Leo, entre la incredulidad y un ataque de risa floja, que la octogenaria Duquesa de Alba quiere volver a casarse en breve con un funcionario cincuentón con quien mantiene desde hace bastantes años una entrañable amistad. Lo publican un confidencial online y la página web de la cadena televisiva que emite el programa basuriento que lanzó el rumor explosivo con el cual intenta mantenerse despierta ante el sopor de estos días de agosto, cuando los reporteros abandonan los puertos deportivos ibicencos para apostarse ante las puertas de los hospitales, donde se hacen ortográficos; atentos a los puntos del parto de la nueva musa de Garci recién madre de una niña que se apellidará Bustamante, o al coma de un noble europeo accidentado la semana pasada.
“La verdad que no se espera no tiene sitio donde meterse”, palabras de Vergílio Ferreira en su Pensar, una relajante dosis de reflexiones más o menos acertadas que leo estos días de transición en Barcelona antes de viajar a Helsinki, que leo a ráfagas mientras deshacemos el equipaje, ponemos lavadoras, intentamos ordenar los libros y organizamos cenas en la Costa Brava con amigos que están allí de veraneo estos días.
La mentira inesperada sí encuentra su sitio. Entre confidencias y rumores, estrategias desesperadas para salvar los trastos, ahora que los vientos del Sahara mezclan la arena del desierto al vuelo con la caspa marbellí, donde una fiesta VIP consiste en un torero retirado y su señora, ambos vestidos de faraones en tafetán dorado, y retratados junto a José Manuel Parada y Silvia Tortosa, esa gran autobiógrafa. Lo juro. Tengo las fotografías en mi poder. Y pienso enviárselas por correo electrónico a Madonna para que se lo piense dos veces antes de gastarse cinco millones de euros en una mansión en Guadalmina, tal y como aseguran en otros confidenciales del chisme que piensa hacer, por recomendación de su buen amigo Antonio Banderas. Ten amigos para esto; para acabar de madrugada en un jardín iluminado con antorchas, medio bolinga y sudorosa al lado de Jaime Ostos y Mariangeles Grajal vestidos como figurantes de una versión low cost de La Corte del Faraón, o para terminar acompañando a la Duquesa de Alba y a sus amigas en su despedida de soltera por Puerto Banús, tocadas todas con tiaras fálicas de peluche, bailonas al ritmo del Hung Up en versión Terremoto de Alcorcón. Tú verás, Madonna, tú verás. Yo me lo pensaría.
“Pensar. ¿Y si pensar fuese una enfermedad, aunque de ella salga una perla?”, se pregunta Ferreira. No lo creo. Pensar es, para mí, una opción sexual. Como lo fue quitarse las gafas, afeitarse o fumar; elegir los parques, la ribera de los ríos en las ciudades, una plaza de noche, una sauna o un bar para ligar, en aquellos viejos malos tiempos cuando la la Duquesa de Alba era la señora casada, no yo. Quién nos lo iba a decir entonces. Cómo fue que, de repente, le encontré un hueco a esa inesperada verdad.
No me sorprende en absoluto que los servicios de inteligencia británicos, los míticos y tan javiermarianos MI5, hayan llegado a un acuerdo con los responsables del grupo gay de presión -pero muy suave, no vaya a ser que deje marcas- Stonewall para reclutar entre sus filas a futuros espías del gobierno al servicio de su graciosa majestad, Maribel de Windsor. Ni, por supuesto, me escandaliza la dócil disposición de una plataforma supuestamente reivindicativa de los derechos de gays y lesbianas para convertirse en una agencia de colocación de homosexuales en las cloacas del estado. No es la primera vez, ni será la última, que Stonewall se pone en evidencia, se baja los pantalones ante el poder y olvida lo que debe ser, exactamente, un grupo de presión.
Stonewall ya demostró su bajeza moral hace más de veinte años, cuando la emprendió contra el director de cine y militante gay Derek Jarman por criticar, a través de una carta abierta en The Guardian, al actor -y destacado miembro de Stonewall, mucho antes de serlo de la Hermandad del Anillo- Ian McKellen, que aceptó ser nombrado caballero por el mismo gobierno conservador que, en aquella misma época, promovía los valores familiares tradicionales, miraba hacia otro lado en la lucha contra el sida, seguía considerando a los maricones como no aptos para altos cargos oficiales y usaba su red de espionaje para hacer de las homosexualidades, ocultas a la fuerza, armas arrojadizas o elementos de chantaje contra sus enemigos y rivales políticos.
