
Con lo tranquilos que estábamos, con lo bien que le iba a Britney desde que le hicieron la última ITV, le dosificaron los cheetos alucinógenos y la dejaron flaca otra vez. Qué lástima. Con lo bien que marchaba todo, hasta ayer.
Hasta ayer, cuando leímos en The Sun que Adnan Ghalib, ese paparazzi chungo que se echó la Spears de novio durante su mala racha, ha confirmado nuestros peores miedos: hay un vídeo de Britney en pleno coito. Con Ghalib, por supuesto, pues menudo es de profesional el individuo. Una grabación porno de ¡dos horas! –esto explica muchas cosas, Brit, querida– donde la cantante aparece completamente desnuda, lúbrica y luciendo una peluca rosa, prótesis colorista gracias a la cual el documento audiovisual traspasa la frontera de lo puramente pornográfico para convertirse en un nuevo género: el hardcore du coiffure.
Un documento excepcional no apto para espíritus sensibles o alérgicos al pelo artificial que el paparazzi anda tratando de vender al mejor postor y que acabaremos viendo anunciado en las webs para adultos, llegará a nuestros correos electrónicos en forma de correo basura, y nos tendrá entretenidos una temporada. Hasta que, dentro de algunos años, forme parte de una instalación artística junto a los vídeos de Pamela Anderson o Paris Hilton, donde el nombre del autor de la pieza, Adnan Ghalib, será el único que conozcan los visitantes del museo.
Gore Vidal en la segunda parte de sus memorias, de su propio libro de los muertos, Navegación a la vista, se acuerda varias veces de Paul Newman. Hoy, vuelvo a leer esos recuerdos después de un par de meses, precisamente cuando acabo de saber que Newman ha muerto:
(…) Paul demostró ser nuestra estrella entre las estrellas. Las mujeres a veces se comportaban de forma extraña cuando lo veían. Una vez estábamos caminando por la avenida Madison y una joven corpulenta se acercaba en dirección opuesta; él metió rápidamente la barbilla en el cuello del abrigo para esconder sus ojos de azul ártico. También apretó el paso. “Sigue andando”, me susurró mientras pasábamos por su lado. De pronto se oyó un estrépito a nuestras espaldas. “No te vuelvas”, dijo él, volviéndose; luego echó a correr. “¿Qué ha pasado?, pregunté. “Se ha desmayado”, dijo, y se subió a un taxi.
Más memorias. Tennesse Williams en las suyas:
Paul Newman también es extraordinario. Le cuesta mucho entrar en un papel, pero cuando por fin lo consigue, es maravilloso.
Y yo, ¿de qué me acuerdo ahora que ha muerto? De su angustia en La gata sobre el tejado de zinc; de su rabia y de su miedo. De preguntarme por qué todas las mujeres pensaban que Redford y él eran los más guapos, y no verlo, no entender. De su magnífico papel de Sully Sullivan en Ni un pelo de tonto; mi Newman preferido por cómo transformaba su mirada en pantalla a Melanie Griffith en la mujer más deseable del mundo. De su cara dibujada en los frascos de salsa. Y poco más. Tampoco creo que a él le interesara un lugar de honor en los iconostasios. Paul Newman no parecía una estrella que se construyera en la fascinación de los demás. Tenía cosas mejores que hacer. Morirse en casa, bien rodeado, por ejemplo.
“Se ha muerto Paul Newman“, me han dicho. Y lo primero que se me ha pasado por la cabeza ha sido: “Liz, cabrona, los has enterrado a todos”.

Trece periodistas de distintos medios, Penélope Cruz y yo en uno de los salones del Hotel Arts me hacen pensar por primera vez en el trece como número fatídico a evitar para la próxima: mucho mejor Pé y yo a solas. Otra vez será. Primera comparecencia europea promocional para la película de Woody Allen de la actriz que no es ni Vicky, ni Cristina ni Barcelona, que entra en la sala sobre unos tacones inconmensurables bajo la campana de sus vaqueros, nos saluda uno a uno con la mirada mientras se sienta con una sonrisa, pregunta si no tenemos frío, y se abriga con una chaqueta Chanel que nosotros olvidamos traer. Imperdonable falta de previsión la nuestra.
