
Hay días en que siento estar desperdiciando mi enorme talento para el detritus en esta página, en vez de andar impartiendo clases de This is Spain cañí entre voluntariosos alumnos de Erasmus.
Días como hoy, cuando lo que de verdad me pondría atómico sería sostener entre mis manos el último ejemplar de la revista ¡Hola! abierto por la página 132 para explicar a mis fascinados pupilos internacionales que la chica que sale en la foto es sobrina de una folclórica muerta, y que ha concedido la entrevista para contar que está embarazada del sobrino de una cantante de sevillanas que durante un tiempo fue amiga intimísima de una tonadillera que, a su vez, era enemiga acérrima de la tía de la muchacha con quien su sobrino va a tener un hijo próximamente.
Arriba esas quijadas, que aún hay más.
La tonadillera que fuera la mejorcísima amiga de la tía del futuro padre fue, algunos años antes, uña y esmalte con una locutora de radio que, cuentan las malas lenguas –y qué buenas manicuras–, antes de hacerse inseparable de la intimísima de la mujer de las sevillanas pretendió mantener una amistad preciosa con la folclórica tía de la embarazada, pero no pudo ser. Dicen.
Sin olvidar, por supuesto, que la tonadillera quedó viuda de un torero y que la folclórica al morir dejó viudo a otro matador.
¿Que no está claro? Ahí va un esquema: uno, el brikindans. Dos, el crusaíto…

Anteanoche en un salón del Ritz barcelonés –en obras y abierto sólo para nosotros, casi como cuando en 1936 los anarquistas lo convirtieron en comedor popular– premio Christa Leem para el escritor Marcos Ana y homenaje al gran Ocaña: pintor, agitador, queer pionero, almodovariano antes que Almodóvar, Costus mucho antes que las Costus y protagonista de la primera película de Ventura Pons: Ocaña, retrato intermitente.
Anteanoche en el Ritz, que perderá su nombre, nostalgia por la Barcelona que ya no vive, reproches a una ciudad que ha olvidado a Ocaña con mantilla y peineta a saeta en grito durante una procesión con falsas vírgenes, nazarenos látigo en ristre y cabezones de papel maché.
“La movida madrileña nació en Barcelona en los 70” afirmó Rosana Torres y asintió Loles León. Pero la movida y Ocaña están muertos. El 18 de septiembre se cumplirán 25 años desde que el artista murió. Con el cuerpo abrasado dentro de su disfraz, un sol de papel demasiado realista, con el que se vistió para los carnavales en su pueblo sevillano. El pueblo del que había escapado para vivir como quien era en Barcelona. Otra víctima mortal de las bengalas.
Ocaña está muerto. Su amigo Nazario vive y asiste al homenaje con media sonrisa descreída. Loles León lee una carta de Almodóvar para Marcos Ana. Y alguien en mi mesa afirma que el rodaballo que nos sirven esa noche viene del Cantábrico.
Si este año el espectáculo de la Fórmula 1 consigue atraer a tantas celebridades como las que se reunieron el domingo en Montecarlo, el mundo de la moda no tardará en saberlo aprovechar. Presiento.
Pienso en los espléndidos escaparates anuales sobre alfombras rojas donde las firmas pueden mostrar sus colecciones de alta costura fuera de las pasarelas, sobre cuerpos célebres que las bendicen y ondean en poses controladas para fotografías perfectas.
Los comparo con los escasos espacios de dignidad que existen para el prêt-à-porter a lomos de famosas, quienes defienden con dificultad sus atuendos en fotografías robadas durante sus compras, una cena de amigos o alguna insulsa actividad de día. Lo mal que se vende así la moda en las prensa no especializada.
Y vuelvo al principio. Si los encuentros automovilísticos domingueros alrededor del mundo logran imponer la alfombra de asfalto como reclamo para personalidades, los diseñadores de moda podrían haber encontrado un nuevo filón para la promoción gratuita de sus creaciones listas para llevar. Una nueva pasarela, menos envarada pero bajo control. Una ocasión perfecta para que quienes nos dedicamos a esto pasemos a alabar la elección de un buen atuendo de día, siempre con denominación de origen, con el mismo entusiasmo con el que babeamos ante un gran traje de noche de Givenchy.
Aquí hay negocio. Sí. Todavía más.

