
La infanta Elena recibió hace un par de días en el Palacio de la Zarzuela a los patrocinadores de una fundación que recauda dinero para comprar juguetes a los niños de todo el mundo: 3.208.476 euros que dieron este año para 440.000 juguetes de a siete euros, más o menos. No parece gran cosa, pero lo bonito es el detalle. Eso y que la asociación tenga como presidenta de honor a la infanta Elena, que es como que te manden los regalos unos Reyes Magos de segunda división.
Por eso, por la responsabilidad de su cargo honorario, fue que la infanta recibió anteayer a los miembros del proyecto Un juguete, una ilusión. Y lo hizo ataviada con una chaqueta multicolor indescriptible (a no ser que uno sea daltónico; en tal caso, se podría describir como un estallido de miles de arcoiris) y… ¡sin su anillo de casada con una fecha por dentro!
Eso cuentan las crónicas de quienes estuvieron allí o han sido capaces de mirar los vídeos con intención sin padecer desprendimientos de retina y vahídos malísimos, como los que me dieron al recibir su imagen en mi buzón de correo (que, desde entonces, ha perdido su criterio para discriminar el spam).
¡Qué lista la infanta! ¿Que decide quitarse su alianza y aparecer sin ella en un acto oficial? ¡Pues qué mejor que aprovechar el estreno de su peor chaqueta para que nadie se fije en nada más! Aunque esta vez parece que la maniobra no funcionó. Alguien se dio cuenta. Esta vez…
Descubro gracias a uno de mis blogs de cabecera – el de Abel Arana, un despliegue mordaz de maldad bien merecida– que las celebridades internacionales se han puesto de acuerdo para reírse de la fiebre mediática por sus andanzas y, de paso, hacerme la vida un poco más imposible, si cabe.
El asunto es que el marido cañón de Demi Moore, Aston Kutcher, ha decidido organizar junto con sus amigos famosos una especie de Inocente Inocente –con bolitas de caviar en vez de caspa– para mofarse de paparazzi, chismosos profesionales y comentaristas amateurs. Por eso, hicieron que Paris Hilton se paseara con un señor con pinta de gurú por Los Angeles y que todos pensaran que había cambiado lo espiritoso por lo espiritual. O que Avril Lavigne, tras zamparse varias chiliburgers completas, fuera a tiendas premamá para así provocar una ola de rumores sobre su posible embarazo. Y funcionó. Internet, las revistas y los tabloides se hicieron eco de los noticiones. Pocos días después, el canal E! Entertainment –bendito sea– remató la partida con el primer episodio de Popfiction, donde se mostraba el cómo se hizo de las trampas y su posterior repercusión mediática. Genial.
Aunque, bien pensado, el formato no es nuevo. En realidad es lo mismo que vienen haciendo desde hace años las marujitas y los dinios. Aunque en su caso, por dinero y con la complicidad mentirosa de los medios. Esa es la diferencia con popfiction. Y lo mejor.
El cantante Robbie Williams –qué guapo, qué morbo– recibe visitas del espacio exterior. Así, como lo leéis. Él está en su casa de Los Angeles y de pronto, mientras compone, canta o graba, se le aparece en el jardín un enorme haz de luz negra. O una gran bola de aura dorada. Y no una, ni dos veces. Qué va. Robbie ha contado hasta cuatro encuentros en la tercera fase con despliegues luminotécnicos similares. Y un contacto con un extraterrestre cuando era niño, que de eso también se acuerda (¿quién no recuerda ese primer contacto infantil con el alien? ¿y ese traje de marinerito o aquel misal nacarado?)
Por eso, Robbie, que acaba de confesar todas sus experiencias con OVNIS en un programa de radio, se está pensando pasar bastante de su carrera musical para hacerse ufólogo –que viene hasta en el DRAE– y emular a Mulder y Scully, pero en solitario.
Conste que el músico sabe que la gente es muy mala, y que los periodistas –incluso las mamarrachas fumadoras con vitrinas en arriendo– nos vamos a burlar de él, a recomendarle una temporada en un centro de rehabilitación o una de esas fake Davidelfín que se abrochan a la espalda y estilizan tanto. Pero le da igual. Él ha descubierto que lo suyo es vocacional. Como la pintura para Carla Duval o la interpretación para Tori Spelling (Lara Dibildos, en versión doblada al español). Con la diferencia de que la ufología es mucho más auténtica. Dónde va a parar.
El mayor problema de Anna Nicole Smith fue que ella creía que su vida iba a ser una película de Billy Wilder y terminó como estrella invitada en un episodio póstumo protagonizado por Jessica Fletcher.
Anna –que fue modelo, stripper, millonaria consorte, viuda alegre, actriz de serie Z, mascota de adelgazantes y hasta anfitriona de su propio reality show– quiso ser Marilyn incluso para morirse. Y hasta en eso se equivocó. Porque en lugar de buscarse a un Arthur Miller prefirió aprender a Cómo casarse con un millonario. Y lo logró. La pena es que Anita Loos no hubiera escrito el guión de una segunda parte que explicara Cómo sobrevivirlo. O que nadie le explicara a la Smith que, a falta de buenos escritores de películas de teléfono blanco y escenas en bistrots, los productores habían decidido fichar a un autor de thrillers para su historia. Que incluiría un juicio interminable con la familia de su difunto marido por los millones de la herencia, o un embarazo que se atribuirían su manager bisexual, uno que pasaba por allí e incluso un marido de Zsa Zsa Gabor. Y que los tres reivindicarían la paternidad de la recién nacida Dannielyn Hope casi a la vez que el hijo mayor de Anna Nicole moría de una sobredosis mientras visitaba a su madre recién parida, que seguiría semanas después su misma muerte.