Penélope habla, sonríe, se carcajea, mueve sus manos –preciosas y desnudas– en el aire y nos muestra quién no es: ni Audrey ni la Loren, ni esa antipática diva que nos pretenden vender a microfonazo sucio por los aeropuertos, ni la ex de, ni la novia de quien sea. Ni siquiera un icono capilar publicitario.
La Cruz es una actriz, una encantadora de serpientes que nos seduce en apenas media hora, suficiente para hacernos olvidar todas las estupideces que hayamos podido leer o escuchar sobre ella, y nos convence de que tales despropósitos sólo pudieron surgir de la distancia que da la mezquindad.
Penélope es una estrella internacional, una construcción de fantasía perfectamente medida, una inteligentísima ficción con voz suave, amplio vocabulario y ojos para todos. Que ayer nos hizo elegir entre su magia blanca de proximidad o el ilusionismo amarillo de los demás. Yo, por supuesto, me quedo con la magia, y ni siquiera me atrevo a husmear para descubrir los trucos.

La Reina de Inglaterra no estaba contenta con la novia de su nieto y heredero Guillermo. No le parecía bien que la muchacha, con 26 años, no tuviera más oficio que el de consorte en prácticas, y por eso Isabel II le habría sugerido que se dedicase a alguna actividad digna de las chicas de su clase: la caridad. Y Kate, que debe de ser un primor, le hizo caso y organizó una fiesta benéfica discotequera sobre patines para la que se puso un body de lentejuelas con los hombros al aire, unos microshorts y unos calentadores.
– Ahí la tienes, abuela.
– ¡La madre que me parió!
Dicho y hecho: la mismísima Reina Madre en ectoplasma se apareció gintonic en mano para sentarse junto a su hija ante el ordenador con el hellomagazine.com en pantalla.
– Parece una fulana.
– Lo sé, mamá.
– ¿Y qué piensas hacer? Las columnas de esos sitios las forran con gomaespuma.
– ¡A mí me lo vas a contar!
– Ya me imagino, ya.
– ¿Me das un trago?
– Claro, hija, bebe.
Anoche Isabel II volvió a tener pesadillas. Soñó que le gritaba “¡Muérete!”a Felipe de Edimburgo, y a la mañana siguiente lo encontraba en la portada de The Sun, asfixiado bajo una bolsa de Harrod’s.
“¡Imposible!”, pensó con alivio nada más despertar, “no hay bolsas de Harrod’s transparentes. No se le vería la cara.”
– No subestimes a Al Fayed…
– ¡Mamá, por favor!

Pues la infanta Leonor mochilera en portada, lo mismo que en Lecturas, Diez Minutos o Semana. Una exclusiva con las imágenes garrapiñadas de Bustamante y su mujer –que es Chica Garci; no luce tanto como ser Chica Almodóvar pero suena más decente– mientras exhiben a su recién nacida, que se aburre como una ostra mientras sus padres, pintorrejeados cual bóveda barroca, le hacen ojitos a la cámara.
Arantza Sánchez Vicario de segundas nupcias con un vestido en encaje transparente y escote palabra de honor. Lo juro. También aparece (poco) uno que debe de ser el marido nuevo y llevaba un chaqué gris brillante (según las malas lenguas, para dejar ciegos a sus acreedores).
Sale Gunilla von Bismarck de rojo en una fiesta donde coincidió con Joan Collins, el Papa cuando estuvo en París, donde Sarkozy le organizó una recepción preciosa con Carla de Dior, Luis Alfonso de Borbón y esa ministra embarazada que es amiga de Aznar. Un jolgorio.