Yo, de verdad, que no consigo entender a Tita Thysssen. Una señora que se preocupa tanto por conservar los árboles del Paseo de Recoletos madrileño, que hasta es capaz de encadenarse a ellos… y al tiempo fomenta la tala indiscriminada de bosques en cualquier lugar del mundo con sus constantes apariciones, sus cientos de páginas a todo color y brillo en la revista ¡HOLA! Donde -sólo en el último mes y medio- la hemos visto posar en portada para celebrar el bautizo de su primer nieto en un palacete suizo, presentarnos a su par de mellizas sin cristianar para, dos semanas después (esta misma) organizar el bautizo del par de criaturas en su casa de San Feliu de Guíxols.
Una sencilla fiesta de bautizo ante las cámaras y la atenta mirada de una hacendosa niñera uniformada, toda una novedad en la iconografía exclusivera que Tita, pura vanguardia, ha sabido introducir en sus dos últimos reportajes como madre ejemplar (atención, pregunta: ¿cobrará la chica de servicio por ceder su imagen al ¡HOLA! como el resto de figurantes que aparecen en las fotografíass –Borja o la hija de los Cuesta junto con su Sacha–, o posar con las creciditas niñas de la baronesa en brazos estará incluido en su sueldo?)
Tita me desconcierta, en serio. ¿Cómo alguien que es capaz de irse hasta Capri para encargarle a un joyero local una gargantilla y un anillo a juego no puede coger un taxi que le lleve hasta una peluquería? No lo sé.

Dentro del mundo de la moda hay quienes defienden que las modelos deberían volver a llamarse maniquís (o maniquíes) y comportarse como las que muestran los escaparates.
Son muchos los modistos que, tras el boom de las supermodelos en el siglo pasado, mantienen que lo mejor que le puede pasar a una buena maniquí es que nadie conozca su nombre. Es una opinión. Bastante extendida. También es cierto que entre un gremio que ha padecido los excesos de los psicotrópicos, cuyo abuso es malísimo para según qué rigor intelectual.
Existen miles de modelos anónimas, y suelen ser las que menos ganan. También unas cuantas, con nombres y apellidos, que revientan cachés, campañas y portadas. Que coquetean con su retiro mientras lo van pintando de dorado.
Y está Agyness Deyn. Que tiene 25 años, un carrerón y el título de Modelo del Año en los últimos British Fashion Awards. También tiene un problema: que trabaja a destajo y su rostro aparece en demasiados lugares. Por eso Burberrys ha decidido prescindir de ella para sus campañas. Por cansina. Y por discreta.
Lo mismo le podría haber pasado a Kate Moss. Pero ella supo poner al mal tiempo muchas caras. Y aprovechar nuestro morbo para prodigarse sin aburrir. Para que ante sus fotos nos preguntemos si es Kate drogada, borracha o sobria. Para que seamos nosotros quienes pongamos a cada imagen mil palabras (inventadas).
Indiana Jones fue el primer gran héroe con estudios que conocí en el cine. El primer caballero educado que me descubrió que no siempre la fuerza bruta era la clave para que uno se saliera con la suya. Creo. O eso quise creer en aquel momento, con apenas diez años.
Qué miedo me da esta nostalgia envasada al vacío de las burbujas de promoción.
Qué peligroso es creer que regresamos con cariño a nuestra infancia, cuando adonde en realidad estamos volviendo es a los escondites de entonces. A las evasiones necesarias, a un calor que la desmemoria nos recuerda de hogar y no era sino el que desprendía un oxidado clavo ardiendo al que nos aferrábamos para soportar aquello.
Era una calidez que apenas duraba dos horas pero nos ayudaba durante días, semanas, a aliviarnos de ese frio que da tener tanto miedo.
Indy leía, vivía rodeado de libros, cargaba con ellos en su mochila. Le servían para dar con tesoros escondidos, para conseguir ser más listo que sus pérfidos enemigos y así salir triunfante. Nosotros nos conformábamos con que nos ayudaran a resistir, nos valieran para alejarnos de los insultos y los golpes, para no sentirnos tan raros, tan solos. Aunque, sin querer, un día acabarámos encontrando en muchos de ellos un mapa escondido con las coordenadas en clave para dar con un objeto enterrado al que nos costó años quitarle la maldición.
La manchega octogenaria acaba de cumplir con su amenaza y ha anunciado un nuevo espectáculo musical que estrenará el próximo mes de junio en San Sebastián y que pretende llevar por toda España hasta terminar el otoño que viene en un teatro de la Gran Vía madrileña.
Sara Montiel se lanza a un ejercicio de nostalgia con el que recorrerá su larga historia de vedette estática en veinticinco canciones –Fumando espero incluido– , en un regreso que me hace pensar en esa inquietante tendencia musical actual que combina la búsqueda televisiva de nuevos valores surgidos de la nada con la recuperación de viejas glorias. Como si no tuviéramos bastante con este prêt-à-porter musical tan mal hilvanado que consumimos y el mercado de la moda musical (o lo que sea) se empeñara en recurrir al vintage.
Aunque también puede ser que este revival saritísimo no sea más que una inteligente treta de la estrella internacional para sacarse unos euros a costa de la venta de exclusivas. Que la anciana que susurra a los caballeros sea consciente del escaso tirón de público que puede tener su nuevo show y, con la excusa de un teatro vacío, esté preparando un Pajares 2.0 que la devuelva al candelero un poco mala de los nervios y con un arma reglamentaria en el bolso.
Porque otro novio, no cuela. Otra pelea con sus hijos, aburre. Tirarse de las pelucas con Maruja Díaz, para qué. Y lo de Pajares parece que ha funcionado bien…

