La estrategia de comunicación de la asociación de defensa de los derechos de los animales, PETA, me encanta. Quedarse en paños menores para denunciar malos tratos y crueldades contra los pobres bichos y así garantizarse cierta atención mediática me parece un acierto. Promover hábitos vegetarianos, condenar el uso de las pieles como prenda de abrigo –o materia prima de complementos– con fotos a todo color de actrices sin ropa, es una grandísima idea. De verdad que lo creo así.
Aunque últimamente PETA me tiene un tanto intrigado. ¿O es que sólo yo me he dado cuenta de que, desde hace meses, en las acciones de esta asociación los carteles de denuncia son cada vez más pequeños? ¿Es una sensación mía, o sus militantes están cada vez más cachas y más jamonas? ¿Qué ha sido de aquellos tiempos, cuando un montón de personas normales –con estrías, barrigas, micropenes y culos caídos– se manifestaban tras enormes pancartas? ¿Hacen castings en PETA? Seguro que no, aunque lo parezca. Aunque la carne que ellos no comen tenga cada vez mayor protagonismo en sus campañas, y luzca más prieta en las imágenes que refuerzan sus mensajes. Claro, que tiene sentido. Si no han conseguido hacernos reaccionar apelando a nuestra crueldad, que lo hagan a través de la envidia: “No comas carne; tendrás este cuerpazo. Y con un cuerpo así, ¿quién necesita una estola para desviar la atención, para ocultarse?” ¡Qué listos los de PETA..!
Entre las muchas teorías que asocian moda con economía las hay para todos los gustos: las que relacionan la longitud de las faldas con el volumen de las vacas (gordas o flacas), el estilo capilar de las niponas con las cifras del Nikkei o las paletas de colores dominantes con los bandazos más o menos reaccionarios de los estándares morales.
A mí, más que todas esos oráculos de proporciones –directas o inversas– me interesan otras señales; como cuando los grandes creadores recurren a referentes pasados para justificar sus nuevas colecciones de futuro (soluciones envasadas al vacío en cuya fórmula aparece la locura de los 20, el glamour de los 50, el optimismo de los 60…) y que algunos expertos explican como uno de los primeros síntomas del miedo a la crisis, que contagia a los diseñadores de su aroma apocalíptico y los lleva a echar la vista atrás para tirar de tiempos pasados que fueron mejores. O suenan mejor. De nostalgias de evasión.
La moda se enroca en momentos de incertidumbre y recurre al rescate cíclico. Así se conjuran miedos al vacío. Eso dicen los que saben. Puede que tengan razón. Aunque también puede ser que, ante las crisis, la consigna sea el regreso a los clásicos, que disfraza el consumo y lo hace parecer una inversión para el futuro; ese tiempo oscuro y tenebroso que nos asusta tanto que no podemos permitir que nos vaya a pillar pasados de moda. Y lo retro ya no puede pasar.
Que sea la última vez que se me ocurre pasarme la noche en vela para acabar viendo una gala televisiva mal doblada, con un diseño de vestuario a cargo de un devoto de Stendhal, melosos momentos musicales con melodías de Disney, monólogos interrumpidos de manera abrupta y reportajes tan apasionantes como El cine a través de los prismáticos o Adivina quién no vendrá esta noche (¡se murió!)
Nunca más. Me niego a volver a sacrificar mis sagradas horas de sueño sólo por seguir en directo una exhibición de quincalla a granel a cargo de una señora mayor con las axilas descubiertas sentada junto a un septuagenario que sufre espasmos faciales y luce gafas de sol en interior. Paso total de repetir esa pesadilla vívida con el terror añadido de los comentarios de una de esas periodistas de raza que habla del bótox como si hablara del ántrax o conexiones en vivo y en directo con un cine repleto de gente chuzadísima y medio grogui que simula volver a la vida cada vez que el presentador –combinado cargadito en ristre– les avisa de que están a punto de sacarlos por la tele.
A los Hermanos Lumière pongo por testigos de que nunca volveré a padecer otra ceremonia de entrega de los Oscar. Antes, una gala de los Goya. Completamente en serio. Que, además, apenas se diferencia del fiestón anual de Hollywood; si acaso en que la española es más corta, la alfombra es verde y en qué Cruz va invitada. Si es Penélope son los Oscar, y si es Mónica, los Goya.
Beth Dito –fabulosa cantante de The Gossip–, Adele –que actualmente es número uno de ventas en el Reino Unido con su primer disco, 19– o Perez Hilton –un bloguero chismoso que en pocos años ha pasado de comentarista a celebridad– son tres ejemplos de jóvenes de éxito. Y tres gorditos divinos.