¿Por qué nadie le dijo que el guión de su vida lo iba a escribir Capote borracho, mezclando A sangre fría con Plegarias atendidas?
El reciente caso de los hermanos gemelos Taleon y Keyontyli Goffney es un magnífico ejemplo de lo complicado que se ha puesto hoy en día lograr la popularidad masiva. En otros tiempos, el hecho de que una pareja de gemelos protagonizara escenas de porno gay habría bastado por sí solo para generar jugosos titulares. Pero no. Ni siquiera fue noticia que uno de ellos figurara en alguno de los anuncios de una famosa marca deportiva o luciera paquetón para una campaña de ropa interior masculina. Nada. Ni mú. Ni palabra de los Goffney.
Hasta la semana pasada, cuando fueron arrestados tras el atraco a una farmacia y la policía –que no es tonta– les acusó de más de cuarenta robos. Entonces sí. En cuanto sus fichas policiales se distribuyeron por internet, varios blogueros (Perez Hilton entre ellos, cómo no) se lanzaron como hienas a difundir online lo que sabían de ellos: que esos dos jóvenes delincuentes eran –además de lo más parecido a un cruce entre Bonny & Clyde y un episodio de El show de Bill Cosby– actores porno reconocidos por sus esforzados trabajos en webs tan emblemáticas como Blackmen.net o EbonyD.com (donde figuraban con nombres artísticos tan poco elaborados como Teyon y Keyon). Y a partir de eso, la gloria masiva: periódicos, teles, revistas… todos hablamos de ellos. Por fin.
Moraleja: Lina Morgan, hoy en día, no se comería un colín con su ‘Vaya par de gemelas’… a no ser que incluyera atracos y sexo lésbico.
Hay un momento en la vida de todo columnista en el que uno tiene que optar por emular a Rosa Montero y preguntarse fuera de temporada si es posible ser al tiempo buena persona y buen artista, o atreverse a pensar, para variar, algo inteligente y muchísimo más frívolo. ¡Con lo difícil que resulta la frivolidad!
Hay un momento en el que toca observar las colecciones de los diseñadores y analizar hasta qué punto un modisto acaba confeccionando versiones de sí mismo para la pasarela. Qué distancia existe entre los propios disfraces de Lagerfeld, Elbaz o Heyskens y sus maravillas. Creo que diseñar para otros no es más que entregar por dinero (ah, maldito parné) los secretos que llevamos años guardando, las claves del camuflaje que utilizamos para sobrevivir frente a la intimidad de nuestro espejo. Los aromas de la madre de Proust al regreso de sus fiestas, los tacones lejanos o los fantasmas que Yves Saint Laurent invocó entre lágrimas en su despedida:
“Todo hombre necesita fantasmas estéticos para vivir. Yo los he perseguido, buscado, acorralado. He pasado por muchos momentos de angustia y de infierno. He conocido el miedo y la terrible soledad. Los falsos amigos que son los tranquilizantes y los estupefacientes. La prisión de la depresión y la de los sanatorios mentales”.
Miedos que el mercado de la moda supo pagar a costa de las vidas que inventamos para sobrevivir, y sirvieron para costearnos la anestesia.
No tengo nada en contra de los concursos de belleza humana, canina, hortofrutícola o floral. Es más, me gustan. Me parece enternecedor asistir al desfile de chicos, chicas, caniches con pedigrí y cola apomponada, calabacines gigantes o rosas de té. Me conmueve esa euforia final de los ganadores –humanos– de los concursos de belleza, cuando afirman que han cumplido su sueño y que su mayor ilusión en la vida era estar allí; llegar a ese vórtice de flashes, confeti, serpentinas, coronas y bandas patrocinadas.
Me estremece darme cuenta de que todavía hay quienes piensan que se gana, que un título (de lo que sea: de Miss, de Mister, de perito agrícola, Nobel de Literatura o instalador de paneles solares por CCC) significa algo. Como si en algún momento de nuestra vida existiese un resquicio de gloria donde pudiéramos tumbarnos y descansar, sentir que estamos ahí, por fin.
Pero no existe ese lugar. Los concursos –de lo que sean– son siempre una simulación de la vida, una mala imitación. No tenemos un sitio, no hay descanso. Nunca se llega a nada, por mucho que hablemos de triunfos, éxitos, laureles y logros; son siempre ajenos. Y así los creemos porque nos falta información. Pero cuando disponemos de todos los datos (los nuestros) sabemos que eso es falso: nunca conseguimos nada, no se gana. Nos instalamos en la agotadora mediocridad de quien lo intenta y ahí seguimos, tratando de hallarle a ese cansancio algún sentido.