Me tiene fascinado el reportaje del último ¡Hola!, el de la boda ibicenca de Cari Goyanes con realización de la excelsa Naty Abascal, cuya impronta se nota claramente en la portada: “¡A esta niña hay que disimularle un poco las caderas! Mmmm, espera que piense… ¡YA! Traed ahora mismo media docena de pajes y damitas de honor, que vamos a montar aquí una barrera, que ni la selección alemana”. Dicho y hecho. Qué barbaridad. Qué penita de portada nupcial.

Con lo que me gusta a mí Caritina Goyanes -a quien me une cierta común complexión de hueso ancho y de quien me separa el hecho de que mi padre nunca estuvo casado con una niña prodigio ni fue absuelto tras ser acusado de narcotráfico-, y lo divina que hubiera quedado rotunda e inmaculada en portada, regia carnal al lado de tanta gamba entaconada convidada al fiestón.
Estoy desolado. Con lo que disfruto yo con esos bodorrios, sobre todo cuando los novios tienen esa pinta de valores en alza de las juventudes del PP.
Y tuvo que venir Naty -con i griega- a fastidiarme la diversión con una portada que, de lejos, parece un posado de los Pitt Jolie dentro de diez años con la abuela Bono teñida de rubio ceniza. Toda una decepción. Que se suma a la que me produjo descubrir en páginas interiores que en el menú del catering no habían servido nécoras. Una lástima. Con la categoría que le dan las nécoras a esas bodas. Imperdonable.

Dicen las chismosas federadas que Madonna y Guy Ritchie ya lo tienen todo listo para su divorcio, y que darán la noticia en noviembre, cuando la Ciccone termine su gira mundial. Cuenta la ex–mujer de un deportista macicísimo que la cantante fue la culpable de la ruptura de su matrimonio. El New York Times le dedica un malévolo reportaje en su sección de moda, donde se pregunta en qué momento Madonna dejó de imponer tendencias y pasó de Gaultier al chándal zarrapastroso, de los sostenes punzantes a los lazos de raso y del look pornochic al rollo arreglá pero informal. Y hasta María Vela Zanetti –póngame a sus pies– se atreve a arremeter contra la ambición rubia y su pelo: “de señora, ni retro, ni vintage, de señora y basta.”
Por si todo eso fuera poco, su hermano Christopher publica una biografía no autorizada de la cantante donde las barbaridades que cuenta sobre ella son lo de menos en comparación con la horrorosa foto de portada; con una Madonna de perfil, quijada al viento y una papada donde podría pintarse la Union Jack para que ondeara al ritmo de God Save the Queen.
Una papeleta. Un goteo de maledicencias que va empapándole el barro de los pies y amenaza con hacerla resbalar y caer pendiente abajo, quedar convertida en la silueta de una Barbie climatérica rota sobre el patrón de un titular vintage reversible que yo ya he empezado a hilvanar: “Madonna es la nueva Britney“. Al tiempo.

La noticia es que esta misma semana se estrena en Gran Bretaña una versión cinematográfica de la novela de Evelyn Waugh que la televisión inglesa adoptó en los 80 con Jeremy Irons y Anthony Andrews como Charles y Sebastian.
El notición –se supone– es que en la película, hay beso entre ambos. Que el guión para la gran pantalla ha ido más allá de esos recuerdos de la amistad inclasificable que la novela y la mítica serie televisiva mostraban, y ha querido adaptarse a la obviedad de los nuevos tiempos. Que el nuevo guionista de la historia no se anda con melindres y tiene bien claro que “Sebastian era gay, y Charles, a pesar de lo mucho que le quería, se orientaba hacia otra dirección sexual”.
Como si todo estuviera tan claro siempre en la realidad como para arriesgarse a sabérselas todas en la adaptación de ficciones ajenas. Como si un beso significara algo, el amor fuera bastante o el sexo se resumiera en perspectivas con un solo punto de fuga.
“Charles y Sebastian se besan” podría ser un efectivo eslogan para atraer al cine a todos esos treintañeros y cuarentones que quedamos fascinados con la versión televisiva de la historia y también pensamos entonces que aquello no podía ser porque Charles no era gay. Una inteligente manera de darnos la razón, después de tantos años. Y reducir todo el misterio de una amistad extraña, una crisis espiritual y un deslumbramiento a un rollo gay comercial. Qué lástima.