Leía ayer durante el vuelo de regreso a Barcelona, en No pienses en un elefante, una reflexión de su autor, el lingüista George Lakoff, sobre los métodos conservadores para atacar la posibilidad del matrimonio gay: “Gay para la derecha connota un estilo de vida desenfrenado, desviado y sexualmente irresponsable. Por eso la derecha prefiere matrimonio gay a matrimonio entre personas del mismo sexo”. Un análisis que encajo como puedo con todos los titulares de la prensa británica acerca del negocio de fichajes entre el MI6 y Stonewall, donde se repite invariablemente el término gay spies (espías gays). Espías maricas. Espías maricones, como lo habría traducido el gran Miguel de Molina: “De marica nada; maricón, que suena a bóveda”. Amén. Desenfrenados, desviados, sexualmente irresponsables… y espías. Para qué queríamos más.
Lo mejor de la (mala) noticia ha sido el placer de reencontrarme con uno de mis mitos en las páginas de actualidad, Sir Anthony Blunt: eminente historiador de arte que espió para los soviéticos durante la guerra fría y que los periódicos mencionan como ejemplo para ponerle antecedentes a la figura del espía homosexual. Aunque rojo y traidor, claro. Un caballero fascinante de quien soy devoto admirador y a quien John Banville puso voz ficticia en su espléndida novela El intocable, donde recuerdo haber leído la mejor definición que conozco del sabor del semen: “el sabor intenso, a pescado y a serrín, de su semen”. Una maravilla de precisión.
Ultima tarde de playa en Lekeitio. Me pongo en pie, me sacudo la arena de los pantalones y digo buenas tardes a la señora que acaba de pararse a hablar con mis amigas, su prima y sus dos hijos. Me limpio las gafas con el pareo que llevo al cuello, abro bien los ojos contra el resol y confirmo lo que me había parecido al escuchar esa voz: la señora con pantalones ciclistas negros y camiseta gris que asegura aburrirse muchísimo en la playa y prefiere cruzar la costa a nado es ella: Ana Palacio, ex ministra de exteriores aznariana, ex vicepresidenta del Banco Mundial y actual vicepresidenta de Areva, una empresa pública francesa especializada en energía nuclear. Mi última tarde playera de este agosto, y la despido con la impactante visión de Ana Palacio con el pelo mojado, liso, sin rizos. Se me cae un mito de la haute coiffure pero, a cambio, reduzco drásticamente mis grados de separación con el Poder, el Dinero (así, con mayúsculas) y Sarkozy (así, con alzas). Esto hay que celebrarlo. Con unas cuantas cervezas en el puerto y un par de gin tonics (volveré al Singapur Sling esta noche, cuando aterrice en Barcelona) en el jardín de nuestro hotel.
Nos volvemos a Barcelona. También vienen Nabokov, Benacquista, William Ospina, Julián Rodríguez, Eva Illouz, Natalia Carrero (mi gran descubrimiento de este verano); los meto en la maleta y me siento un poco como José Luis Moreno guardando a sus muñecos en el baúl tras amenizar con su humor sofisticado e inteligente la gala Lekeitio, qué hermosa eres. O más bien todo lo contrario. Como si los ventrilocuos fueran todos ellos y yo, un muñeco de mandíbula desencajada que sube y baja la boca para encajarla al ritmo de sus palabras. Da lo mismo. Lo importante es que volvemos a casa a pasar unos días antes del próximo viaje, que los libros con los que hice playback esta semana se mezclan con el resto de mi equipaje y que en mi bolso de mano, como lectura para el vuelo, cargo con un ensayo que acabo de empezar a leer esta mañana, durante el desayuno: No pienses en un elefante, de George Lakoff. Un análisis sobre el dominio conservador en el lenguaje de la comunicación política en los EEUU. Pinta bien.
Antes de dejar la habitación para salir camino al aeropuerto de Bilbao, reviso bien los cajones, las repisas del baño, compruebo que no nos dejamos nada, que no necesitamos llevarnos ninguno de los periódicos y revistas que dejamos amontonados sobre una mesita baja… y allí, menos mal que he revisado, encuentro una nota que escribí hace unas horas, una noticia que anoté para acordarme de mencionar y que he estado a punto de olvidarme: “Teresa Rabal abrirá su primera tienda de ropa infantil en Madrid el próximo septiembre”. ¡Qué maravilla! ¡Por fin la iniciativa privada pone en marcha un plan infalible para el control de la natalidad en España, con la falta que hacía!
