Leo –con perdón– en un espléndido análisis de la fe disfrazado de biografía de Marcial Maciel - ese entrañable ancianito pederasta y toxicómano – las diferencias que existen entre simular y disimular. Escribe su autor, el psicoanalista y sociólogo mexicano Fernando M. González, que simular es “dar a entender que se tiene aquello de lo que se carece”, mientras que disimular sería “hacer creer que no se tiene eso que sí se posee”. Y me encanta la distinción. Es más, he decidido aplicarla cada vez que me enfrente a una de las fotos de celebridades con las que lidio a diario.
Por ejemplo: la actriz Sean Young, borracha como un piojo, se presenta en el rodaje de Batman vestida con un disfraz casero de Catwoman y pidiendo un papelito, por favor: eso es simular (que se tiene alguna posibilidad). Aunque también podría ser disimulo. Porque esa simpática ocurrencia de la Young poco tiene que ver con la leyenda negra que la persigue y afirma que el acoso al que la actriz sometió a Harrison Ford tras el rodaje de Blade Runner (durante el cual parece que tuvieron un flirt) fue lo que inspiró al guionista de Atracción Fatal (conejo muerto en caja de zapatos incluído). O que Kevin Costner estuvo a punto de sufrir exactamente lo mismo tras No hay salida.
Sean Young, ¿simula (una carrera) o disimula (una cogorza)? ¿Y los Príncipes de Asturias, cuando posan alrededor de una mesa camilla? Eso lo tengo claro: disimulan. Hacen creer que no tienen lo que sí poseen.
Sylvester pasó esta semana por España para presentar su último Rambo, montó masiva rueda de prensa en el Bernabéu –no se puede ser más macarra– y se puso trascendente, que es lo que nos encandila de un señor con una pinta tan bruta como la suya; que, además de coordinar sujeto y predicado, se descuelgue con sentencias de garrafón: “Ser un genio es como una maldición: sólo se reconoce tras la muerte.” ¡Chúpate esa, Lewinsky! Es lo bueno de ser Stallone; que todo el mundo espera muy poco de uno.
A mí lo que de verdad me gusta de Sylvester no es su capacidad para levantar tópicos a pulso, ni la astucia de su gabinete de prensa para hacernos olvidar que el actor, con su Rambo y su Rocky, es parte fundamental del imaginario facha contemporáneo. Lo que a mí me sulivella de Stallone es cómo ha sabido moverse siempre en el delgado filo de lo maricón. Porque un señor que fue capaz de escribir el guión de Fiebre del Sábado Noche –cuando el disco era lo más en el ambiente gay neoyorquino–, de casarse con ese gran mito travesti y politoxicómano que es Brigitte Nielsen o de asumir, antes que nadie, que un buen desnudo frontal merecía un buen siliconazo en el miembro viril –Demolition Man– es, además de un avanzado a su tiempo, todo un icono de ese inquietante fenómeno en ascensión: los gays neocons. Sylvester fue el primero que descubrió ese filón. Se ponga como se ponga Biendicho, es así.
Adoro las alfombras rojas por lo que tienen de fiesta de disfraces y de exhibición de provisionalidad (“Nos sentimos provisionales porque pisamos víctimas”, escribió Francisco Umbral hace años, y cada día le doy más la razón; y cada noche me limpio los tacones).
Me gusta el desfile de estrellas a la entrada de una ceremonia de entrega de premios, y ese clásico ritual de promoción obligatoria del nombre del diseñador que firma el traje que llevan; prestado. Lo mismo que las joyas. Todo es provisional. Y todo es posibilidad de éxito.
El género televisivo de la alfombra roja es uno de los espectáculos más optimistas y luminosos que conozco, donde todos los que saludan, responden y posan pueden ganar esa noche el premio al que aspiran. Por mucho que sepamos que no lo harán, los vemos y pensamos que esa vez pueden triunfar, que ésa puede ser su noche -”Su gran noche”, como cantaba Raphael.
Me fascina la frivolidad de ese paseo sobre el fieltro, las preguntas tontas, los guiños a cámara, la falsa camaradería entre compañeros, la euforia y las ganas. Sobre todo las ganas. Creo que me gustan tanto las alfombras rojas porque legitiman el deseo y dramatizan de manera espléndida la ilusión. Estoy tan harto de esas languideces de los triunfadores, de esos gestos de hastío de quienes parecen estar a punto de romper a llorar por culpa de sus plegarias atendidas, que agradezco enormente descubrir algunos destellos de auténtica alegría. Porque despreciar la buena fortuna es aún más inmoral que jactarse de ella.
El pasado fin de semana se celebró en Las Vegas la final de Miss America 2008, el clásico concurso de belleza femenina entre estados norteamericanos que este año ha tratado de adaptarse a los nuevos tiempos, como si eso fuera posible.