Tres personajes que podrían ser, perfectamente, modelos a emular por adolescentes lesbianas de una pedanía de Murcia, víctimas del acoso escolar, la seborrea capilar y el desamor. O por sufridas dependientas de algún hipermercado Tesco a las afueras de Londres o maricas provincianas de la Norteamérica profunda que devoran el Vogue con la misma devoción con la que siguen las desventuras –sin bragas y a lo loco– de Britney Spears en el blog de Perez Hilton.
Tres ídolos atípicos que esta semana cometieron el gran error de sus vidas: dejarse ver en la alfombra roja de los premios Brit de la música, y demostrar así que hay vida más allá del estándar.
A ver lo que tardan las autoridades encargadas de la defensa de los valores de la infancia y la juventud en identificarlos como nocivos ejemplos de una nueva tendencia hacia la obesidad y en exigirles un control de su línea y un índice máximo de masa corporal . Veamos cuánto tiempo pasa hasta que alguien decida que los gordos públicos tienen la culpa del aumento global de peso de la población primermundista. A ver lo que tardan en quitarme la foto con el cigarrillo y obligarme a ponerme a plan. Miedo me da.

Tras la última ola de embarazos de famosas era de esperar una resaca que arrastrara los retratos de los retoños hasta las portadas de las revistas. Se veía venir. Al churumbel de Christina Aguilera, al de Nicole Ritchie (que aguarda turno para People), a los recién llegados gemelos de JLO y Marco Antonio (por cuyas fotos en exclusiva los orgullosos papás recibirán entre 4 y 6 millones de dólares)… y los que nos quedan. Estaba cantado. Lo mismo que el celo protector que desarrollarán dentro de muy poco tiempo estos mismos papás para evitar que las caras de sus criaturas salgan retratadas en cualquier medio de comunicación. Gratis, claro está. Vamos a ver cuánto tarda la Aguilera en sacar al niño a la calle cubierto cual nazareno. Meses, me apuesto. Lo normal.
Lo que no es ni medio normal es lo del reportaje de portada del último ¡Hola! (esa Biblia…): “Miguel Iglesias fotografiado por su padre al cumplir diez años”. Un exclusivón padre (Julio) y muy señor mío de nueve páginas donde no sólo aparecen las fotografías del chiquillo firmadas por el cantante, sino unas declaraciones del muchacho en las que, además de enterarnos de que él no va al colegio sino que estudia con profesora en casa, desvela el orden de sus preferencias musicales: su padre, su hermano Enrique, su hermano Julio –jajaja–, los Bee Gees, Elvis y Bon Jovi. Y me pregunto, ¿dónde se mete el Defensor del Menor? ¡Que alguien escolarice a este niño y recargue su iPod!
El fenómeno de los celebrity bloGPS –término que acabo de acuñar en un pispás para esos blogs, norteamericanos en su mayoría, que nos mantienen al tanto en tiempo real de dónde están y qué hacen exactamente los famosos– me impresiona. Siempre que los visito, pienso en un psicokiller armado con una Blackberry en una mano y una Mini Uzi oculta en la sobaquera, de paseo por Manhattan, atentísimo a la pantalla de su micronavegador.
En un asesino que leyera a las 10 de la mañana, tal y como hice yo ayer a las 4 de la tarde: “En el EAT de Upper East Side. Tom Wolfe está sentado solo, desayunando. Lleva un traje completamente blanco.” Y en ese momento, en vez de escribir un comentario malintencionado a propósito de lo inconveniente de vestir por entero de blanco en febrero o sobre lo triste que le parece tener que desayunar solo para alguien que acaba de recibir 7 millones de dólares como adelanto por su próxima novela sobre “clases, familia, riqueza, razas, crimen, sexo, corrupción y ambición en Miami”, decidiera dirigirse hacia el EAT de la zona alta de Manhattan y teñir de rojo el inmaculado traje del escritor.
Esas cosas se me ocurren cada vez que alguien revela on-line la ubicación exacta de una celebridad en ese preciso momento. Esas cosas o peores, como lo difícil que deben de ser las canitas al aire cuando eres famoso y las posibilidades de que te pillen se multiplican por share. Tal vez será por eso que se lían entre ellos: por pura discreción.
Ayer, el Ayuntamiento de Marbella subastó el coche de su alcalde más famoso (o al menos el más famoso por sus propios deméritos y no por andarse con enredos y manitas con una tonadillera de pro). Ayer, el Grupo Franco Obras y Proyectos de Castellón se hizo con el cochazo oficial por apenas 39.000 euros. Una estupenda inversión. Y de una justicia poética maravillosa que daría para espléndidos titulares del tipo: “Franco compra el Rolls de Gil”. Que, bien mirado, es una manera estupenda de resumir la historia, además de uno de esos encajes de nombres propios que me fascina descubrir, como cuando la hija de Cristo Rey se hizo superviviente.