El actor belga-colombiano Didier Van Der Hove, reconocido en España por sus intensas interpretaciones –sin camisa- para grandes producciones siesteras de mucho sudor animal y tetilla, tales como Pasión de Gavilanes o El Zorro, fue detenido a finales de julio en Chile acusado de pedófilo y pornógrafo infantil después de que le descubrieran un romance con un muchacho de 17 años, algo que en Chile es delito según el artículo 365 de su Código Civil (donde la norma para las relaciones heterosexuales establece los 14 años como edad mínima legal; sospecho que porque allá los armarios son de mecanismo de apertura retardada, como las cámaras de seguridad de los bancos).
Ayer mismo, Van Der Hove fue absuelto de los imaginativos cargos de pornografía infantil y pedofilia (todavía son muchos, demasiados, quienes creen que en asuntos de hombre a hombre, se cumple a rajatabla la regla de igualar ocho a ochenta, que siguen a pies juntillas las tesis de César Vidal), aunque no se libró de ser condenado a no pisar el país en los próximo tres años, a no poderse comunicar con su novio hasta que éste cumpla los dieciocho y, por último pero no por ello menos hilarante, a donar los dos mil dólares de la multa a la Residencia de Vida Familiar Sor Teresa de Calcuta. De rima (con Calcuta) madre. Y, a todo esto, Peter Pan y Campanilla encarcelados en Los Angeles por ponerse a reivindicar derechos laborales en un hotel de Disneylandia. Son malos tiempos para Nunca Jamás. Que se lo pregunten a Michael Jackson.
“Enamorarse no es nada, permanecer juntos es lo difícil. La basura, en cambio, no pretende durar ni crecer. En ese sentido, somos mucho más desgraciados que la mierda, ese empeño de perseverar en nuestro estado constituye la increíble tortura”, de El Viaje al fin de la noche de Céline, que Julián Rodríguez cita como referente en sus Cultivos, un libro magnífico.
“Ese empeño de perseverar en nuestro estado”. Infantil, enamorado, libre con reservas, o en Neverland como un líder sindical que reclama nuestro derecho a tener un seguro médico.
Pese a la increíble tortura, me consolaba pensar que sí, que seré mucho más desgraciado que la mierda, pero todavía soy algunos años más joven que Madonna, que ayer cumplió los cincuenta para locura conmemorativa de periódicos, televisiones y revistas. De qué poco sirvió aquel magnífico intento de Vila Matas Para acabar con los números redondos; nos siguen poniendo más atómicos que a un juez chileno. Madonna cincuentona para todos, excepto para ella, que se empeña en hacerme la pascua cabalística y afirma, sin rubor pero con mucho pómulo, que según los cálculos de su rabino de cabecera, su edad espiritual no supera los 36 . Y bajando. Maldito Soul Training de Nintemplo, cuyos números acabarán por hacerme mayor que Madonna quien, de seguir a este ritmo y si el anunciado divorcio no prospera, podría convertir a su marido, Guy Ritchie, en delincuente sexual en Chile.
Leía en el periódico de ayer que el Museo Frick de Nueva York expone hasta finales de este mes algunas obras que durante este tiempo no se habían mostrado al público; seis magníficas pinturas de Bellini, Tiziano, Holbein y El Greco que los visitantes podrán contemplar hasta el próximo 28 de agosto, cuando terminen unas reformas en la mansión y los cuadros vuelvan a sus estancias privadas. Recuerdo que visité la colección Frick la primera vez que estuve en Nueva York, un verano de hace ya muchos años, cuando aún estaba delgado y acababa de leerme Leviatán, de Paul Auster, donde había descubierto la historia de Henry Flick, el hombre más odiado de América; un industrial coleccionista de arte que había disuelto a un grupo de huelguistas de sus fábricas a balazos. Murieron nueve trabajadores. Un hombre de una exquisita sensibilidad artística, leía ayer en las notas de prensa. Probablemente. El número nueve siempre ha tenido un no sé qué artístico muy especial.
