
Veo las imágenes del Baile de la Rosa monegasco de este fin de semana y no puedo evitar pensar en aquel en blanco y negro que organizara Truman Capote en el Plaza neoyorquino para celebrar su éxito y demostrar a sus invitados ricos y famosos que él también era uno de ellos.
Asisto estupefacto al movidón en Montecarlo y se me viene a la cabeza esa frase teresiana que Capote utilizó para su último libro: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas.” Y que inspira también una canción de Fangoria que tal vez cantaran ahí anteayer.
Intento saber qué pienso de esa noche temática, de Almodóvar como animador de un evento benéfico donde se reciben generosas donaciones de traficantes de armas o evasores de impuestos, de La Movida como referente estético o histórico, del sentido del éxito o los rituales de aceptación.
Pienso en mí (versión egomaníaca del clásico cantable almodovariano) y en todos ellos. Me pregunto en qué momento sucede exactamente; cuándo se da uno cuenta de que ha dejado de ser un observador y descubres que eres uno de ellos.
No lo sé. Lo único que tengo claro es que Capote prefirió la alta traición al síndrome de Estocolmo, y le fue fatal. Que Fangoria abrió el baile con Miro la vida pasar. Y que cruzar al otro lado de la vitrina que nos devuelve el reflejo nos condena a convertirnos en maniquís.
Anne Wintour, editora jefe del Vogue USA, acaba de volver a liarla por culpa de un quítame allá esas fajas. Por si la pobre no tuviera bastante con la que hay organizada con la portada interracial de Gisele Bündchen y LeBron James...
El último escandalazo llega por culpa de un asunto bastante tonto con una pareja de diseñadoras –Rodarte–, a quienes Anne envió un mensaje hace algunos meses en el que les recomendaba hacer una vida más sana y perder unos kilitos, e incluso se ofrecía a financiarles unos meses de dietista. Y así fue. La experiencia adelgazante de las dos chicas, junto con un reportaje fotográfico sobre el antes y el después, aparece en el Vogue de abril. Para qué queríamos más.
Los múltiples enemigos de la diablesa vestida de Prada han aprovechado la ocasión para volverse a lanzar sobre ella y acusarla de fomentar la anorexia, odiar a las gordas y recordar a los lectores que la propia Wintour le exigió a la mismísima Oprah que adelgazara si pretendía ser portada de Vogue. Qué perezón.
Yo, que cada día soy más devoto de la Wintour, le acabo de mandar un mensaje en el que me ofrezco para un experimiento similar: seis meses en Incosol pagados por Condenast y con el compromiso de contar luego mi experiencia, por dinero, por supuesto. Exactamente lo mismo que hizo el escritor Christopher Hitchens hace unos meses para una serie de artículos en el Vanity Fair y que entonces no escandalizó a nadie.

La cosa se pone chunga para las famosas parturientas. Las portadas ya no se conforman con el clásico retrato de madre amantísima de rostro estucado y torso rebozado en puntillas y blonda. El mercado exige más. Las últimas exclusivas de JLO en People y Nieves Alvarez en ¡Hola! marcan un precedente en la demanda neonata. La prensa colorinchi los quiere a pares.
La sacrificada vida de las celebridades se hace aún más dura. A los tratamientos de bótox, inyecciones de hormonas de cordero, vitaminas subcutáneas, retoques quirúrgicos, apósitos siliconados y blanqueamiento dental, ahora tienen que añadir los tratamientos de fertilidad. Dentro de nada, no serán nadie quienes paran por unidades.
Todos queremos más. Y presiento que lo tendremos. Preparad vuestras quijadas para el desprendimiento, porque no tardaremos en verlo. Los trillizos de Paris Hilton. Los cuatrillizos de Britney –requisados por un juez nada más nacer–o el doble parto simultáneo de quintillizos de las gemelas Olsen.
Tendremos ingeniería genética al servicio del espectáculo. New Born Kids on the Block. Nuevas revistas con títulos tales como Gattacadas de los nervios, o un Gran Hermano donde todos los concursantes serán clones heterosexuales de Tom Cruise. Lo veo venir.
La pena es que no viviré para contarlo. Lo hará en mi lugar un cruce perfecto entre Eduard Punset y Jorge Javier Vázquez.
Desde el pasado fin de semana, Moscú se ha convertido en la capital internacional del terror. Los diseñadores locales se han liado las estolas a la cabeza y han decidido sorprender al mundo con sus horripilantes reinterpretaciones de la tradición estética local o el regreso a la estética Studio 54 –una estética imposible de entender sin considerar la enorme influencia de los psicotrópicos y lo difícil que era verse en esos espejos llenos de polvo blanco.