Antes de que a Hernán Migoya le diera por decir que Todas putas, uno de los personajes del Crepúsculo en Bizancio de Irving Shaw ya se había dado cuenta de eso, nada más llegar a Cannes: “Todas putas. Entre el público, en la pantalla, en las calles, en las reuniones del jurado… esta es la eterna capital viviente del puterío durante dos semanas al año.”
Todas putas, pero entonces las llamaban starlettes. Un eufemismo exquisito, un delicioso diminutivo del quiero y hago lo que puedo. Perfecto para el ripio achampanado a lo Carlos Berlanga en su versión del A Cannes de Francois Hardy: Y mi sitio está en la Croisette/Mientras observo a las starlettes.
Pero no. Ya me gustaría.
Mi sitio está en mi casa donde estudio el último ¡Hola!, alicatado hasta el techo por Porcelanosa, que organizó una entrevista de Isabel Preysler a George Clooney en la mansión de Cindy Crawford en Malibú. Al verla en el kiosco esta mañana he pensado que a alguien se le había colado un anuncio en la portada. Pero no. Ni tampoco entre las ocho páginas de entrevista con Cindy -”Nos estamos construyendo dos casas, y los diseños para cocinas y cuartos de baño, de Porcelanosa, son perfectos”- o entre las veintidós de la distendida charla de Isabel con George: “en nuestras casas de Cabo San Lucas, vamos a utilizar diseños de Porcelanosa, así que me gustará mucho visitar la fábrica.”
Don Hernán, Don Irving: ¡Amén!
Lunes 12 de mayo de 2008. La misma noche que se estrenaba en Londres la versión cinematográfica de Sexo en Nueva York, Galliano presentaba en un restaurante de Manhattan su Colección crucero 2009 para Dior. Un desfile al que, además de Charlize Theron que es una chica ideal que anuncia bagatelas de la firma parisina, acudieron Jennifer López y Christina Aguilera, dos de las mujeres peor vestidas del mundo fotografiado (con y sin recién nacidos).
Mientras tanto, en el puerto de Los Angeles Salma Hayek se ponía sus mejores galas de institutriz inglesa enamorada de su monitor de hípica y posaba junto al director de una de las empresas de su millonario marido en un evento promocional con excusas deportivas.
A la vez que Sarah Jessica Parker aparecía con un indescriptible penacho frutal de Philip Tracey, diseñado especialmente por el sombrero inglés a juego con el vestidito de Alexander McQueen con el que la actriz cruzó la alfombra roja, John Galliano amortizaba su colección de disfraces de bucanero y salía a saludar al final de su desfile, momento que Marc Anthony aprovechó para sacarle una foto con su teléfono móvil. Uno nunca sabe cuándo le pueden ofrecer ser protagonista de una versión musical de Piratas del Caribe en Broadway.
Londres. Nueva York. Los Angeles. Escenarios simultáneos del rodaje de tres anuncios de alto presupuesto en producción para inserciones gratuitas en medios.

Lo siento, pero así queda la cosa. Después de ver las escasas imágenes que el gabinete de prensa de Bush ha distribuido con estampas de la boda de su hija Jenna el sábado pasado, hay que admitir que el evento no le llegó ni al dobladillo del miriñaque al bodorrio que organizaron en El Escorial los Aznar para casar a su hija Ana con Alejandro Agag. Ni punto de comparación.
Mientras que nuestro presidente casó a su hija en un marco incomparable de belleza sin igual, escenario histórico de glorias imperiales, el presidente de los Estados Unidos lo ha hecho en su propio rancho texano. Nada que ver. Entre casarse en El Escorial, donde la única pierna que sabemos que se puso en alto fue la de Felipe II para aliviarse los dolores de la gota, y un rancho, donde sabemos que un señor pequeño con bigote plantó los mocasines encima de la mesita de centro, no hay color.
Por mucho que los Bush hayan intentado emular la hazaña española y casar a la niña con un muchacho que, lo mismo que Agag, trabajaba para su padre. No es lo mismo. Me da igual que la madre de la novia quisiera darse el pisto y lucir un Oscar de la Renta en vez de confiar en su modista de toda la vida y vestirse con un modelazo creado por una versión texana de Aby Güemes. Ni por esas.
“Ganamos nosotros”. Le habrá dicho Ana Botella a José María cuando haya visto las fotos de la boda. “¿Nosotros? Habla por ti”, habrá respondido él.