Ayer también terminé de leer Los mordiscos del alba, de Tonino Benacquista. Una delicia, donde también aparece un millonario hiperestésico que empuja la trama. Casualidades, como cantaba Miqui Puig. O no tantas. O demasiadas, si tenemos en cuenta que en el Vanity Fair del mes que viene –que leo a ratos muertos y desde cuya portada Carla Bruni insiste en manchar con la suela de sus botas de montar las tapicerías de los sofás de todos los hoteles que visito este verano– aparece un extracto de las memorias de Rockefeller nieto, que recuerda el modo en que su abuelo describía su actividad en los negocios desde su puesto de vicepresidente de la Standard Oil : “una carrera contra mi propia conciencia”. No quisiera ponerme olímpico, qué vulgaridad, pero creo que ya sabemos quién ganó el oro. Y la plata, y el bronce, y el petróleo.
Por si todas estas coincidencias parecieran pocas, hace unos minutos ha llegado a mi correo electrónico una nota promocional de la editorial Random House donde me avisan del inminente lanzamiento, el próximo 29 de septiembre, de la biografía autorizada del millonario Warren Buffett, cuyo título La bola de nieve. Warren Buffett y el negocio de la vida, proviene de una máxima vital, propiedad intelectual del buen señor: “La vida es como una bola de nieve. Lo importante es encontrar nieve húmeda y una colina realmente larga”. Chúpate esa, María Teresa (Campos). Por menos de eso, nos hemos pasado media vida riéndonos de Forrest Gump. ¡Corre, Warren Buffett, corre! Y cuéntanos ahora aquello de la caja de bombones que te decía siempre tu mamá.
“Mi teléfono no tiene cobertura. Querría llamar a mi hermano y decirle: Han pintado una frase de Ronaldinho en la plaza, donde antes, tanto tiempo, estuvo la del Che”. Doy gracias a los Cultivos de Julián Rodríguez, un libro que he empezado a leer esta misma mañana y sé que va a salvarme el día de tanta necia desmemoria de estupidez por escrito.
Empiezo a leer Los mordiscos del Alba, de Tonino Benacquista, la historia de un par de desempleados parisinos propietarios de un esmoquin, pagado en francos, gracias al cual dedican sus noches al meritorio arte del gorroneo en fiestas de barra y bufé libre. Promete. Y me recuerda un poco a la historieta veraniega del gourmet suizo desaparecido en El Bulli y hallado en Ginebra, Pascal Henry; un caballero que fue noticia durante su extravío, y tras su reaparición ya no es nadie. La vida, a veces, es así de canalla. Somos alguien mientras no estamos, durante ese tiempo en que se nos busca o se nos espera. Pero una vez presentes, perdemos toda trascendencia. Antonie y Bertrand se llaman los protagonistas de la novela de Benacquista, y en la página 49 ya están metidos en un lío:”El después. Qué raro resulta darse cuenta de que algo se está terminando cuando nada ha empezado todavía.”
Vuelvo a pensar en Pascal Henry durante nuestra comida en el Zuberoa, un dos estrellas Michelin magnífico donde practico otra clase de lectura comprensiva y provechosa; la de su impecable menú desgustación. Su foie-gras en caldo de garbanzos y panes fritos me pone al borde de las lágrimas. A punto estoy de levantarme, ir hasta la cocina y comerme a besos a Hilario Arbelaitz, uno de los grandes que prefiere mantenerse alejado del relumbrón mediático para atender su restaurante cada día, estar al pie del fogón. Controlo mi arranque efusivo gracias a unas pochas al aroma de jabugo y chipirones salteados que me provocan los primeros síntomas del síndrome de Stendhal culinario. Podría esperar a terminar el postre -¡esa tarta de queso!- para salir a pasear, desaparecer, marcharme sin pagar y probar a salir en los periódicos sin necesidad de pasarme horas leyendo y escribiendo; constar por no estar. Fantaseo con la posibilidad mientras bebo mi segundo vaso de grapa helada y escucho a mi amiga Arantza, que me cuenta cómo hace un par de años, allí mismo, cuando fue a los lavabos, se encontró con una señora con una enorme mata de pelo blanco rizado que se secaba las manos con una toalla frente al espejo: ¡la Duquesa de Alba! Afortunadamente, me cuentan, Cayetana suele venir cada año, pero sólo en junio o julio, nunca en agosto. Menos mal. Hubiera sido demasiado, incluso para mí, soportar la coincidencia: ver masticar a la duquesa al tiempo que sé que en el bolso cargo con un libro titulado Los mordiscos del alba.