Seguro que Jesús Gil estaría feliz –o lo está, si son ciertas esas teorías a las que les falta bien poco para afirmar que Gil anda oculto en una isla donde comparte guayaberas con Elvis– de saber que la empresa que ha comprado a precio de saldo el coche de lujo que simbolizó su chabacanería neorriquista, sus abusos y sus desmanes cuenta entre sus áreas de negocio con el refuerzo y consolidación de firmes, que es algo por lo que Gil luchó toda su vida… a hostias.
Claro, que a lo mejor me equivoco, y lo mismo un día de estos llama James Dean a Hormigas Blancas para decir que no, que Gil ya pasa total de la disciplina y el orden (ajenos) que tanto le obsesionaron. Que ha descubierto lo que relaja el sumo y lo fácil que es tumbar a Elvis, que lo demás le da igual.
Tiemblo cada vez que algún modistucho de tres al cuarto presenta una colección que anuncia como un tributo a
Audrey Hepburn, a Sofía Loren o a Marilyn Monroe. Eso siempre significa que se le ha ido la mano con la dosis de cursilería, los cortes neorrealistas ruralones o el brillerío ultraceñido y transparente. No falla.
Lo mismo que cuando los directores de cine se encomiendan a Alfred Hitchcock –lo cual siempre justifica un guión con unas lagunas donde podría habitar la familia política del monstruo de Ness–, o los novelistas a Marcel Proust –aterrador aviso de que el editor no metió la tijera donde y cuando debía, y sobran por lo menos cien páginas–, los pintores a Andy Warhol, los directores de periódicos al Watergate, los escultores al riquísimo legado de la artesanía popular –que suele ir acompañado de un sentido homenaje al Libro Guiness de los Records, donde podría aparecer su botijo, probablemente el más caro de la historia de la humanidad–, y los músicos pop a los sonidos que acompañaron su adolescencia –en un 99% de los casos eso significa que no nos libra nadie del machacón sintetizador–.
Desconfío de todos ellos. Casi tanto como de aquellos que cuando llega el desamor pretenden actuar a lo cine de Ingmar Bergman y terminar de manera civilizada, pero acaban rindiendo su particular homenaje al peor Douglas Sirk o a patéticos momentos Ozores. Lo sé porque me acuerdo. Y no volverá a pasar.
Abro los Diarios de John Cheever por una página al azar y leo, transcribo: “No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento (…)”.
Le cierro a Cheever el libro en la narices, contemplo atentamente una figura embutida de Ana Obregón en cualquiera de sus manifestaciones y creo que lo suyo, después de tantos años, se acerca cada vez más a la alta literatura memorística en vivo, que ni disimula ni oculta, y describe la magnitud de su desaliento a la perfección. No hay imagen de Anita O. en los últimos años que no me haga pensar en el castigo mítico de Tántalo, condenado a vivir casi a punto de saciar su hambre y su sed, inmerso en un lago y bajo un árbol cargado de frutas que es incapaz de alcanzar. Lo mismo que la Obregón, siempre a un tris del gran salto: a Hollywood, al estrellato en el cine español o en la aristocracia internacional, a las portadas de los tabloides ingleses, al éxito joseluismoreniano en la televisión o a los altares del imaginario sexual español. Pero no.
Ana ha estado allí, a punto de todo, y nada ha salido a la perfección. Por eso, cada vez que Anita anuncia un nuevo traspiés en su vida sentimental y se recompone a fuerza de apuntalarse con tejidos tensados por la industria aeroespacial no puedo evitar pensar que de esa manera nos está hablando de algún fracaso más.
Hay que ver lo aburrida que parece cada año la entrega de estos premios de la industria musical americana, y lo emocionante que ha estado esta edición. Y no sólo porque Natalie Cole pusiera el gorgorito en el cielo después de que Amy Winehouse lo ganara casi todo; algo que a la Cole le parece una ofensa hacia todos aquellos músicos que tratan de llevar una vida sana y ordenada (me imagino que se referiría a los coros parroquiales).
También ha sido de lo más edificante descubrir que una de las asistentes a la gala del domingo, la enorme Aretha Franklin, anda ofendidísima después de que Beyoncé presentara a quien fue su compañera de dúo, Tina Turner, como “la Reina del Soul”. Para qué queríamos más.
Bueno, sí, venga, otra más. A estas dos encantadoras peleas entre parejas de divas tenemos que añadir el tenso encuentro que protagonizaron otras dos grandes damas del cante –Paris Hilton y su ex amiga Lindsay Lohan– en la cena de gala celebrada la noche anterior con todos los candidatos al Grammy (“¿Qué demonios hace aquí esa puta?”, leo que preguntó Lindsay a uno de los organizadores de la fiesta mientras señalaba con el dedo –qué feo eso– a Paris).
Tres tremendas escenas chica/chica que demuestran que los profesionales del marketing han decidido recuperar la promoción a través del chisme para sacarle todo el partido a unos premios que parecían no dar mucho de sí. ¿Darán los Oscars este año tanto juego?