Los modistos rusos se afanan por sorprender a sus espectadores con creaciones descabelladas, mientras las primeras filas de sus desfiles se llenan de damas y caballeros que no se pondrían nada de lo que ven pasar frente a ellos sobre la pasarela; están allí sólo para poder lucir sus últimas adquisiciones en pret–a–porter y complementos comprados en la otra Europa.
Chaneles en los suelos y vuittones en regazos contemplan entre destellos de oro pesado los amagos de moda con criterio que recorren la moqueta.
No importa. No es una pérdida de tiempo, ni de energía, ni de dinero. Muchos de los diseñadores que presentan sus colecciones en esta Semana de la Moda no lo hacen para conseguir clientes, sino inversores. Millonarias y millonarios que quieran ayudarles a iniciar su aventura fuera de allí. En Roma, París o Londres.
En esta Semana de la Moda no se va a comprar moda, sino a sus creadores.

El ministro de una iglesia metodista de Houston se encontró hace unos días con un Cheeto con la forma de Jesucristo y lo guardó en una caja de plástico para enseñárselo a todo el mundo y proclamar el gozoso milagro de la sagrada forma con sabor a queso –que algunos ya han bautizado como Cheesus– frente a las cámaras de televisión. Aleluya. Acojona.
La noticia del hallazgo del mesías en formato snack me ha enfrentado con uno de mis miedos inconfesables; que un día, sin previo aviso –tal y como suelen suceder estas cosas– se me aparezca la Virgen, lo mismo que a Pitita Ridruejo o a Fernando Arrabal, y me pida que transmita al mundo su mensaje (el de Nuestra Señora, no el de Arrabal). Que me conmine a dejarme de mariconadas, mediocridades diarias e ínfulas literarias de medio pelo para entregarme con fervor a advertir al mundo de la inminente llegada del Apocalipsis, la Tercera Guerra Mundial, el nacimiento del Anticristo o el triunfo definitivo de la bota blanca sobre el zapato de salón.
¡Qué miedo! No ya al momento de la divina aparición, sino a lo que sería de mi vida después, a lo jodido que tiene que ser vivir para cumplir una misión, haber sido elegido para contarle al mundo la verdad. Qué horror.
Por suerte, llevo años escribiendo bobadas que nadie toma en serio y no creo que ningún ente divino me soltara ese marrón. Por suerte, y por precaución.
Tengo que reconocer que a pesar de mis reparos estéticos hacia la madame de Versace, siento una enorme admiración por esta mujer. Por mucho que a veces se le vaya la mano en sus estrategias promocionales suicidas (su indiscreción con los trajes de novios de Cecilia ex Sarkozy y futuro marido le ha costado perderlos como clientes y un monumental cabreo de la pareja), Donatella tiene un meritazo.
Porque la Versace, desde que se cargaron a su hermano Gianni hace casi once años, no descansa: organiza fiestas a las que acude maquillada y embutida hasta la asfixia, sale a saludar al final de sus desfiles, concede entrevistas en programas matinales, visita exposiciones, lanza nuevas líneas de negocio y hasta dice que diseña algunos de los trajes que llevan su apellido. Un no parar de lo más estresante.
Cuando lo cierto es que Donatella podría vivir estupendamente y sin tanto ajetreo; podría disfrutar de una plácida carrera tanto o más rentable que la actual, pero mucho más tranquila, sin tanto ir y venir ni inversiones arriesgadas. Bastaría con que abandonara el patronazgo y los patrones, se instalara en un plató de Antena 3 y se hiciera invitada fija del Diario de Patricia, donde daría para estupendos monográficos: Soy adicta a la cirugía plástica. A mi hermano lo mató un asesino en serie. Mi hija es anoréxica. Yo estuve enganchada a la cocaína. O, el mejor de todos: Me casé con el novio de mi hermano para darles una heredera.
Muchas campañas de prevención de accidentes, adicciones o enfermedades buscan personalizar las cifras de víctimas a través de nombres propios, de historias personales, de vidas y muertes que laten bajo los números. Como si nos importara la gente. Como si esos mismos creativos publicitarios no llevaran años creando otras campañas para insistir en lo especiales, individuales y únicos que nos hace el uso, consumo y disfrute de los productos y hábitos que nos venden. Para enseñarnos a marcar las distancias con el resto.
“El infierno son los demás” y “Los otros”, unos muertos de Amenábar que dejaron a Nicole Kidman con gesto de susto para siempre.
Si acaso, nos interesan los nombres propios. Tan propios que nos pertenezcan; los nuestros. De nadie más. Y aún así, hay quienes siguen insistiendo en matizar los grandes números con historias reales. Como si nos importara la gente, o prestáramos atención a las palabras. Pero no es así.