“Diría que lo que me interesa en el teatro es que no hay réplica posible Cuando cae el telón te vas. Una pieza debería tener esa cualidad, no poderla replicar.” En palabras de Juan Muñoz, reproducidas en uno de los pasillos de la segunda planta del Guggenheim de Bilbao, donde hemos ido a ver una apabullante restrospectiva de su obra. Diría que, a mí, es lo que me interesa de la vida, de este agosto de lecturas que ya está llegando a la mitad cuando nada ha empezado todavía. Imposible replicar.
El ¡Hola! de esta semana es un ladrillo. Un rollazo donde la Duquesa de Franco solamente aparece una vez y José Campos luce pantalones largos y zapatos de cordones.
El ¡Hola! de esta semana ni siquiera merecería una reseña de no ser por el maravilloso reportaje de diez páginas donde Jesulín de Ubrique y María José Campanario celebran a todo trapo sus seis años de rentabilidad conyugal disfrazados de estrellas del porno softcore mesetario. Suerte que el despliegue de alta peluquería, maquillaje unisex –o estuco a granel, no me ha quedado muy claro– y las lúbricas poses del matrimonio compensan el sopor del resto de la publicación, que le dedica una portada y veinticinco eternas páginas a un nuevo reportaje de Tita Thyssen, diva del fajabikini, con sus rubias mellizas en una casa de verano que le construyó el difunto Lex Baker (actor, Tarzán y arquitecto, un portento de marido difunto), y que Tita ha decorado con cuadros de Gauguin, orquideas vivas por todas partes, sofás blancos por doquier, tres piscinas y unos azulejos diseñados por ella misma; todo un desafío comercial al anuncio a doble página (6 y 7) donde Isabel Preysler y George Clooney, pasados por el aerógrafo, anuncian el logotipo de una marca de cerámicas desde el bordillo de una piscina en Malibú.
“He tenido la suerte de tropezar en mi vida con una mujer fantástica que me ha dado dos hijos maravillosos”, dice el de Ubrique sobre la Campanario, y las fotografías que adornan esas páginas de la íntima entrevista se viran a blanco y negro. Maravillas del lenguaje retromacho y sus efectos photoshop.
“El capitalismo emocional es una cultura en que las prácticas y los discursos emocionales y económicos se configuran mutuamente y producen un amplio movimiento en que el afecto se convierte en un aspecto esencial del comportamiento económico y en el que la vida emocional –sobre todo la de la clase media– sigue la lógica del intercambio y las relaciones económicas”. Leo en una serie de rigurosos ensayos de Eva Illouz, Intimidades congeladas, sobre las emociones en el capitalismo (con perdón). Un libro espléndido que tendrían que regalar, por fascículos, cada semana con el ¡Hola! Y que haría muchísimo más entretetenida y provechosa la lectura de los insulsos reportajes de esta última edición, con Eugenia Martínez de Irujo y Gonzalo Miró enamorados –¡ahí siguen!– en Ibiza, el romántico beso de Francisco Rivera y Blanca Martínez de Irujo en una playa de Cádiz, la esperada –y frustrante, aunque los redactores no lo admitan– reaparición en público de Penélope Cruz y Javier Bardem, el amor bajo el sol del Mediterráneo de Rafael Medina –actual Duque de Feria–y Laura Vecino, o el extenso reportaje de moda con Laura Ponte –casada con Beltrán Gómez Acebo, uno de los sobrinos del rey– “sofisticada y chic bajo el sol de Marbella”. Ese hermoso lugar vacacional donde últimamente acabar a la sombra parecía lo más sofisticado y chic.
Ya estamos todos. Los nietos de los reyes al completo han llegado a Mallorca, después de pasar por sus vacaciones Marichalar unos, o por un par de visitas a Mozambique con mamá Cristina y papá Undargarín en plan solidarios, pero a tutiplén, los otros. ¿Ya estamos todos? Pues que viva la madre superiora. A Leonor, Sofía, Felipe Juan Froilán y Victoria Federica, acaban de unirse Juan Valentín, Pablo Nicolás, Miguel e Irene. Mientras los menores quedan a resguardo en el palacio mallorquín, los primos mayores, veteranos de las nuevas generaciones Borbón, se embarcan en el Fortuna, corretean por la borda y lo pasan pirata en compañía de unas amiguitas, hijas de una princesa jordana. Apasionante. Lo sé. Mezclar Con ocho basta y Vacaciones en el mar es un método infalible para alcanzar la diversión y el despiporre juvenil. Lástima que a las gemelas comadrejas Olsen les pille un poco creciditas, porque quedarían divinas en esta superproducción.