Penélope Cruz es la chica del verano de la revista estadounidense W, que le dedica un reportaje que combina una fabulosa sesión de fotos en blanco y negro con una entrevista en el Hotel Ritz madrileño. Una charla que comienza con una señora española de bolso Chanel al hombro que interrumpe para pedirle a la actriz que se deje fotografiar con su hijo, que está celebrando ahí su Primera Comunión y se muere de ganas por sacarse una foto con Pé para la posteridad:
- ¿Te quieres hacer una foto conmigo?
- Me da igual.
Por supuesto, no hay foto. “¿Sabes qué? Ese chico ni siquiera sabe quién soy. Estaba muy incómodo. No me gusta que la gente use a sus hijos para cosas así”.
Penélope no es Marilyn, ni el autor del reportaje, Christopher Bagley, es Truman Capote. Sin embargo este comienzo tiene algo de ese fabuloso retrato que el escritor hizo de la Monroe en Una adorable criatura. Y es la mejor parte. Todo lo demás son legítimas defensas de su privacidad y una asunción discreta de su nueva respetabilidad como actriz de la Cruz.
Pero esa escena de la mamá chanelona con niño cebo es una joya. Y, visto desde una perspectiva más cínica, un interesante encuentro tenso entre dos clientas de Lagerfeld.
Ayer descubrí gracias a la columna de Javier Vizcaíno –ese caballero que nos ahorra a diario varios euros en prensa pero ningún disgusto– una gloriosa frase que el insigne Antonio Burgos (notorio Imbécil con columna) publicó hace una semana y donde daba gracias al cielo, que a él le ampara y a mí me amenaza con lo más grande, porque en TVE no hubieran decidido sustituir al hombre del tiempo por “un travestón, que se lleva más todavía y es más igualitario y progre”. Y olé. Travestón. Con dos cojones. Con su permiso.
Travestón como envido a grande despectivo de travesti. Como una nueva muestra de su enorme ignorancia de macho sevillano capillita, defensor de discretas bodas de amigos, millonarios modistas mariquitas que firmaron por lo civil pese a odiarse a muerte sólo por beneficios fiscales. Que pone de manifiesto un absoluto desprecio por el fenómeno travesti como reducto de libertad políticamente incorrecta, de fantasía y verdad intergenérica, de una realidad que va más allá de lo genital para jugar con espacios de nadie, que se convierten en una provocación para biempensantes de toda condición y reaccionaros a ambos lados de la acera.
Travestones como yo, que no damos el parte meteorológico pero escribimos a diario en la página de un periódico con las uñas pintadas de rojo, algo de maquillaje, bolso y zapatos de mujer. Sin vergüenza, sin chistes, y sin ganas de soportar tanta estupidez.
Este es un buen momento para dejar de hablar del pasado de Carla Bruni. Para evitar mencionar sus romances célebres, sus destellos en pasarela o sus primeros éxitos como cantante que susurraba ideas más allá del duduá. Basta de reliquias y comparaciones con otras primeras damas de alta costura, como Jackie K. o Lady Di. Dejemos de utilizar como punto de lectura sus polaroids al lado de Mick Jagger, Eric Clapton, Kevin Costner o los Enthoven (padre e hijo. Y padre de su hijo).

Porque, para mí, la estampa que define a Carla es esta inquietante fotografía que apareció en la revista ¡Hola! hará un par de meses, donde ella posaba en uno de los despachos del palacio presidencial francés, cómodamente sentada en un butacón ante una mesa estilo Imperio mientras se retocaba el rimmel, despreocupada y casual. Carla apoltronada en un poder cosmético llegado por vía pasional y desde el cual ni se aredra, ni finge poses protocolarias. Todo lo contrario: se pinta las pestañas, y comienza la promoción.
Lo peor de los reportajes de portada con famosas recién paridas y churumbel adjunto es que en las páginas interiores nos acabamos enterando de detalles que no querríamos saber, como si el parto fue natural o con cesárea. Qué ordinariez. Y qué obsesión mediática por conocer la ubicación exacta del punto de partida.
Lo mejor, saber a cuánto se cotizan en el mercado las reproducciones célebres, un indicador excelente para conocer el estado del negocio del parto sin dolor pero con dólar.
Los mellizos de Jennifer López se vendieron por seis millones de dólares. El niño que acaba de tener Camila Alves de Matthew McConaughey, por tres. Y el par que Angelina Jolie está a punto de traer a Niza es posible que bata el récord mundial de panes sobaqueros de lujo y llegue a alcanzar los diez millones de dólares. Que los Brangelinos dedicarán, por supuesto, a obras de beneficencia y proyectos solidarios que harán del mundo un lugar mejor y que nosotros quedemos como unos mezquinos incapaces de vendernos para ayudar al prójimo.