Con todo, lo anterior queda eclipsado por el espectacular reportaje de Borja Thyssen y Blanca Cuesta en su casoplón de Ibiza. Un reportaje que no he entendido muy bien si han hecho para dejar claro que la hija de los Cuesta está fenomenal de salud, o porque Borja se ha quitado la barriga y se ha hecho unos tatuajes nuevos que quería lucir. Sea como fuera, lo importante, queridas amigas cazafortunas mías, es que Borja vuelve a estar en sazón.

Hay que reconocer que desde que Lindsay se ha echado una novia DJ con un caché discotequero que para sí lo quisieran Pakikorrín o Sofía Cristo, y ha cambiado las interminables noches de farra con amigas descerebradas por apacibles veladas caseras delante de su ordenador junto a la flaca Sam para actualizar su página de MySpace, la muchacha ha ganado muchísimo interés.
Lindsay ya no es esa infame actriz borrachuza y algo drogadicta con propensión a enamorarse del hombre erróneo (y casado) que todos conocíamos. No. Ya no. La señora Lohan es ahora una célebre y aguda comentarista online que lo mismo le canta las cuarenta a su propio e impresentable padre, que le da lecciones a Sarah Palin sobre cómo hay que educar a los hijos y lo importante que es explicarles el fascinante mundo de los anticonceptivos para evitar esos embarazos adolescentes tan mediáticos, o la vuelve a emprender semanas más tarde contra la mujer del momento para poner en evidencia su falta de preparación como futura vicepresidenta y su urgente necesidad de ver algo de mundo (por mucho que Palin diga que Rusia se ve desde Alaska, la cosa no cuela, es más; queda muy cateta).
Lindsay Lohan ya no es esa –1. que tú te imaginas… MARI TRINI 2. oscura clavellina, que va de esquina en esquina… I.P.– ; ahora es una cronista de actualidad. Como Belén Esteban en El Programa de AR. O como yo mismo. Terrible competencia.

¿Qué tiene de especial ver cómo los famosos, los artistas, los políticos o los aristócratas llevan a sus hijos al colegio? ¿Por qué la vuelta al cole o la primera jornada escolar se han convertido en un género periodístico? ¿Dónde está lo interesante? ¿En descubrir que ellos también madrugan? ¿En democratizar sus compañías y captarlos rodeados de madres y padres anónimos?
¿Cómo se viste uno para llevar a sus retoños al colegio cuando sabe que esa mañana aquello va a estar plagado de cámaras porque será también el primer día de una infanta heredera? ¿Qué hacer si al dejar a vuestro hijo lloroso os solidarizáis con su pena y se os saltan las lágrimas? ¿No os da miedo aparecer horas más tarde con el moco al aire en Está pasando y padecer la ira divina de Peñafiel, ese insigne caballero español?
¿No os aterra pensar que a vuestro hijo le pueda dar por robarle el tentempié de media mañana a Leonor y acabéis metidos en un lío por hurto del Patrimonio Nacional?
¿Cómo le explicas a tu hija que un traje de princesa no se compone de pichi gris con falda tableada y rebequita azul marino? ¿Qué va a ser de Disney, de Mattel y de Menkes ahora que los tules y las lentejuelas han quedado demodé? ¿Se pasarán al diseño de uniformes escolares en estampado animal para que JLO pueda llevar a sus mellizos al colegio vestida de Cavalli, a juego con ellos, como hicieron ayer los príncipes con Leonor?

Me sorprende y me intriga la atracción que últimamente parece sentir el mundo de la moda por los espacios burdelescos: desde la intervención veraniega en Madrid de la calle Ballesta, que transformó por unas semanas siniestros bares de alterne en tiendas chic y talleres de modistos de vanguardia, pasando por la reconversión del mítico Bailén 22 –un burdel bien barcelonés de toda la vida– en una discoteca bautizada como Lotus Theater, hasta la última ocurrencia de un grupo de diseñadores holandeses, que han decidido reciclar los escaparates de las putas del barrio rojo de Amsterdam para exhibir en ellos sus últimas colecciones.