A todo esto, como a mí Mallorca me queda lejos y las masas infantiles cuyos nombres acaban en De Todos los Santos me asustan una barbaridad, ayer preferí evitarme el garbeo en yate real y dedicar el día a leerme de un tirón Soy una caja, de Natalia Carrero. Me ha encantado. “Así como el blanco aparecía de la yuxtaposición de los colores primarios, el silencio derivaba de la acumulación de los hechos. Entonces, narrar la vida, contar los hechos fielmente, sin discriminar ninguno, sin falsear la simultaneidad… ¿era también el silencio?” Joder con la preguntita. Yo diría que sí. Pero prefiero guardar silencio.
Silencio: una pitonisa gerundense cree ser hija ilegítima de Salvador Dalí (¿cree? ¡vaya mierda de vidente!) Boris Becker se casará con la hija de su ex manager, dieciséis años menor que él. Britney Spears ha grabado un vídeo promocional para la MTV donde aparece junto a un elefante y resulta fácilmente identificable. Jenna Jameson, pornostar, embarazada. Angelina Jolie aún no sabe si votará por Obama o por McCain. Tom Cruise y Katie Holmes acudieron ayer al estreno en Los Angeles de la última película dirigida por Ben Stiller, donde Tom tiene un papelito para el que le pidió a Stiller “poder bailar y tener las manos grandes”. Glups – Silencio – Glups. Unas manos que ayer acariciaban la barriguita de Katie, que podría estar de nuevo embarazada. Alabado sea Xenu.
“Aunque conozcas todas las palabras/ las verás volver vírgenes/ y algo nunca soñado dirá el azar con ellas”. Así comienza el poema Palabras de William Ospina. Así rompo mi silencio. “Cuando era más joven, quería que todo el mundo me mirara. Ahora soy yo quien mira a la gente, porque puedo aprender un montón de cosas interesantes”, ha declarado Penélope Cruz, inmersa en el maratón promocional de Vicky Cristina Barcelona, a la revista Parade. Sé a lo que se refiere. Yo siempre quise que me escucharan, que leyeran todo lo que tenía que decir. Hoy, prefiero leer en silencio. O casi.
Tamara, una de las ex novias de PaKikorrín -así nos entendemos todos- regresa esta semana a la portada del Interviú con la sana intención de volver a enseñar las tetas, el enorme tatuaje que enmarca su ombligo y el parrús de perfil. “Lo que se pierde Paquirrín”, subtitula la revista el reportaje estelar de su último número. Una frase fabulosa que deberían reciclar como reclamo publicitario los editores de El Cultural, el Babelia, Qué Leer, o la sección de Culturas de este periódico. Nada, nada, no hay de qué.
“Lo que se pierde Paquirrín” podría ser también un eslogan espléndido para el último libro de Caballo de Troya que me llegó hace algunos días a Barcelona –gracias, Constantino– y que he traído conmigo a Lekeitio para leer mientras nos tomamos unas cervezas en el puerto y mi marido me convierte en víctima del nuevo objetivo de su cámara para deleite del resto de clientes de la terraza del bar, que no saben que llevo años veraneando en Euskadi y sé per-fec-ta-men-te qué significa atzelari (maricón). ¡Salud, encantos!
Mientras la muchachada portuaria cervecera nos describe en su lengua milenaria, leo las primeras páginas de Soy una caja, de Natalia Carrero: “una especie de Audrey Hepburn jugando a construirse en el espejo de Clarice Lispector”, según la describe Bértolo, su editor, en la nota que me ha enviado junto al libro. Otro más que va a perderse Paquirrín quien, desgraciadamente, no podrá apreciar esa preciosa cita de Lispector que aparece en una de las primeras páginas del relato: “No comprendo mi pasado más remoto, la infancia y la adolescencia en las que se vive sin comprender ni prestar atención. Era una idiota”. Y que el Interviú podría utilizar como titular de portada para el topless veraniego de Tamara, adornada con silicona de nueva generación, para el próximo agosto de 2025.