Nos importan más las cifras que las letras, los rankings de Forbes más que las biografías de Zweig, lo que le va a costar a McCartney su divorcio de Heather Mills más que los entresijos del desamor, el precio de los zapatos, el vestido o el diamante más caro del mundo por encima de la narración de cualquier proceso creativo. Más los sudokus que los autodefinidos. El juego de unir los puntos numerados para encontrar la figura oculta que el rostro que no se nos esconde.
Aunque parezca mentira, yo creo que Britney Spears y Mel Gibson comparten algo muy importante: los dos fueron durante mucho tiempo unos estrechos ultrarreligiosos cuyas declaraciones públicas acerca del himen incorrupto o el carácter unidireccional del esfínter anal les acompañaron sin que la prensa hiciera demasiada sangre al respecto en
aquellos tiempos.
Eso y una cena con ricas viandas rusas en un restaurante de Los Angeles el fin de semana pasado. Un encuentro del que sólo ha trascendido que ambos bebieron agua mineral y que Mel le ofreció a Britney un puesto como cantante solista en el coro de su Iglesia de la Sagrada Familia en Malibú. Así, como suena. O como puede sonar la Spears en pleno trance místico entonando El vino que tiene Asunción y Asturias, patria querida con fondo de gospel.
Lo que nos faltaba. Ahora, que Britney está divina cuando se pone hasta las trancas, habla con acento británico, se zampa las bolsas de Doritos con envoltorio o luce patata con donaire. Cuando Gibson había dejado por fin de ser un ejemplo de hombre-hombre después de que le pillaran cocidísimo al volante. Ahora, que lo estábamos pasando tan bien con sus divertidas decadencias, va Mel y quiere salvar a Britney. Reconducirla hacia la buena senda y devolverla al aburrimiento neoNancy del que salió, a la vez que él se apunta el tanto público como piadoso redentor. Mel, LEAVE BRITNEY ALOOOOONE!
Las etiquetas del glamour están caducadas después de años de gloria y posterior saturación. Nadie que diga glamour hoy en día lo posee. Quien lo escriba, se quedó en el peor siglo XX (que es el más reciente) y no merece billete de vuelta desde allí. Ya no se muere de glamour –con tu permiso, Boris– porque su carga viral es nula.
Ahora lo chic es el nuevo glamour –como el floral fue el nuevo negro, el gris fue el nuevo negro o el negro fue el nuevo negro. Lo chic como adjetivo que bautiza y bendice, como sufijo inseparable que dignifica lo que toca.
El glamour –con perdón– poseía misterio, a veces un punto de exceso y, en muchas ocasiones, suponía un maravilloso catálogo de errores y excelsas atrocidades estéticas. El glamour era incorrecto, incluso hortera, neorriquense y hasta paródico. Eran Alexis Colby, Liz Taylor, Joan Crawford, Jackie O. o Bette Davis en ‘Eva al desnudo’.
Lo chic es otra cosa. Más seria, más estricta, menos permisiva e inflexible. No tiene humor, no admite excepciones, exige etiqueta y castiga la fantasía. Es Coco Chanel de negro y varias vueltas de perlas, el enésimo retorno de las Hepburn (Audrey y Kate) o Anne Baxter en ‘Eva al desnudo’.
Llega lo chic y salimos perdiendo. Eva Harrington le gana la batalla a Margo Channing. Se imponen las mosquitas muertas y el culto a la contención. Fracasa el gusto por la diversión y vence el miedo a equivocarse. Y el tedio, que es muy chic.
Ana Rosa Quintana está que trina porque a una de sus colaboradoras estelares, Belén Esteban, nadie le quiere hacer el vestido de novia. Ni Rosa Clará ni Pronovias parecen estar dispuestos a dejar en su imagen de marca las marcas de la imagen de la tertuliana mañanera, madre coraje de hija de torero, stripper ocasional y karaokera de pro. Qué injusticia, qué crueldad. Suerte que la Esteban cuenta con el apoyo incondicional de AR que, indignada, denuncia el clasismo de las modistillas nupciales –como si Pronovias hubiera nacido en un taller de la Rue Chambon– y se lanza a exclamar –cuidado con lo que viene, yo os lo advierto– que “Belén Esteban representa a todas las chicas sencillas de España”. Ahí queda eso. Para las hemerotecas.
Tres meses quedan para la boda de la representante de las chicas sencillas españolas, y ella aún anda sin vestido. Mientras, su jefa se indigna al tiempo que soluciona algunos minutos diarios a costa del asunto y se solidariza con la causa tul ilusión. Un drama.
AR debería evitar la tragedia que se avecina y encargarse ella misma de diseñar el vestido de novia para Belén. Hacer de la necesidad virtud y descubrirnos una nueva faceta: la de modista de alta costura.
Sé de muy buena tinta, Ana Rosa, que en Bangkok hay unos chicos que copian a la perfección modelazos de haute couture, y hasta les cosen tu firma. Hazlo, querida. Total, no sería la primera vez…