La penúltima en apuntarse al tráfico de primeros planos neonatos ha sido la hermana pequeña de Britney, Jamie Lynn Spears, que ha recibido tan solo un triste millón de dólares por dejarse retratar junto a su recién nacida Maddie Briann. Exactamente lo mismo que le pagaron nueve meses ha por contar que se había quedado preñada de un amiguito de misa con sólo dieciséis años.
Ayer, los pasajeros de un vuelo entre Londres y Los Angeles sufrieron un susto tremendo cuando el comandante de su avión, a punto del despegue, tuvo que efectuar un tremendo frenazo en plena pista al descubrir que un pajarillo se había colado en uno de los motores. Emergencia total. Todo el mundo en posición fetal sobre sus asientos, llantos infantiles, gritos unisex y bolsones de viaje ejecutando un suicidio colectivo desde los compartimentos superiores del avión.
Afortunadamente, la cosa quedó solo en un susto. Bueno, en dos. Según contaron varios pasajeros a The Sun –ese gran periódico donde estoy seguro de que algunos profesores de Oxford se sacan un sobresueldo con textos brillantísimos y titulares antológicos–, tras pasar el momento de pánico inicial tuvieron que padecer algo aún más estremecedor: la visión de Victoria Beckham, vestida con el pijama de la compañía aérea y sin maquillar, de pie en el pasillo de la aeronave y con aspecto de absoluta tranquilidad (una mujer que ha tenido una pelea cara –operada– a cara –operada– con Anita O. en un gimnasio de La Moraleja no le teme a nada).
“Parecía como si Victoria realmente mantuviera la calma. Me imagino que estaba aliviada, como todos los demás”. En voz de algunos testigos.
¡Vicky Beckham en pijama y sin maquillar! ¡Qué susto! Ah. Haber elegido muerte…

¿Quién es esa? Me encanta que me hagan esta pregunta (otra frase que siempre quise escribir).
Jessica Simpson es una actriz y cantante rubia (no sé si natural) a quien llevo viendo en bikini desde hace varios meses en distintas portadas de revistas masculinas internacionales (a las que soy poco aficionado) y que, de vez en cuando, acude a unos grandes almacenes de Los Angeles para presentar una línea de tangas diseñados por ella misma o unos bolsitos a los que ha dado su bendición. Un peñazo de muchacha, vamos. Y encima con una hermana similar. Otra de tantas.
Sin embargo, esta semana – ¡oh, maravillas del chisme express!– la chica por fin se ha ganado mi respeto. ¿Por qué? Pues porque la mismísima Pamela Anderson le llamó puta y perra en la radio. Y, para mí, que Pam te llame putón es como si Santa Lola Flores levantara la cabeza y me nombrara Faraona. Un subidón. Y todo porque la Simpson apareció hace unos días en unas fotos con una camiseta donde se podía leer “Las chicas de verdad comen carne”. Y a la Anderson se le despertó el animal herbívoro de su interior y saltó. Finísima, todo hay que decirlo.
Habrá que ver lo que suelta Pam por esa boca cuando se entere de que la revista In Touch acaba de coronar las tetas de Jessica como las mejores de Hollywood. Y de las de Pam, ni mu.
Ya sabéis quién es Jessica Simpson: la rubia carnívora que lidera el Teta Top Ten.

Que Giorgio Armani nos muestre su casoplón en la Isla de Antigua. Los líderes de opinión estética deberían consultar a traductores multilingües antes de cerrar sus operaciones inmobiliarias. Vamos, pienso yo. Pero poco.
Porque después descubro a Eva Longoria anunciando cosmética a toda página con la siguiente frase: “¡Nunca un polvo bronceador ha respetado tanto mi piel!” Lo juro. Y me encanta.
Me entero de que María Teresa Campos, esa gran mujer, acudió a la boda del hijo de Raphael y la hija de Bono con novio nuevo: un tal Manilow –at the Copa, Copacabana, Music and passion were always the fashion. At the Copa….they fell in love–, pero no. No es Barry. Se llama Gustavo. Lástima.
Compruebo que la maldad de los redactores de pies de foto no conoce límites gracias al reportaje de la fiesta aniversario de Vogue, donde comparten página completa (la mitad para cada una), Rosa Díez –”luciendo un postizo de Rupert“– y la baronesa Thyssen – de cuyo copyright capilar evitan dar detalles por escrito. Perverso.
Y sufro un desprendimiento de retina, retinol, quijada y papada al encontrarme con el yerno de Esther Koplowitz –a quien él se refiere como “mi segunda madre” en la entrevista– más que decidido a dar el salto al mundo de la canción con un primer disco que fue a promocionar hace unos días al escenario de un programa matutino en televisión. ¡Genial!