Entre las novedades del certamen para esta última edición destacan la participación de guionistas -no todos están en huelga-, que se encargaron de escribir a las aspirantes sus textos de presentación ante el público y el jurado: “Soy Miss Minessota, donde consideramos la pesca en el hielo como un deporte de grandes ligas”. También se han incorporado estilistas mediáticas para aconsejar a las chicas sobre sus atuendos, un DJ para amenizar la gala e incluso nuevas líneas de peinados, lejos del clásico cardado lacaloca al que todas las misses del mundo han sido fieles y sobre el que hemos visto tantas veces ladearse tiaras antes de estar a punto de caer.
Miss America se actualiza, pero no porque sus responsables hayan visto la luz y descubierto de pronto lo rancio del asunto, sino porque el evento tenía que cambiar para competir con otros concursos televisivos de talentos. Porque entre tantos ídolos americanos, factores X o supermodelos ‘loquesea’, Miss America necesitaba lavarse la cara para encajar en el formato ‘reality’ y transformar la ceremonia en una gala final del ‘show’ televisivo que durante cuatro semanas ha emitido la TLC, Miss America: Reality Check. Que, probablemente, sea lo que nos espera este año antes de Miss España. Avisados quedáis.
Kate Moss quiere denunciar a News of the World por haber publicado que la vieron en plena orgía pansexual durante la fiesta de su 34 cumpleaños.
A Mel Gibson le han pillado en un torneo de cricket para famosos leyendo las memorias del cowboy gay en quien se inspiró Heath Ledger para su papel en Brokeback Mountain. ¡Oh, cielos, Mel Gibson con un libro… sin versículos!
Amy Winehouse, tras su último pasón retransmitido por The Sun, ha decidido entrar en rehab (she says yeah, yeah, yeah).
Brad Pitt es la imagen de una nueva campaña de jeans en Japón para la que aparece ultraceñido y con un perímetro craneal que hace pensar en un anuncio de boinas en tallas especiales.
Dita von Teese ha firmado un contrato para diseñar su propia línea de Wonderbra. Adiós a la clásica regla de las tetas y la copa de champán: se imponen las de martini.
El certamen de belleza masculina venezolano Míster Handsome ha incorporado un nuevo requisito para los concursantes de la edición de este próximo año: “ser de sexo masculino y preferencia heterosexual”. Por lo que parece, el ganador del año pasado consiguió su título tras concederle sus favores sexuales a uno de los organizadores del evento (¿no habrán pensado en exigir que todos los organizadores y miembros del jurado sean también de preferencia heterosexual? Iban a terminar antes…)
Muere Heath Ledger y es como si todo hubiera salido mal en nuestra confusa amalgama de realidades vividas o no. Como si a la imagen de un hombre que llora abrazado a una camisa de cuadros le siguiera la de su cadáver desnudo en una cama. Como si al final de Brokeback Mountain hubieran muerto los dos: uno, apaleado por un grupo de machos salvajes, y el otro por su propia mano suicida.
Con la muerte de Ledger, el desenlace de la película es todavía más triste de lo que lo recordábamos, y la vida un poco más fea. Los collages funerarios van llenando la acera frente al apartamento donde hace unos días encontraron muerto al actor. La gente deja flores y mensajes de dolor junto a una fotografía que lo muestra con sombrero vaquero y, aunque nos avergüence darnos cuenta, no podemos evitar pensar que ése era el fin de la historia que todos nos temíamos. Qué tontería. Era ficción. Pero no sólo.
Anteayer, el locutor ultraconservador John Gibson, de la cadena Fox (propiedad de Murdoch, de quien Aznar es consejero, vamos a decirlo todo) aprovechó la noticia de la muerte del actor para mofarse del asunto con una crueldad brutal: tras emitir un corte de sonido donde Ennis Del Mar (Heath Ledger) le dice a Jack Twist (Jake Gyllenhaal): “Ojalá supiera cómo dejarte”, Gibson apuntilló entre risas: “bueno, parece que supo cómo”.
Que confundamos el dolor de la muerte de un actor con la de su personaje es ridículo, lo sé. Pero usarlo para escupir odio es repugnante.
Un tabloide inglés publicó anteayer en su web un nuevo vídeo de la cantante Amy Winehouse tomándose algo en su casa con unos amigotes (defino algo: crack, éxtasis, cocaína y media docena de valiums para bajarse el subidón). Me imagino que no tardarán mucho los informativos televisivos en reproducir el documento videográfico, tal y como hicieron cuando pillaron a Kate Moss en modo aspiradora hace unos años en un estudio de grabación. Ver a una superestrella internacional poniéndose hasta las trancas es noticia. Y es legal en televisión. Tanto como mostrar la sangre de los heridos, el rastro de cadáveres que deja un atentado, peleas en campos de fútbol o sádicas agresiones callejeras de neonazis con coiffure a juego con el encefalograma.
