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Nicolas y el chihuahua

13 feb 2008
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El mundo de la literatura basura es un lugar maravilloso, donde las estrellas cinematográficas caídas en desgracia (y en la marmita de los callos con garbanzos) como Kathleen Turner se permiten escribir unas memorias arrojadizas que tardan bien poco en dar los frutos deseados: Nicolas Cage, sobrino de Coppola y compañero de rodaje de la Turner en la película de su tío Peggy Sue se casó, acaba de anunciar en el Daily News que piensa emprender acciones legales (que es un término que me encanta escribir, así, de corrido) contra la actriz si no se retracta inmediatamente de lo que ella escribió sobre él en su autobiografía, Send Yourself Roses.

A saber; que cuando Cage le daba a la frasca se ponía imposible, que lo detuvieron un par de veces por conducir beodo y que –atención a esto que viene ahora, que es buenísimo– una vez vio por la calle un chihuahua que le pareció una monada y se lo metió debajo de la chaqueta para llevárselo a su casa.

¿No es maravilloso? Y, sobre todo, ¿no es estupendo que la divina Kathleen nos revele este detallito delictivo de Nicolas y, no sé si con intención o sin ella, de paso nos ayude a entender de una vez por todas el milagro capilar del actor? ¡Un chihuahua! ¡Pues claro! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Estoy deseando que Olivia Newton–John saque en breve unas memorias jugosas por ver si cuenta algún episodio similar de Travolta. Entonces, por fin, podremos entenderlo todo y respirar tranquilos de una vez.

Una semana Cibeles

12 feb 2008
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Todo el mundo corre antes de los desfiles; los fotógrafos y los cámaras de televisión a la caza de famosos en los asientos de invitados para hacerse con una imagen suya o una palabritas para televisión, las modelos en el backstage todavía a medio vestir, los plumillas acreditados que terminan su crónica en la sala de prensa y van corriendo a ocupar el asiento donde está su nombre escrito junto al dossier de prensa y –tal vez, si ha habido suerte, algún pequeño cohecho, un regalito conmemorativo del evento–, los responsables de comunicación de cada firma, que saludan, deshacen entuertos de última hora, van de un lado a otro con la lista de invitados y tratan de que nadie note todas las cosas que están saliendo fatal.

Todo el mundo corre, todo es muy deprisa, a toda velocidad. Todo, excepto el ritmo de llegada de los espectadores ilustres de las primeras filas (actrices, actores, políticos, aristócratas o simples celebridades) que, después del trajín, aparecen. Serenos, sonrientes (o no tanto), con parsimonia y mucha tranquilidad. Pareciera como si todo lo que hicimos nosotros antes, todas nuestras carreras, nuestros afanes, hubieran estado pensados con el único fin de que cuando ellos llegaran lo pudieran encontrar todo en orden, bien dispuesto, en calma.

Qué razón tenía Andy Warhol cuando describió a los millonarios como esas personas que caminan más despacio que los demás. Basta una tarde en la Pasarela Cibeles para descubrir que éso es verdad.

Defender la alergia (al poder)

11 feb 2008
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Miguel Díez (hermano de Luis Mateo, uno de mis novelistas preferidos) me enseñó literatura española en el colegio, a no creerme nunca nada sin pensarlo y dos máximas que después de tantos años no he podido olvidar. La primera, que abusar de los débiles es propio de canallas. La segunda, que la obligación de todo intelectual consiste en ser crítico con el poder establecido.

Pienso en Miguel mucho, casi a diario, pero en especial durante estos días, cuando he visto a los artistas españoles henchidos de tono/politono a costa de un ramplón poema del mediocre Benedetti como reivindicación de la alegría que da arrimarse al poder establecido. Ana, Víctor, Sabina, Almodóvar, Bosé y hasta Barceló -nuestro hombre en Mali- se han lanzado a las cámaras y se han puesto las cejas del Señor ZPock para convencernos de que no hay nada mejor que el mal menor, nada como las pequeñas alegrías para compensar la imposible felicidad.

Defender la alegría. (Save the gay mood). Contra la siniestra oscuridad ultramontana que ha pasado sobre nosotros y ha conseguido extirparnos la saludable reflexión y cierto descontento ante lo que no es el mejor de los mundos posibles, y que hace sólo un par de días les puso a huevo la cancioncilla con su idea de impedir que los maricones casados podamos adoptar hijos. Lástima que algunos de mis compañeros de colegio -hoy ideólogos del PP- no asistieran a clase el día que Miguel Díez nos dijo que abusar de los débiles era de viles.