Ni un verano sin tamarismo español en cualquiera de sus múltiples variantes (boleríana o robertocarlista, freak desafinada, protésica exhibicionista o pija apatatada) y ni un agosto sin esa mítica fiesta Flower Power en el Pachá de Ibiza, un evento que promete ser uno de los platos fotográficos fuertes para el interior de las revistas de mañana, donde podremos ver el despliegue de populares parejas disfrazadas de hippies daltónicos o inmaculados que acudieron al último bailoteo ibicenco: Borja y Blanca Thyssen, Paz Vega y su Orson, Marta Sánchez y señor, Paulina Rubio y Colate Vallejo Nágera, Rafael Medina y su novia, Carla Goyanes y su madre Cari Lapique (sin duda, la gran pareja de este verano), y a una solitaria Ana Obregón que, según apuntan con malísima intención los redactores del Hola digital, “se apuntó a la moda de los años sesenta”.
“Yo era tan libre, no sé explicarlo, y excesivamente sensible, por cualquier cosa lloraba. Y leía, leía como una loca”. También de Clarice Lispector. También yo leo así, aunque a mí no me arranca una lágrima ni una fiesta hippy. Insensible que soy. Y atzelari, claro está.
Paris Hilton ha estado este fin de semana en Dinamarca, donde ha iniciado la gira promocional europea de su nueva colección de bolsos a la que ha ha bautizado como Confianza. Según ella, porque es algo que todas las chicas que se los cuelguen al hombro van a sentir (toma del frasco, Paulo Coelho, vuelve por otra Jorge Bucay). Según mi opinión, porque Paris demuestra una enorme fe en las buenas artes de su legión de abogados para evitar que las grandes marcas de moda del mundo la vayan a demandar por plagio: los diseños de bolsos de Paris resultan ser un muestrario de horrores que parecen recén salidos de uno de los puestos de falsificaciones de vuittones, chaneles y chloes del Silk Market pekinés para pasar por una cadena de producción donde se les ha sometido a una amputación de logo previa a un trasplante de PH nada neutro. PH de Paris Hilton, por supuesto.
La rubia desheredada ha sabido elegir el momento perfecto para lanzarse a vender sus nuevos engendros contenedores precisamente cuando, tras algunos meses de discreción, acababa de regresar a la senda de la ubicuidad gracias al regalazo de ese vídeo de McCain, donde el candidato republicano trataba de desprestigiar a Obama comparándolo con ella, y que a Paris le vino estupendamente para plantarse el trikini y arrasar en internet con otro vídeo de respuesta donde la starlette entrepeneur encajaba el golpe con una ironía magistral y se postulaba como candidata buenorra con propuestas de gobierno.
Hasta hoy, todo el asunto me sonaba a casualidad bien aprovechada. A una muestra más de los excelentes reflejos de la rubia empresaria y su gabinete de comunicación. A una parishiltonada multimedia más. Hasta hoy, cuando he dado con un dato que me ha abierto los ojos a la realidad: hace unos meses, los padres de Paris, los señores Hilton (otros desheredados), habían contribuído a la campaña del candidato McCain con unos cuantos miles de dólares. Seguramente bastantes menos de los que ya ha ganado su hija con todo el asunto del vídeo, el lanzamiento de su nueva línea de bolsos de autoayuda, y lo que nos rondará la rubia. Si los embajadores de EEUU en Europa llegan a serlo como muestra de agradecimiento por su contribución a las campañas presidenciales, no me parece ningún disparate pensar que el nuevo golpe de efecto de popularidad de la Hilton que firma bolsos y se alquila para eventos tenga que ver con la generosidad de sus papás. Ahí queda eso. Yo, a partir de ahora, me quedo mucho más intranquilo.
“He acabado acostumbrándome a tener una visión exterior de mí mismo, a ser al mismo tiempo pintor y modelo, y no puedo por lo tanto extrañarme de que mi estilo carezca del bendito don de la espontaneidad”, reflexiona el narrador y protagonista de Desesperación, de Nabokov. Pero también podrían ser unas declaraciones sesudas de Paris Hilton a un sosias de Jesús Quintero en la Fox. Muchísimo más intranquilo, de verdad.