Me intriga y me preocupa que esa nueva corriente de ocupación textil de lo que fueron huecos de transacciones carnales no sea más que una cortina de humo , de gasa, de seda, de algodón, de lo que sea, para cubrir operaciones de especulación inmobiliaria, para limpiar barrios de tradicional mala fama a golpe de dobladillo asimétrico bajo una impostura de modernidad desprejuiciada, o incluso una osada, paternalista y pretenciosa hipocresía que se venda como una devolución de la dignidad perdida. Miedo me da.
Me inquieta esta nueva fiebre de la moda en los burdeles. Casi tanto como cuando Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo titulan con “puta” : Memoria de mis putas tristes o La puta de Babilonia. Porque, en todos los casos, me parece lo mismo: pura decadencia.
Janet, esa que parece la hermana sensata de los Jackson, está de gira por Canadá y anoche llegó a Vancouver, donde se apareció sobre el escenario vestida de tal guisa que me hace replantear por completo la primera parte de este párrafo y negarlo todo hasta llegar a Canadá (propulsado por el aire expelido por mi grito de horror, probablemente).
Janet -esa que nos parecía la única Jackson cabal, esa que enseñó un pezón en horario familiar hace unos años y montó la de Robert es Mitchum- yo creo que ha decidido dejarse de problemas y optar por atuendos resistentes a las asociaciones familiares de meapilas. A la vista está (si es que uno puede soportar esta visión sin sufrir el salto al vacío de ambos globos oculares).
Givenchy viste a Madonna en su última gira mundial. Gaultier hace lo propio con la Kylie (que lo ha flipado con las memorias de Tallulah Bankhead, y ahora anda diciendo por ahí que quiere emular a la actriz de la época dorada de Hollywood y hacerse bisexual. La lectura, que es muy mala, Minogue, te lo digo yo). Y Tinky Winki (el Teletubbie morado) parece que por fin ha encontrado una musa para iniciar una prometedora carrera como modisto internacional: Miss Ja Ja (Janet Jackson).
Si fuera así, Tinki Winky, una cosita te digo; si yo estuviera en tu peluche, no dejaría pasar la oportunidad para viajar hasta España y postularme como diseñador de los trajes de funky para el Mira quién baila de esta temporada. Anita O. y Terelu Campos. Ahí tienes un filón creativo. Te lo digo yo.
Recuerdo que hace algunos años, pocos, los periodistas de carrera andaban indignadísmos contra las hordas de advenedizos que saltaban de las portadas de las revistas, los realities televisivos y las sábanas sucias hasta los sofás de los platós para hacerse opinadores omniscentes y ubicuos en tertulias donde se hablaba de la nada a gritos. De aquella época, apenas quedan restos –si acaso, Belén Esteban o Lecquio en el corro de ARQ– , gracias, por un lado, al supuesto declive del chisme televisivo y, por otro, a la admirable capacidad de reacción de los profesionales del periodismo chismoso, que supieron reciclarse y demostrar que ellos eran capaces de ser tan marrulleros, indecorosos, e impresentables como los amateurs. Y a fe que lo consiguieron.
Hoy, vivimos una nueva era del intrusismo profesional contra el que tanto clamaban los cotillas federados y que en este caso, no les afecta a ellos, sino que perjudica a los otros, a aquellos personajes que durante un tiempo fueron capaces de compaginar portadas con opiniones en directo. Los pobres. Que hoy se ven relegados a bolos en discotecas de polígono industrial, mientras su lugar en las crónicas rosas lo ocupa una política republicana de los EEUU, Aznar, una ministra francesa embarazada, una princesa con retoques faciales o el renacimiento capilar de José Bono. Es triste, pero es así.
Al menos, antes sabíamos que era todo por dinero. Bendito parné.