Reparto de beneficios

09 feb 2008
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Madonna organizó el miércoles en Nueva York una fiesta benéfica para la Fundación Raising Malawai, en la que colaboraron Gucci -que, ¡oh casualidad!, abrió el jueves una nueva boutique en Manhattan- y la ONU (ese organismo que acaba de fichar a George Clooney) y a la que acudieron decenas de celebridades Serie A. Una fiestecita que, según uno de los directivos de Gucci –no sé si el mismísimo marido de Salma Hayek, que también estuvo en el guateque–, recaudó más de tres millones y medio de dólares, se supone que para alimentar, vestir y educar a todos esos niños de Malawi que no haya adoptado Madonna ni piensen incluir los Pitt Jolie en su orfeón infantil.

Lo jugoso del asunto es que la Fundación Raising Malawi aún no existe, por lo tanto, los millones no se han podido ingresar en ninguna cuenta a su nombre. Lo jugosísimo –tanto que chorrea– de la noticia es que todo ese dineral ha ido a parar directamente a las arcas de la alianza de la Kabbalah (esa secta tan chic para famosos místicos que incluye entre su merchadising ritual pulseritas, aguas minerales, velas perfumadas y libros con títulos tan espeluznantes como Dios Usa
Lápiz Labial
).

Lo que me maravilla de todo ésto es que a estas alturas los pobres de África aún no se hayan enterado de que financian sectas, anuncian firmas de lujo y patrocinan el lado bueno de los famosos.  Y que estemos hablando de beneficencia cuando lo que tendríamos que hacer es repartir beneficios.

Flashito está malito

08 feb 2008
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El perro de la Duquesa de Alba –ése que posó en los jardines del Palacio de Liria en Navidad vestido de Papá Noel para un antológico reportaje del ¡Hola!– anda enfermo por culpa de la picadura de un mosquito tigre, variedad de insecto que acaban de descubrirme las noticias y que debe de ser habitual en palacios ducales urbanos de abundante vegetación. Flashito, además de la versión andante del peinado de la duquesa, es, en sus propias palabras (las de Cayetana,
no vayamos a exagerar tanto), “el rey de la casa”. Y está a punto de descoronarse en la camilla de una clínica veterinaria.

La duquesa está triste, ¿qué tendrá la duquesa? Mosquitos tigres entre las hortensias, un animal convaleciente en el regazo, una pléyade de retoños creciditos en edad de divorciar (y alguno de esposar con millonaria), un patrimonio de no te menees y una cara que no pasa desapercibida ni debajo de ESE pelo. Flashito está mal y yo lo estoy pasando peor. El rey de la Casa de Alba padece y el mundo ni se inmuta. Suerte que yo tengo esta columna desde donde puedo desearle a Flashito lo mejor. Y, de paso, aprovechar para comunicarle a la señora duquesa que me estoy dejando los rizos, domino a la perfección la técnica de las cuatro patas –pregunte, por ahí, pregunte–, y luzco con gracejo y donaire cualquier disfraz. Lo digo por si Flashito va y nos confirma lo peor; para que no se sienta sola en ese palacio tan grande. Por cierto, Cayetana, ese Zurbarán ¿es bueno?

El resorte de su nombre

07 feb 2008
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La edición inglesa del Glamour de marzo escribe que Lindsay Lohan les dijo que lo peor de su nueva etapa sobria son las noches solitarias en su casa. Yo creo que es verdad.

Lo peor es llegar a casa al final del día y enfrentarse al espejo del ascensor que siempre está fatal iluminado y nos refleja con un aspecto atroz. Son terribles las noches a solas. Sobre todo para Lindsay, que se pasa el día de tiendas donde ejerce de starlette ante los dependientes, esquiva a los paparazzi como puede, sonríe a los fans que se le acercan y habla por el teléfono móvil. Es duro cuando oscurece después de todo aquello y la puerta se cierra por dentro; porque allí no hay nadie que lea su nombre en una tarjeta de crédito, que se lo grite cámara en ristre para que sonría, se acerque con papel y bolígrafo en la mano con la intención de que lo firme, ni nadie que pregunte “¿Lindsay?” cuando pulsa el botón verde del móvil. Antes, al menos, las cosas duraban más; podía pasar las noches en una discoteca, borrachísima y drogada –para evitar que le tumbara tanto alcohol– y seguir siendo para los demás la Lohan: niña prodigio Disney, actriz de serie B, adolescente problemática, ex novia de Jude Law, conductora temeraria o amiga de las Hilton. Ahora ya no. Aunque quedan las otras noches, ésas no tan solitarias que pasa acompañada por algún caballero, que en cierto momento post–coito espeta: “¡No me puedo creer que esté con Lindsay Lohan!” Entonces, ella se duerme tranquila.

