces sobre los célebres ebrios, sobre su interacción con el resto de invitados, mi propia experiencia con ellos o las conversaciones escuchadas al vuelo. Si tengo algún derecho a abrir el armario y sacarlos de allí. La respuesta es, obviamente, no: esas cosas no se cuentan, no tengo ningún derecho y no sería de buena educación irle a nadie con el cuento de lo que oyera o viese durante una  fiesta privada en casa de un amigo que, obviamente, no esperaría eso de mí. Por eso no lo hago. Por eso y porque, en mi enorme ingenuidad, creo que no es esa la manera en que funcionan las cosas en este parque temático multicolor de la crónica social, donde periodistas y celebridades establecen sociedades beneficiosas para ambas partes, se cuenta lo que conviene, se inventa de mutuo acuerdo y se reparten las ganancias que proporcionan las exclusivas en las revistas o en algún interrogatorio en televisión. Por eso, y porque construir monstruos con pedazos de mi vida haría de mí un voyeur Frankenstein. Y de mi vida social algo tan triste como un programa televisivo del corazón. Y eso sí que no.

Los libros y la realidad

03 dic 2007
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Ana Rosa Quintana presentó la semana pasada un libro en el que Teresa Viejo asesora a las mujeres trabajadoras.

AR presenta libros donde TV aconseja. Mientras, yo me baño en sudor frío.

¿Cuál será el discurso de AR en esos actos de promoción y loas mutuas? ¿Se atreverá a decir que “éste es un libro que me hubiera encantado haber escrito a mí”? ¿Y TV? ¿Con qué autoridad esta jefa de pista del circo del costurón reincide en el género de la autoayuda mujerista tras haber puesto rostro e impudicia a una de las mayores aberraciones televisivas de los últimos tiempos, Cambio radical?  No lo sé. No lo entiendo. ¿Por qué?

¿Qué sentido tiene a estas alturas del siglo XXI seguir pensando que los libros dan prestigio o dinero? ¿A santo de qué las figuras mediáticas firman la portada de libros que no van a ganar ningún gran premio millonario y se aplican en tareas mecanográficas? ¿Pretenden que nos creamos que todo el dinero que ganaron haciendo el mal por televisión es el que necesitan para poder comprar un tiempo en paz que dedicar a compartir su sabiduría con los incautos lectores? ¿O que de verdad vayamos a pensar que eso de los libros es un buen negocio? No lo sé. No lo entiendo.

¿Por qué ninguna editorial le encarga un libro a Teresa Viejo sobre sus últimas experiencias televisivas, donde escriba son honestidad sobre el miedo al fracaso, los entresijos de un reality de cicatrices o cualquier otro asunto en el que ella sea experta? Eso estaría bien. De verdad.