Todo lo anterior es legal en televisión y está terminantemente prohibido en el cine pornográfico que pretenda entrar en el circuito de distribución internacional. Las leyes que rigen el mundo del porno comercial son muchísimo más estrictas que las que gobiernan el de la información: nada de personajes consumiendo drogas, ni de sangre (y si por exigencias del guión tiene que haberla, su color no puede ser rojo), ni peleas, ni violencia que vaya más allá de un lúbrico tirón de pelos o algún mordisco estratégico: sólo sexo. En todas sus posibles variantes, pero sexo exclusivamente. Ni drogas ni muerte.
Será que tienen miedo a que los consumidores creamos que es de verdad. Un riesgo que la televisión no corre.
CNN emitió anteayer desde su sucursal de El Cairo una entrevista con uno de los hijos de Osama Bin Laden, Omar (ese muchacho que lleva algunos días saliendo en fotos y en televisiones, ése que alguno de vosotros seguro que ha confundido con Melendi). Una entrevista de un nivel periodístico que ya hubiera querido para sí Isabel Gemio y donde el joven de 19 años habla sobre su decisión de no continuar con el negocio familiar del asesinato en masa, recuerda dónde estaba el 11-S e incluso responde al periodista que le pregunta si en aquel momento sospechó que su padre estaba detrás del atentando contra las Torres Gemelas: “mmm, bueno, sí, a lo mejor”.
Omar, que lucía para la ocasión camiseta ultraceñida con estampado asimétrico vegetal y vaqueros paquetón de luxe, aparece de paseo junto a su señora por los jardines del hotel donde le hacen la entrevista, cuyo culmen es ese momento cuando el pequeño Bin Laden expresa su deseo de que papá deje el terrorismo internacional y se busque otra manera de lograr sus objetivos. Conmovedor. Casi tanto como cuando Zaida, su mujer, anunció en cámara que Omar y ella están organizando una carrera de caballos a favor de la paz mundial para la que les está costando encontrar patrocinadores que quieran asociar su marca al apellido Bin Laden. Una lástima. Porque algún fabricante de estampitas podría forrarse gracias a una edición limitada de san cristóbales con un “No atentes, papá. Tu Omar“.
Sundance hace tiempo que dejó de ser un festival de cine independiente, y hasta el jefe de todo éso, Robert Redford, lo reconoció este fin de semana en una rueda de prensa. Supongo que antes de presentar la película que dirige su propia hija , Amy Redford. O la que protagoniza Colin Hanks junto a su padre, Tom. O pocos minutos antes de disponerse a hablar maravillas sobre Good Dick dirigida y protagonizada por el hijo del mítico actor John Ritter, Jason Ritter.
Sundance ha perdido su independencia, que es algo que suele suceder con los proyectos que nacen como minoritarios y consiguen cierto éxito: que permiten que entre ese maldito y necesario dinero que, por un lado, los hace posibles y, por otro, los lastra y los somete a los criterios de quien invierte para ganar. Normal. Un clásico. Lo de siempre. Lo de siempre cuando nos referimos a independencia como falta de medios y que, sin embargo, en muchas ocasiones sólo puede hacerse cuando hay cierta tranquilidad económica que permite asumir proyectos donde lo prioritario no es el beneficio económico. Lo independiente como no comercial porque no es de ello de donde quien crea saca el dinero para el alquiler. Lo independiente como una posibilidad reservada para una elite que puede permitirse rechazar el circuito masivo que paga las facturas. Lo independiente como una obligación para quienes sí pueden: Amy Redford, Colin Hanks o Jason Ritter.
La editorial HarperCollins acaba de firmar un contrato multimillonario con George Michael para que cuente por escrito la historia de su vida; con sus pelos, sus señales y sin tapujos.
“La gente no es tonta, y está empezando a darse cuenta de que la verdad es mucho más interesante que las historias que se inventa la prensa”, ha dicho uno de los responsables de la editorial que lanzará las memorias para el otoño de 2009. Yo, que soy gente aunque también un poco tonta, no puedo estar de acuerdo.
La verdad es sólo más interesante cuando somos sus protagonistas, cuando la vivimos y estamos inmersos en ella. La verdad de una fiesta de cumpleaños en un bar de medio pelo con nuestros amigos es muchísimo más apetecible que una historia en la prensa sobre una orgía enloquecida de estrellas de Hollywood en una discoteca de Las Vegas. Eso es cierto. Lo malo es que escribir un libro que incluya los chascarrillos privados de ese encuentro de amigotes en el disco-bar de barrio es un solemne coñazo, por muy George Michael que sea uno. Debe de ser por eso que las autobiografías de celebridades que se prometen a tumba abierta acaban acogiendo en el hueco del cajón la buena imagen de otros famosos que fueron amigos del autor, y que seguramente ya están temblando. Porque la gente, que sí es tonta, piensa que son más interesantes las historias que se inventan los famosos en sus memorias que las que se saca la prensa de la manga.