Los Goya de las galas

05 feb 2008
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Puede que yo tenga mala memoria o razón (una de las dos, seguro), pero creo que la última ceremonia de los Premios Goya ha sido la mejor vestida de todas cuantas he tenido la desgracia y la fortuna, que de todo ha habido, de ver. Lo de anteayer en la alfombra verde (botella…. de whisky patrocinador del evento) fue un despliegue inaudito de aciertos por parte de casi todos los asistentes. Si hasta Emma Suárez –que siempre había tenido el mal tino de elegir algún detalle que le arruinara el atuendo en cada ceremonia– iba perfecta con su vestido túnica negro. Tal vez sea verdad que existe una relación directa entre las crisis ecnonómicas –en este caso, la del cine español– y la sublimación de la moda. O que nuestros actores, en esta época de vacas flacas para la industria, su negocio, se hayan dado cuenta al fin de que desfilar sobre una alfombra –sea del color que sea, la pague quien la pague– antes de una ceremonia de entrega de premios es una excelente promoción que, por razones que no he entendido nunca, se desaprovechó durante años. Quizás porque muchos pensaban que no era más que una farsa, un juego de apariencias que nada tenía que ver con su trabajo ni con sus principios. Y tenían razón; lo es. El problema es que nos gusta ese despliegue de falsedades. Probablemente, por lo mismo que nos gusta ir al cine: para mirar sin que nos vean y para que nos mientan, se arreglen mucho para gustarnos y nos digan que nos quieren, como en Johnny Guitar.

Democracia de la moda

04 feb 2008
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Las pasarelas son cada vez más largas y llegan más lejos. Las semanas de la moda de las distintas ciudades son, además de ferias de muestras de alto copete, un excelente medio promocional para las distintas firmas, que invierten un dineral en el evento porque cuentan con recibir, a cambio, cobertura mediática gratuita; inserciones publicitarias a coste cero con apariencia informativa.

Pero los desfiles de alta costura son más que un modo excelente de construir una imagen de marca tan deseable que provoque el deseo de adquirir su espíritu en formatos más comerciales y asequibles -perfumes, cosméticos, complementos-, que son los que de verdad hacen rentable el negocio; son también un modo de ampliar miras éticas y estéticas. No creo en el manido recurso de “la dictadura de la moda”, sino en su misión radicalmente contraria: elevar a las pasarelas una libertad de atuendo que después la calle interpreta a su manera para hacernos más libres, más desprejuiciados y menos psicorrígidos.

Seguir la moda no es someterse a lo que los popes de la costura imponen, sino entender que cada una de sus nuevas apuestas, cada “tendencia de temporada” de los diseñadores no anula las anteriores, más bien nos propone un nuevo modo de contar nuestra historia con la ropa que llevamos puesta. En el fondo, vestirse es una forma de expresión más. Y las pasarelas -algunas, las realmente buenas- crean nuevos lenguajes. Lo demás es silencio.

No es sangre, sólo Tomate

01 feb 2008
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Una de las claves del éxito del programa siestero basurilla que hoy termina fue que los espectadores no interpretamos sus barbaridades (que tampoco fueron tantas) desde nuestro punto de vista, sino con la expectativa de la airada reacción de los afectados. Aquí hay tomate triunfó porque nos usó como canal entre celebridades; no fuimos audiencia, fuimos mediums.

Lo más interesante del Tomate era que todos sabíamos que nadie se lo perdía: ni los protagonistas de los chismes, ni el juez que secuestró El Jueves, ni los redactores de otros programas rosas de las cadenas de la competencia… Lo de menos era lo que nosotros pensáramos de lo que nos contaban, ni si nos importaban o no lo más mínimo los asuntos que revelaban; lo de más era lo que creíamos que pensarían los implicados en tales revelaciones. Y lo que tendrían que decir sobre ello al día siguiente: algo absolutamente predecible, por supuesto.

Aquí hay tomate supo usar las herramientas de los best–sellers literarios: mostrar la información de un modo muy simple para dejar que fuéramos nosotros quienes atáramos los cabos hasta averiguar la conclusión, y así sentirnos inteligentes. Alienados (bueno, sí, pero alienarse a la hora de la siesta no es tan grave), pero más listos que nadie.

Hoy acaba Aquí hay tomate, y ni lo lamento demasiado ni lo celebro. No creo que fuera tan malo. Lo malo es que nos quieran hacer creer que fue lo más transgresor que puede hacerse. Lo peor, que sea verdad.